IA / abril 5, 2026 / 11 min de lectura / 👁 129 visitas

El filósofo que no quería ser un algoritmo

A veces uno se levanta, se toma un café bien cargado mirando hacia el Arsenal de Cartagena y piensa que el futuro es una línea recta hacia el progreso, algo así como una actualización de software que siempre mejora lo anterior. Pero luego te cruzas con las reflexiones de Éric Sadin y se te atraganta la tostada. La verdad es que este filósofo francés, que lleva años avisándonos de que nos estamos metiendo en un jardín del que no sabremos salir, ha soltado una frase de esas que te dejan el cuerpo frío: «La IA apesta a muerte». Y no lo dice porque crea que un robot nos va a perseguir por la calle Mayor con una escopeta láser, sino por algo mucho más sutil y, sinceramente, bastante más triste.

Sadin no es el típico tecnófobo que odia los ordenadores porque no sabe encenderlos. Al contrario. El tipo vive en Belleville, un barrio de París con mucha solera, y se conoce al dedillo cómo funcionan las tripas de Silicon Valley. Lo que le pasa es que está harto. Harto de ver cómo entregamos nuestra capacidad de decidir, de crear y de equivocarnos a una serie de algoritmos que, al final del día, lo único que buscan es que seamos predecibles. Para él, esa «muerte» de la que habla es la desaparición de lo humano, de lo inesperado, de ese chispazo de ingenio que no puede ser procesado por una tarjeta gráfica de Nvidia.

Me lo imagino en su salón, dando vueltas mientras se enfrían los croissants que acaba de hornear, despotricando contra la pereza intelectual que nos invade. Y es que, si lo pensamos bien, tiene parte de razón. Aquí en España, donde nos gusta tanto la charla y el contacto humano, estamos empezando a delegar hasta las felicitaciones de cumpleaños en una IA. Vaya, que nos estamos volviendo un poco vagos, y Sadin cree que esa pereza es el caballo de Troya que va a terminar con nuestra libertad.

Más allá de Skynet: El miedo de los «adolescentes retrasados»

Una de las cosas que más me gusta de Sadin es cómo despacha los miedos de Hollywood. Para él, toda esa narrativa de Terminator o Matrix, donde una inteligencia suprema decide aniquilarnos porque somos una amenaza, es, en sus propias palabras, un pensamiento de «adolescente retrasado». Ojo, que no se anda con chiquitas. Lo que le preocupa no es que la IA se vuelva consciente y nos declare la guerra, sino que nosotros nos volvamos tan dependientes de ella que dejemos de ser conscientes de nosotros mismos.

La IA generativa, esa que ahora usamos para que nos escriba un correo electrónico o nos haga un resumen de una reunión de tres horas, es para Sadin la herramienta definitiva de la capitulación. No es una amenaza externa; es una renuncia interna. Es como si decidiéramos dejar de caminar porque tenemos un coche que nos lleva a todas partes, y al cabo de diez años nos diéramos cuenta de que ya no sabemos cómo mover las piernas. Pues lo mismo, pero con el cerebro.

En el contexto de nuestras empresas en España, desde las grandes del IBEX hasta la pequeña startup de Murcia, la obsesión por la eficiencia nos está llevando a automatizar procesos que antes requerían un juicio crítico. Y ahí es donde Sadin mete el dedo en la llaga. Si dejamos que una máquina decida quién es apto para un crédito, qué noticia es relevante o cómo debe escribirse un poema, estamos matando la pluralidad. Estamos creando un mundo plano, sin aristas, donde todo huele a lo mismo. Y ese olor, según él, es el de la muerte de la subjetividad.

La trampa de la comodidad

La verdad es que es muy cómodo. ¿Quién no ha sentido un alivio inmenso cuando ChatGPT le ha solucionado un marrón en el trabajo? Yo el primero, no nos vamos a engañar. Pero Sadin nos invita a mirar un poco más allá. Esa comodidad tiene un precio que no aparece en la factura mensual de OpenAI. El precio es la pérdida de nuestra autonomía.

Para que nos entendamos, es como si en Cartagena decidiéramos que, en lugar de que los arqueólogos sigan excavando y estudiando nuestro Teatro Romano, le pidiéramos a una IA que «imagine» lo que falta y lo proyecte en realidad aumentada. Sí, quedaría muy bonito en las fotos de Instagram, pero habríamos perdido la verdad histórica, el esfuerzo del descubrimiento y la conexión real con nuestro pasado. Habríamos preferido el simulacro a la realidad. Y eso, a la larga, nos vacía por dentro.

  • La delegación del juicio: Ya no decidimos qué es bueno o malo, dejamos que el algoritmo de recomendación lo haga por nosotros.
  • La atrofia creativa: Si la máquina siempre nos da una respuesta «correcta» y «estándar», dejamos de explorar los caminos secundarios, los errores que a veces llevan a grandes descubrimientos.
  • El fin del conflicto: La IA busca optimizar. Pero la vida humana es, por definición, conflictiva y desordenada. Al eliminar el desorden, eliminamos la vida.

Vigilancia global: Sadin ya lo vio venir

Lo que le da autoridad a este hombre para hablar así no es solo su mala leche parisina, sino su historial. Mucho antes de que Shoshana Zuboff publicara su famoso libro sobre el capitalismo de vigilancia en 2020, Sadin ya estaba escribiendo sobre cómo las tecnologías digitales se estaban convirtiendo en herramientas de control social. En su obra Vigilancia global, ya advertía que el rastro que dejamos en internet no era solo para vendernos zapatillas, sino para moldear nuestro comportamiento.

Es curioso cómo a veces ignoramos a los que avisan primero. Quizás porque sus mensajes no son tan «vendibles» como las promesas de las grandes tecnológicas. Pero ahora, con la IA metida hasta en la sopa, sus tesis cobran un sentido casi profético. No se trata solo de que nos espíen; se trata de que nos dirigen. Y lo hacen de una forma tan suave, tan «amigable», que ni siquiera nos damos cuenta de que estamos perdiendo el timón.

Si mal no recuerdo, en uno de sus libros mencionaba que estamos pasando de una era de la información a una era de la «administración de la existencia». Vaya, que ya no usamos la tecnología para saber cosas, sino que la tecnología nos usa a nosotros para gestionar cómo vivimos. Desde la ruta que tomamos para ir al trabajo hasta la persona con la que decidimos tener una cita, todo está mediado por un código que no entendemos y que no hemos votado.

Un pequeño paréntesis técnico (e irónico)

Para los que sois más de código que de filosofía, pensad en esto como un bucle infinito del que no podemos salir porque hemos olvidado la condición de parada. Imaginad un script de Python que se encarga de gestionar vuestra vida:

def gestionar_vida(humano):
    while humano.esta_vivo:
        sugerencia = ia.generar_proximo_paso(humano.historial)
        if humano.es_perezoso:
            humano.ejecutar(sugerencia)
        else:
            # Este bloque casi nunca se ejecuta
            humano.pensar_por_si_mismo()
            humano.ejecutar_decision_propia()

El problema, según Sadin, es que el if humano.es_perezoso siempre devuelve True. Y lo peor es que la IA no está programada para hacernos mejores, sino para hacernos más eficientes dentro de un sistema de consumo. Al final, el humano.pensar_por_si_mismo() se convierte en código muerto, en una función que nadie llama y que termina por borrarse en la siguiente actualización.

La «Silicolonización» del mundo

Otro de los conceptos potentes de Sadin es la «Silicolonización». Es una forma muy gráfica de explicar cómo los valores de Silicon Valley (el individualismo extremo, la obsesión por el dato, la creencia de que todo problema tiene una solución técnica) se están expandiendo por todo el planeta como una mancha de aceite. Y España no es una excepción.

Estamos importando una forma de entender la vida que no tiene nada que ver con nuestra cultura. Aquí, en el Mediterráneo, entendemos la importancia de la pausa, de la improvisación, de la comunidad. Pero la IA y el modelo de negocio que la sustenta nos empujan a lo contrario: a la velocidad constante, a la cuantificación de cada minuto y al aislamiento frente a una pantalla que nos dice qué pensar.

La verdad es que resulta irónico. Nos venden la IA como una herramienta de democratización, pero en realidad está concentrando el poder en manos de cuatro o cinco empresas que tienen los servidores y los datos necesarios para entrenar estos modelos. Es un colonialismo de nuevo cuño, donde no se conquistan tierras, sino mentes. Y lo estamos aceptando sin rechistar porque, oye, qué bien escribe los correos el bicho este.

¿Qué pasa con el trabajo en España?

A menudo escucho en los foros tecnológicos de Madrid o Barcelona que la IA va a crear nuevos empleos y que no hay de qué preocuparse. Sadin es mucho más pesimista. Él cree que lo que se está produciendo es una degradación del trabajo humano. No es que la máquina te sustituya por completo (que en algunos casos también), sino que te convierte en un supervisor de máquinas.

El programador ya no programa, revisa lo que ha escrito Copilot. El redactor ya no investiga, edita lo que ha escupido un modelo de lenguaje. El médico empieza a confiar más en el diagnóstico algorítmico que en su propia experiencia clínica. Al final, el ser humano se convierte en un apéndice del sistema, en un validador de decisiones que ya han sido tomadas por otros. Y eso, amigos, es lo que Sadin llama «la muerte». La muerte de la pericia, del oficio y del orgullo por el trabajo bien hecho.

La resistencia desde lo cotidiano

Llegados a este punto, uno podría pensar que Sadin es un agorero y que lo mejor es tirar el móvil al mar y mudarse a una cueva en el Monte Galeras. Pero no va por ahí la cosa. La resistencia que propone no es tecnológica, sino existencial. Se trata de recuperar el valor de lo inútil, de lo que no puede ser optimizado.

Leer un libro por el placer de leer, sin buscar un resumen rápido. Tener una conversación larga sin mirar el teléfono. Perderse por las calles de Cartagena sin usar Google Maps. Son actos de rebeldía contra el algoritmo. Parece una tontería, pero es en esos momentos de «ineficiencia» donde realmente somos humanos.

Sadin nos pide que seamos un poco más «difíciles» para la IA. Que no seamos tan predecibles. Que nos atrevamos a decir «no» a la sugerencia automática. La verdad es que es un reto interesante. En un mundo que nos empuja a ser datos, ser una persona con todas sus contradicciones es casi un acto revolucionario.

El papel de la educación

Ojo con lo que está pasando en las escuelas y universidades. Si enseñamos a los chavales a usar la IA para todo, les estamos quitando la oportunidad de desarrollar sus propios músculos mentales. Es como si en el gimnasio pusiéramos a una máquina a levantar las pesas por nosotros. Sí, las pesas se mueven, pero nosotros no nos ponemos fuertes.

La educación debería ser, ahora más que nunca, el espacio para cultivar el pensamiento crítico, la duda y la capacidad de análisis. Si un alumno puede aprobar un examen usando ChatGPT, el problema no es el alumno, ni siquiera la IA; el problema es el examen. Tenemos que replantearnos qué significa aprender en un mundo donde la información está a un clic, pero la sabiduría brilla por su ausencia.

  • Fomentar el debate: Menos pantallas y más hablar cara a cara.
  • Valorar el proceso, no solo el resultado: No importa solo que el trabajo esté bien escrito, sino cómo se ha llegado a esas conclusiones.
  • Enseñar ética tecnológica: No como una asignatura aburrida, sino como una herramienta de supervivencia ciudadana.

¿Hay esperanza o estamos condenados?

Al final del día, la visión de Sadin es una bofetada necesaria. Puede que nos parezca exagerado, que creamos que «no es para tanto» o que la tecnología siempre acaba trayendo más beneficios que problemas. Pero ignorar sus advertencias es un riesgo que no deberíamos correr.

La IA no es una fuerza de la naturaleza, es una creación humana. Y como tal, podemos decidir cómo usarla, qué límites ponerle y, sobre todo, qué espacios de nuestra vida queremos mantener libres de su influencia. No se trata de prohibir, sino de elegir con conciencia.

La conclusión que saco de todo esto es que la IA solo «apestará a muerte» si nosotros dejamos de vivir con intensidad. Si nos conformamos con ser usuarios pasivos en lugar de ciudadanos activos. Si preferimos la comodidad de la respuesta rápida a la belleza de la pregunta difícil.

Así que, la próxima vez que sientas la tentación de dejar que una IA decida algo importante por ti, acuérdate del filósofo parisino y sus croissants. Quizás sea el momento de apagar la pantalla, salir a la calle, respirar el aire con salitre de nuestra Cartagena y recordar que, por muy lista que sea la máquina, nunca podrá sentir el sol en la cara ni la satisfacción de haber pensado algo por uno mismo. Y eso, señores, es lo que realmente nos mantiene vivos.

Para que nos entendamos: la tecnología es una herramienta fantástica, pero no dejes que sea ella la que escriba el guion de tu vida. Porque, si lo hace, el final ya está escrito, y suele ser bastante aburrido. Y como bien dice Sadin, lo aburrido, lo predecible, lo inerte… eso es lo que realmente huele a chamusquina.

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