El sueño de Justiniano en tierras hispanas
A veces, cuando paseas por el casco antiguo de Cartagena, es fácil dejarse llevar por la grandiosidad del Teatro Romano o la herencia de los cartagineses. Pero hay una capa de la historia, un poco más escondida y a menudo maltratada por los libros de texto escolares, que es absolutamente fascinante. Me refiero a esos setenta años en los que Cartagena no fue solo una ciudad portuaria más, sino la capital de una provincia del Imperio Romano de Oriente. Sí, hablo de la Cartagena bizantina, o como se la conocía entonces: Carthago Spartaria.
La verdad es que la historia de España suele saltar del mundo romano a la invasión musulmana pasando muy por encima de los visigodos, y a los bizantinos casi ni se los menciona. Es como si hubieran sido unos invitados que pasaron por aquí, se tomaron un café y se fueron sin hacer ruido. Pero nada más lejos de la realidad. Su presencia aquí fue el último gran intento de reconstruir el Imperio Romano tal y como se conocía, y Cartagena fue el epicentro de ese sueño.
Para entender cómo acabaron unos señores que venían de Constantinopla (la actual Estambul) mandando en el sureste español, hay que mirar a un hombre con una ambición desmedida: el emperador Justiniano I. Este tipo no se conformaba con lo que tenía; quería recuperar todo lo que el antiguo Imperio Romano de Occidente había perdido frente a los bárbaros. Y claro, Hispania era una pieza clave en ese tablero de ajedrez.
552 d.C.: El año en que los «romanos» volvieron a casa
La entrada de los bizantinos en la península no fue una invasión a sangre y fuego desde el primer minuto. Fue más bien una mezcla de oportunidad política y un «favor» que salió bastante caro. Corría el año 552 y los visigodos, que eran los que mandaban por aquí, estaban enzarzados en una de sus típicas guerras civiles. El rey Agila I no caía muy bien y un noble llamado Atanagildo decidió rebelarse.
Atanagildo, que debía de ser un tipo bastante pragmático, pensó: «¿A quién puedo pedir ayuda que tenga un ejército de verdad?». Y miró hacia el este. Justiniano, que ya había recuperado el norte de África e Italia, vio el cielo abierto. Mandó una expedición al mando de un general ya mayor, Liberio, que desembarcó en las costas del sur. La cuestión es que, una vez que ayudaron a Atanagildo a ganar, los bizantinos dijeron aquello de: «Bueno, ya que estamos aquí, nos quedamos con un trocito, ¿no?».
Ese «trocito» acabó siendo la provincia de Spania, una franja costera que iba aproximadamente desde la desembocadura del Guadalquivir hasta el sur de la actual provincia de Alicante. Y la joya de la corona, la capital administrativa y militar, fue Cartagena. ¿Por qué? Pues porque su puerto era, y sigue siendo, uno de los mejores refugios naturales del Mediterráneo. Si quieres controlar el comercio y mover tropas rápido, Cartagena es el sitio donde quieres estar.
Una guerra civil visigoda con invitados inesperados
Es curioso pensar en la cara que se le quedaría a Atanagildo cuando vio que sus aliados no tenían ninguna intención de volverse a casa. Los bizantinos no venían como mercenarios, venían como dueños. Para ellos, no estaban conquistando un territorio nuevo, estaban recuperando lo que legítimamente les pertenecía como herederos de Roma. De hecho, a los habitantes de Cartagena de aquella época, ver llegar a las tropas de Justiniano les debió de parecer un retorno a la normalidad, a la civilización frente al «caos» visigodo.
Vaya, que se instalaron con todas las de la ley. Reforzaron las defensas, reorganizaron la administración y convirtieron a Carthago Spartaria en un bastión que resistiría los envites visigodos durante décadas. No fue una ocupación anecdótica; fue un periodo de estabilidad y conexión directa con el centro cultural y económico del mundo de entonces: Constantinopla.
Carthago Spartaria: La capital del esparto y el poder
Seguro que te has preguntado alguna vez de dónde viene eso de «Spartaria». No tiene nada que ver con los espartanos de Leónidas y sus abdominales marcados. El nombre viene del esparto. En aquella época, los campos que rodeaban la ciudad estaban llenos de esta planta, que era fundamental para la industria naval. Cuerdas, aparejos, cestos… el esparto era el «plástico» de la antigüedad, y Cartagena era el principal centro de exportación.
Bajo el dominio bizantino, la ciudad recuperó parte del brillo que había perdido tras las crisis del siglo III. Se convirtió en una ciudad cosmopolita. Imagínate el puerto lleno de barcos cargados de especias, sedas y aceites que venían de Oriente, y saliendo de aquí cargados de metales de las minas de la zona y, por supuesto, mucho esparto. Era un rincón de Bizancio en plena Hispania.
La verdad es que la administración bizantina era mucho más sofisticada que la visigoda. Tenían funcionarios que sabían leer y escribir (algo que no era tan común entonces), un sistema de impuestos bien organizado y una jerarquía militar muy clara. Al mando de la provincia solía haber un magister militum Spaniae, una especie de gobernador militar con plenos poderes que respondía directamente ante el emperador.
El rastro de piedra: ¿Qué queda hoy de la Cartagena bizantina?
Aquí es donde la cosa se pone interesante para los que nos gusta mancharnos las botas de polvo en los yacimientos. Durante mucho tiempo se pensó que de los bizantinos no quedaba casi nada en Cartagena, pero las excavaciones de las últimas décadas han sacado a la luz auténticos tesoros. No son monumentos tan espectaculares como el teatro, pero cuentan una historia de supervivencia y adaptación que pone los pelos de punta.
Lo que más me llama la atención es cómo los bizantinos reutilizaron lo que ya había. No tenían tiempo ni recursos para construir grandes palacios desde cero, así que aplicaron el reciclaje arquitectónico a lo bestia. Y el mejor ejemplo de esto lo tenemos en el propio Teatro Romano.
El Teatro Romano: De escenario de tragedias a mercado de abastos
Ojo con esto, porque es una de las transformaciones urbanas más curiosas de la ciudad. Para el siglo VI, el gran teatro romano ya no se usaba para representar obras de Sófocles. Estaba medio abandonado y en parte derruido. ¿Qué hicieron los bizantinos? Pues lo convirtieron en un barrio comercial.
Aprovecharon la estructura de la cávea (las gradas) y el espacio de la orquesta para levantar pequeñas tiendas y talleres. Se han encontrado restos de lo que parece un mercado, con estancias cuadrangulares donde se vendían productos locales e importados. Es fascinante pensar que donde antes la gente iba a ver comedias, en el año 580 una señora de Cartagena iba a comprar pescado o telas traídas de Egipto. Es la historia viva, adaptándose a las necesidades del momento.
En las excavaciones se han recuperado muchísimas cerámicas de esta época. Y no solo las típicas ollas de barro locales, sino ánforas finas que venían del norte de África y del Mediterráneo oriental. Esto nos dice que, a pesar de las guerras con los visigodos, el comercio nunca se detuvo del todo. Cartagena seguía conectada al mundo.
La Muralla Bizantina: El cinturón de seguridad
Si vas por la calle San Diego, te vas a encontrar con lo que hoy llamamos la «Muralla Bizantina». Aunque el edificio que la alberga es un centro de exposiciones moderno, en su interior se conservan restos de la fortificación que protegía la ciudad. Los bizantinos sabían que los visigodos no estaban contentos con su presencia, así que reforzaron las defensas romanas.
Utilizaron una técnica llamada opus vittatum, que básicamente consiste en alternar hileras de sillares de piedra con hileras de ladrillo. Es una estética muy característica que puedes ver en otros lugares del imperio, como en las murallas de Constantinopla. Ver esos muros aquí, en una esquina de Murcia, te hace darte cuenta de lo lejos que llegaba el brazo de Justiniano. No era una valla cualquiera; era una declaración de intenciones: «De aquí no nos movemos».
La inscripción de Comentiolo: El «DNI» de la ciudad
Si hay una pieza que es el Santo Grial de este periodo, es la famosa inscripción de Comentiolo. Se encontró en el siglo XVII, pero su importancia es capital. Es una placa de mármol que conmemora la reconstrucción de las murallas y las puertas de la ciudad por orden del gobernador Comentiolo, allá por el año 589 o 590.
Lo que dice la inscripción es oro puro para los historiadores. Habla de cómo Comentiolo, enviado por el emperador Mauricio (sucesor de Justiniano), reforzó las defensas contra los «enemigos bárbaros» (refiriéndose a los visigodos, claro). Es la prueba irrefutable de que Cartagena era la capital de la provincia y de que el Imperio seguía invirtiendo dinero y esfuerzo en mantenerla. Si mal no recuerdo, la pieza original está en el Museo Arqueológico Municipal, y leer esas letras talladas hace más de 1.400 años te conecta directamente con la tensión que se debía vivir en la ciudad en aquellos días.
La vida cotidiana entre ánforas y soldados
Pero no todo era guerra y política. ¿Cómo era el día a día en Carthago Spartaria? Pues imagínate una ciudad muy abigarrada, con calles más estrechas que en la época romana y una mezcla de gentes increíble. Había soldados griegos, comerciantes sirios, funcionarios locales que hablaban latín y una población hispanorromana que intentaba seguir con sus vidas.
La religión también jugaba un papel fundamental. Los bizantinos eran cristianos ortodoxos (aunque en esa época las diferencias con el catolicismo romano no eran tan marcadas como después). Se sabe que Cartagena fue sede episcopal y que tuvo una importancia religiosa notable. De hecho, se han encontrado restos de lo que podrían ser pequeñas basílicas o áreas de culto de esta época, aunque muchas veces están tan arrasadas por construcciones posteriores que es difícil dar detalles concretos.
Un detalle que me encanta es el de las lucernas (lámparas de aceite). Se han encontrado muchísimas de origen bizantino con símbolos cristianos, como crismones o representaciones de santos. Eran objetos cotidianos, pero nos dicen mucho sobre la identidad de la gente. Se sentían parte de un mundo cristiano y romano, muy diferente al de los visigodos, que hasta finales del siglo VI fueron arrianos (una variante del cristianismo que los bizantinos consideraban herética).
- Alimentación: Se consumía mucho pescado (el garum seguía siendo popular), cereales y vino importado.
- Higiene: Aunque las grandes termas romanas estaban en decadencia, se seguían utilizando versiones más pequeñas o baños privados.
- Vestimenta: Los funcionarios y militares vestían a la moda de Constantinopla, con túnicas decoradas y broches metálicos que se han encontrado en algunas tumbas.
El ocaso: Cuando Suintila apagó la luz bizantina (624 d.C.)
Todo lo bueno se acaba, y el sueño de la Restauratio Imperii no fue una excepción. A principios del siglo VII, el Imperio Bizantino estaba exhausto. Tenían demasiados frentes abiertos: los persas por el este, los ávaros y eslavos por el norte… Hispania les pillaba muy lejos y mandar refuerzos era cada vez más difícil y caro.
Mientras tanto, los visigodos se habían puesto las pilas. Se habían unificado religiosamente bajo el catolicismo y tenían reyes con mucha más visión de estado. Uno de ellos, Suintila, se propuso como objetivo personal expulsar a los bizantinos de una vez por todas. Y lo consiguió.
Alrededor del año 624, tras un asedio que debió de ser bastante duro, Carthago Spartaria cayó. Pero no fue una rendición cualquiera. Los visigodos, quizás por rabia o por querer borrar cualquier rastro de la competencia, fueron bastante destructivos. Se dice que la ciudad fue arrasada y que perdió su estatus de capital. De hecho, Cartagena entró en un periodo de oscuridad y decadencia que duraría siglos, hasta la llegada de los musulmanes.
Es triste pensar en ese final. Una ciudad que había sido el faro de la cultura bizantina en Occidente, reducida a escombros. Pero bueno, así es la historia: ciclos que se abren y se cierran. Lo importante es que esos 70 años dejaron una huella que, aunque enterrada, sigue ahí para quien sepa mirar.
¿Por qué nos hemos olvidado de estos 70 años?
Al final del día, la pregunta que me hago siempre es por qué este episodio es tan desconocido. Supongo que es porque no encaja bien en el relato tradicional de la «Reconquista» o de la formación de España. Los bizantinos eran vistos como extranjeros, a pesar de que ellos se consideraban los romanos de siempre. Además, su derrota final hizo que su legado fuera sepultado por la cultura visigoda y, posteriormente, por la islámica.
Pero ojo, que no todo se perdió. La influencia bizantina en el arte y en la administración visigoda fue brutal. Aprendieron mucho de ellos sobre cómo gestionar un estado y cómo construir defensas. Incluso en la joyería y la orfebrería visigoda se nota ese toque oriental que trajeron los hombres de Justiniano.
Para que nos entendamos, la Cartagena bizantina fue como un último suspiro del mundo clásico antes de que Europa se sumergiera de lleno en la Edad Media. Fue un puente entre Oriente y Occidente situado en una de las bahías más bonitas de España. Y la verdad es que, cada vez que se descubre un nuevo fragmento de cerámica o un trozo de muro de esa época, es como si Justiniano nos guiñara un ojo desde el pasado, recordándonos que una vez, hace mucho tiempo, Cartagena fue la capital de un imperio que se negaba a morir.
Si alguna vez tienes la oportunidad de visitar el Museo del Teatro Romano o el Arqueológico de Cartagena, busca las vitrinas dedicadas al siglo VI. No las pases de largo. Mira esas ánforas, esas monedas con el rostro de emperadores lejanos y esa inscripción de Comentiolo. Ahí, en ese mármol frío, está escrita una de las aventuras más increíbles de nuestra historia. Una aventura que duró apenas siete décadas, pero que cambió para siempre el ADN de esta ciudad trimilenaria.
La conclusión que saco de todo esto es que la historia nunca es una línea recta. Está llena de desvíos, de callejones sin salida y de episodios que, aunque parezcan secundarios, le dan todo el sabor a lo que somos hoy. Cartagena no sería la misma sin su pasado romano, claro, pero tampoco sin ese toque bizantino que le dio un aire de grandeza imperial justo cuando el mundo parecía desmoronarse.
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