tecnologia / febrero 25, 2026 / 11 min de lectura / 👁 271 visitas

El trío dinámico: Ciencia, Tecnología y Transformación Digital

El trío dinámico: Ciencia, Tecnología y Transformación Digital

A veces uno se levanta, se toma el primer café del día —uno de esos bien cargados, que si no el cerebro no arranca— y se pone a mirar qué está pasando fuera de nuestras fronteras. Y no hablo solo de lo que dice el vecino o de la última polémica en redes sociales. Me refiero a esos movimientos tectónicos que están ocurriendo en la otra punta del mundo y que, aunque parezcan lejanos, nos dan una bofetada de realidad sobre hacia dónde vamos. Resulta que hace apenas unas horas, el ministro de Ciencia y Tecnología de Vietnam, Nguyen Manh Hung, soltaba una de esas frases que te dejan pensando: la ciencia, la tecnología y la innovación no son solo herramientas, son el motor central que está abriendo espacios de crecimiento que antes ni existían.

La verdad es que, cuando escuchas a un alto cargo de un país que está creciendo a ritmos de vértigo hablar de este «trío de motores», te das cuenta de que no es palabrería de político. Es una hoja de ruta. Y ojo, que esto no solo aplica a Vietnam. Si aterrizamos este concepto en nuestra realidad, aquí en España, y más concretamente en rincones con tanta solera tecnológica como Cartagena, la cosa se pone interesante. Porque, seamos sinceros, a veces pensamos que la innovación es algo que pasa en Silicon Valley, pero la realidad es que se está cocinando en cada línea de código y en cada laboratorio que decide apostar por lo nuevo en lugar de conformarse con lo de siempre.

Para que nos entendamos, el ministro vietnamita hablaba de una tríada que, si la analizas bien, es la base de cualquier economía que no quiera quedarse anclada en el siglo pasado. No se trata solo de comprar ordenadores nuevos o de poner fibra óptica en todos los polígonos industriales (que también). Se trata de una simbiosis que funciona más o menos así:

  • La Ciencia como cimiento: Es el «por qué» de las cosas. Sin investigación básica, no hay nada que aplicar. Es ese conocimiento puro que a veces parece que no sirve para nada inmediato, pero que es el caldo de cultivo de todo lo demás.
  • La Tecnología como herramienta: Es el «cómo». Es coger ese conocimiento científico y convertirlo en algo tangible. Un chip, un algoritmo de inteligencia artificial o un nuevo material para construir barcos más ligeros en Navantia.
  • La Innovación y Transformación Digital como el acelerador: Es el «para qué». Es la capacidad de aplicar todo lo anterior para cambiar procesos, crear nuevos mercados y, en definitiva, hacer que la vida sea un poco más fácil (o al menos, más eficiente).

Vaya, que si quitas una de las patas, el taburete se cae. En España, hemos tenido épocas donde hemos invertido mucho en una cosa y poco en otra. Nos ha pasado, por ejemplo, que tenemos científicos brillantes que luego ven cómo sus patentes se aprovechan fuera porque aquí no tenemos el tejido tecnológico para aterrizarlas. Y eso es precisamente lo que este nuevo enfoque de «motores de crecimiento» intenta evitar.

¿Por qué esto nos importa aquí en España?

Podrías pensar: «Vale, muy bien lo de Vietnam, pero yo estoy en Murcia o en Madrid, ¿a mí qué me cuentas?». Pues te cuento que el mercado global no espera a nadie. La transformación digital ya no es una opción que puedas elegir como quien elige el color de un coche. Es el aire que respiramos. Si miramos el panorama nacional, tenemos ejemplos de sobra de cómo este motor está empezando a rugir.

Fíjate en el sector de la agrotecnología en el Campo de Cartagena. Allí, la ciencia y la tecnología se han unido para optimizar cada gota de agua. No es solo poner un sensor; es usar modelos predictivos basados en IA para saber exactamente cuándo va a necesitar agua una planta de lechuga. Eso es abrir un «nuevo espacio de crecimiento». Es pasar de la agricultura tradicional a una industria de precisión que exporta conocimiento a todo el mundo. La verdad es que, cuando ves a una empresa murciana compitiendo en tecnología con gigantes israelíes o estadounidenses, te das cuenta de que el motor funciona.

Además, no podemos olvidar el impacto en el empleo. Siempre existe ese miedo de que «la máquina nos va a quitar el trabajo». Pero si miramos los datos con un poco de perspectiva (y si mal no recuerdo, los últimos informes de la patronal tecnológica lo confirman), los perfiles que más están creciendo son precisamente los que saben manejar estos motores. No se trata de sustituir humanos, sino de darles superpoderes tecnológicos.

Un pequeño ejemplo de código: La automatización como primer paso

Para que veas que esto no es solo teoría, vamos a bajar al barro. La transformación digital empieza muchas veces con algo tan sencillo como automatizar una tarea tediosa. Imagina que en una pequeña empresa española queremos empezar a usar IA para clasificar correos de clientes. No necesitas un superordenador de la NASA, necesitas entender la lógica del motor.


# Un ejemplo tonto pero real de cómo la tecnología ahorra tiempo
import openai

def clasificar_consulta(texto_cliente):
    # Esto sería el equivalente a tener un becario muy rápido
    prompt = f"Clasifica este mensaje de cliente en: QUEJA, PEDIDO o INFO: {texto_cliente}"
    
    # Llamamos a la "ciencia" aplicada (el modelo de lenguaje)
    respuesta = openai.Completion.create(model="text-davinci-003", prompt=prompt)
    
    return respuesta.choices[0].text.strip()

# El resultado es que abrimos espacio para que el humano haga cosas con valor real
mensaje = "Oye, que mi pedido de Cartagena no ha llegado todavía"
print(f"Resultado: {clasificar_consulta(mensaje)}")

Este trozo de código, que parece una tontería, es un ejemplo microscópico de lo que decía el ministro. Estamos usando ciencia (procesamiento de lenguaje natural) y tecnología (Python y APIs) para innovar en un proceso de negocio. Multiplica esto por un millón y tienes una revolución económica.

El peso de la historia: De Isaac Peral a la IA moderna

A veces me gusta echar la vista atrás, sobre todo cuando estoy por Cartagena. No puedo evitar pensar en Isaac Peral. El tío era un visionario. En su momento, el submarino eléctrico fue la cima de la ciencia y la tecnología. Fue un «motor de crecimiento» que, lamentablemente, no supimos aprovechar del todo en España por las trabas de la época (la burocracia, ese enemigo eterno).

La lección que sacamos de aquello es que no basta con tener la tecnología; hay que tener el ecosistema que la soporte. Vietnam lo está entendiendo ahora: necesitan que el gobierno, las empresas y la academia remen en la misma dirección. En España, parece que por fin nos estamos dando cuenta con iniciativas como los fondos Next Generation o los PERTE (Proyectos Estratégicos para la Recuperación y Transformación Económica). El PERTE del chip, por ejemplo, es un intento serio de que no nos pase como a Peral y que la tecnología de semiconductores tenga raíces aquí.

Y es que, al final del día, la historia se repite. Los países que dominan el motor tecnológico son los que escriben las reglas del juego. Si nos quedamos solo como usuarios de la tecnología de otros, seremos meros espectadores. Pero si nos metemos en el ajo, si fomentamos que nuestras universidades y startups colaboren, estamos abriendo esos «nuevos espacios» de los que hablaba Nguyen Manh Hung.

La realidad del mercado español: Luces y algunas sombras

No todo es de color de rosa, claro. Si te digo que todo va sobre ruedas, te estaría mintiendo, y aquí hemos venido a hablar claro. España tiene un talento brutal. Cualquiera que haya pasado por una politécnica sabe que nuestros ingenieros son de lo mejorcito que hay. El problema es que, a veces, el motor se gripa por falta de aceite (dinero) o por exceso de fricción (papeleo).

Ojo con esto: la inversión en I+D en España sigue estando por debajo de la media europea. Mientras que países como Alemania o Corea del Sur meten billetes a espuertas en ciencia, aquí a veces parece que vamos a cuentagotas. Sin embargo, hay brotes verdes. Málaga se ha convertido en un «hub» tecnológico impresionante, Madrid y Barcelona siguen tirando del carro, y ciudades como Cartagena están encontrando su hueco en la industria 4.0 y la defensa tecnológica.

Lo que nos falta, quizás, es creérnoslo un poco más. La transformación digital no es solo que el carnicero del barrio acepte Bizum (que está muy bien), sino que las medianas empresas industriales den el salto a la analítica de datos. Para que nos entendamos: si una fábrica de conservas en Murcia usa Big Data para predecir la demanda y reducir el desperdicio de comida, eso es ciencia y tecnología abriendo espacios de crecimiento. Es más beneficio, menos residuos y empleos de mayor calidad.

¿Qué significa realmente «abrir nuevos espacios»?

Esta frase suena muy bonita, pero vamos a desgranarla. Abrir nuevos espacios significa crear mercados que antes eran imposibles. Piensa en el sector de las energías renovables. Hace veinte años, la eólica o la solar eran casi testimoniales. Hoy, gracias a la ciencia de materiales y a la tecnología de control, España es una potencia mundial en esto. Hemos abierto un espacio de crecimiento verde que genera miles de empleos y nos hace menos dependientes de lo que pase en otros países con el gas o el petróleo.

Otro ejemplo: la telemedicina. Durante la pandemia, vimos cómo la tecnología abría un espacio de atención sanitaria que estaba ahí, latente, pero que no usábamos. Ahora, un médico en un hospital de referencia en Madrid puede asistir en una operación en un hospital más pequeño mediante sistemas de realidad aumentada. Eso es crecimiento, no solo económico, sino social.

La Inteligencia Artificial: El turbo del motor

Si la ciencia y la tecnología son el motor, la Inteligencia Artificial es el turbo que le hemos puesto recientemente. Y aquí es donde la cosa se pone de verdad interesante. La IA no es solo un chat que te escribe poemas; es una capacidad de procesamiento que permite acelerar la propia ciencia.

Por ejemplo, en el descubrimiento de nuevos fármacos. Antes, los científicos tardaban años en probar combinaciones de moléculas. Ahora, modelos de IA pueden simular millones de combinaciones en días. Esto es ciencia potenciada por tecnología. En España, tenemos centros de supercomputación como el de Barcelona (el MareNostrum) que son auténticas joyas de la corona y que están en el centro de esta revolución.

Pero claro, la IA también trae sus dudas. ¿Es ética? ¿Cómo afecta a la privacidad? Aquí es donde entra la parte humana del redactor que os escribe. La tecnología por sí sola es neutra; lo que importa es qué hacemos con ella. Por eso, la «innovación» de la que hablaba el ministro vietnamita también debe ser una innovación en valores y en regulación. España, de hecho, está siendo pionera en Europa con la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA), con sede en A Coruña. Es un intento de poner orden en este crecimiento explosivo.

El papel de la educación: Formando a los mecánicos del futuro

Para que este motor central no se pare, necesitamos gente que sepa cómo funciona. Y aquí es donde entra la educación. No podemos seguir enseñando informática como si estuviéramos en 1995. La alfabetización digital ya no es saber usar el Word; es entender cómo funcionan los datos, qué es un algoritmo y cómo interactuar con máquinas inteligentes.

La verdad es que me da mucha envidia (de la sana) ver cómo en algunos países asiáticos la programación es casi una lengua materna. En España estamos mejorando, pero todavía hay una brecha importante. Necesitamos que los chavales vean que la ciencia y la tecnología son caminos emocionantes, no solo asignaturas difíciles. Y no solo los chavales; la formación continua para los que ya estamos en el mercado laboral es vital. O te actualizas, o el motor te deja atrás.

En Cartagena, por ejemplo, la UPCT hace una labor increíble conectando a los estudiantes con la realidad de las empresas tecnológicas de la zona. Ese es el camino. Crear puentes, no muros. Porque al final, la tecnología la hacen las personas para las personas.

¿Hacia dónde vamos? Una reflexión final (sin ser una conclusión cerrada)

Al final del día, lo que nos dice la noticia sobre Vietnam es un recordatorio de que el mundo se está moviendo rápido. La ciencia, la tecnología y la innovación son los pilares de lo que viene. No es una moda pasajera, es el cambio estructural más profundo desde la Revolución Industrial.

Para que nos entendamos, estamos en un momento en el que podemos elegir: o somos los que diseñamos el motor, o somos los que simplemente pagamos por el viaje. España tiene todas las papeletas para estar en el primer grupo. Tenemos el talento, tenemos la historia y, poco a poco, estamos consiguiendo la infraestructura.

Vaya, que la próxima vez que oigas hablar de transformación digital o de inversión en ciencia, no pienses que es algo ajeno. Es lo que va a determinar si dentro de diez años nuestras empresas son competitivas o si nuestros jóvenes tienen que irse fuera a buscarse la vida. Es el motor que abre espacios, sí, pero nosotros somos los que tenemos que llevar el volante.

Y si me permitís la digresión, creo que el secreto está en no perder la curiosidad. Esa misma curiosidad que llevó a Peral a sumergirse en el puerto de Cartagena es la que hoy nos tiene que llevar a explorar las posibilidades de la IA, de la biotecnología o de la computación cuántica. Porque, la verdad sea dicha, lo que viene va a ser de todo menos aburrido. Así que, mejor que nos pille con el motor bien engrasado y el depósito de ideas lleno.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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