A veces, cuando uno se sienta en una de las terrazas del puerto de Cartagena a ver cómo el sol se pone tras los castillos, tiende a pensar que la historia solo ocurre aquí, entre piedras romanas y restos de artillería. Pero la verdad es que, si levantamos un poco la vista y miramos hacia el otro lado del charco, concretamente hacia el estado de Wyoming, nos encontramos con lugares que tienen una energía —literal y figurada— que te deja un poco descolocado. Hoy me ha dado por pensar en Thermopolis. Sí, el nombre suena a ciudad de película de superhéroes o a marca de termos de café, pero es un rincón de Estados Unidos que tiene más miga de la que parece a simple vista.
Para situarnos, Thermopolis es la sede del condado de Hot Springs. El nombre no engaña a nadie: «Ciudad del Calor». Y es que allí, el suelo no es precisamente algo estático y frío. Si en Cartagena estamos acostumbrados al calor seco que te pega el cogote en agosto, lo de Thermopolis es otra historia. Es un calor que viene de abajo, de las entrañas de la tierra, y que se manifiesta en forma de manantiales que burbujean como si alguien hubiera dejado una olla al fuego y se hubiera olvidado de ella hace un par de milenios.
Lo primero que me llamó la atención de este sitio, y que creo que nos gustaría mucho por aquí, es que existe un balneario estatal donde bañarse es gratis. Tal cual. En un mundo donde te cobran hasta por respirar, en el Hot Springs State Park puedes meterte en el agua termal sin soltar un dólar. Pero ojo, que esto no es una promoción de marketing moderna. Esto viene de un pacto de caballeros (y de mucha política de frontera) de finales del siglo XIX.
Resulta que en 1896, las tribus Shoshone y Arapaho llegaron a un acuerdo con el gobierno de Estados Unidos para vender una parte de sus tierras. Pero el jefe Washakie, que de tonto no tenía un pelo, puso una condición que hoy nos parece casi revolucionaria: una parte de esas aguas termales debía permanecer siempre abierta al público de forma gratuita. Lo llamaron el «Regalo de las Aguas». La verdad es que me imagino a Washakie negociando con los tipos de Washington y me entra una sonrisa. El tío sabía que ese agua era especial, casi medicinal, y no quería que se convirtiera en el patio de recreo exclusivo de cuatro ricos con chistera.
Hoy en día, el State Bath House mantiene esa tradición. Puedes estar allí 20 minutos (no recomiendan más porque acabas como un garbanzo en remojo) disfrutando de los 40 grados centígrados constantes. Es curioso, porque el agua sale de la fuente principal, la Big Horn Spring, a unos 56 grados. Si te metes ahí directamente, sales escaldado, así que tienen un sistema de enfriamiento natural para que los turistas no acabemos como un guiso de la abuela.
Geología para los que no somos geólogos
Si os soy sincero, a veces la geología me suena a chino mandarín. Pero en Thermopolis, hasta el más negado para las ciencias entiende de qué va la vaina. El agua de lluvia y la nieve derretida se filtran por las montañas cercanas, bajan a profundidades donde la tierra todavía guarda el calor de su formación y luego, por pura presión, vuelven a subir cargadas de minerales.
Lo que ves al pasear por el parque son las terrazas de travertino. Para que nos entendamos: el agua va dejando depósitos de cal y otros minerales que, con el paso de los siglos, forman estructuras que parecen cascadas de piedra blanca y rojiza. Si habéis estado en Pamukkale en Turquía, pues algo parecido pero con un toque de «Lejano Oeste». El color de estas terrazas no es casualidad; depende de las algas y bacterias que viven en el agua caliente. Sí, hay bichos que viven ahí tan campantes a temperaturas que a nosotros nos derretirían las chanclas. Es un ecosistema propio, un pequeño mundo que funciona con sus propias reglas térmicas.
Además, hay un puente colgante sobre el río Big Horn que te permite ver todo esto desde arriba. Si tienes vértigo, igual te lo piensas dos veces, pero las vistas de las formaciones minerales cayendo hacia el río verde esmeralda son de esas que te hacen sacar el móvil aunque sepas que la foto no le va a hacer justicia.
Dinosaurios: Cuando Wyoming era un pantano
Cambiando de tercio, porque no todo va a ser estar en remojo, Thermopolis tiene otra joya que a cualquier mente curiosa le vuela la cabeza: el Wyoming Dinosaur Center. Y aquí es donde mi parte más friki y tecnológica se emociona.
Wyoming es, básicamente, un cementerio gigante de dinosaurios. Pero lo de este centro es especial porque no es solo un museo donde ves huesos pegados con resina. Tienen sus propios yacimientos a escasos minutos del edificio principal. La verdad es que es una pasada pensar que, mientras tú te tomas un café, a unos metros hay un equipo de paleontólogos sacando un fémur de un bicho que medía lo mismo que un autobús de la línea 1 de Cartagena.
Uno de los «inquilinos» más famosos es «Jim», un Supersaurus que es, básicamente, uno de los esqueletos de dinosaurio más largos del mundo. Pero lo que a mí me dejó loco fue el Archaeopteryx. Solo hay unos pocos ejemplares en el mundo (la mayoría en Alemania) y uno de ellos está allí, en medio de la nada en Wyoming. Es ese eslabón perdido entre los dinosaurios y las aves, con sus plumitas y sus dientes. Verlo de cerca te hace replantearte muchas cosas sobre la evolución.
Para los que nos gusta la tecnología, el centro utiliza ahora escaneado 3D y fotogrametría para mapear los yacimientos. Antes, si encontrabas un hueso, tenías que hacer dibujos a mano y tomar medidas con cinta métrica, lo cual estaba bien, pero era un lío. Ahora, con un par de pasadas de un escáner láser, tienen un modelo digital exacto de cómo estaba el hueso en la roca. Esto permite que investigadores de todo el mundo puedan estudiar el hallazgo sin tener que viajar hasta Thermopolis. Vaya, que la IA y el Big Data también han llegado a la prehistoria.
El río Big Horn y la extraña «Boda de las Aguas»
Si te cansas de los huesos y del azufre de las termas (porque sí, el agua huele un poco a huevo podrido, no os voy a engañar, pero te acostumbras), el río Big Horn es el sitio ideal para desconectar. Es un río con personalidad. De hecho, tiene una crisis de identidad bastante curiosa que llaman la «Boda de las Aguas» (Wedding of the Waters).
Resulta que el río fluye hacia el norte. En un punto concreto del cañón, el río Wind cambia de nombre y pasa a llamarse río Big Horn. No es que se junte con otro río, es simplemente que los cartógrafos de hace tiempo decidieron que ahí cambiaba la cosa. Es un lugar espectacular para la pesca con mosca. Yo no he pescado nada en mi vida más allá de algún resfriado, pero ver a los tipos allí con sus botas altas y su paciencia infinita tiene algo de hipnótico.
Para los que buscan algo más de movimiento, el rafting por el cañón de Wind River es una opción seria. No es que sea el Colorado, pero tiene sus puntos de adrenalina. Lo mejor es el paisaje: paredes de roca roja que se elevan cientos de metros y que te hacen sentirte muy, muy pequeño. Es el tipo de geografía que te explica por qué los westerns se rodaban por estas zonas. Hay una escala en el paisaje americano que en Europa nos cuesta procesar.
¿Cómo encaja esto con nuestra visión del mundo?
A veces me pregunto qué pensaría un cartagenero del siglo I, de esos que disfrutaban de las termas romanas que tenemos en la calle Honda, si viera Thermopolis. Al final, los humanos no hemos cambiado tanto. Buscamos el calor de la tierra para curar los males del cuerpo y nos quedamos embobados mirando los restos de los que estuvieron aquí antes que nosotros, ya sean romanos o Diplodocus.
La gestión de estos espacios en Wyoming también me da que pensar. Tienen esa mezcla de respeto casi sagrado por la naturaleza y, a la vez, una explotación turística muy bien engrasada. En España estamos aprendiendo a hacer eso con nuestro patrimonio, pero a veces nos falta ese punto de «espectáculo» que los americanos dominan tan bien. Eso sí, ellos no tienen un caldero de pescado para después del baño, y eso es un punto negativo insalvable para Thermopolis.
Un paseo por el pueblo: Menos es más
El pueblo en sí no es Nueva York, ni falta que le hace. Tiene ese aire de comunidad pequeña donde todo el mundo se conoce. Hay un par de sitios para comer hamburguesas que te quitan el sentido y tiendas de antigüedades donde puedes encontrar desde una espuela oxidada hasta un diente de megalodón (aunque esto último suele ser más de importación).
Lo que más me gusta de pasear por allí es la falta de prisas. En las ciudades tecnológicas en las que nos movemos, donde todo es para ayer y el Slack no deja de pitar, llegar a un sitio donde la mayor preocupación es si el agua del manantial ha subido un grado o si han encontrado una vértebra nueva en la colina, es una terapia necesaria. Es como si el tiempo allí se midiera en eras geológicas en lugar de en milisegundos de fibra óptica.
Si alguna vez tenéis la oportunidad de caer por Wyoming —que ya sé que no pilla a la vuelta de la esquina de la calle Mayor—, hacedle un hueco a Thermopolis. No es el sitio más instagrameable del mundo en el sentido de postureo barato, pero tiene una verdad y una fuerza que se te quedan pegadas a la piel, casi tanto como el olor a azufre de sus aguas.
La ciencia detrás del relax
Para los que queráis un poco más de detalle técnico (que sé que en este blog nos gusta rascar un poco la superficie), el agua de Thermopolis es rica en bicarbonato, calcio, sodio y magnesio. No es solo agua caliente; es un cóctel químico natural. Se dice que estas aguas ayudan con problemas de piel y dolores articulares. No sé si será efecto placebo o ciencia pura, pero después de 20 minutos ahí metido, sales con una flojera en las piernas que te hace ver la vida de otra manera.
Además, el sistema de gestión del parque es un ejemplo de sostenibilidad. Utilizan el calor sobrante del agua para calentar algunos edificios cercanos. Es una forma de energía geotérmica básica pero efectiva. En un momento donde estamos todos locos con la transición energética, mirar cómo estos tíos aprovechan lo que les sale del suelo desde hace más de cien años es, cuanto menos, inspirador.
Al final del día, Thermopolis es un recordatorio de que la Tierra está viva. Que debajo de nuestros pies, incluso en los sitios más tranquilos, hay procesos brutales ocurriendo constantemente. Ya sea el agua hirviendo que busca una salida o los huesos de gigantes que esperan ser descubiertos, el mundo siempre tiene una forma de recordarnos que solo estamos aquí de paso. Y si ese paso lo podemos dar dándonos un baño caliente gratis, pues oye, mucho mejor.
La verdad es que me he quedado con ganas de volver a investigar más sobre cómo están usando la inteligencia artificial para predecir nuevas zonas de excavación de fósiles, pero eso ya os lo contaré en otro post, que si no me enrollo más que una persiana y el café se me queda frío. Si os ha picado la curiosidad, ya sabéis: Wyoming no es solo vaqueros y montañas, también es fuego subterráneo y dragones de piedra enterrados.
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