juegos / febrero 25, 2026 / 11 min de lectura / 👁 178 visitas

El experimento: En busca del calor en invierno

El experimento: En busca del calor en invierno

Si alguna vez habéis estado en Sierra Nevada un martes de enero a las ocho de la mañana, sabréis que el frío no es solo una temperatura; es algo que te muerde los huesos. Pero, curiosamente, si te pones a esquiar como si no hubiera un mañana, empiezas a notar que por dentro eres un horno. Esa contradicción, ese choque entre el hielo que te rodea y la sangre hirviendo que corre por tus venas, es precisamente lo que ha intentado capturar un grupo de fotógrafos en los recientes Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina. Y no lo han hecho con cámaras normales, de esas que sacan el blanco impoluto de la nieve, sino con cámaras térmicas. Sí, de esas que usan los peritos para ver por dónde se escapa el calor en una casa de Cartagena o los ingenieros para revisar motores.

La verdad es que el resultado es una especie de delirio psicodélico que nos enseña el deporte como nunca lo habíamos visto. Olvidaos de los colores naturales. Aquí lo que importa es la radiación infrarroja. Lo que antes era un esquiador bajando a toda pastilla por los Dolomitas, ahora es una mancha espectral de color rojo y amarillo chillón que atraviesa un desierto de color cian y azul profundo. Es, literalmente, ver el esfuerzo físico convertido en luz.

El proyecto tiene un nombre que suena casi a título de novela de aventuras: En busca del calor en invierno. Detrás de esta idea están Héctor Vivas, Pauline Ballet y Ryan Pierse, tres fotógrafos de la agencia Getty Images que decidieron que ya estaba bien de hacer siempre la misma foto perfecta y nítida. Querían algo con más «alma», o al menos, con más temperatura. Se armaron con cámaras térmicas compactas, unos aparatos que normalmente no verías en la banda de una pista de patinaje, sino más bien en un laboratorio o en una inspección industrial de alta precisión.

Ojo con esto, porque la técnica no es moco de pavo. Estas cámaras no captan la luz que rebota en los objetos (que es lo que hace tu móvil o mi cámara réflex), sino que leen la energía térmica. En un entorno donde todo está a varios grados bajo cero, el cuerpo de un atleta rindiendo al máximo nivel es lo más parecido a una supernova. Los músculos, al trabajar de forma violenta y armoniosa, generan un calor brutal que estas cámaras traducen en una paleta de colores que parece sacada de una película de Predator.

Vaya, que lo que han conseguido es retratar la «imagen interna» del movimiento. Es como si pudiéramos ver el recuerdo del esfuerzo grabado en el aire frío de Italia. Los fotógrafos buscaban esa paradoja: el calor extremo del ser humano enfrentado a la indiferencia gélida de la naturaleza.

¿Cómo funciona este invento? (Sin ponernos demasiado intensos)

Para que nos entendamos, todo lo que nos rodea emite una cierta cantidad de radiación infrarroja, siempre que su temperatura esté por encima del cero absoluto. Las cámaras térmicas tienen unos sensores especiales (microbolómetros, si queremos ponernos técnicos, aunque si mal no recuerdo, hay varios tipos) que transforman esa radiación en una imagen electrónica.

En el contexto de los Juegos de Invierno, esto crea un contraste visual alucinante:

  • Los atletas: Se ven en tonos amarillos, naranjas y rojos. Cuanto más esfuerzo, más «brilla» el músculo. Un patinador de velocidad, tras una vuelta explosiva, parece una antorcha humana.
  • El entorno: El hielo de la pista, la nieve de las montañas y el aire gélido se representan en tonos índigo, violeta y cian. Es un escenario fantasmagórico donde el fondo parece muerto y el deportista es lo único que tiene vida.
  • El rastro: A veces, si la cámara es lo suficientemente sensible, se puede ver incluso el rastro de calor que dejan los esquís sobre la nieve durante unos milisegundos. Es la huella térmica del paso del hombre por el hielo.

La estética de lo invisible: Más allá del píxel

Lo que me parece más curioso de todo esto es que, al eliminar los detalles de la cara o el patrocinador de la ropa, la fotografía se vuelve mucho más pura. Ya no importa si el deportista es guapo o si lleva la marca X o Y. Lo que ves es la máquina biológica en su máxima expresión. Es una visión casi anatómica, pero con un toque artístico que te deja pegado a la pantalla.

La verdad es que, viendo estas fotos, uno se da cuenta de lo que sufre el cuerpo. En disciplinas como el esquí de fondo o el biatlón, donde los pulmones queman y el corazón late a casi 200 pulsaciones por minuto, la cámara térmica revela zonas de calor intenso en el pecho y la cara, mientras que las extremidades, a veces, se mantienen un poco más frías por la vasoconstricción. Es un mapa del sacrificio humano.

Además, hay algo muy poético en ver a un patinador artístico. En una foto normal vemos la elegancia del traje y el brillo de las cuchillas. En una foto térmica, vemos cómo el calor se concentra en los cuádriceps y en la espalda, los motores que permiten esos saltos imposibles. Es como ver el motor de un Ferrari a través del capó mediante rayos X.

El reto de disparar en el frío

No creáis que esto de usar cámaras térmicas en los Dolomitas es llegar y besar el santo. Estas cámaras, aunque son robustas, no están diseñadas para el ritmo frenético de una competición olímpica. El enfoque suele ser más lento que el de una cámara deportiva profesional y la resolución no es para tirar cohetes si la comparamos con los sensores modernos de 50 megapíxeles.

Los fotógrafos tuvieron que aprender a «predecir» el movimiento. No puedes confiar en el enfoque automático ultrarrápido. Tienes que estar ahí, sintiendo el ritmo de la competición, esperando a que el esquiador pase por el punto exacto donde la luz térmica y la composición se encuentran. Es un ejercicio de paciencia y de ojo clínico que poco tiene que ver con el «ametrallar» a ráfagas de 30 fotos por segundo a las que están acostumbrados en otros eventos.

¿Qué nos dice esto sobre el deporte en España?

A ver, aterrizando un poco el tema a nuestra realidad, en España no somos precisamente una potencia mundial en deportes de invierno (aunque ojo con lo que estamos consiguiendo últimamente), pero sí que sabemos mucho de calor. Si aplicáramos estas cámaras a un entrenamiento del Real Madrid o del Barça en pleno agosto, probablemente la cámara explotaría.

Pero volviendo a la nieve, tenemos ejemplos como Queralt Castellet o Lucas Eguibar. Imaginaos una foto térmica de Queralt en el halfpipe, suspendida en el aire, siendo un punto de calor absoluto contra el cielo azul gélido. O a los esquiadores que entrenan en el Pirineo aragonés o en Sierra Nevada. Esta tecnología, más allá de lo artístico, se está empezando a usar en centros de alto rendimiento en España para prevenir lesiones.

Y es que, si un músculo está más caliente de lo normal sin una explicación clara, puede ser señal de una inflamación o una sobrecarga. Así que, lo que empezó como un experimento poético de Getty Images, tiene aplicaciones muy reales en el día a día de nuestros deportistas para evitar que se rompan antes de tiempo.

La conexión con Cartagena: Un pequeño inciso

Me vais a permitir una pequeña digresión, pero es que no puedo evitarlo. Yo, que soy de Cartagena, donde el concepto de «frío» es que el termómetro baje de los 15 grados, veo estas fotos y me entra un escalofrío. Pero a la vez, entiendo perfectamente esa sensación de calor interno. Aquí, cuando salimos a correr por el puerto o subimos al monte Roldán con 30 grados a la sombra, somos auténticas estufas con patas.

La diferencia es que en Milán-Cortina, ese calor es lo que te mantiene vivo y competitivo. En el Mediterráneo, el calor es el enemigo a batir. Ver estas fotos de los Juegos de Invierno es como ver el negativo de nuestra propia existencia veraniega. Es fascinante cómo la tecnología puede unir realidades tan distintas a través de algo tan básico como la temperatura corporal.

El impacto visual: ¿Por qué nos atraen estas imágenes?

Al final del día, lo que nos atrae de estas fotos es que nos muestran una realidad que nuestros ojos no pueden ver. Estamos programados para ver el mundo en el espectro visible, y cuando alguien nos abre una ventana al infrarrojo, nos quedamos embobados. Es como cuando de pequeños descubrimos que podíamos ver los huesos de nuestra mano poniendo una linterna detrás (bueno, más o menos).

Estas imágenes rompen con la estética limpia y a veces un poco aburrida de la fotografía deportiva tradicional. Estamos saturados de fotos perfectas, con colores vibrantes y una nitidez que asusta. Las fotos térmicas de Vivas, Ballet y Pierse son «sucias», tienen ruido, los colores son antinaturales… y precisamente por eso son maravillosas. Tienen una textura que parece más cercana a la pintura expresionista que al periodismo puro.

Un cambio de paradigma en la narrativa olímpica

Los Juegos Olímpicos siempre han sido un escaparate para la innovación. Desde las primeras retransmisiones en blanco y negro hasta el 4K HDR de hoy en día. Pero casi siempre la innovación ha ido por el camino de «ver mejor lo que ya vemos». Este experimento va por el camino de «ver lo que no podemos ver».

Para que nos entendamos, es pasar de la descripción al sentimiento. Una foto normal te dice: «Este es el esquiador X ganando la medalla de oro». Una foto térmica te dice: «Este es el esfuerzo sobrehumano, la energía pura y el calor que se desprende al rozar el límite de la capacidad humana». Es una narrativa mucho más visceral.

Detalles técnicos para los más cafeteros

Si hay algún friki de la tecnología leyendo esto (que sé que los hay, y muchos), se estará preguntando qué cámaras usaron exactamente. Aunque no han dado el modelo específico con número de serie, se trata de cámaras térmicas de alta gama adaptadas.

A diferencia de las cámaras térmicas baratas que se conectan al móvil, estas tienen una tasa de refresco mayor. ¿Por qué es importante esto? Porque si intentas fotografiar a un piloto de luge bajando a 130 km/h con una cámara térmica normal, solo verás un borrón. Necesitas sensores que puedan captar la radiación a una velocidad endiablada.

Además, el procesado de la imagen es clave. La cámara asigna colores a diferentes rangos de temperatura (lo que se llama paleta de colores). Los fotógrafos eligieron una paleta que resaltara el contraste entre el cuerpo humano y el hielo. No es solo darle a un botón; es saber configurar el «rango dinámico» térmico para que el blanco de la nieve no sature el sensor y el calor del atleta no se convierta en una mancha blanca sin detalle.

El papel de la Inteligencia Artificial en todo esto

Y claro, estando en aquinohayquienviva.es, no podíamos dejar de mencionar a nuestra amiga la IA. Aunque las fotos son capturas directas de la realidad, el post-procesado de estas imágenes térmicas a menudo se apoya en algoritmos que ayudan a definir los bordes y a reducir el ruido térmico.

En el futuro, no me extrañaría nada que viéramos retransmisiones en directo donde podamos activar una «capa térmica» gracias a la IA, que procese en tiempo real los datos de los sensores y nos muestre qué corredor de un maratón está empezando a sobrecalentarse o quién tiene los músculos más preparados para un sprint final. La tecnología está ahí, solo falta que alguien se atreva a integrarla de forma masiva.

La conclusión que saco de todo esto…

La verdad es que este trabajo de Getty Images es un soplo de aire fresco (o de aire caliente, según se mire) en un mundo donde todo parece ya inventado. Nos recuerda que el deporte no es solo técnica y resultados, sino también energía pura.

Ver a esos atletas convertidos en espectros de fuego en mitad de los Alpes italianos nos devuelve una visión casi mística de la competición. Es la lucha eterna del hombre contra los elementos, pero vista desde una perspectiva científica que, paradójicamente, resulta ser más artística que nunca.

Al final, lo que queda es esa imagen del corazón latiendo bajo la piel, de los músculos en tensión y de ese calor que, a pesar de estar rodeados de nieve y hielo, nos hace sentirnos terriblemente vivos. Y si eso no es poesía, que baje Dios y lo vea.

Así que, la próxima vez que veáis una competición de invierno por la tele, intentad imaginar ese rastro de calor que van dejando. Pensad en el fuego interno que hace falta para lanzarse por una pista de hielo a toda velocidad. Y si tenéis frío, acordaos de estos fotógrafos que se fueron a los Dolomitas a buscarnos un poco de calor en mitad del invierno más crudo. Vaya, que al final, todo es cuestión de perspectiva… y de unos cuantos infrarrojos.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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