No sé si os pasa a vosotros, pero a veces abro las redes sociales y me siento como si estuviera entrando en un mercado un sábado por la mañana: mucho ruido, gente gritando opiniones que nadie ha pedido y, de vez en cuando, algo que te hace detenerte. El otro día, navegando por ese pozo sin fondo que es Facebook, me topé con una publicación de Coachella. El titular era corto, casi seco: «Historia en el desierto: Karol G». Y claro, como era de esperar, la sección de comentarios era un polvorín. Entre corazones y banderas, alguien soltó la bomba: «¡Pero si no canta!».
Esa frase me dejó pensando un buen rato mientras me tomaba el segundo café del día. La verdad es que me recordó a esas discusiones que tenemos aquí en Cartagena, en cualquier terraza de la Plaza del Icue, cuando algún purista se queja de que el festival La Mar de Músicas ya no es lo que era porque traen a alguien que usa demasiado autotune. Pero, ojo, que aquí hay mucha tela que cortar. No se trata solo de si una nota llega a donde tiene que llegar o si el pulmón aguanta el trote. Lo que pasó en ese desierto de California tiene capas, como una cebolla, y si nos quedamos solo en la superficie, nos perdemos lo mejor de la película.
Para que nos entendamos, Coachella no es solo un festival de música. A estas alturas, es una especie de examen final de cultura pop global. Y que una artista que canta en español se plante allí y decida que su tiempo en el escenario va a ser un homenaje a toda la cultura latina, no es moco de pavo. Es, básicamente, decir: «Aquí estamos, y no hemos venido a pedir permiso».
El peso de la herencia y el «Pero si no canta»
Vamos a abordar el elefante en la habitación. Ese comentario de «no canta» es el clásico latiguillo que se usa para desprestigiar a cualquier artista urbano que mueva masas. La verdad es que, si buscamos una voz de ópera o un virtuosismo técnico de conservatorio, probablemente nos hayamos equivocado de festival. Pero es que la música popular, desde que el mundo es mundo, nunca ha ido solo de dar la nota perfecta. Si mal no recuerdo, a muchos de los grandes de nuestra propia historia musical en España también les dieron palos por «no saber cantar» según los cánones de la época.
Lo que Karol G hizo en el desierto fue algo más parecido a una tesis doctoral sobre la identidad. En lugar de limitarse a soltar sus hits y cobrar el cheque, la tía se marcó un recorrido por los hitos de la música en español. Sonaron fragmentos de Selena, de Shakira, de Ricky Martin… Fue como si quisiera decirles a los miles de americanos y turistas que estaban allí: «Mi éxito no ha salido de la nada, vengo de una estirpe». Y eso, amigos, es hacer historia, aunque a algunos les escueza el oído por el uso de los procesadores de voz.
Vaya, que el debate sobre el directo en la era digital es eterno. En el mundo de la ingeniería de sonido (un tema que me toca de cerca), sabemos que lo que escuchamos en un escenario como el de Coachella es una obra de ingeniería brutal. Hay capas de voces, hay coros pregrabados para apoyar el baile, hay una ecualización pensada para que el bajo te retumbe en el esternón. ¿Canta? Sí, canta. ¿Canta como si estuviera en un recital acústico en el Teatro Romano de Cartagena? Pues no, porque el contexto es otro. Es un espectáculo total, una experiencia sensorial donde la voz es una pieza más del engranaje, no el único motor.
La logística de un hito: Del estudio al desierto
A veces no somos conscientes de lo que supone montar un show de este calibre. No es llegar, enchufar la guitarra y a correr. Para que Karol G pudiera hacer «historia en el desierto», hubo detrás meses de programación. Si nos metemos en el barro técnico, estamos hablando de sistemas de monitorización in-ear de última generación, una sincronización de código de tiempo (SMPTE) que hace que las luces, los visuales de las pantallas gigantes y la pirotecnia vayan al milisegundo con la música.
Para los que nos gusta el cacharreo, pensad en esto: cada vez que ella se movía por esa pasarela inmensa, había un ingeniero de radiofrecuencia sudando la gota gorda para que no hubiera ni una sola interferencia en un entorno saturado de señales de móviles de 100.000 personas. Eso también es parte de la historia. En España tenemos empresas de sonido e iluminación que son punteras a nivel mundial y que trabajan en festivales como el Primavera Sound o el Mad Cool, y os aseguro que lo que se ve en Coachella es el espejo en el que todos se miran. Es la Fórmula 1 del entretenimiento.
- Sincronización visual: El uso de servidores de video para proyectar imágenes que reaccionan al ritmo de la música en tiempo real mediante algoritmos de análisis de audio.
- Diseño de escenario: Estructuras modulares que deben soportar el calor extremo del día y las caídas de temperatura de la noche en el desierto.
- Gestión de datos: La cantidad de terabytes de contenido visual que se disparan en una hora de concierto es, sencillamente, una locura.
Y es que, al final del día, cuando alguien escribe en Facebook que «está lleno de colores y cultura», tiene más razón que un santo. La cultura no es solo un libro viejo en una estantería de la biblioteca de la calle Mayor; la cultura es también esa explosión de color rosa, ese orgullo de hablar un idioma que hoy domina las listas de éxitos mundiales y esa capacidad de congregar a gente de todo el planeta bajo una misma bandera musical.
¿Por qué nos importa esto en España?
Podríais pensar: «Vale, muy bien por ella, pero a mí qué más me da lo que pase en California». Pues nos importa, y mucho. El mercado musical español está totalmente conectado con lo que ocurre en estos grandes escaparates. Lo que triunfa en Coachella hoy, es lo que va a estar sonando en los chiringuitos de Cabo de Palos este verano. Es una cadena de transmisión directa.
Además, hay un componente de orgullo lingüístico. Durante décadas, la música que venía de fuera era la que dictaba las normas. Teníamos que aprender inglés para entender de qué iban las canciones que nos gustaban. Ahora, el proceso se ha invertido. Ver a miles de personas en mitad de un desierto estadounidense intentando pronunciar letras en castellano es un cambio de paradigma que no deberíamos infravalorar. Es una forma de «soft power» o poder blando, que sitúa a nuestra lengua en el centro del tablero global.
La verdad es que, comparando con la realidad de aquí, vemos cómo nuestros propios artistas están adoptando esas mismas estéticas y niveles de producción. Ya no hay tanta diferencia entre el despliegue de una estrella internacional y lo que podemos ver en una gira de gran formato por plazas de toros o estadios en España. Hemos aprendido a vender el espectáculo, a entender que la música hoy en día entra por los ojos casi tanto como por los oídos.
El fenómeno de las redes y la democratización de la crítica
Volviendo al post de Facebook que mencionaba al principio, es curioso cómo las redes sociales han cambiado nuestra forma de consumir estos hitos históricos. Antes, te enterabas de lo que pasaba en Coachella por una crónica en un periódico al día siguiente o por un breve en el telediario. Ahora, lo vives casi en tiempo real a través de clips de diez segundos en TikTok o directos de Instagram.
Esto tiene su parte buena y su parte mala. Lo bueno es que todos tenemos acceso a la cultura de forma inmediata. Lo malo es que esa inmediatez fomenta el comentario rápido, ácido y, a veces, poco reflexivo. El «pero si no canta» es el hijo legítimo de esta era de la gratificación instantánea donde parece que destruir es más fácil que analizar el contexto. Ojo con esto, porque nos estamos volviendo unos críticos de sofá muy exigentes, olvidando que detrás de ese show hay un trabajo humano y técnico monumental.
Para que nos entendamos, criticar a Karol G por usar apoyo vocal en Coachella es como criticar a un director de cine por usar efectos especiales en una película de ciencia ficción. Es parte del lenguaje del género. Si quieres pureza absoluta, te vas a ver un tablao flamenco en el barrio de Santa Lucía, donde el quejío sale del alma sin cables de por medio. Pero si vas a un estadio o a un festival de masas, vas a ver una «performance» tecnológica.
La cultura latina como motor económico
No podemos olvidar el parné, el dinero, la pasta. La «historia en el desierto» también se escribe con dólares y euros. El impacto económico de la música latina en el mundo es una curva que no para de subir. En España, esto se traduce en una industria de festivales que es uno de los motores turísticos más importantes del país. Solo hay que ver cómo se ponen las ciudades cuando hay un evento de este tipo.
La verdad es que el éxito de figuras como Karol G abre puertas a artistas más pequeños, incluso a los que están empezando en estudios caseros en cualquier rincón de nuestra geografía. Crea un ecosistema donde el español es rentable. Y cuando algo es rentable, se invierte en ello, se mejora la tecnología, se crean puestos de trabajo y se profesionaliza aún más el sector. Al final, ese comentario de Facebook se queda pequeño ante la magnitud del movimiento económico que hay detrás.
Un pequeño desvío histórico (y personal)
Si mal no recuerdo, hace unos años era impensable que el reggaetón o la música urbana latina ocuparan el «prime time» de los festivales más modernos y «cool» del mundo. Se veía como algo de segunda categoría, algo para bailar en discotecas oscuras pero no para ser analizado como un fenómeno cultural serio. Coachella ha sido el termómetro de este cambio.
Recuerdo estar en Cartagena, hace ya unos cuantos años, discutiendo con un amigo sobre si este tipo de música duraría más de dos veranos. Él decía que era una moda pasajera, como el «baile del gorila». Yo no estaba tan seguro. Veía cómo la tecnología de producción estaba evolucionando y cómo los artistas empezaban a cuidar mucho más su imagen y su narrativa. Lo que vimos en el desierto con Karol G es la confirmación de que no era una moda, sino un cambio estructural en cómo el mundo consume entretenimiento.
Es un poco como lo que pasó con la llegada del cine sonoro o la televisión en color. Siempre hay una resistencia inicial, un grupo de gente que dice que «lo de antes era mejor» o que «eso no es arte de verdad». Pero la historia, esa que se escribe en los desiertos y en las redes sociales, suele pasarles por encima sin pedir disculpas.
La ingeniería del espectáculo: Más allá de la purpurina
Para los que nos gusta entender cómo funcionan las cosas por dentro, el show de Karol G fue una clase magistral de gestión de recursos. No solo hablamos de la música, sino de la narrativa visual. Cada color, cada cambio de vestuario, cada movimiento de los bailarines estaba coreografiado para que, al ser visto a través de la pantalla de un móvil (que es como la mayoría de la gente consume Coachella hoy en día), pareciera perfecto.
Vaya, que se diseña el concierto pensando en el algoritmo. Se crean momentos «instagrammeables», puntos álgidos que saben que se van a volver virales. Eso no es casualidad, es estrategia pura. Y ahí es donde entra la Inteligencia Artificial y el análisis de datos. Las grandes giras utilizan Big Data para saber qué canciones funcionan mejor en cada territorio, qué colores generan más «engagement» en redes y hasta qué hora es la mejor para salir al escenario y maximizar el impacto global del streaming.
¿Qué nos queda después de la tormenta de arena?
Al final del día, la conclusión que saco de todo esto es que la «historia» no la escriben solo los que ganan las guerras, sino también los que son capaces de emocionar a millones de personas, aunque sea a través de un micrófono con autotune y rodeados de palmeras de plástico en California. El comentario de «pero si no canta» se perderá en el archivo de Facebook, pero las imágenes de una mujer liderando uno de los escenarios más importantes del mundo, hablando en nuestro idioma y reivindicando sus raíces, eso se queda grabado.
Para que nos entendamos, estamos viviendo un momento dulce para la cultura hispana. Y aunque a veces nos guste quejarnos (que es muy nuestro, muy de aquí), deberíamos aprender a disfrutar del viaje. Ya sea en el desierto de Indio o en una noche de verano frente al Mediterráneo en nuestra querida Cartagena, la música sigue siendo ese hilo invisible que nos conecta a todos, nos guste o no el género que esté sonando.
Así que, la próxima vez que veáis un vídeo de estos y sintáis la tentación de escribir un comentario mordaz, pensad en todo el engranaje que hay detrás. Pensad en el ingeniero de sonido que no ha dormido, en el programador de luces que tiene los ojos inyectados en sangre y en la artista que, más allá de si llega al do de pecho, está cargando con el peso de representar a toda una cultura. La verdad es que, visto así, lo de «no cantar» es lo de menos. Lo importante es que el mundo entero estaba mirando, y lo que vio fue una fiesta llena de colores, de vida y, sobre todo, de nuestra identidad.
Detalles que marcan la diferencia
Si analizamos el setlist con lupa, hay detalles que son pura poesía para los que conocemos la historia de la música latina. No fue una elección aleatoria. Cada canción versionada era un ladrillo en el muro que Karol G estaba construyendo. Fue un ejercicio de respeto a los que abrieron camino cuando cantar en español en EE.UU. era una condena al ostracismo comercial.
- El homenaje a Selena: No es solo cantar «Como la flor», es reconocer la lucha de la comunidad bicultural en Estados Unidos.
- El guiño a Shakira: Es el relevo generacional. De una colombiana que conquistó el mundo a otra que está manteniendo el trono.
- La estética «Bichota»: Un concepto que ha trascendido la música para convertirse en un movimiento de empoderamiento que resuena fuerte en España, especialmente entre las generaciones más jóvenes que buscan referentes con fuerza y personalidad.
En definitiva, lo que ocurrió en Coachella fue un recordatorio de que la cultura es algo vivo, que muta, que se ensucia con la tecnología y que se limpia con el aplauso del público. No es perfecta, ni falta que le hace. Como un buen café asiático en Cartagena, tiene que tener su punto justo de dulce, su toque de alcohol y ese poso que te deja pensando un buen rato después de habértelo terminado. Y Karol G, con su pelo rosa y su ejército de bailarines, nos sirvió una taza bien llena de realidad contemporánea.
La verdad es que, después de escribir todo esto, me han entrado ganas de volver a ver el concierto, pero esta vez sin leer los comentarios de Facebook. Solo por el placer de ver cómo se monta un espectáculo que, nos guste más o menos el estilo, ya forma parte de la historia de este siglo XXI tan caótico y fascinante que nos ha tocado vivir. Ojo, que el año que viene seguro que tenemos otra polémica igual, y aquí estaremos para desgranarla, café en mano y con la mente abierta.
Deja una respuesta