Ayer mismo, mientras me tomaba un café asiático bien cargado cerca de la Plaza de San Francisco, aquí en mi querida Cartagena, no podía dejar de pensar en lo irónico que resulta el mundo de la tecnología. Estaba viendo a unos chavales de la UPCT (la Politécnica, para los que no sois de aquí) discutir sobre modelos de lenguaje y, de repente, me saltó la noticia en el móvil. Resulta que al otro lado del charco, en Utah, un tipo llamado Doug Fiefia está intentando convencer a sus vecinos de que la Inteligencia Artificial es el tema más importante de nuestro tiempo. Y no lo hace en un auditorio de Silicon Valley, sino en el patio trasero de una casa, entre barbacoas y charlas sobre la escasez de agua.
La verdad es que la situación tiene su miga. Fiefia no es un político al uso; el tío trabajó en Google. Sabe de qué va la fiesta. Y mientras él intenta que su estado, Utah, ponga unas reglas mínimas al juego, Donald Trump ya está afilando los colmillos con una idea clara: impedir que los estados metan las narices en la regulación de la IA. Quiere un mando único, o mejor dicho, quiere que no haya demasiados mandos que molesten a las grandes tecnológicas. Vaya, que el choque de trenes está servido.
Y es que, si lo pensamos bien, esto nos toca muy de cerca. Aquí en España, y concretamente en la Región de Murcia, siempre estamos con el debate de qué competencias son del Estado y cuáles de la Comunidad. Pues imaginaos eso multiplicado por la velocidad a la que avanza un GPT-5 o cualquier modelo de esos que te dejan con la boca abierta. ¿Debe ser un político de Salt Lake City, o uno de Murcia, quien decida si una IA puede usar tus datos para decidir si te dan una hipoteca? ¿O eso es algo que solo debería decidirse en Washington o Madrid? La cosa está que arde.
De Google al Senado de Utah: El caso de Doug Fiefia
Lo de Doug Fiefia es digno de estudio. Imagínate que dejas un sueldazo en Mountain View para meterte en el fango de la política local. El tío se planta en Riverton, un suburbio de Salt Lake City, y en lugar de hablar solo de lo que la gente quiere oír (que si los inmigrantes, que si las teorías conspiranoicas sobre las estelas de los aviones, que allí también tienen lo suyo), les suelta el rollo de la IA. «Sé que parece que solo hablo de esto», dice el bueno de Doug. Y tiene razón, pero es que el hombre ha visto las tripas del monstruo.
Fiefia representa esa nueva hornada de políticos que vienen «rebotados» del sector tecnológico. Saben que la IA no es una herramienta más, como quien dice un martillo o una excavadora. Es algo que redefine cómo trabajamos y cómo nos informamos. En su campaña para el senado estatal, ha hecho de la regulación de la industria su bandera. ¿Por qué? Porque sabe que si los estados no se mueven rápido, las empresas van a hacer lo que les dé la gana antes de que el gobierno federal se aclare.
La verdad es que me recuerda un poco a lo que intentamos hacer aquí con los parques tecnológicos como el de Fuente Álamo. Queremos atraer talento, queremos estar en la onda, pero a veces nos olvidamos de que ese talento necesita un marco legal que no sea una selva. Fiefia quiere que Utah sea pionero, que proteja a sus ciudadanos de los sesgos algorítmicos y de la pérdida de privacidad. Pero claro, se ha topado con un muro naranja llamado Trump.
El plan de Trump: Un mercado sin fronteras internas
Donald Trump tiene una visión muy particular de la tecnología. Para él, cualquier regulación es, por definición, un palo en las ruedas del progreso americano. Su argumento es sencillo: si cada uno de los 50 estados de EE.UU. saca su propia ley de IA, las empresas se volverán locas cumpliendo 50 normativas diferentes. «Un mosaico de regulaciones», lo llaman los expertos. Y ojo, que en esto tiene parte de razón. Imaginaos que para lanzar una app en España tuvieras que cumplir una ley distinta en Cartagena, otra en Albacete y otra en Almería. Sería un dolor de cabeza de los gordos.
Pero la intención de Trump va más allá de simplificar la burocracia. Lo que busca es despojar a los estados de su poder para frenar ciertos usos de la IA que podrían ser éticamente cuestionables pero económicamente rentables. Si Trump vuelve a la Casa Blanca, es muy probable que intente anular cualquier ley estatal que sea más estricta que la federal. Es el eterno debate entre el libre mercado a toda costa y la protección del ciudadano de a pie.
Para que nos entendamos, Trump quiere que la IA sea como el salvaje oeste, pero con él como único sheriff (y uno que no pone muchas multas, precisamente). Esto choca frontalmente con lo que gente como Fiefia está intentando construir desde abajo. Es la lucha entre el gigantismo federal y la autonomía local, algo que aquí en España nos suena pero que muy bien.
¿Por qué nos importa esto en España (y en Cartagena)?
Podríais pensar: «Oye, que Utah está muy lejos y Trump es un personaje de televisión». Ya, pero es que lo que se decide allí marca el paso de lo que llega aquí. Las grandes empresas de IA son casi todas estadounidenses. Si allí se impone un modelo de «todo vale», nos va a costar mucho más aplicar nuestra propia normativa europea, la famosa AI Act.
Además, fijaos en el tejido empresarial de nuestra zona. En Cartagena tenemos a Navantia trabajando con gemelos digitales e IA para el diseño de submarinos, o a las empresas auxiliares de Repsol optimizando procesos con algoritmos. Si el estándar mundial de IA se vuelve laxo y opaco porque en EE.UU. han decidido no regular nada a nivel local, nuestras empresas se verán en una encrucijada: o siguen las reglas éticas europeas y pierden competitividad, o se suben al carro del «todo vale» y se arriesgan a sanciones.
La verdad es que el espejo de Utah es muy útil. Nos enseña que la tecnología no es algo abstracto que ocurre en una nube; ocurre en el patio de una casa, afecta al agua que bebemos y a cómo votamos. Si un representante estatal en medio del desierto de Utah está preocupado por esto, nosotros, con toda nuestra historia y nuestra industria, no deberíamos ser menos.
Un poco de código para bajar a tierra
Para que veáis que esto de regular no es solo hablar por hablar, os voy a poner un ejemplo de lo que un programador (o una empresa) tiene que gestionar cuando no hay reglas claras. Imaginad un sistema sencillo de filtrado de currículums para una empresa en el Polígono de Santa Ana. Si no hay regulación, el código podría ser algo tan «sucio» como esto:
# Un ejemplo de lo que NO queremos, pero que pasa si no hay reglas
def evaluar_candidato(datos_candidato):
puntuacion = 0
# Sesgo algorítmico puro y duro
if datos_candidato['codigo_postal'] == '30201': # Un barrio humilde, por ejemplo
puntuacion -= 10
# ¡Ojo! Esto es ilegal en muchos sitios, pero si no hay control...
if datos_candidato['años_experiencia'] > 5:
puntuacion += 20
# ¿De dónde sale este criterio? Nadie lo sabe, es una caja negra
if "IA" in datos_candidato['habilidades']:
puntuacion += 50
return puntuacion
# Al final del día, si el estado no regula qué datos se pueden usar,
# acabamos con algoritmos que discriminan sin que nadie se entere.
Este trozo de código, aunque simplificado, es el corazón del problema. Fiefia quiere que las empresas tengan que auditar estos algoritmos. Trump quiere que el estado no pueda obligarles a hacerlo. Y mientras tanto, el ciudadano se queda ahí, esperando a ver si el algoritmo ha tenido un buen día o si ha decidido que, por vivir en según qué calle de Cartagena, no eres apto para el puesto.
La batalla por la soberanía tecnológica
Lo que está pasando en Utah es un síntoma de una enfermedad más grande: la pérdida de control sobre nuestras propias herramientas. Fiefia argumenta que la IA es «nuestra mayor batalla». Y no le falta razón. Si dejas que una tecnología tan potente se desarrolle sin ningún tipo de contrapeso local, acabas siendo un vasallo de quien posee el servidor.
En España, solemos confiar mucho en que «Bruselas ya lo arreglará». Y sí, la AI Act es un paso de gigante, pero la implementación real ocurre en las comunidades. Ocurre cuando una consejería de salud decide usar IA para diagnosticar pacientes en el Hospital de Santa Lucía. ¿Quién supervisa eso? ¿Un burócrata en Washington? ¿Un experto en Bruselas? ¿O alguien que entienda la realidad local de nuestros pacientes?
La postura de Trump es la de la eficiencia máxima. «No molestéis a los genios de Silicon Valley». Pero la historia nos ha enseñado que cuando a los «genios» se les deja solos, suelen olvidarse de las externalidades negativas. Vaya, que se olvidan de la gente. Por eso, que un republicano de Utah (que no es precisamente un nido de comunistas) pida regulación, debería hacernos reflexionar.
El papel de la ética en el desarrollo local
A veces, hablando con amigos en las terrazas del puerto, me dicen que la ética es un lujo que no nos podemos permitir si queremos competir con China o EE.UU. Yo creo que es al revés. La ética y la regulación clara son una ventaja competitiva. Si una empresa de Cartagena desarrolla una IA que es transparente y segura, tendrá las puertas abiertas de todo el mercado europeo. Si hace una chapuza opaca, se quedará fuera.
Doug Fiefia lo sabe. Por eso insiste tanto en su pasado en Google. Él ha visto cómo se cocinan estas cosas. Sabe que, sin presión externa, las empresas siempre elegirán el camino más corto, que no suele ser el más justo. La verdad es que me gustaría ver a más políticos por aquí con ese bagaje técnico, capaces de distinguir un modelo de difusión de una base de datos relacional.
- Transparencia: Saber por qué la IA toma una decisión.
- Responsabilidad: ¿Quién paga los platos rotos si el algoritmo falla?
- Privacidad: Que mis datos no acaben alimentando a una IA sin mi permiso.
- Equidad: Evitar que la IA perpetúe los prejuicios de siempre.
Estos cuatro puntos son los que están en juego en la pelea entre Trump y los estados. No es una cuestión de «derechas o izquierdas», aunque lo quieran pintar así. Es una cuestión de quién tiene la última palabra sobre la tecnología que va a regir nuestras vidas.
La IA en la vida cotidiana: Más allá de los titulares
Para que no nos quedemos solo en la política de altos vuelos, bajemos al barro. ¿Cómo afecta esta falta de regulación a un cartagenero medio? Pues mira, desde el precio que pagas por un seguro de coche hasta el orden en el que te aparecen las noticias en Facebook (o X, o como se llame mañana). Si Trump consigue que los estados no regulen, las empresas podrán experimentar con nosotros sin apenas restricciones.
Imagina que una inmobiliaria usa una IA para predecir qué zonas de Cartagena van a subir de precio y empieza a comprar pisos a mansalva, echando a los vecinos de toda la vida. Si no hay una regulación estatal o local que ponga límites a ese uso de los datos, estamos vendidos. Y no vale con decir «es que la tecnología es así». No, la tecnología es como nosotros queramos que sea.
La verdad es que, a veces, me siento un poco como Fiefia en ese patio de Utah. Intentando explicar que esto no es ciencia ficción, que es el presente. Que mientras hablamos de si el submarino S-81 flota o no (que sí flota, hombre, que ya lo hemos visto), hay algoritmos decidiendo el futuro de nuestros hijos. Y ojo, que no soy un ludita. Me encanta la IA. La uso a diario. Pero quiero que sea una herramienta, no un amo.
¿Qué podemos aprender de este lío?
Al final del día, la lección es clara: la tecnología es demasiado importante para dejársela solo a los tecnólogos o a los políticos de las capitales. Necesitamos voces locales, gente que entienda el terreno. Si Utah puede plantar cara a la visión centralista y desreguladora de Trump, nosotros en España también tenemos mucho que decir sobre cómo queremos que la IA se integre en nuestra sociedad.
Vaya, que no se trata de prohibir, sino de encauzar. Como cuando se encauzó el cauce de la rambla de Benipila: no era para que no hubiera agua, sino para que el agua no nos llevara por delante cuando venía fuerte. Pues la IA es igual. Es una riada de innovación que, bien gestionada, puede dar mucha vida, pero que sin muros ni dirección, puede ser un desastre.
Para que nos entendamos, la postura de Trump es quitar los muros de la rambla porque «frenan el flujo del agua». La de Fiefia es reforzarlos y poner compuertas. Yo, qué queréis que os diga, prefiero tener las compuertas a mano, por si las moscas.
El futuro que nos espera
La batalla legal en EE.UU. va para largo. Si Trump gana las elecciones, veremos una ofensiva judicial para anular leyes estatales. Esto creará una inseguridad jurídica brutal que afectará a los mercados globales. Las empresas españolas que exportan tecnología a EE.UU. tendrán que navegar en un mar de dudas. ¿A quién hago caso? ¿A la ley de California, a la de Utah o a lo que diga la Casa Blanca?
Mientras tanto, aquí en Cartagena, seguiremos viendo cómo la IA se cuela en nuestras vidas. Quizás la próxima vez que vayas al médico en el Rosell, un algoritmo le ayude a leer tu radiografía. O quizás, cuando pidas una ayuda al Ayuntamiento, un sistema automatizado sea el primero en revisar tu solicitud. Lo importante es que, cuando eso pase, sepamos que hay alguien velando para que ese sistema sea justo.
La verdad es que me da envidia sana ver a ciudadanos en un patio de Utah discutiendo sobre esto. Ojalá aquí también tuviéramos esos debates de tú a tú, sin tanta parafernalia, hablando de lo que de verdad importa. Porque, al final, la IA no va de chips y cables, va de personas.
Y si mal no recuerdo, la última vez que dejamos que una gran industria se regulara a sí misma sin control estatal, acabamos con una crisis financiera que todavía estamos pagando. No tropecemos dos veces con la misma piedra, aunque esta vez la piedra sea digital y mucho más sofisticada.
La conclusión que saco de todo esto es que el caso de Doug Fiefia es un aviso para navegantes. No podemos permitir que la regulación de la IA sea un «todo o nada» decidido en un despacho a miles de kilómetros. La voz de lo local, de lo cercano, es fundamental para que la tecnología tenga alma. Y si eso significa llevarle la contraria a Trump o a quien haga falta, pues se le lleva. Que para eso estamos.
Bueno, me voy a pedir otro café, que este tema me ha dejado la garganta seca. La próxima vez que oigáis hablar de IA en las noticias, acordaos de ese patio en Utah y de que, al final, el futuro se decide en los sitios más insospechados. ¡Nos vemos por la calle Mayor!
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