arqueologia / febrero 8, 2026 / 15 min read

La ciencia de interpretar los restos del naufragio temporal

La ciencia de interpretar los restos del naufragio temporal

A veces me pregunto, mientras camino por la calle Mayor de Cartagena, si somos realmente conscientes de lo que pisamos. No hablo solo de las baldosas de mármol que brillan bajo el sol de mediodía, sino de lo que hay tres, cinco o diez metros más abajo. La arqueología tiene esa capacidad de volverte un poco paranoico, en el buen sentido. Te hace entender que el suelo no es una superficie sólida, sino más bien un hojaldre de historias, una lasaña de civilizaciones donde cada capa cuenta una movida distinta. Y es que, al final del día, un arqueólogo no es más que un detective que llega a la escena del crimen con un par de milenios de retraso.

La arqueología suele venderse en el cine con sombreros de ala ancha y látigos, pero la realidad es mucho más polvorienta, lenta y, sinceramente, bastante más fascinante si tienes la paciencia necesaria. No se trata de encontrar el Arca de la Alianza (que oye, si aparece, ni tan mal), sino de entender por qué un grupo de personas decidió que este rincón del Mediterráneo era el sitio ideal para levantar un muro, plantar cebada o enterrar a sus muertos con sus mejores galas. Es el estudio de la actividad humana a través de lo que dejamos atrás. Y lo que dejamos atrás, la mayoría de las veces, es basura. Pero qué basura más maravillosa.

Para que nos entendamos, la arqueología es una disciplina que se nutre de la cultura material. Esto suena muy rimbombante, pero básicamente significa que si tú pierdes hoy una moneda de un euro en una grieta del sofá, y dentro de quinientos años alguien la encuentra y deduce cómo era nuestra economía, eso es arqueología. El registro arqueológico es ese gran libro cuyas páginas están hechas de cerámica rota, huesos de animales, cimientos de casas y, a veces, objetos de lujo que nos dejan con la boca abierta.

La verdad es que la arqueología ha cambiado una barbaridad en las últimas décadas. Ya no es solo un señor con un pincel quitando arena de una piedra. Ahora es una ciencia multidisciplinar donde los químicos, los biólogos y los expertos en Inteligencia Artificial tienen tanto que decir como el historiador. Porque, vamos a ver, ¿de qué sirve encontrar un ánfora si no puedes analizar los residuos del fondo para saber si contenía vino de la Bética o una salsa de pescado (el famoso garum) que hoy nos parecería una bomba fétida pero que en Roma era el no va más?

En España, y especialmente en zonas con tanta solera como el Levante o Andalucía, la arqueología es una constante en el urbanismo. Cualquiera que haya intentado hacer una reforma en un casco antiguo sabe de lo que hablo. «Han aparecido restos», es la frase que hace temblar a los constructores y brillar los ojos a los investigadores. Y es que nuestro país es, literalmente, un yacimiento gigante. Desde los restos de Atapuerca, que nos dicen quiénes éramos hace casi un millón de años, hasta las trincheras de la Guerra Civil, todo es material de estudio.

El método: No es llegar y besar el santo

Mucha gente piensa que excavar es simplemente hacer un agujero y ver qué sale. Error. Excavar es, en realidad, destruir. Una vez que sacas una pieza de su contexto, has alterado ese lugar para siempre. Por eso los arqueólogos son tan pesados con la metodología. La clave de todo es la estratigrafía. Es un concepto que tomamos prestado de la geología y que básicamente dice que lo que está más abajo es más viejo. Parece de cajón, pero la cosa se complica cuando alguien hace un pozo en el siglo XVIII y atraviesa una capa romana, mezclando todo el «guiso» histórico.

Ojo con esto: el contexto lo es todo. Si encuentras una moneda de oro en un palacio, te dice una cosa. Si la encuentras en una alcantarilla, te dice otra totalmente distinta. Por eso se cuadricula el terreno, se mide cada milímetro y se dibuja todo antes de mover una sola piedra. Hoy en día, por suerte, tenemos la fotogrametría y los escáneres 3D que nos permiten recrear el yacimiento de forma digital antes de seguir bajando. Es como tener un botón de «deshacer» en la vida real, o al menos algo que se le parece bastante.

Y luego está el tema del laboratorio. Por cada hora que se pasa bajo el sol con el paletín (la herramienta sagrada del arqueólogo, que no es más que una paleta de albañil pero con más pedigrí), se pasan diez horas en el laboratorio lavando cerámica, siglando fragmentos y analizando datos. Es un trabajo de hormiga. A veces, la pieza clave no es una estatua de mármol, sino un grano de polen fosilizado que nos dice que hace dos mil años en Cartagena el clima era mucho más húmedo de lo que es ahora.

La tecnología entra en juego: IA y satélites

Aquí es donde la cosa se pone realmente interesante para los que nos gusta la tecnología. La arqueología ya no solo mira al suelo, también mira al cielo. El uso de imágenes por satélite y, sobre todo, del LiDAR (Light Detection and Ranging) ha cambiado las reglas del juego. El LiDAR es básicamente un láser que se lanza desde un avión o un dron y que es capaz de «atravesar» la vegetación. Gracias a esto, se han descubierto ciudades enteras bajo la selva en Centroamérica, pero también villas romanas olvidadas en mitad de las dehesas de Extremadura.

La Inteligencia Artificial también está empezando a asomar la patita. En España ya hay proyectos que utilizan redes neuronales para clasificar fragmentos de cerámica de forma automática. Imagina que tienes diez mil trozos de ánfora. Clasificarlos a mano es un trabajo de chinos que puede llevar meses. Un algoritmo bien entrenado puede hacerlo en una tarde, identificando patrones de cocción, formas de bordes y tipos de arcilla con una precisión asombrosa. No es que vaya a sustituir al arqueólogo, pero le quita de encima el trabajo más tedioso para que pueda dedicarse a lo que de verdad importa: interpretar qué significan esos datos.

Incluso hay aplicaciones de IA para descifrar textos antiguos que están dañados o que son ilegibles para el ojo humano. En el caso de los epígrafes romanos, que a veces están más desgastados que el suelo de una discoteca, estas herramientas son una bendición. Combinando el análisis multiespectral con modelos de lenguaje, se pueden rellenar los huecos de inscripciones que llevaban siglos mudas. Es, literalmente, devolverle la voz a los muertos.

Cartagena: El ejemplo perfecto de la cebolla histórica

No puedo hablar de arqueología sin barrer para casa. Cartagena es, probablemente, uno de los mejores laboratorios arqueológicos de Europa. Lo que pasó con el Teatro Romano es digno de una película. Estuvo ahí, escondido debajo de un barrio humilde, durante siglos. Nadie sabía que una de las joyas del Imperio estaba sirviendo de cimiento para casas de pescadores. Fue en los años 80 cuando, al empezar a demoler unos edificios viejos, empezaron a salir capiteles y gradas.

Lo que me fascina de este caso es cómo la arqueología transformó la ciudad. No solo fue un hallazgo científico, fue un motor económico y social. El Teatro Romano de Cartagena es hoy el museo más visitado de la Región de Murcia, y eso es gracias a una excavación impecable y a una puesta en valor que supo integrar las ruinas en el tejido urbano moderno. Es el ejemplo de que el pasado no tiene por qué ser un estorbo para el presente, sino un aliado.

Y no nos quedemos solo en el teatro. El Barrio del Foro Romano, en el cerro del Molinete, es otra maravilla. Allí puedes pasear por las termas, ver las pinturas originales en las paredes y entender cómo era la vida de un ciudadano de Carthago Nova. Lo que más me gusta es que no es algo estático. Cada campaña de excavación saca algo nuevo. Es un libro que se sigue escribiendo a medida que se borran las capas de tierra. Si alguna vez pasáis por aquí, fijaos en cómo los arqueólogos trabajan a veces a escasos metros de la gente que va a comprar el pan. Esa convivencia entre lo milenario y lo cotidiano es la esencia de la arqueología urbana en España.

Arqueología subacuática: El tesoro no es el oro

Si la arqueología en tierra es complicada, la subacuática es para nota. España tiene una de las plataformas continentales más ricas del mundo en cuanto a pecios (barcos hundidos). Durante siglos, fuimos el centro del comercio mundial, y claro, muchos barcos no llegaron a puerto. Pero ojo, que aquí hay mucha confusión. La arqueología subacuática no va de buscar cofres con monedas de oro para hacerse rico. De hecho, para un arqueólogo, el cargamento de lingotes es casi lo de menos; lo que le interesa es la estructura del barco, las herramientas de navegación, la ropa de los marineros o incluso los restos de comida.

En Cartagena tenemos el ARQUA, el Museo Nacional de Arqueología Subacuática. Si no habéis ido, ya estáis tardando. Allí se custodia, entre otras muchas cosas, el tesoro de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. Seguro que os suena el lío legal con la empresa Odyssey. Aquello fue un punto de inflexión. Sirvió para dejar claro que el patrimonio sumergido no es de quien lo encuentra, sino que es un bien cultural que debe ser protegido y estudiado con rigor científico, no expoliado por cazatesoros con tecnología punta y pocos escrúpulos.

La arqueología bajo el agua utiliza técnicas que parecen de ciencia ficción. Desde robots submarinos (ROVs) que pueden bajar a profundidades donde un humano quedaría aplastado, hasta sistemas de posicionamiento acústico que permiten mapear un pecio con una precisión de centímetros. Es un trabajo durísimo, condicionado por las corrientes, la visibilidad y el tiempo que puedes estar sumergido. Pero cuando logras sacar a la luz la historia de un naufragio, la sensación debe ser algo parecido a viajar en el tiempo sin salir del agua.

  • La conservación: Sacar algo del agua después de 400 años es delicado. Si sacas madera empapada y la dejas secar al aire, se deshace como un polvorón. Por eso se necesitan años de tratamientos químicos para estabilizar los materiales.
  • La protección: El mayor enemigo de la arqueología subacuática no es el mar, sino el expolio. Por eso muchos yacimientos se mantienen en secreto o se vigilan con radares y patrullas.
  • La historia naval: Gracias a estos estudios, sabemos cómo se construían los galeones que cruzaban el Atlántico, algo de lo que apenas quedaban planos escritos.

¿Por qué nos gastamos el dinero en esto?

Esta es la pregunta del millón. Siempre hay alguien que dice: «¿Para qué queremos gastar dinero en desenterrar piedras viejas cuando hay problemas más urgentes?». Es una postura comprensible, pero un poco corta de miras. La arqueología no es un capricho de cuatro intelectuales con gafas. Es una inversión en identidad y en conocimiento.

Primero, por una cuestión de pura curiosidad humana. Queremos saber de dónde venimos. Entender cómo gestionaban las sequías los árabes en Al-Ándalus o cómo colapsó la civilización argárica nos da pistas sobre nuestra propia resiliencia. La historia no se repite, pero rima, y la arqueología nos da las rimas para entender el poema completo.

Segundo, por el turismo cultural. España es una potencia mundial en esto. La gente no viene solo por el sol y la playa; viene por la Alhambra, por Segóbriga, por Ampurias y por el Teatro Romano de Cartagena. La arqueología bien gestionada genera riqueza, crea puestos de trabajo y revitaliza zonas que de otro modo estarían olvidadas. Es un recurso no renovable: una vez que destruyes un yacimiento para hacer un parking, esa información se pierde para siempre.

Y tercero, por la ciencia pura. La arqueología aporta datos fundamentales para otras disciplinas. Los estudios de ADN antiguo en restos óseos están reescribiendo la historia de las migraciones humanas. Los análisis de sedimentos nos ayudan a entender el cambio climático a largo plazo. Vaya, que las «piedras viejas» tienen mucho que decir sobre el futuro.

El día a día en una excavación (la realidad sin filtros)

Si alguna vez te has planteado ser arqueólogo porque te gusta la aventura, déjame que te baje un poco los humos. El 90% del tiempo es un trabajo físico agotador. Empiezas a las siete de la mañana para evitar las horas centrales de calor (especialmente si estás en Murcia en julio, que eso es deporte de riesgo). Te pasas horas agachado, con las rodillas clavadas en la tierra, moviendo escombros con un capazo.

Luego está la burocracia. En España, la arqueología está muy regulada. Cada intervención necesita permisos, proyectos detallados y memorias finales que son auténticos tochos de papel. La mayoría de los arqueólogos hoy en día trabajan en lo que llamamos «arqueología de gestión» o «preventiva». Son los que van antes de que se construya una carretera o un edificio. Es un trabajo bajo presión, con plazos ajustados y la responsabilidad de decidir qué se conserva y qué se documenta para luego ser cubierto o destruido.

Pero, a pesar de todo, tiene momentos que no cambiarías por nada. Ese instante en el que, después de limpiar con cuidado una superficie, aparece el borde de una moneda, un fragmento de vidrio romano intacto o una punta de flecha de sílex. En ese momento, eres la primera persona que toca ese objeto en cientos o miles de años. Es una conexión directa con alguien que vivió, sufrió y rió exactamente en el mismo sitio donde estás tú ahora. Esa descarga de adrenalina es la que hace que sigas picando bajo el sol.

La ética y el futuro: ¿De quién es el pasado?

Este es un debate que está muy vivo. Durante mucho tiempo, la arqueología fue una herramienta del colonialismo. Las grandes potencias europeas se llevaban lo que encontraban en Egipto, Grecia o Mesopotamia a sus propios museos. Hoy, la tendencia es la contraria: la descolonización de los museos y la devolución de piezas a sus lugares de origen. Es un tema complejo porque, por un lado, está el derecho de los países a recuperar su patrimonio y, por otro, la capacidad de conservación y la accesibilidad global.

En España, el debate es más local. A veces hay tensiones entre los ayuntamientos, que quieren musealizarlo todo, y los propietarios de los terrenos o los arqueólogos, que a veces prefieren volver a tapar los restos para que se conserven mejor bajo tierra. Porque esa es otra: exponer unas ruinas al aire libre es condenarlas a la erosión. A veces, la mejor forma de proteger el pasado es dejarlo dormir un poco más bajo nuestros pies.

El futuro de la arqueología pasa por ser cada vez menos invasiva. El sueño es poder «ver» lo que hay debajo sin tener que excavar. Ya estamos cerca con el georradar y otras técnicas de prospección geofísica. Quizás, dentro de cien años, la arqueología sea una disciplina puramente digital, donde solo se excave lo estrictamente necesario y el resto se explore mediante realidad virtual y sensores ultrasensibles. Pero, sinceramente, creo que siempre habrá alguien con un paletín y muchas ganas de mancharse las manos.

Al final del día, la conclusión que saco de todo esto es que la arqueología nos enseña humildad. Nos recuerda que somos una capa más en la historia de este planeta. Que nuestras ciudades, nuestras casas y nuestros gadgets tecnológicos terminarán siendo, tarde o temprano, el estrato superior de una excavación del futuro. Y espero que, cuando alguien encuentre los restos de nuestro tiempo, nos juzgue con la misma curiosidad y respeto con la que nosotros miramos a los que nos precedieron. Mientras tanto, la próxima vez que camines por Cartagena o por cualquier ciudad con historia, fíjate bien en el suelo. Nunca sabes qué secreto está esperando a que alguien, con mucha paciencia y un poco de suerte, decida sacarlo a la luz.

Written by unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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