arqueologia / febrero 8, 2026 / 15 min read

Esa extraña manía de mirar al suelo (y por qué nos importa tanto)

Esa extraña manía de mirar al suelo (y por qué nos importa tanto)

A veces me pregunto, mientras me tomo el segundo café de la mañana —uno de esos que aquí en Cartagena llamamos «asiático» cuando queremos que el día empiece con alegría—, qué es lo que nos empuja a pasar horas bajo un sol de justicia rascando piedras con un pincel. La arqueología tiene esa pátina de romanticismo que nos vendió el cine, pero la realidad es mucho más sucia, lenta y, curiosamente, mucho más humana. No se trata de encontrar ídolos de oro en templos llenos de trampas, sino de entender por qué alguien, hace tres mil años, decidió que un pequeño escarabajo de piedra era lo suficientemente importante como para llevárselo a la tumba o perderlo en un pozo.

La verdad es que la arqueología es, en esencia, el arte de leer la basura de nuestros antepasados. Y lo digo con todo el respeto del mundo. Lo que para ellos era un plato roto o una moneda que se cayó por una grieta, para nosotros es una ventana abierta de par en par a su forma de ver la vida. Estos días, las noticias que llegan desde el Mediterráneo nos recuerdan que el pasado no está tan enterrado como pensamos, y que cada vez que metemos la pala en el sitio adecuado, la historia nos pega un tirón de la oreja para que no nos olvidemos de dónde venimos.

Y es que, si lo piensas bien, el Mediterráneo no es un mar, es una autopista de información que lleva funcionando milenios. Lo que pasa en Cerdeña resuena en las costas de Murcia, y lo que se discute en los despachos de Roma sobre leyes de patrimonio tiene un eco directo en cómo protegemos nuestras propias ruinas en España. Vamos a desgranar un poco todo esto, porque hay tela que cortar.

El escarabajo de Arzana: un turista fenicio en tierras nurágicas

Hace apenas unos días saltó la liebre en Cerdeña. En las ruinas del Nuraghe de Arzana, un complejo que ya de por sí tiene ese aire místico de las construcciones ciclópeas, ha aparecido un escarabajo. Pero no uno de esos que te dan un susto en el campo, sino una pieza arqueológica de primer nivel. Se trata de un escarabajo de tipo egipcio, pero que los expertos vinculan directamente con el mundo fenicio.

Ojo con esto, porque el hallazgo no es moco de pavo. El escarabajo apareció en la zona del pozo, un lugar que siempre suele dar alegrías a los arqueólogos porque el agua y los rituales suelen ir de la mano. ¿Qué hacía un objeto de clara influencia oriental en mitad de una estructura nurágica en el corazón de Cerdeña? Pues nos está contando una historia de comercio, de prestigio y de «postureo» antiguo. Los fenicios eran los reyes del marketing en la Antigüedad. Iban de aquí para allá vendiendo telas, tintes y estos pequeños amuletos que todo el mundo quería tener porque daban suerte y, además, quedaban de lujo colgados al cuello.

Este tipo de piezas nos obligan a replantearnos las fronteras. A veces pensamos en los pueblos antiguos como compartimentos estancos: los sardos en su isla, los fenicios en sus barcos y los íberos en sus cerros. Pero la realidad era un trasiego constante. Ese escarabajo es la prueba de que hace miles de años ya había una globalización incipiente. Es como si dentro de dos mil años alguien encontrara un iPhone en una excavación en mitad de la estepa mongola; entenderían que las redes comerciales llegaban mucho más lejos de lo que las distancias físicas sugerían.

La conexión con nuestra tierra: de Cerdeña a Qart Hadasht

No puedo evitar barrer para casa. Cuando leo sobre escarabajos fenicios en Cerdeña, mi cabeza vuela directamente a la Muralla Púnica de Cartagena. Al final del día, estamos hablando de la misma gente. Los fenicios, y más tarde sus primos hermanos los cartagineses, usaban estos amuletos como moneda de cambio y como sello personal. En las excavaciones de la zona del Molinete o en los yacimientos de la costa almeriense y malagueña, han aparecido piezas que guardan un parecido asombroso con este hallazgo de Arzana.

La verdad es que los fenicios eran unos tipos prácticos. No venían a conquistar con la espada por delante —eso ya lo hicieron otros más tarde—, sino con el libro de cuentas. Y en ese intercambio de bienes, la religión y la superstición viajaban en el mismo lote. El escarabajo representaba al dios Khepri, el sol que renace cada mañana. Para un habitante de la Cerdeña de hace 2.800 años, poseer un objeto así no era solo una cuestión estética; era tener un pedazo de la magia del lejano Egipto en sus manos, traído por esos marineros barbudos que hablaban lenguas extrañas y traían vino del bueno.

Cuando el papeleo pesa más que la piedra: la alarma de los arqueólogos

Pero no todo es la emoción del descubrimiento. La arqueología tiene una cara B mucho más árida: la burocracia y la política. Recientemente, la Asociación Nacional de Arqueólogos (ANA) en Italia ha dado la voz de alarma en la Cámara de Diputados. ¿El motivo? Las nuevas normativas sobre autorizaciones paisajísticas. Y esto, aunque parezca un tema aburrido de boletín oficial, nos toca muy de cerca en España.

El miedo de los profesionales es que, en aras de la simplificación administrativa y de acelerar las obras públicas (esos fondos europeos que queman en las manos), se relajen los controles arqueológicos previos. Es el eterno dilema: ¿progreso o patrimonio? En Italia están viendo cómo se intentan agilizar procesos que, si se hacen a la carrera, pueden acabar con una excavadora destrozando un yacimiento que ni siquiera sabíamos que existía.

En España sabemos mucho de esto. Aquí tenemos la Ley de Patrimonio Histórico, que es bastante garantista sobre el papel, pero que en la práctica a veces se queda corta frente a la presión urbanística. ¿Cuántas veces hemos visto una obra de un parking o de una línea de AVE parada durante meses porque han aparecido unos restos? Para el constructor es una pesadilla, para el arqueólogo es una oportunidad única y para el ciudadano suele ser un estorbo… hasta que se inaugura el museo y todos sacamos pecho.

El riesgo de la «arqueología de urgencia»

Lo que la ANA denuncia es que la arqueología no puede ser un «trámite» más, como quien pide un permiso de vado. La arqueología preventiva es fundamental. Si no se hacen los sondeos adecuados antes de empezar a construir, el daño es irreversible. Una vez que la pala del tractor ha pasado, la estratigrafía —ese orden de las capas de tierra que nos dice qué pasó antes y qué pasó después— se pierde para siempre. Es como si arrancaras las páginas de un libro y las pasaras por una trituradora; podrías intentar pegarlas, pero la historia nunca volvería a leerse igual.

Vaya, que el problema no es que se quiera construir, sino cómo se hace. En ciudades con tanta solera como las nuestras, donde pegas una patada a una piedra y sale un fuste romano, la gestión del patrimonio debería ser una prioridad estratégica, no un obstáculo que sortear. La queja de los arqueólogos italianos es un aviso para navegantes: si bajamos la guardia con la protección legal, el mercado y las prisas se comerán el pasado sin masticar.

La Inteligencia Artificial entra en la trinchera

Cambiando un poco de tercio, y ya que estamos en un blog donde nos gusta la tecnología, no podemos hablar de arqueología moderna sin mencionar cómo la IA y las nuevas herramientas digitales están dándole la vuelta al calcetín de esta disciplina. Olvidaos de la lupa y el pincel como únicas herramientas; ahora lo que se lleva es el LiDAR, la fotogrametría y los algoritmos de aprendizaje profundo.

La verdad es que lo que está pasando en este campo es para quedarse a cuadros. Por ejemplo, en España se están utilizando drones equipados con sensores LiDAR para «limpiar» digitalmente la vegetación de los montes y descubrir castros celtas o campamentos romanos que llevaban siglos ocultos bajo los pinos. Es como tener rayos X para ver a través del bosque. En Galicia y Asturias, esto ha permitido mapear yacimientos que eran invisibles al ojo humano desde el suelo.

Pero donde la IA está sacando músculo de verdad es en la interpretación de datos. Imagina miles de fragmentos de cerámica —lo que los arqueólogos llaman «terra sigillata»— que son prácticamente idénticos. Un algoritmo entrenado puede clasificar esos fragmentos en segundos, identificando el taller de procedencia, la fecha exacta y hasta el artesano que lo fabricó, comparándolo con bases de datos de todo el mundo. Lo que antes le llevaba a un doctorando tres años de tesis, ahora se resuelve en una tarde de procesado de datos.

Algoritmos que leen lo ilegible

Y no me hagáis hablar de los papiros de Herculano. Ese es el ejemplo perfecto de cómo la tecnología hace milagros. Esos rollos de carbón, carbonizados por la erupción del Vesubio, eran imposibles de desenrollar sin que se deshicieran en polvo. Gracias a la tomografía computarizada y a modelos de IA que detectan cambios imperceptibles en la textura de la ceniza (donde estaba la tinta), estamos empezando a leer textos filosóficos que se daban por perdidos.

Esto no es solo «curioso», es un cambio de paradigma. Estamos recuperando bibliotecas enteras sin tocar físicamente el objeto. Para que nos entendamos: es como si pudieras leer un libro que está dentro de una caja fuerte cerrada sin necesidad de abrirla. Si eso no es magia tecnológica, que baje Aníbal y lo vea.

Arqueología subacuática: el tesoro que no es oro

Si hablamos de arqueología en España, y más concretamente desde mi atalaya en Cartagena, tenemos que mirar al mar. El ARQUA (Museo Nacional de Arqueología Subacuática) es nuestra joya de la corona, y no es para menos. El patrimonio que hay bajo nuestras aguas es, probablemente, el más rico del mundo, pero también el más vulnerable.

Mucha gente se quedó con la copla del caso Odyssey y el tesoro de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. Fue una batalla legal épica, pero lo más importante no fueron las monedas de plata, sino el mensaje que se mandó al mundo: el patrimonio subacuático no es un botín para cazatesoros, es un yacimiento arqueológico que debe ser excavado con rigor científico.

La arqueología marina es endiabladamente difícil. Trabajas contra las corrientes, la falta de visibilidad y el deterioro rápido de los materiales cuando salen a la superficie. Pero la información que sacamos de un pecio es brutal. Un barco es una cápsula del tiempo perfecta. A diferencia de una ciudad, que evoluciona y se construye encima, un barco se hunde en un momento preciso con todo lo que llevaba dentro. Es una fotografía fija de un día concreto de la historia.

  • La conservación: Sacar madera del agua después de 400 años es un suicidio si no tienes los laboratorios adecuados. El ARQUA es pionero en tratamientos de liofilización y conservación de materiales orgánicos.
  • La vigilancia: Ahora se usan satélites y radares para vigilar los yacimientos sumergidos y evitar que los expoliadores hagan de las suyas.
  • La ética: Ya no se trata de «rescatar» objetos, sino de documentar el sitio. A veces, la mejor forma de conservar un barco es dejarlo donde está, cubierto por la arena, una vez que se ha estudiado.

El mito de Indiana Jones frente al barro de la realidad

A ver, seamos sinceros. A todos nos gusta una buena película de aventuras, pero la arqueología real tiene poco que ver con látigos y sombreros fedora. La mayor parte del tiempo, un arqueólogo está rellenando fichas, peleándose con el SIG (Sistema de Información Geográfica) o intentando que no se le vuele la carpa cuando sopla el Levante aquí en el puerto.

La arqueología es una disciplina de una paciencia infinita. Es un trabajo detectivesco donde la mayoría de las pistas no llevan a ninguna parte. Pero cuando encuentras algo… ah, amigo, ese momento paga todos los madrugones. No tiene por qué ser una estatua de mármol. Puede ser una simple huella de perro en un ladrillo romano que se puso a secar al sol hace dos mil años. En ese momento, conectas directamente con el tipo que fabricó ese ladrillo y con el perro que pasó por allí molestando. Esa es la verdadera magia: la conexión humana a través del tiempo.

Además, hoy en día la arqueología es multidisciplinar. En una excavación moderna te encuentras a biólogos analizando pólenes antiguos para saber qué clima hacía, a químicos estudiando los residuos dentro de una vasija para saber si contenía vino o aceite, y a antropólogos forenses que pueden decirte, viendo un fémur, si esa persona tenía artrosis o si comía demasiada carne. Ya no es solo «sacar cosas», es reconstruir ecosistemas y sociedades completas.

La importancia de la divulgación (o por qué escribo esto)

Uno de los grandes fallos de la arqueología durante décadas fue encerrarse en la torre de marfil de la academia. Se escribían informes densos que solo leían otros cuatro expertos y el público general se quedaba con la idea de que los arqueólogos eran unos señores raros que paraban las obras.

Por suerte, eso está cambiando. Proyectos como los de Atapuerca en Burgos han demostrado que, si le cuentas a la gente la historia de forma amena y cercana, la sociedad se vuelca. La gente quiere saber quiénes eran sus abuelos de hace cien generaciones. Y es nuestra responsabilidad, como comunicadores y entusiastas, traducir ese lenguaje técnico a algo que se pueda disfrutar mientras te tomas una caña.

¿Hacia dónde vamos? El futuro del pasado

Al final del día, la arqueología se enfrenta a retos gigantescos. El cambio climático, por ejemplo, está poniendo en peligro muchísimos yacimientos costeros por la subida del nivel del mar. En el Mediterráneo, esto es una amenaza real. Sitios que han estado secos durante milenios podrían quedar sumergidos o erosionados por tormentas cada vez más agresivas.

Por otro lado, la tecnología nos va a permitir «excavar» sin tocar el suelo. Estamos llegando a un punto en el que las prospecciones geofísicas son tan precisas que podemos tener un mapa en 3D de lo que hay debajo de una plaza sin levantar una sola loseta. Esto va a revolucionar la gestión de las ciudades históricas. Imagina que el ayuntamiento de cualquier ciudad española pudiera saber exactamente dónde están las cloacas romanas o los muros medievales antes de planificar una nueva tubería. Se ahorrarían millones de euros y muchos disgustos.

Pero, a pesar de todos los avances, siempre necesitaremos a alguien con un pincel y mucha paciencia. Porque la tecnología te da el mapa, pero la tierra te da la verdad. Y esa verdad, a veces, tiene forma de escarabajo fenicio perdido en una isla italiana, recordándonos que, por mucho que cambien los tiempos, los seres humanos seguimos buscando lo mismo: prosperar, que nos recuerden y, si es posible, tener un poco de suerte en el camino.

La conclusión que saco de todo esto es que la arqueología no es una ciencia del pasado, sino una ciencia del presente. Nos ayuda a entender nuestra identidad y a valorar lo que tenemos. Así que, la próxima vez que pases por delante de una excavación y veas a un grupo de gente agachada en un agujero, no pienses que están perdiendo el tiempo. Están intentando leer el manual de instrucciones de nuestra especie. Y créeme, nos hace mucha falta leerlo de vez en cuando.

Vaya, que si alguna vez os dejáis caer por Cartagena, no dejéis de visitar el Teatro Romano. No solo por lo impresionante que es, sino por la historia de cómo se descubrió: estaba oculto bajo un barrio entero y nadie sabía que estaba allí hasta hace nada. Eso es la arqueología: la capacidad de sorprendernos con lo que tenemos justo debajo de los pies, esperando su momento para volver a ver la luz.

Written by unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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