historia / junio 9, 2026 / 11 min de lectura / 👁 54 visitas

El silencio como herramienta de control

El silencio como herramienta de control

A veces me pregunto cuántas historias se han quedado en el tintero simplemente porque no era el momento de contarlas. O peor, porque contarlas suponía jugarse el tipo. La expresión «sin pelos en la lengua» la usamos hoy con una ligereza casi insultante, como quien dice que va a por el pan, pero hubo un tiempo —y no hace tanto, que mi memoria aún alcanza a ver los coletazos de aquello— en el que hablar claro era un acto de rebeldía absoluta. Especialmente si lo que tenías que decir iba en contra de lo que el «orden establecido» consideraba normal o decente.

La verdad es que, si echamos la vista atrás, la historia de los movimientos sociales, y muy concretamente la del colectivo LGTBIQ+, es una crónica de gente que decidió, de la noche a la mañana, que ya estaba bien de morderse la lengua. Y no fue un proceso limpio ni ordenado. Fue caótico, ruidoso y, a menudo, bastante peligroso. En España, por ejemplo, pasamos de leyes que te metían en la cárcel por «peligrosidad social» a ser un referente mundial en derechos en apenas unas décadas. Pero ese camino no se recorrió solo; se hizo a base de gritos, de pancartas pintadas a mano y de mucha gente que perdió el miedo a decir las cosas por su nombre.

Para entender por qué es tan importante hablar «sin pelos en la lengua», primero hay que recordar cómo era el silencio. Durante gran parte del siglo XX, tanto en España como en buena parte de Latinoamérica, la disidencia sexual no es que estuviera prohibida (que lo estaba), es que era invisible. Ojo con esto: lo que no se nombra, no existe. Y si no existes, no tienes derechos.

En la España de la dictadura, la Ley de Vagos y Maleantes —que luego se refinó con el nombre de Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social en 1970— no buscaba solo castigar, buscaba «curar» o apartar. Se crearon centros de rehabilitación que eran, básicamente, cárceles donde se intentaba anular la identidad de las personas. La consigna era clara: si te callas y te escondes, quizás te dejemos en paz. Pero el silencio es una losa muy pesada que termina por asfixiar.

Lo curioso es que, mientras aquí estábamos bajo el yugo de una moral nacional-católica asfixiante, al otro lado del charco la cosa no pintaba mucho mejor. Las dictaduras militares en Argentina, Chile o Uruguay también veían en la diversidad una amenaza al «ser nacional». La represión era el lenguaje común. Por eso, cuando empezaron a surgir las primeras voces que hablaban claro, el impacto fue como el de una piedra lanzada contra un cristal: una vez que se agrieta, ya no hay forma de que vuelva a ser el mismo.

El despertar de las lenguas sueltas: de Stonewall a las Ramblas

Casi todo el mundo sitúa el inicio de todo en Nueva York, en aquel bar de mala muerte llamado Stonewall Inn en 1969. Y sí, fue importante, no voy a ser yo quien le quite mérito a Marsha P. Johnson y compañía. Pero a veces pecamos de mirar demasiado hacia el norte y nos olvidamos de lo que pasaba en nuestras propias calles. La chispa de Stonewall tardó en cruzar el Atlántico, pero cuando llegó, encontró un terreno abonado por años de represión contenida.

En España, el punto de inflexión real —el momento en el que se nos soltó la lengua de verdad— fue en junio de 1977. Imaginaos el percal: Franco llevaba muerto apenas un par de años, la democracia era un bebé que todavía no sabía ni gatear y la policía seguía teniendo el gatillo y la porra muy fáciles. Pues bien, en las Ramblas de Barcelona, unas 4.000 personas se juntaron para decir que ya bastaba. Fue la primera manifestación del orgullo en nuestro país.

  • El FAGC (Front d’Alliberament Gai de Catalunya): Fueron los valientes que organizaron aquello. No pedían permiso, pedían la derogación de la Ley de Peligrosidad Social.
  • Ocaña, la reina de las Ramblas: Si hablamos de no tener pelos en la lengua, tenemos que hablar de José Pérez Ocaña. Un artista, anarquista y transgresor que se paseaba por Barcelona vestida de mujer, desafiando a cualquiera que se atreviera a mirarla mal. Ella no teorizaba sobre la libertad; la ejercía con el cuerpo.
  • La respuesta policial: Como era de esperar, la cosa acabó a palos. Pero algo había cambiado. La gente ya no se escondía al llegar a casa; se comentaba en los bares, en las facultades, en las cenas familiares. El tabú se había roto.

Vaya, que lo que empezó como una protesta de unos pocos «locos» acabó siendo el germen de un movimiento que ya no tenía marcha atrás. Y es que, una vez que aprendes a decir «soy esto», es muy difícil volver a fingir que eres otra cosa.

Latinoamérica: hablar claro entre fusiles

Si en España la transición fue compleja, en Latinoamérica el acto de hablar «sin pelos en la lengua» era, literalmente, una sentencia de muerte en muchos casos. Sin embargo, la resistencia nunca dejó de existir. Es fascinante ver cómo, a pesar de las distancias, los procesos eran tan similares. La necesidad de comunidad es algo universal, supongo.

En Argentina, por ejemplo, el Frente de Liberación Homosexual (FLH) ya estaba dando guerra a principios de los 70. Néstor Perlongher, uno de sus fundadores, decía aquello de «no queremos que nos toleren, queremos que nos deseen». Eso es hablar claro y lo demás son tonterías. Pero claro, llegó el golpe del 76 y el silencio volvió a imponerse a base de terror. Muchos tuvieron que exiliarse, y curiosamente, muchos vinieron a España, trayendo consigo una forma de activismo mucho más politizada y cruda que la que teníamos aquí.

La verdad es que la conexión entre el activismo español y el latinoamericano es un hilo invisible que ha alimentado ambos lados. Aprendimos de su capacidad de resistencia y ellos, quizás, de nuestra rapidez para institucionalizar derechos cuando se abrió la ventana de oportunidad. Pero en ambos casos, el motor fue el mismo: la pérdida del miedo a la palabra.

El papel de la cultura popular

No todo fueron manifestaciones y leyes. A veces, la lengua se suelta más fácilmente a través de una canción o de una película. En la España de los 80, la Movida Madrileña hizo más por la visibilidad que muchos discursos políticos. Almodóvar, McNamara, Alaska… no es que fueran activistas de carné (algunos sí, otros no), es que su mera existencia era una bofetada a la sobriedad gris del pasado.

Para que nos entendamos: cuando la gente veía a dos hombres besándose en una pantalla de cine o escuchaba letras que hablaban de deseos «prohibidos» con total naturalidad, el cerebro hacía un clic. «Ah, que esto se puede decir. Que no pasa nada por nombrarlo». Esa normalización a través del arte es fundamental porque prepara el terreno para los cambios legales. Si la sociedad ya lo está diciendo en la calle, al político de turno no le queda otra que recoger el guante.

La tecnología como megáfono: de la fotocopia al algoritmo

Si mal no recuerdo, antes las convocatorias se hacían con pasquines fotocopiados en la clandestinidad que se pasaban de mano en mano en bares de confianza. Era un proceso lento, artesanal y, sobre todo, muy local. Hoy en día, la cosa ha cambiado radicalmente. Herramientas como las que mencionan en plataformas de eventos —sí, esas que te permiten llegar a miles de personas con un clic— han democratizado la capacidad de organizar y, sobre todo, de difundir el mensaje.

Pero ojo, que no todo es oro lo que reluce. La tecnología nos ha dado un megáfono, pero también ha creado cámaras de eco. Antes, cuando hablabas «sin pelos en la lengua» en una plaza, te escuchaba el que pasaba por allí, el que te odiaba y el que te apoyaba. Ahora, a menudo solo nos escuchamos entre nosotros. El reto del activismo moderno es usar esas herramientas de marketing y difusión no solo para vender entradas a una fiesta o a una charla, sino para romper la burbuja y seguir incomodando a quien prefiere el silencio.

Además, hay un detalle que no podemos pasar por alto: la recopilación de datos y el conocimiento de la audiencia. Suena muy frío y muy de «Silicon Valley», pero la realidad es que saber qué temas interesan, dónde está la gente que busca respuestas y cómo conectar con ellos es vital. Si en los 70 hubieran tenido herramientas para segmentar su audiencia y enviar correos masivos sin límites, igual la ley de peligrosidad social habría durado dos tardes. O igual no, quién sabe, que la historia es muy caprichosa.

¿Qué significa hoy hablar «sin pelos en la lengua»?

Llegados a este punto, uno podría pensar que ya está todo dicho. Tenemos leyes de matrimonio igualitario, leyes trans, presencia en los medios… parece que la lengua ya está lo suficientemente suelta. Pero la realidad es más tozuda. Hablar claro hoy implica enfrentarse a nuevos tipos de censura, a veces más sutiles, a veces más violentas.

La verdad es que estamos viviendo un momento extraño. Por un lado, una visibilidad sin precedentes; por otro, un repunte de discursos que creíamos enterrados. Por eso, recuperar esa actitud de «sin pelos en la lengua» es más necesario que nunca. No se trata solo de celebrar lo conseguido, sino de nombrar lo que todavía falla.

  • La salud mental en el colectivo: Un tema del que se habla poco y mal. Las secuelas de años de armario no se curan solo con una ley.
  • La situación de los mayores LGTBIQ+: Aquellos que abrieron el camino y que ahora, a menudo, vuelven al armario al entrar en residencias por miedo al rechazo. Eso es una asignatura pendiente de nuestra sociedad.
  • El odio en las redes: Que es el nuevo campo de batalla. Aquí la lengua se suelta, pero a menudo para escupir veneno. Diferenciar la libertad de expresión del acoso es el gran debate de nuestra era.

Para que nos entendamos, el activismo de hoy tiene que ser tan valiente como el de Ocaña en las Ramblas, pero mucho más inteligente en el uso de las herramientas que tenemos a mano. Ya no basta con gritar; hay que saber dónde gritar y a quién le estamos enviando el mensaje.

Un poco de código para la reflexión

Como sé que por aquí hay mucho tecnófilo y gente que le da a la tecla, me vais a permitir una pequeña digresión. A veces pienso que la historia y el código se parecen más de lo que creemos. Ambos funcionan con estructuras que, si no se revisan, arrastran errores del pasado (los famosos bugs).

Imaginad que la sociedad es un software complejo. Durante siglos, el código tenía una línea que decía algo así como:

if (persona.orientacion != "hetero") {
    persona.status = "invisible";
    persona.rights = null;
    execute(represion_system);
}

Lo que hicieron los movimientos sociales fue entrar en el sistema, sin pedir permiso, y empezar a reescribir esas líneas. No fue un update oficial enviado por el desarrollador (el Estado); fue un hackeo masivo desde la base. Y como todo buen hackeo, al principio causó inestabilidad en el sistema. Pero al final, el resultado es un software mucho más robusto, inclusivo y, sobre todo, real.

El problema es que siempre hay alguien intentando hacer un rollback a una versión anterior, a esa versión «clásica» donde todo era más predecible pero mucho más injusto. Por eso, mantener la lengua suelta es como hacer mantenimiento preventivo: hay que estar constantemente revisando que los derechos no se degraden y que el código siga siendo abierto para todos.

La importancia de los espacios de encuentro

Al final del día, todo se resume en una cosa: encontrarse. Ya sea en una manifestación, en un bar de Chueca, en un centro social en Buenos Aires o en un evento organizado a través de una plataforma digital. El contacto humano es lo que valida la palabra. Cuando hablas «sin pelos en la lengua» frente a otra persona y ves que esa persona asiente porque siente lo mismo, el miedo se disuelve.

Es curioso cómo plataformas que parecen puramente comerciales terminan siendo vehículos para la memoria histórica. Organizar un evento sobre la historia del Pride en Latinoamérica, como el que mencionábamos al principio, es una forma de decir: «Esto importa». Y que miles de personas busquen activamente estos temas demuestra que hay hambre de verdad, de historias sin edulcorar.

La verdad es que no necesitamos que nadie nos «desbloquee» el potencial (vaya, ya me ha salido una palabra de esas que quería evitar, pero me entendéis). El potencial siempre ha estado ahí, solo necesitaba un canal. Y ese canal es la honestidad brutal. La capacidad de decir «esto soy yo, esto es lo que hemos pasado y esto es lo que no vamos a volver a tolerar».

¿Y ahora qué?

Pues ahora toca seguir. La historia no es una línea recta que siempre va hacia arriba; es más bien un muelle que a veces se estira y a veces se encoge. Estamos en un momento de estiramiento, de tensión. Por eso, la labor de los comunicadores, de los historiadores y de cualquier persona con un teclado delante es no bajar la guardia.

No se trata de ser perfectos ni de tener todas las respuestas. Yo mismo, mientras escribo esto, dudo de si estoy siendo demasiado vehemente o si me dejo algo importante en el tintero. Pero es que de eso trata precisamente el «sin pelos en la lengua»: de la imperfección valiente. De preferir el error honesto al silencio cómplice.

Así que, la próxima vez que sientas que algo no está bien, que una injusticia se está normalizando o que la historia se está contando a medias, suéltate. Habla. Escribe. Organiza algo. Usa las herramientas que tengas, ya sea un megáfono de plástico o una plataforma de marketing de última generación. Porque, como hemos visto, las palabras son lo único que realmente tiene el poder de cambiar el código de este mundo tan loco en el que vivimos.

La conclusión que saco de todo esto —y mira que le he dado vueltas al café mientras escribía— es que la libertad de expresión no es un derecho que se nos da, es un músculo que se entrena. Y si no lo usas, se atrofia. Así que, por lo que más queráis, no dejéis de ejercitar la lengua. Sin pelos, por supuesto.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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