seguridad / mayo 6, 2026 / 11 min de lectura / 👁 39 visitas

¿Mil millones para seguridad? Un número redondo que esconde muchas aristas

¿Mil millones para seguridad? Un número redondo que esconde muchas aristas

A ver, que mil millones de dólares se dicen pronto, pero puestos uno encima de otro, la pila de billetes llegaría a la estratosfera. O casi. La noticia ha saltado hace nada: los republicanos en el Senado de Estados Unidos han puesto sobre la mesa una propuesta de 1.000 millones de dólares destinados específicamente a «seguridad». Así, en genérico. La verdad es que, cuando uno lee estas cifras en los titulares, lo primero que piensa es en qué se va a gastar realmente ese dineral y, sobre todo, cómo nos afecta eso a nosotros, que estamos aquí a miles de kilómetros, quizás tomándonos un café frente al puerto de Cartagena.

Porque, no nos engañemos, lo que pasa en el Capitolio acaba teniendo eco en las empresas tecnológicas de Alcobendas o en los astilleros de Navantia. La seguridad hoy en día no es solo poner a un señor con uniforme en una puerta; es software, es inteligencia artificial, es vigilancia de fronteras y, lamentablemente, es una carrera armamentística digital que no parece tener fin. Vaya, que el dinero vuela más rápido que un dron de reconocimiento en cuanto entra en el presupuesto público.

Para que nos entendamos, esta propuesta no es un cheque en blanco (aunque se le parece). Viene en un momento de máxima tensión política, donde la seguridad fronteriza y la ciberseguridad se han convertido en el caballo de batalla electoral. Pero antes de entrar en el fango de la política estadounidense, vamos a desgranar qué significa esto desde una perspectiva técnica y humana, y por qué en España deberíamos estar mirando de reojo este movimiento.

El desglose de los «mil kilos»: ¿Dónde va el dinero?

Si mal no recuerdo, no es la primera vez que vemos una cifra tan redonda. A los políticos les encantan los números con muchos ceros porque suenan contundentes en los mítines. Sin embargo, la propuesta republicana se divide en varios pilares que, si los analizamos con lupa, nos cuentan una historia diferente. No se trata solo de muros físicos, sino de muros de silicio.

  • Infraestructura tecnológica en fronteras: Una parte sustancial se destinaría a sensores térmicos, cámaras de alta resolución y sistemas de monitorización automática. Aquí es donde entra la IA de la que tanto hablamos. Ya no basta con mirar por unos prismáticos; ahora se busca que un algoritmo detecte movimiento y clasifique si es un coyote, un conejo o una persona.
  • Ciberseguridad institucional: Tras los últimos sustos con el ransomware que ha bloqueado hospitales y ayuntamientos (algo que en España también conocemos bien, ¿verdad, SEPE?), quieren blindar las redes del Senado y de agencias críticas.
  • Seguridad escolar: Un tema muy estadounidense, pero que consume una tajada enorme del presupuesto en sistemas de control de acceso y vigilancia interna.

La cuestión es que, al final del día, gran parte de esos 1.000 millones acabarán en manos de contratistas de defensa y empresas de Silicon Valley. Y aquí es donde la cosa se pone interesante para nosotros. Muchas de estas empresas tienen sucursales en Europa o colaboran con gigantes españoles como Indra. Lo que se testea allí con dinero público americano, acaba llegando aquí como «solución estándar» de seguridad un par de años después.

La conexión Cartagena: De las murallas de Carlos III a los cortafuegos digitales

Viviendo en Cartagena, uno desarrolla un sentido especial para esto de la «seguridad». Esta ciudad ha sido, históricamente, el búnker del Mediterráneo. Si paseas por la Muralla del Mar o subes a los castillos que rodean la bahía, te das cuenta de que el concepto de gastar fortunas en protección no es nuevo. En el siglo XVIII, la inversión en las defensas de Cartagena fue, proporcionalmente, mucho más salvaje que esos 1.000 millones de los que hablan los senadores republicanos.

La diferencia es que antes la seguridad se medía en el espesor de la piedra de sillería y en el calibre de los cañones de costa. Hoy, la seguridad de una ciudad como la nuestra depende de que el sistema de control del Arsenal no sea hackeado o de que los radares de vigilancia marítima funcionen con un software robusto. Es curioso cómo hemos pasado de la defensa física a la lógica, pero el miedo de fondo sigue siendo el mismo.

Ojo con esto: cuando los republicanos proponen este gasto, están marcando una tendencia global. En España, el presupuesto de Defensa y Seguridad también está al alza. No llegamos a esas cifras astronómicas de golpe, pero la inercia es clara. La seguridad vende, y vende muy bien porque apela a nuestro instinto más básico. Pero, ¿es más seguro un sistema por ser más caro? La verdad es que no siempre.

¿IA para vigilarnos a todos? El dilema del algoritmo

Hablemos un poco de tecnología, que para eso estamos en un blog que respira bits. Gran parte de esa inversión de 1.000 millones va a ir directa a mejorar algoritmos de reconocimiento facial y análisis de patrones de comportamiento. Para un programador, esto es un reto técnico de primer nivel. Para un ciudadano, puede ser una pesadilla de privacidad.

Imagina que tenemos un flujo de datos constante de miles de cámaras. Ningún humano puede ver eso. Así que escribimos algo de código. Un ejemplo muy simplificado (y con un toque de ironía, porque sabemos que la realidad es mucho más farragosa) de cómo se estructuraría un sistema de alerta básica sería algo así:


# Sistema de alerta de "seguridad" nivel político
import time

def analizar_movimiento(objeto_detectado):
    # En un mundo ideal, esto usaría redes neuronales profundas.
    # En el mundo real, a veces es un condicional mal optimizado.
    if objeto_detectado['tipo'] == 'humano' and objeto_detectado['zona'] == 'restringida':
        return "ALERTA: Posible intruso detectado. Enviar dron de 50.000$."
    elif objeto_detectado['tipo'] == 'conejo':
        return "Falsa alarma: Es solo un bicho. Ignorar."
    else:
        return "Todo tranquilo en la frontera."

# Simulando el gasto del presupuesto
presupuesto = 1000000000
while presupuesto > 0:
    print(analizar_movimiento({'tipo': 'humano', 'zona': 'restringida'}))
    # Aquí es donde el dinero desaparece en mantenimiento y licencias de software
    presupuesto -= 100000 
    time.sleep(0.5)
    if presupuesto <= 500000000:
        print("Vaya, ya nos hemos gastado la mitad y el muro digital sigue dando errores de login.")
        break

Bromas aparte, el problema técnico real es el de los «falsos positivos». Si gastas 1.000 millones en un sistema que confunde a un senderista con una amenaza a la seguridad nacional, tienes un problema de diseño y un problema ético. En España, empresas como FacePhi están liderando el reconocimiento biométrico, y siempre están en ese equilibrio entre la seguridad y no ser demasiado intrusivos. Los republicanos parecen tenerlo claro: prefieren que sobre tecnología a que falte, aunque eso signifique convertir la frontera en un set de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto.

El impacto en el mercado español: ¿Nos toca algo de ese pastel?

Podrías pensar: «A mí qué me importa lo que propongan cuatro senadores en Washington». Pues resulta que importa, y bastante. El mercado de la seguridad es global. Cuando EE. UU. inyecta esa cantidad de dinero, las empresas españolas del sector defensa y tecnología se frotan las manos. ¿Por qué? Porque muchas son subcontratistas o proveen componentes específicos.

Por ejemplo, Navantia, con sede en nuestra querida Cartagena, tiene contratos y colaboraciones constantes con la Marina de EE. UU. (la US Navy). Si el concepto de «seguridad» se expande para incluir más vigilancia costera o protección de infraestructuras críticas, es muy probable que la tecnología desarrollada aquí acabe beneficiándose de esos fondos indirectamente. Es el efecto dominó de la economía de defensa.

Además, está el tema de la estandarización. Si el Senado de EE. UU. decide que cierto protocolo de comunicación es el estándar para su «seguridad de mil millones», el resto de la OTAN (España incluida) acabará adoptándolo para poder hablar el mismo idioma tecnológico. Así que, al final, ese dinero acaba dictando cómo se protegen las fronteras en Algeciras o cómo se vigila el espacio aéreo en la base de San Javier.

¿Es realmente necesario tanto dinero o es solo postureo político?

Aquí es donde entra mi parte escéptica, esa que sale después de la tercera taza de café. La seguridad es el argumento perfecto para no dar explicaciones. «Es por seguridad» es el «porque lo digo yo» de la política moderna. Los republicanos saben que proponer recortes en educación o sanidad es impopular, pero proponer gasto en seguridad suele ser un valor seguro para su base electoral.

La pregunta que nadie parece hacerse en el Senado es: ¿qué pasaría si invirtiéramos esos 1.000 millones en diplomacia, en desarrollo en los países de origen o en mejorar los procesos legales de migración? Pero claro, eso no queda tan bien en un anuncio de televisión como un helicóptero nuevo con visión nocturna.

Para que nos entendamos, la seguridad absoluta no existe. Es una asíntota; te puedes acercar mucho, pero nunca llegas a tocarla. Gastar 1.000 millones te acerca un poco más que gastar 500, pero el riesgo siempre está ahí. La cuestión es si el coste de oportunidad —lo que dejas de hacer con ese dinero— merece la pena. En España, cada vez que vemos el presupuesto para las patrulleras de la Guardia Civil o para los sistemas SIVE (Sistema Integrado de Vigilancia Exterior), tenemos el mismo debate. Es necesario, sí, pero ¿a qué precio?

Una anécdota histórica para poner perspectiva

Me viene a la cabeza la historia del Submarino Peral. Isaac Peral, cartagenero de pro, inventó algo que iba a revolucionar la seguridad naval: el primer submarino torpedero eléctrico. En su momento, pidió una fracción mínima de lo que hoy serían esos 1.000 millones para desarrollar su invento. ¿Qué hicieron los políticos de la época? Marear la perdiz, poner trabas y, finalmente, dejar que el proyecto muriera por envidias y falta de visión.

Hoy, los políticos proponen mil millones para «seguridad» con una facilidad pasmosa, a menudo para comprar tecnología que ya existe o para poner parches a problemas que ellos mismos no saben resolver. Si Peral levantara la cabeza y viera cómo se manejan los presupuestos de defensa hoy en día, probablemente se volvería a meter en su submarino y no saldría hasta que pasara la tormenta.

La lección aquí es que el dinero no compra inteligencia. Puedes tener el sistema de seguridad más caro del mundo, pero si el factor humano falla, o si la estrategia de fondo es errónea, tienes mil millones de dólares en chatarra tecnológica. Y eso es algo que tanto republicanos como demócratas, y tanto políticos de Madrid como de Murcia, olvidan con demasiada frecuencia.

Ciberseguridad: El frente invisible

No quiero dejar pasar el tema de la ciberseguridad, que es donde yo creo que esos 1.000 millones tendrían más sentido si se usan bien. La guerra ya no es solo en el barro. La propuesta republicana menciona la protección de redes críticas. Esto es vital. Un ataque bien dirigido a la red eléctrica de una ciudad como Cartagena podría causar más daño que un bombardeo convencional.

Pero ojo, la ciberseguridad no se soluciona solo comprando licencias de antivirus caros. Se soluciona formando a la gente, pagando mejores sueldos a los expertos en seguridad del sector público (que a menudo se van a la privada en cuanto pueden) y fomentando una cultura de la prevención. Si esos mil millones se van en «consultoría» de amiguetes, estamos en las mismas de siempre.

En España tenemos el INCIBE, que hace una labor fantástica, pero siempre andan cortos de recursos comparado con lo que se maneja al otro lado del charco. Ver estas cifras en EE. UU. nos da una idea de la magnitud de la amenaza que ellos perciben, o al menos, de la magnitud del negocio que han montado alrededor de esa amenaza.

¿Y ahora qué? El camino de la propuesta

Vaya, que esto no es llegar y besar el santo. La propuesta de los republicanos tiene que pasar por el filtro de los demócratas, que seguramente querrán mover algunas partidas hacia otros lados. Habrá enmiendas, discusiones a puerta cerrada y, probablemente, la cifra acabe cambiando. Pero el mensaje ya está enviado: la seguridad es la prioridad número uno en la agenda legislativa.

Al final del día, lo que nos queda es la reflexión de siempre. Vivimos en un mundo donde parece que nunca hay suficiente dinero para lo social, pero siempre aparecen mil millones debajo de las piedras cuando se trata de poner vallas, ya sean físicas o digitales. Es la realidad que nos ha tocado, y como ciudadanos (y como gente curiosa que lee blogs de tecnología), lo mínimo que podemos hacer es estar informados y ser críticos con cómo se gasta cada céntimo de ese dinero público.

La conclusión que saco de todo esto es que, independientemente de si eres de Cartagena, de Madrid o de Kentucky, la palabra «seguridad» va a seguir siendo la llave maestra que abre el grifo del dinero público. La clave está en vigilar nosotros a los que vigilan, para que esos mil millones sirvan para algo más que para alimentar el ego de unos cuantos senadores y las cuentas de resultados de las grandes tecnológicas.

Y ahora, si me disculpáis, voy a por otra taza de café. Que esto de analizar presupuestos millonarios me ha dejado la cabeza pidiendo un descanso. La próxima vez que oigáis hablar de «seguridad», recordad: no es solo cuestión de dinero, es cuestión de qué tipo de sociedad queremos construir con él. ¿Una fortaleza inexpugnable o un lugar donde la tecnología nos haga la vida más fácil y no solo más vigilada?

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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