A veces uno va caminando por la calle, se detiene a mirarse en el reflejo de un escaparate o simplemente se ajusta la chaqueta, y se olvida de que, casi con total seguridad, hay una lente registrando ese movimiento absurdo. En España estamos bastante acostumbrados a esto; según algunos informes, somos uno de los países europeos con más cámaras de videovigilancia por habitante. Pero, ¿qué pasa cuando esas imágenes dejan de ser ruido visual para convertirse en la única pieza de un rompecabezas trágico? Eso es precisamente lo que ocurrió con el caso de Lizeth Marzano, un suceso que, aunque cruzó el charco desde Perú, nos pone frente al espejo de nuestra propia dependencia tecnológica y la fragilidad de la seguridad moderna.
La verdad es que el caso de Lizeth no es solo una crónica de sucesos más. Es un recordatorio de que vivimos en una era donde nuestra última voluntad, nuestro último gesto, puede quedar grabado en un disco duro de 2 terabytes en una oficina polvorienta. Las imágenes de las cámaras de seguridad en este caso no solo sirvieron para reconstruir una cronología; sirvieron para desmentir versiones, para acorralar sospechosos y, sobre todo, para darnos esa bofetada de realidad sobre lo que significa la privacidad hoy en día.
La frialdad del píxel: reconstruyendo los últimos pasos
Si mal no recuerdo, las imágenes que circularon por los medios y redes sociales mostraban a Lizeth entrando en un edificio. Es una secuencia que hemos visto mil veces en películas, pero que en la vida real tiene un peso plomizo. No hay música de tensión, solo el grano digital de una cámara que probablemente necesitaba una limpieza de lente. En esas grabaciones se la veía acompañada por Renzo Huamanchumo, el principal implicado en esta historia que terminó de la peor manera posible.
Lo que me llama la atención como alguien que trastea con tecnología a diario es la calidad de estas pruebas. A menudo, la policía se encuentra con grabaciones que parecen hechas con una patata, donde distinguir un rostro de una mancha de humedad es un acto de fe. Sin embargo, en el caso Marzano, la nitidez de ciertos ángulos fue determinante. Vaya, que no había mucho margen para el «ese no soy yo». Las cámaras del ascensor y del pasillo del edificio en Miraflores se convirtieron en los testigos mudos más elocuentes del proceso.
Ojo con esto: la importancia de estas imágenes no radica solo en ver quién entra o sale. Los peritos analizan el lenguaje corporal, la dirección de las miradas y, algo vital en este caso, el tiempo de permanencia. En España, la Policía Nacional tiene unidades especializadas en análisis de imagen que harían palidecer a los de CSI. No se trata de darle a un botón de «mejorar» (ese mito de Hollywood que tanto daño ha hecho), sino de entender el contexto de cada fotograma.
¿Realmente nos protegen las cámaras o solo nos graban mientras sufrimos?
Aquí es donde entra el debate que siempre tenemos en la barra del bar después de leer estas noticias. ¿Sirven para algo? La respuesta corta es sí, pero con matices. En el caso de Lizeth Marzano, las cámaras no evitaron el crimen. Esa es la cruda realidad. La prevención es el gran talón de Aquiles de la videovigilancia. Una cámara es, por definición, reactiva. Registra el hecho para que luego podamos lamentarlo con pruebas en la mano.
En ciudades como Madrid o Barcelona, el debate sobre la instalación de cámaras en barrios conflictivos siempre choca con la Ley Orgánica de Protección de Datos (LOPD). Y es que, para que nos entendamos, en España no puedes poner una cámara apuntando a la calle así porque sí. Hay que cumplir unos requisitos de proporcionalidad que a veces parecen excesivos, pero que intentan evitar que acabemos viviendo en un Gran Hermano constante. Sin embargo, cuando ocurre algo como lo de Lizeth, todos nos preguntamos si no debería haber más ojos electrónicos vigilando.
La verdad es que la tecnología ha avanzado una barbaridad. Ya no hablamos solo de grabar vídeo. Ahora tenemos sistemas de IA capaces de detectar «comportamientos anómalos». Por ejemplo, si alguien corre en una zona donde todo el mundo camina, o si un objeto se queda quieto demasiado tiempo. Pero claro, una IA no puede detectar la intención criminal en los ojos de alguien que sube en un ascensor con una sonrisa fingida. Ahí es donde la tecnología muerde el polvo frente a la complejidad humana.
El análisis técnico: por qué las imágenes de seguridad suelen ser tan malas
Seguro que te lo has preguntado alguna vez: ¿Cómo es posible que mi móvil de 200 euros grabe en 4K y la cámara de un banco o de un edificio de lujo parezca un vídeo de 1995? No es que sean tacaños (bueno, a veces sí), es una cuestión de almacenamiento y gestión de datos. Imagina grabar 24 horas al día, 7 días a la semana, en alta resolución. Necesitarías una granja de servidores solo para guardar una semana de un bloque de pisos.
En el caso de Lizeth Marzano, se utilizaron grabaciones de sistemas de circuito cerrado (CCTV). Estos sistemas suelen usar códecs de compresión muy agresivos, como el H.264 o el más moderno H.265. Lo que hacen es «ahorrar» espacio eliminando información que el ojo humano no considera crítica… hasta que esa información es precisamente la que necesita un juez. Además, la tasa de fotogramas por segundo (fps) suele ser baja. Si grabas a 5 fps, te pierdes muchísimos micromovimientos que podrían ser clave en una investigación criminal.
Para que te hagas una idea, aquí te dejo un pequeño esquema mental de lo que un perito busca en esas imágenes:
- Artefactos de compresión: Esos cuadraditos que aparecen cuando hay mucho movimiento. Pueden ocultar un arma o un objeto pequeño.
- Rango dinámico: La capacidad de la cámara para ver detalles en las sombras (como un portal oscuro) y en las luces fuertes (como el reflejo del sol en un cristal).
- Metadatos: La marca de tiempo. Si el reloj de la cámara está mal configurado (algo que pasa más de lo que crees), toda la coartada de un sospechoso puede tambalearse o reforzarse erróneamente.
La sombra de la duda y el papel de las redes sociales
Algo que me escama de estos casos mediáticos es cómo las imágenes de seguridad saltan del juzgado a YouTube o TikTok en cuestión de horas. En el caso de Lizeth, el vídeo se convirtió en pasto de analistas de sillón. Gente que, sin tener ni idea de criminalística, empezaba a sacar conclusiones sobre si ella estaba nerviosa o si él llevaba algo en el bolsillo. Esto es peligroso, la verdad.
En España hemos tenido casos similares donde la presión social, alimentada por fragmentos de vídeo sacados de contexto, casi arruina investigaciones. Pienso, por ejemplo, en la desaparición de Diana Quer, donde cada cámara de cada gasolinera de Galicia fue analizada por media España antes que por la Guardia Civil. La democratización de la vigilancia nos ha convertido a todos en vigilantes, pero sin la formación necesaria para entender lo que vemos.
Además, está el tema del morbo. Ver los últimos momentos de una persona con vida se ha convertido en una especie de entretenimiento macabro para algunos. Es desolador pensar que el dolor de una familia se resume en un clip de 30 segundos con una marca de agua de una agencia de noticias. Al final del día, esas imágenes pertenecen a un sumario judicial y a la intimidad de una víctima, no al algoritmo de recomendación de una plataforma de vídeos.
Justicia digital: ¿Son las cámaras la prueba definitiva?
A pesar de todo, no podemos negar que sin esas cámaras, el caso de Lizeth Marzano probablemente habría quedado en un limbo legal mucho más oscuro. Las imágenes permitieron establecer una línea de tiempo que el sospechoso no pudo rebatir. Es lo que en derecho llamamos «prueba de cargo». Pero ojo, una imagen no es una sentencia. Es una pieza más de un puzle que incluye autopsias, rastreo de señales de móviles y testimonios.
En Cartagena, por ejemplo, tenemos una historia muy rica en cuanto a «vigilancia», aunque antes era más analógica. Desde las torres vigía de la costa para avisar de los piratas berberiscos hasta las cámaras modernas que controlan el acceso al puerto. La esencia es la misma: el miedo a lo que no vemos y el deseo de tener un registro de lo que ocurre. La diferencia es que ahora el «pirata» puede ser alguien que sube contigo en el ascensor.
Para los que nos gusta la tecnología, este caso nos obliga a pensar en la ética del desarrollo. ¿Deberíamos implementar reconocimiento facial obligatorio en todos los edificios? En China ya lo hacen. En España, por suerte, somos más celosos de nuestra libertad. Pero claro, esa libertad tiene un precio: a veces, el ojo no está mirando cuando más lo necesitamos.
Un pequeño inciso técnico para los más curiosos
Si alguna vez te toca instalar un sistema de seguridad en casa o en tu negocio (algo muy común hoy en día con empresas como Securitas Direct o Prosegur bombardeándonos con anuncios), no te fijes solo en los megapíxeles. Eso es puro marketing. Fíjate en el sensor. Un sensor grande con pocos megapíxeles siempre grabará mejor de noche que uno pequeño con muchos. Y en criminología, la mayoría de las cosas importantes pasan cuando no hay luz.
Y otra cosa: el almacenamiento en la nube. Muchos sistemas modernos suben el vídeo directamente a servidores externos. Esto es genial porque si el ladrón (o el asesino) rompe la cámara o se lleva el grabador, las imágenes ya están a salvo. Pero claro, ahí entramos en el jardín de quién tiene acceso a esos servidores. ¿Están en España? ¿En EE.UU.? ¿En China? La soberanía de nuestros datos es el próximo gran campo de batalla legal.
Reflexiones de barra de bar sobre la seguridad
La conclusión que saco de todo esto es bastante agridulce. Por un lado, me fascina la capacidad que tenemos ahora para reconstruir la verdad a través de los bits. Por otro, me aterra lo expuestos que estamos. Lizeth Marzano no sabía que sus últimos pasos serían analizados por millones de personas. Ella solo volvía a casa, o iba a una cita, o simplemente vivía su vida.
Vaya, que al final la tecnología es solo una herramienta. Puede servir para hacer justicia, como parece que está ocurriendo en este caso, o puede servir para alimentar el voyerismo más rancio. Lo que está claro es que las cámaras de seguridad han cambiado para siempre la forma en que entendemos el crimen y el castigo. Ya no hay crímenes perfectos, solo cámaras que no estaban grabando o peritos que no supieron mirar.
Para que nos entendamos, el caso de Lizeth es un aviso para navegantes. En un mundo hiperconectado, el anonimato es un lujo que estamos perdiendo. Y aunque eso pueda ayudar a resolver tragedias, también nos quita un trocito de esa libertad de ser invisibles. No sé qué pensaréis vosotros, pero a mí, la próxima vez que vea una cámara en un ascensor, me va a costar no sentir un escalofrío recorriéndome la espalda.
En fin, que la historia de Lizeth nos sirva al menos para no bajar la guardia y para exigir que la tecnología esté siempre al servicio de la verdad, y no solo del control. Porque al final del día, lo que importa no es cuántas cámaras haya, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo debajo de ellas. Y si mal no recuerdo, la justicia siempre debería ser más importante que el simple hecho de observar.
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