A veces uno se para a pensar en cómo se forman los países y se imagina grandes batallas, banderas clavadas en cumbres nevadas y tratados firmados con plumas de ganso tras años de asedios. Y sí, mucho de eso hay en los libros de texto. Pero la realidad de Estados Unidos es, en gran medida, la de una gigantesca operación inmobiliaria. Si lo piensas fríamente, es como si un vecino con la cartera llena se dedicara a comprarle el jardín al de la derecha, el garaje al de la izquierda y, ya puestos, el ático al que vive tres pisos más arriba.
La historia de la expansión estadounidense no se entiende sin el talonario. Mientras que en Europa nos pegábamos por cada palmo de tierra (y aquí en Cartagena bien lo sabemos, que por nuestro puerto ha pasado desde el general romano Escipión hasta los cantonalistas), en el Nuevo Mundo decidieron que, a veces, era más barato y menos engorroso sacar el cheque que sacar los cañones. Bueno, a veces hacían las dos cosas, que una ayudaba a la otra. Vamos a dar un paseo por esas compras que cambiaron el mapa del mundo, porque la verdad es que hay tela que cortar.
Corría el año 1803 y Thomas Jefferson tenía un problema. Bueno, más que un problema, tenía una obsesión: el puerto de Nueva Orleans. Para los granjeros del oeste de los incipientes Estados Unidos, ese puerto era la salida natural de sus productos al mundo. El problema es que Nueva Orleans era francés. Jefferson mandó a sus emisarios a París con una oferta modesta: querían comprar la ciudad y un poquito de costa. Solo querían el acceso al mar, nada de volverse locos.
Pero se encontraron con un Napoleón Bonaparte que estaba, para qué engañarnos, hasta el cuello de deudas. El pequeño gran hombre necesitaba dinero para sus guerras en Europa y acababa de sufrir un revés tremendo en Haití. Así que, en un giro de guion digno de las mejores películas, les soltó: «¿Y por qué no se quedan con todo el territorio de la Luisiana?».
Ojo con esto, porque cuando hablamos de «la Luisiana» de entonces, no hablamos del estado actual. Hablamos de un territorio que iba desde el Golfo de México hasta la frontera con el actual Canadá, y desde el río Misisipi hasta las Rocosas. Unos 2,1 millones de kilómetros cuadrados. Para que nos entendamos, es como si compras España cuatro veces y te sobra cambio para un par de regiones más. El precio fue de 15 millones de dólares de la época. Unos centavos por hectárea.
La verdad es que fue el negocio del siglo. Jefferson, que era un tipo bastante estricto con la Constitución, tuvo sus dudas de si aquello era legal, pero se le pasaron rápido al ver el mapa. De la noche a la mañana, Estados Unidos duplicó su tamaño sin disparar un solo mosquete. Eso sí, a los pueblos indígenas que vivían allí nadie les preguntó si querían cambiar de casero.
Florida: Entre deudas y cañonazos
La historia de Florida es un poco más turbia y nos toca de cerca, porque era nuestra. A principios del siglo XIX, la Florida española era un dolor de cabeza para Madrid y un caramelo para Washington. España estaba en plena decadencia imperial, con las colonias americanas sublevándose y las secuelas de la invasión napoleónica en la península. Florida se había convertido en un refugio de esclavos fugitivos y de seminolas que cruzaban la frontera para atacar asentamientos estadounidenses.
Andrew Jackson, que no era precisamente un diplomático delicado, se metió en Florida con sus tropas «para poner orden». Básicamente, invadió territorio español por las buenas. Ante la imposibilidad de defender el territorio y viendo que lo iban a perder de todas formas, España decidió negociar.
En 1819 se firmó el Tratado de Adams-Onís. ¿El precio? Técnicamente, Estados Unidos no pagó a España directamente. Lo que hizo fue asumir las reclamaciones de ciudadanos estadounidenses contra el gobierno español, hasta un máximo de 5 millones de dólares. Vaya, que pagaron las deudas de España a cambio de la península. Fue una salida elegante para un imperio que se desmoronaba. Si comparamos aquel puerto de San Agustín con nuestro Puerto de Cartagena, se ve esa conexión de ciudades fortificadas que intentaban aguantar el tirón de los nuevos tiempos, aunque con distinta suerte.
El Tratado de Guadalupe Hidalgo y la propina de Gadsden
Aquí entramos en terreno pantanoso. Tras la guerra entre Estados Unidos y México (1846-1848), México perdió casi la mitad de su territorio. En el Tratado de Guadalupe Hidalgo, Estados Unidos se quedó con lo que hoy es California, Nevada, Utah, la mayor parte de Arizona y Nuevo México, y partes de Colorado y Wyoming. A cambio, pagaron 15 millones de dólares. Sí, la misma cifra que por la Luisiana, pero esta vez con una guerra de por medio.
Pero la cosa no quedó ahí. Unos años después, en 1853, se dieron cuenta de que para construir el ferrocarril transcontinental por el sur, necesitaban un trozo de tierra que se les había quedado fuera: el valle de la Mesilla. James Gadsden, el embajador en México, negoció la compra de esa franja por otros 10 millones de dólares.
A ver, que esto tiene su miga. México estaba en una situación financiera desastrosa y Santa Anna, el presidente, necesitaba el dinero. Pero vender más territorio nacional después de la derrota anterior no sentó nada bien. Fue la última gran adquisición de territorio en lo que hoy es el territorio contiguo de los Estados Unidos. A partir de aquí, empezaron a mirar más allá de sus fronteras terrestres.
Alaska: El «arcón de hielo» que resultó ser una mina de oro
Si hay una compra que generó risas y burlas en su momento, fue la de Alaska en 1867. El Secretario de Estado William H. Seward acordó comprarle ese enorme bloque de hielo al Imperio Ruso por 7,2 millones de dólares. La prensa de la época no tuvo piedad. Lo llamaron «la locura de Seward» o el «jardín de osos polares de Andrew Johnson».
¿Por qué quería Rusia venderlo? Pues porque estaban tiesos tras la Guerra de Crimea y temían que, en cualquier conflicto futuro, el Reino Unido se lo quitara fácilmente desde Canadá. Para ellos, Alaska era un páramo difícil de defender y de explotar.
Lo que nadie sabía entonces (o no querían ver) es que ese «arcón de hielo» escondía oro, muchísimo oro, y más tarde, petróleo. Al final del día, Alaska resultó ser una de las inversiones más rentables de la historia. Seward, que aguantó el chaparrón de críticas con una paciencia de santo, acabó riendo el último. Es un poco como cuando aquí en la Región de Murcia alguien compraba un terreno de secano que no valía nada y, años después, le pasaban el trasvase o descubrían que era el sitio perfecto para un resort. La visión a largo plazo, que dicen los expertos.
1898: El año que España no quiere recordar
Para nosotros, el 98 es sinónimo de desastre. Para Estados Unidos, fue el año en que se convirtieron en una potencia imperial global. Tras la guerra hispano-estadounidense, el Tratado de París selló el destino de las últimas joyas de la corona española.
Puerto Rico y Guam fueron cedidos a Estados Unidos. Pero con las Filipinas hubo un matiz curioso. No fue una simple cesión por derecho de conquista; Estados Unidos pagó a España 20 millones de dólares por el archipiélago. Fue una especie de «compra forzada» para dar una pátina de legalidad internacional al traspaso de soberanía.
Es curioso pensar que, mientras en Cartagena se vivía con angustia el regreso de los soldados repatriados y se mascaba la tragedia nacional, en Washington estaban echando cuentas de cuánto les costaba cada isla. Aquellos 20 millones de dólares fueron el amargo consuelo para un país que se quedaba sin imperio y que tenía que reinventarse desde las cenizas.
- Puerto Rico: Sigue siendo un territorio no incorporado, una relación compleja que dura ya más de un siglo.
- Filipinas: Acabó logrando su independencia tras la Segunda Guerra Mundial, pero tras décadas de influencia estadounidense.
- Guam: Sigue siendo un punto estratégico militar vital en el Pacífico.
Las Islas Vírgenes: Miedo a los submarinos alemanes
La última gran compra de tierras por parte de Estados Unidos ocurrió en 1917. El vendedor fue Dinamarca. El territorio: las Indias Occidentales Danesas, hoy conocidas como las Islas Vírgenes de los Estados Unidos.
El motivo no fue la expansión agrícola ni la búsqueda de oro. Fue puro miedo estratégico. Estábamos en plena Primera Guerra Mundial y Estados Unidos temía que Alemania invadiera Dinamarca y utilizara las islas como base para sus submarinos (los famosos U-boot) en el Caribe, amenazando el Canal de Panamá.
Los daneses, que ya veían que las islas no les daban más que gastos, aceptaron 25 millones de dólares en oro. Si lo comparamos con el precio de la Luisiana, sale carísimo por kilómetro cuadrado, pero en 1917 el valor estratégico mandaba sobre el tamaño. Fue una operación de seguridad nacional, pura y dura.
¿Se puede comprar un país hoy en día?
La pregunta parece sacada de una partida de Monopoly, pero no hace mucho volvió a saltar a los titulares. ¿Os acordáis de cuando Donald Trump dijo que quería comprar Groenlandia? El mundo se echó a reír, y el gobierno danés (otra vez Dinamarca en el ajo) respondió con un «no está en venta» bastante tajante.
Pero si miramos la historia que acabamos de repasar, la idea no es tan descabellada desde la mentalidad estadounidense. Han pasado dos siglos comprando trozos del mundo. La diferencia es que hoy en día la autodeterminación de los pueblos y el derecho internacional hacen que estas transacciones de «tierra con gente dentro» sean vistas como algo anacrónico y bastante feo.
Sin embargo, la influencia económica a veces funciona como una compra silenciosa. No necesitas comprar el territorio si posees las empresas, la tecnología y la deuda de ese lugar. Pero eso ya es harina de otro costal y daría para otro artículo largo sobre geopolítica moderna.
Un pequeño resumen de lo gastado
Para que nos hagamos una idea del conjunto, vamos a poner las cifras sobre la mesa (sin ajustar la inflación, que si no nos volvemos locos con los ceros):
- Luisiana (1803): 15 millones de dólares.
- Florida (1819): 5 millones de dólares (en asunción de deudas).
- Gadsden (1853): 10 millones de dólares.
- Alaska (1867): 7,2 millones de dólares.
- Filipinas (1898): 20 millones de dólares.
- Islas Vírgenes (1917): 25 millones de dólares.
La verdad es que, visto así, Estados Unidos se montó un imperio a base de talonario por un precio que hoy no daría ni para fichar a un delantero de medio pelo en la Premier League. Es fascinante cómo el valor de las cosas cambia con el tiempo.
Reflexión desde la orilla del Mediterráneo
Mirando todo esto desde Cartagena, una ciudad que ha visto pasar civilizaciones enteras y que tiene piedras con más historia que muchos de esos estados comprados, uno se da cuenta de que el concepto de propiedad de la tierra es muy relativo. Nosotros tenemos el Teatro Romano, que estuvo ahí enterrado mientras Napoleón vendía la Luisiana y mientras los rusos se deshacían de Alaska.
La historia de las compras de Estados Unidos es la historia de una nación que entendió pronto que el comercio y la diplomacia del dólar podían ser tan efectivos como la pólvora. A veces más. Pero también nos enseña que los mapas son líneas dinámicas, garabatos en un papel que cambian según quién tenga la necesidad de vender y quién tenga la oportunidad de comprar.
Al final del día, lo que queda no es el cheque, sino la cultura y la gente que habita esos lugares. Porque puedes comprar el suelo, pero el alma de un territorio, como bien sabemos por aquí, no se transfiere con una firma en un tratado. Esa se queda impregnada en las calles, en el habla y en la memoria de los que lo pisan, ya sea en las llanuras de Nebraska o en las cuestas de nuestro Molinete.
Vaya, que la próxima vez que veáis un mapa de Estados Unidos, no veáis solo estados; ved una serie de recibos de compra-venta que terminaron configurando la mayor potencia del planeta. Y pensad que, en algún lugar de un archivo en Washington, hay un cheque de 7 millones de dólares que explica por qué Alaska no habla ruso. Cosas de la historia, que siempre tiene un giro inesperado a la vuelta de la esquina.
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