A veces se nos olvida que, justo debajo de las chanclas y de la arena de la playa, hay capas y capas de gente que estuvo aquí mucho antes que nosotros haciendo, básicamente, lo mismo: intentar vivir lo mejor posible. En Rincón de la Victoria, ese rincón malagueño que muchos conocen solo por sus boquerones o por ser el alivio residencial de la capital, se han tomado muy en serio esto de mirar hacia abajo. Y es que, para las Jornadas Europeas de Arqueología de 2026, el municipio ha decidido tirar la casa por la ventana, o mejor dicho, abrir las puertas de sus cuevas y yacimientos de par en par.
La verdad es que esto de las Jornadas Europeas no es una tontería de cuatro académicos aburridos. Es una iniciativa que viene impulsada desde el Consejo de Europa y que en España, y concretamente en Andalucía, suele tener un tirón tremendo. ¿El objetivo? Que dejes de ver las piedras viejas como «piedras viejas» y empieces a verlas como el código fuente de nuestra sociedad actual. Si te gusta la tecnología, piensa en la arqueología como una ingeniería inversa de la humanidad. Y en Rincón, el «hardware» que tienen es de primera categoría.
Si hablamos de Rincón de la Victoria, tenemos que hablar de la Cueva del Tesoro. No hay otra. Es una de las tres únicas cuevas de origen submarino que se conocen en todo el mundo y la única que puedes visitar en Europa sin tener que ponerte un traje de neopreno. Para estas jornadas de 2026, han preparado unas visitas guiadas que, si mal no recuerdo, intentan alejarse del típico discurso de «aquí hay una estalactita con forma de virgen».
Lo que buscan este año es explicar la geología pura. Cómo el mar, hace millones de años, fue tallando las galerías a base de paciencia y salitre. Pero claro, el morbo es el morbo, y la leyenda del tesoro de los cinco reyes almorávides siempre sale a relucir. Se dice que el emperador Tasufín ben Alí escondió un botín de los gordos aquí antes de salir huyendo. Durante las jornadas, los guías suelen meterle ese toque de misterio que te hace mirar por las grietas, por si acaso a algún arqueólogo se le ha pasado un doblón de oro. Pero ojo, que lo verdaderamente valioso allí es el arte rupestre y los restos del Paleolítico y la Edad del Bronce que demuestran que ya entonces la peña sabía que vivir cerca del Mediterráneo era un lujo.
Vaya, que si vas a ir, prepárate para un microclima curioso. Da igual que fuera haga un calor de justicia típico de la Axarquía; dentro de la cueva la humedad te abraza y el silencio es de esos que te hacen apagar el móvil por puro respeto. Es, posiblemente, el mejor sitio para entender que la historia no son solo fechas en un libro de texto, sino espacios físicos que se pueden tocar (bueno, mejor no toques las pinturas, que nos conocemos).
Villa Antiopa: El lujo romano a pie de playa
Si las cuevas representan nuestro pasado más salvaje y espiritual, Villa Antiopa es el ejemplo perfecto de que a los romanos ya les gustaba el «postureo» y el buen vivir. Este yacimiento, ubicado en la zona de Torre de Benagalbón, es una de las joyas de la corona de estas jornadas. Para que nos entendamos: es una villa marítima del siglo III d.C. que estaba dedicada a la producción de garum (esa salsa de pescado que a los romanos les volvía locos y que hoy probablemente nos parecería una bomba fétida) y al descanso de algún aristócrata con muy buen gusto.
Lo que han hecho en Villa Antiopa es un ejemplo de cómo integrar la arqueología en el urbanismo moderno sin que parezca un pegote. Durante las visitas de 2026, el foco se pone en los mosaicos. Y no son unos mosaicos cualquiera. El de «El rapto de Antiopa por Júpiter» (que da nombre a la villa) es una virguería técnica. Si te fijas bien en las teselas, te das cuenta de que esos tíos tenían una paciencia infinita. Es como el pixel art de la antigüedad, pero con piedras de colores y una resolución que ya quisieran algunas pantallas de hoy en día.
Además, la musealización es muy interactiva. No es el típico museo donde te dan un folleto y te dejan solo. Aquí usan recursos que te ayudan a imaginar cómo olía el lugar, cómo se movía la gente por las estancias y cómo funcionaba el sistema de calefacción bajo el suelo (el hypocaustum), que ya quisiéramos muchos para nuestras casas en invierno. La verdad es que pasear por allí te hace pensar que, en el fondo, no hemos cambiado tanto: seguimos queriendo casas con vistas al mar y sistemas que nos mantengan los pies calientes.
La Cueva de la Victoria y el viaje al Neolítico
A menudo eclipsada por su hermana mayor, la Cueva de la Victoria es, para mi gusto, incluso más auténtica en ciertos aspectos. Durante las Jornadas Europeas de Arqueología, se suelen organizar grupos reducidos para visitarla, y es una experiencia mucho más «espeleológica». No esperes pasarelas de madera y luces de colores. Aquí vas a ver la arqueología de trinchera, la de verdad.
En esta cueva se han encontrado restos que nos hablan de los rituales funerarios de hace miles de años. Es un poco sobrecogedor pensar que ese mismo espacio donde tú estás de pie, fue utilizado por comunidades neolíticas para despedir a sus muertos. Hay algo en la atmósfera de la Cueva de la Victoria que te conecta con una parte muy primaria de nuestra especie. Los guías suelen explicar cómo se hacían las excavaciones y la importancia de la estratigrafía. Ojo con esto: cada centímetro de tierra que excavan es como pasar una página de un libro que ha estado cerrado durante 5.000 años.
Y es que la arqueología no es solo encontrar cosas bonitas; es interpretar la basura de los antiguos. Sí, has leído bien. Gran parte de lo que sabemos sobre la dieta de la gente del Neolítico en Rincón de la Victoria viene de analizar sus «basureros» o concheros. Resulta que les encantaban los moluscos, algo que, sinceramente, no ha cambiado mucho en la zona. Si te das una vuelta por el paseo marítimo después de la visita, verás que el menú sigue siendo sospechosamente parecido, aunque ahora lo acompañemos con una cerveza bien fría.
Tecnología y Arqueología: El futuro de nuestro pasado
Como redactor que trastea mucho con la Inteligencia Artificial y el código, no puedo evitar fijarme en cómo la tecnología está dándole la vuelta al calcetín en el mundo de la arqueología malagueña. En estas jornadas de 2026, se está hablando mucho de la fotogrametría y del escaneado láser 3D. ¿Para qué sirve esto? Pues para que, si una cueva tiene que cerrarse por conservación, podamos seguir visitándola de forma virtual con un nivel de detalle que asusta.
La verdad es que es una pasada ver cómo utilizan redes neuronales para reconstruir piezas de cerámica que están hechas añicos. Imagina que tienes 500 fragmentos de un ánfora romana. Antes, un arqueólogo podía pasarse meses jugando al puzzle más difícil del mundo. Ahora, hay algoritmos que analizan la curvatura, el grosor y el material de cada trozo y te proponen una reconstrucción en segundos. En Rincón de la Victoria, se están empezando a aplicar estas técnicas para catalogar los hallazgos de los yacimientos submarinos que aún quedan por explorar frente a la costa.
Además, el uso de drones con sensores LIDAR permite «ver» a través de la vegetación y detectar estructuras enterradas que a simple vista son invisibles. Es un poco como tener visión de rayos X. Gracias a esto, se están mapeando zonas de la Axarquía que podrían esconder más villas romanas o asentamientos fenicios. Porque esa es otra: por aquí pasaron todos. Fenicios, romanos, árabes… Rincón ha sido un «hub» logístico y cultural mucho antes de que inventáramos esa palabra tan moderna.
¿Por qué deberías pasarte por allí en 2026?
Mira, te lo voy a decir claro: planes de playa hay a patadas. Pero planes que te hagan volver a casa sintiéndote un poco más culto y con la sensación de haber viajado en el tiempo, no tantos. Las Jornadas Europeas de Arqueología en Rincón de la Victoria son la excusa perfecta para salir de la burbuja del día a día. Es una oportunidad para entender que somos el resultado de una mezcla increíble de culturas y que nuestro patrimonio es algo vivo, no algo que está cogiendo polvo en una vitrina.
Lo bueno de este evento es que está pensado para todos. Si vas con niños, se suelen organizar talleres de arqueología experimental donde pueden aprender a hacer fuego como en la prehistoria o a fabricar sus propias teselas de mosaico. Y si vas en plan experto, las charlas técnicas suelen ser de un nivel altísimo, con investigadores que te cuentan de primera mano los últimos descubrimientos. No es el típico evento «para turistas»; es un evento para la gente que tiene curiosidad por saber de dónde viene.
Además, el entorno ayuda. Rincón de la Victoria tiene ese equilibrio entre ser un sitio moderno y mantener un pie en la tradición. Después de una mañana viendo cuevas y mosaicos, te puedes sentar en un chiringuito a comerte unos espetos y reflexionar sobre el hecho de que, probablemente, un legionario romano hizo exactamente lo mismo hace 1.800 años (bueno, quizás sin el espeto tal cual lo conocemos, pero tú me entiendes).
Un poco de contexto histórico (sin que parezca una clase de instituto)
Para entender por qué Rincón es tan importante arqueológicamente, hay que mirar el mapa. Está en un punto estratégico de la costa malagueña, protegido por acantilados y con acceso a agua dulce. Eso, en la antigüedad, era como tener un ático en la Castellana. Los primeros que se dieron cuenta fueron los grupos de cazadores-recolectores del Paleolítico. Para ellos, las cuevas del Cantal eran el refugio perfecto: seguras, frescas en verano y cerca de una despensa inagotable como es el mar.
Luego llegaron los fenicios, que eran los empresarios de la época. No venían a conquistar, venían a comerciar. Establecieron factorías de salazón por toda la costa. Y tras ellos, los romanos, que industrializaron el proceso. La zona de Benagalbón se convirtió en un centro de producción agrícola y pesquera de primer orden. La Villa Antiopa no era una casa aislada; formaba parte de una red de explotaciones que exportaban productos a todo el Imperio. Imagina los barcos saliendo cargados de ánforas desde aquí hacia Roma. Es alucinante.
Con la llegada de los árabes, la zona mantuvo su importancia, aunque el foco se desplazó un poco hacia el interior, hacia lo que hoy es el núcleo de Benagalbón, buscando mayor protección. La fortaleza de Bezmiliana (aunque la que vemos hoy es del siglo XVIII) se asienta sobre una historia de vigilancia costera que viene de muy atrás. Al final del día, la historia de Rincón es la historia de la supervivencia y el aprovechamiento de los recursos naturales.
Consejos prácticos para los que se animen
Si tienes pensado ir a las jornadas de 2026, aquí van un par de recomendaciones de alguien que ya se ha pateado la zona unas cuantas veces. Primero: reserva con antelación. Las visitas a las cuevas, sobre todo a la de la Victoria, vuelan. No esperes a presentarte allí el mismo día porque te vas a quedar con las ganas. El Ayuntamiento suele habilitar una web para las inscripciones unas semanas antes.
Segundo: calzado cómodo. Parece obvio, pero siempre hay alguien que intenta entrar en una cueva con chanclas de dedo o tacones. No lo hagas. El suelo puede estar resbaladizo por la humedad y no querrás que tu contribución a la arqueología local sea un diente roto en el suelo neolítico. Unas zapatillas de deporte normales valen de sobra.
Tercero: lleva la mente abierta. A veces, lo más interesante no es la pieza más grande, sino el detalle más pequeño. Pregunta a los guías. La mayoría son arqueólogos o historiadores que están deseando compartir lo que saben. No te cortes, que para eso están estas jornadas. Y por último, aprovecha para visitar el resto del municipio. Rincón tiene mucho más que ofrecer aparte de los yacimientos, como su gastronomía o sus senderos por los acantilados del Cantal, que son una maravilla para la vista.
La importancia de conservar lo que nos queda
Al final de todo esto, lo que queda es una reflexión sobre la fragilidad de nuestro pasado. Los yacimientos arqueológicos son recursos no renovables. Una vez que se destruyen, se pierden para siempre. Por eso, eventos como las Jornadas Europeas de Arqueología son tan vitales. No solo sirven para enseñar, sino para concienciar. Cuando la gente conoce su patrimonio, lo siente como suyo y, por lo tanto, lo protege.
En Rincón de la Victoria se está haciendo un esfuerzo importante por poner en valor estos sitios. No es barato ni fácil. Requiere una inversión constante y una lucha contra el paso del tiempo y la presión urbanística. Pero merece la pena. Ver a un chaval alucinar con un mosaico romano o a una familia descubriendo las pinturas rupestres de una cueva es la mejor prueba de que este dinero está bien invertido. Es nuestra herencia cultural, el legado que dejaremos a los que vengan después de nosotros (que probablemente también usarán la IA para intentar entendernos a nosotros, pero eso ya es otra historia).
La conclusión que saco de todo esto es que la arqueología nos hace más humanos. Nos recuerda que no somos tan especiales ni tan diferentes de los que vivieron aquí hace milenios. Tenemos las mismas preocupaciones, los mismos miedos y el mismo deseo de dejar una huella en el mundo. Así que, si puedes, pásate por Rincón de la Victoria en estas jornadas de 2026. Te aseguro que no volverás a mirar la costa de Málaga de la misma manera. Y quién sabe, a lo mejor hasta te pica el gusanillo y acabas leyendo sobre estratigrafía o comprándote un detector de metales (aunque ojo, que esto último tiene su regulación legal, no te metas en líos).
Para que nos entendamos, estas jornadas son como un pase de temporada para los entresijos de la historia. Es el momento de cotillear qué hacían nuestros antepasados cuando nadie los miraba. Y Rincón de la Victoria es, sin duda, uno de los mejores escenarios posibles para hacerlo. Nos vemos por las cuevas, o en la villa, o quizás en la barra de algún bar comentando la jugada. Porque así es como se vive la arqueología en el sur: con un pie en el pasado y otro en el presente, y siempre con algo interesante que contar.
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