historia / abril 19, 2026 / 14 min de lectura / 👁 106 visitas

El peso de la pluma en un mundo de mensajes efímeros

A veces, uno se levanta, abre las redes sociales y, entre tanto ruido, algoritmos que intentan venderte una freidora de aire y memes de gatos, se encuentra con una frase que te frena en seco. «La historia es historia, gracias Dr. @PichiCastroD por escribirlo». Lo escribió Ivonne Núñez hace apenas unas horas y, la verdad, me dejó pensando un buen rato mientras me terminaba el segundo café de la mañana. ¿Qué significa realmente que la historia sea historia? Parece una perogrullada, una de esas frases de perogrullo que diría mi abuelo, pero encierra una carga de profundidad que, en los tiempos que corren, conviene desgranar con calma.

Y es que, al final del día, la historia no es algo que simplemente «pasa». La historia se construye, se pelea y, sobre todo, se escribe. Porque lo que no se escribe, lo que no se registra con nombres, apellidos y verdades incómodas, acaba diluyéndose en el olvido o, peor aún, siendo manipulado por el que más grita. Por eso, el agradecimiento de Ivonne al Dr. Castro no es solo un gesto de cortesía; es el reconocimiento a alguien que ha decidido ser protagonista y cronista de unos hechos que, de otro modo, podrían haber quedado en el limbo de las medias verdades.

Vivimos en una era donde todo parece caducar a los quince minutos. Un tuit sustituye a una noticia, un titular clickbait sustituye a un análisis profundo y la memoria colectiva tiene la capacidad de retención de un pez de colores. Por eso, cuando alguien se toma la molestia de «escribir la historia», de dejar constancia de los hechos con rigor, está haciendo un acto de rebeldía. Vaya, que se está jugando el tipo intelectualmente hablando.

En España sabemos mucho de esto. No hay más que ver cómo nos ha costado, y nos sigue costando, ponernos de acuerdo en nuestro propio relato. Desde la Transición hasta los archivos que aún hoy guardan secretos de la Guerra Civil, la historia en nuestro país siempre ha sido un campo de batalla. Por eso, cuando Ivonne Núñez dice que el Dr. Castro ha sido «protagonista de hechos y verdades», me viene a la cabeza la importancia de esos testigos directos que no se callan. Esos que, a pesar de las presiones o del paso del tiempo, deciden que la verdad tiene que estar negro sobre blanco.

La verdad es que escribir la historia requiere una mezcla de valentía y terquedad. No es solo juntar letras; es dar fe. Es como cuando aquí en Cartagena, mi tierra, se descubrió el Teatro Romano. Estaba ahí, debajo de un barrio humilde, oculto por siglos de capas de otras historias. Si no hubiera habido arqueólogos e historiadores empeñados en «escribir» esa realidad, hoy seguiríamos caminando sobre piedras sin saber que bajo nuestros pies latía el esplendor de la Carthago Nova. La historia es historia porque alguien se molestó en desenterrarla y contarla.

¿Quién cuenta lo que pasa cuando nadie mira?

El papel del cronista, del doctor, del intelectual que se moja, es fundamental. Ojo con esto, porque a menudo pensamos que la historia la hacen solo los reyes, los presidentes o los generales. Pero no. La historia la hacen las personas que están en el lugar adecuado en el momento justo y que, además, tienen la capacidad de analizarlo. El Dr. Pichi Castro, según se desprende de ese agradecimiento público, parece ser uno de esos perfiles que no se han limitado a ver pasar los trenes, sino que se han subido a ellos y han tomado notas de lo que pasaba en el vagón de cola y en el de primera.

Para que nos entendamos: ser protagonista de la historia no es salir en la foto. Es ser parte del motor que cambia las cosas. Y ser el que lo escribe es asegurar que ese cambio no sea en vano. En el contexto actual, donde la desinformación campa a sus anchas, tener referentes que aporten «verdades» (así, en plural, porque la verdad absoluta es un bicho raro) es un lujo que no deberíamos dar por sentado.

Cartagena y la memoria: Un espejo de lo que somos

Si me permitís la digresión, y es que como cartagenero me sale de dentro, aquí tenemos una relación muy especial con esto de que «la historia es historia». Cartagena no es una ciudad cualquiera; es una ciudad que ha sido bombardeada, reconstruida, olvidada y vuelta a poner en el mapa mil veces. Aquí, la historia se toca. Vas por la calle Mayor y ves los edificios modernistas que cuentan la riqueza de las minas de La Unión; te asomas al puerto y ves el rastro de la Armada; subes al Castillo de la Concepción y ves las capas de romanos, bizantinos y árabes.

Pero todo eso sería solo piedra muerta si no tuviéramos a gente que lo hubiera escrito. Pienso en cronistas locales que, de forma similar a lo que Ivonne agradece al Dr. Castro, dedicaron su vida a que no olvidáramos quiénes somos. Porque un pueblo que olvida su historia es como un ordenador al que se le borra el sistema operativo: puede que el hardware sea muy bonito, pero no sirve para nada. Se queda en un pisapapeles caro.

La historia de Cartagena, como la que menciona el tuit sobre el Dr. Castro, está llena de «hechos y verdades» que a veces incomodan. El Cantón de Cartagena, por ejemplo. Aquella aventura de 1873 donde Cartagena se declaró independiente del resto de España. Fue un caos, sí, pero también un grito de libertad y federalismo que a menudo se ha contado mal o se ha ridiculizado. Solo cuando lees a los que estuvieron allí, a los que escribieron la historia desde dentro, entiendes que no eran cuatro locos, sino gente con una visión (quizá utópica, pero visión al fin y al cabo).

La tecnología como el nuevo escriba: ¿Aliada o enemiga?

Y aquí es donde entro yo con mi otra faceta, la de la tecnología y la Inteligencia Artificial. Porque, seamos sinceros, hoy en día la historia también la están escribiendo los algoritmos. Cuando buscamos algo en Google o le preguntamos a una IA sobre un hecho histórico, estamos confiando en que el «escriba digital» sea fiel a la realidad. Pero, ¿qué pasa si la fuente original está sesgada? ¿Qué pasa si no hay un Dr. Castro que haya dejado constancia de la verdad?

La IA es capaz de procesar millones de datos en segundos, pero carece de algo que los humanos tenemos (y que se nota en el tuit de Ivonne): la emoción y el contexto ético. Una IA puede decirte la fecha exacta de una batalla, pero no puede explicarte el peso del silencio en una habitación cuando se firma un acuerdo que cambiará el destino de un país. Por eso, el trabajo de los historiadores y de los protagonistas que escriben sus memorias es más necesario que nunca. Necesitamos «datos con alma» para alimentar a las máquinas, o acabaremos con una historia sintética, fría y, probablemente, equivocada.

En España, empresas tecnológicas están trabajando en digitalizar archivos históricos usando visión artificial para transcribir legajos que llevan siglos cogiendo polvo. Eso es maravilloso. Pero el criterio para interpretar esos textos sigue siendo humano. La máquina no sabe si el escribano del siglo XVII estaba mintiendo para quedar bien con el Rey o si estaba contando la verdad a riesgo de su cuello. Esa distinción solo la hace el conocimiento y la experiencia.

El valor de la gratitud en la esfera pública

Me llama la atención el tono del mensaje de Ivonne Núñez. «Gracias por escribirlo». Es un reconocimiento a la labor intelectual. En un país como el nuestro, donde a veces parece que el deporte nacional es la envidia o el «qué hay de lo mío», ver un agradecimiento público por la labor de documentar la realidad es refrescante. La verdad es que no solemos dar las gracias a los que piensan, a los que escriben o a los que investigan. Preferimos dar «likes» a cosas más banales.

Escribir la historia es un acto de generosidad. Es dejar un legado para los que vendrán después, para que no tengan que cometer los mismos errores (aunque ya sabemos que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y si es una piedra histórica, pues con más ganas). El Dr. Castro, al ser protagonista y cronista, está cerrando un círculo. No solo vivió el momento, sino que se aseguró de que el momento no muriera con él.

  • La historia como registro: Sin documentos, no hay hechos, solo opiniones.
  • La historia como identidad: Nos dice de dónde venimos para entender a dónde vamos.
  • La historia como justicia: Poner nombre a las verdades que otros quieren ocultar.

Vaya, que si nos ponemos profundos, escribir es casi un acto de fe. Fe en que alguien, en el futuro, leerá esas palabras y entenderá lo que pasó. Es lo que hacemos en blogs como este, aunque a una escala mucho más modesta. Intentamos dejar constancia de cómo la tecnología, la ciencia y la cultura se entrelazan en nuestro día a día.

Un pequeño fragmento de código para la memoria

Si tuviera que programar una función que definiera lo que es «escribir la historia», probablemente se vería algo así (perdonadme el frikismo, pero es que si no meto algo de código no me quedo tranquilo):

function registrarHistoria(protagonista, hechos, verdades) {
    let archivo = [];
    if (protagonista.tieneValentia && hechos.esReal) {
        archivo.push({
            contenido: verdades,
            timestamp: Date.now(),
            autor: protagonista.nombre
        });
        return "Historia escrita para la posteridad";
    } else {
        return "Error: Falta de integridad en el relato";
    }
}

El problema es que, en la vida real, la función `registrarHistoria` a menudo devuelve errores porque falta la «valentía» o porque los «hechos» están manipulados. Por eso, cuando alguien como el Dr. Castro consigue que la función se ejecute correctamente, hay que celebrarlo.

De la Cartagena romana a la era de los tuits

Volviendo a mi rincón del Mediterráneo, a veces me pregunto qué pensaría un ciudadano de la antigua Carthago Nova si viera cómo contamos las cosas hoy. Ellos grababan sus hazañas en mármol y piedra. Nosotros lo hacemos en servidores que están en algún lugar de Irlanda o de Estados Unidos. La piedra aguanta dos mil años; el servidor, si no pagas la factura de la luz, se apaga y adiós muy buenas.

La fragilidad de nuestra historia digital es algo que me quita el sueño de vez en cuando. Por eso, que alguien publique un libro, un artículo o incluso un hilo detallado que luego se convierte en referencia, es vital. El tuit de Ivonne es solo la punta del iceberg de un trabajo seguramente mucho más extenso del Dr. Castro. Es el reconocimiento a la solidez frente a la liquidez de los tiempos modernos.

La verdad es que, si mal no recuerdo, fue Cicerón quien dijo que «la historia es testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida». Y aunque suene a frase de azucarillo, tiene más razón que un santo. Sin esa «luz de la verdad» que aportan personas como el Dr. Castro, estaríamos todos a oscuras, dándonos golpes contra las esquinas de la realidad.

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar las «verdades»?

El mensaje de Ivonne menciona «hechos y verdades». Y ahí está el quid de la cuestión. A menudo, la historia nos cuenta verdades que no queremos oír. En España, por ejemplo, nos cuesta horrores hablar de ciertos temas sin que alguien se ofenda. Ya sea la gestión de una crisis, el papel de una institución o incluso hechos históricos de hace siglos. Parece que preferimos una mentira cómoda a una verdad incómoda.

Pero la historia, cuando es de verdad, no busca complacer. Busca exponer. Y es ahí donde entra la figura del «doctor», del experto, del que tiene la autoridad moral y académica para decir: «Esto fue lo que pasó, te guste o no». Ese es el valor que yo veo en el agradecimiento que ha motivado este artículo. Es un «gracias por no endulzar la píldora».

Para que nos entendamos, es como cuando vas al médico y te dice que tienes que dejar de comer pasteles de carne (un clásico de Cartagena, por cierto, que si no los habéis probado ya estáis tardando). No te gusta oírlo, pero es la verdad y es por tu bien. El historiador o el cronista de la realidad hace lo mismo: nos da la medicina de la verdad para que la sociedad no enferme de amnesia.

El impacto de lo local en lo global

Aunque el tuit de Ivonne Núñez parece referirse a un contexto específico (probablemente vinculado a la actualidad política o social de su entorno), el mensaje es universal. Lo que ocurre en un rincón del mundo, cuando se escribe y se documenta bien, sirve de lección para todos los demás. Es lo que llamamos la «glocalización»: actuar en lo local pero con una visión global.

En España tenemos ejemplos magníficos de esto. Pensad en los investigadores que están rescatando la historia de las mujeres científicas olvidadas, o de los ingenieros que, como Isaac Peral en Cartagena, tuvieron que luchar contra la incomprensión de su propia época para sacar adelante inventos que cambiaron el mundo. Si nadie hubiera escrito la verdad sobre el submarino de Peral, hoy pensaríamos que fue un fracaso, cuando en realidad fue una genialidad saboteada por la burocracia y los intereses oscuros.

Al final del día, la historia es el único juicio que realmente importa. Los políticos pasan, las modas se olvidan, pero lo que queda escrito en los libros de historia (o en los archivos digitales bien custodiados) es lo que define nuestro paso por este planeta. Por eso, el Dr. Castro y todos los que, como él, se atreven a escribir, son los verdaderos guardianes del tiempo.

La responsabilidad del lector curioso

Pero ojo, que aquí no solo tiene responsabilidad el que escribe. Nosotros, los que leemos, los que estamos al otro lado de la pantalla o del libro, también tenemos deberes. No podemos ser receptores pasivos. Si Ivonne Núñez da las gracias es porque ha leído, ha procesado y ha valorado. Ese es el camino.

En «aquinohayquienviva.es» siempre intentamos fomentar esa curiosidad. No te quedes con el titular. No te quedes con el tuit de 280 caracteres. Busca la fuente, busca al «Dr. Castro» de turno, lee sus argumentos y saca tus propias conclusiones. La historia es historia, sí, pero tú eres quien decide qué hacer con ese conocimiento.

La verdad es que me gustaría ver más mensajes como el de Ivonne. Menos crispación y más reconocimiento al trabajo intelectual. Menos ruido y más «hechos y verdades». Porque, al final, lo que nos queda es el relato que seamos capaces de construir entre todos.

Un brindis por los cronistas

Así que, desde mi despacho en Cartagena, con el ruido de las gaviotas de fondo y el olor a salitre que entra por la ventana, me sumo a ese agradecimiento. Gracias a todos los que escriben la historia mientras sucede. Gracias a los que no tienen miedo a las verdades. Y gracias a los que, como Ivonne, saben valorar ese esfuerzo.

La historia es historia, y menos mal que lo es. Porque si fuera solo opinión, estaríamos perdidos en un mar de subjetividades sin tierra firme donde pisar. La historia es el ancla que nos mantiene unidos a la realidad, por mucho que las tormentas de la posverdad intenten arrastrarnos mar adentro.

Y para los que os preguntáis qué tiene que ver todo esto con la Inteligencia Artificial o la tecnología… pues lo tiene que ver todo. Porque la tecnología es la herramienta, pero la historia es el propósito. De nada sirve tener la IA más avanzada del mundo si no tenemos verdades que contarle, si no tenemos una historia humana, compleja y real que preservar.

La conclusión que saco de todo esto es que, a pesar de que el mundo parezca ir cada vez más rápido, hay cosas que no cambian. La necesidad de verdad, el valor de la palabra escrita y la importancia de los testigos directos siguen siendo los pilares de nuestra civilización. Ya sea en un tuit, en un libro de mil páginas o en una inscripción en una piedra de Cartagena, la historia siempre encuentra su camino para ser contada.

Vaya, que me he puesto un poco sentimental, debe ser el café. Pero es que estas cosas me tocan la fibra. Mañana volveremos a hablar de código, de algoritmos y de gadgets, pero hoy quería dedicarle un espacio a la importancia de recordar. Porque, como bien dice el tuit que ha inspirado este texto, la historia es historia. Y gracias a los que la escriben, podemos decir que sabemos quiénes somos.

Para que nos entendamos, al final lo que importa no es cuánta gente te sigue, sino cuánta gente te cree porque has demostrado ser fiel a los hechos. Y eso, amigos míos, es algo que ninguna IA podrá replicar jamás: la integridad de un ser humano contando su verdad.

Así que, ya sabéis, la próxima vez que leáis algo que os haga reflexionar, algo que sintáis que es «historia viva», no dudéis en dar las gracias. Porque escribir es solitario, pero saber que alguien al otro lado ha recibido el mensaje y ha comprendido la verdad, es lo que hace que todo el esfuerzo valga la pena.

Y ahora, voy a ver si me tomo otro café y me doy un paseo por el puerto, a ver si las piedras de la muralla me cuentan alguna historia nueva que todavía no se haya escrito. Porque aquí en Cartagena, la historia nunca se acaba, solo se toma un respiro antes de que alguien decida volver a escribirla.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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