arqueologia / mayo 2, 2026 / 11 min de lectura / 👁 75 visitas

Mirar hacia atrás para ver cómo mirábamos

Mirar hacia atrás para ver cómo mirábamos

A veces me pregunto, mientras me tomo el tercer café de la mañana frente a una pantalla llena de líneas de código o mapas de calor, si dentro de doscientos años habrá alguien analizando mis carpetas de «final_v2_definitivo.zip». Parece un chiste, pero la verdad es que la arqueología ha llegado a ese punto de madurez —o de crisis existencial, según se mire— en el que ha empezado a estudiarse a sí misma. Es lo que algunos, como Leonardo López Luján en sus textos para Arqueología Mexicana, han bautizado como la «arqueología de la arqueología». Pero no hace falta irse al Templo Mayor de México para entender esto; aquí, en España, y más concretamente en mi querida Cartagena, tenemos capas de historia que son auténticos rompecabezas donde el trabajo de los arqueólogos de hace un siglo es casi tan relevante como las piedras que sacaron.

La idea es sencilla pero tiene su miga: consiste en aplicar los métodos de la arqueología no a un yacimiento romano o fenicio, sino a las propias excavaciones que se hicieron hace décadas. ¿Por qué? Pues porque los arqueólogos del siglo XIX o principios del XX no trabajaban como nosotros. Aquellos señores, a menudo con más entusiasmo que metodología científica, a veces metían la pata, perdían diarios de excavación o, simplemente, interpretaban lo que veían bajo el prisma de su época.

Fíjate, por ejemplo, en cómo se excavaba en España durante la posguerra. Había una necesidad imperiosa de reafirmar una identidad nacional, y eso teñía la forma de ver los restos. Si encontraban algo que encajaba con la narrativa de la «España eterna», se le daba bombo; si no, pues igual se quedaba en un cajón. Hacer arqueología de la arqueología es abrir esos cajones, leer las notas al margen de los cuadernos de campo manchados de barro y entender por qué se tomó tal o cual decisión. Es, en esencia, una auditoría histórica de nuestra propia memoria.

El rastro de las palas antiguas en Cartagena

Si hablamos de capas, Cartagena es la lasaña definitiva. Aquí no das una patada a una piedra sin que salga un capitel corintio, pero lo curioso es que muchas de esas «piedras» ya fueron movidas hace cien años. La verdad es que la historia de la arqueología en nuestra ciudad es un poco caótica. Durante mucho tiempo, la arqueología era cosa de eruditos locales, gente con mucha cultura pero que, vaya, a veces usaba métodos que hoy nos harían echarnos las manos a la cabeza.

Un caso que me fascina es el del Cerro del Molinete. Hoy es un parque arqueológico increíble, un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas, pero si te pones a investigar las intervenciones de los años 70 u 80, te das cuenta de que se perdieron muchísimos datos. Los arqueólogos actuales tienen que hacer un esfuerzo titánico para «excavar» en los informes antiguos y separar lo que es realidad de lo que fue una interpretación un poco libre de la época. Es como intentar arreglar un código que escribió otro programador hace veinte años sin dejar ni un solo comentario en el script. Un dolor de cabeza, vamos.

Cuando el diario de excavación es el tesoro

Para que nos entendamos, en esta disciplina el objeto de estudio ya no es solo la cerámica sigillata o la moneda de vellón. El objeto de estudio es el diario de excavación de un señor que murió en 1940. Esos documentos son oro puro. A veces, en esos cuadernos, aparece una mención a un muro que hoy ya no existe porque se destruyó para construir un edificio en los años 60.

Ojo con esto: la arqueología de la arqueología también nos sirve para recuperar yacimientos «perdidos». En España tenemos cientos de sitios que fueron excavados, publicados de forma muy precaria y luego olvidados o tapados por la maleza. Al reanalizar la documentación antigua con herramientas modernas —como la fotogrametría o el análisis de datos mediante IA—, podemos reconstruir virtualmente lo que aquellos pioneros vieron. Es casi como viajar en el tiempo, pero sin el riesgo de pisar una mariposa y cambiar el presente.

La tecnología como aliada del pasado reciente

Aquí es donde entra mi parte favorita: la tecnología. La verdad es que la Inteligencia Artificial está echando un cable tremendo en esto de organizar el caos de los archivos antiguos. Imagina que tienes miles de fotografías en blanco y negro, planos dibujados a mano alzada y fichas escritas con una caligrafía que ni un farmacéutico entendería.

En algunos proyectos en España, se están utilizando algoritmos de reconocimiento de texto (OCR) entrenados específicamente para manuscritos antiguos para digitalizar estos archivos. Pero no se queda ahí. Se pueden cruzar esos datos con modelos digitales del terreno actuales. Si el arqueólogo de 1920 dijo que encontró una tumba «a veinte pasos de la higuera grande», y hoy no hay ni higuera ni pasos, la IA puede ayudar a triangular la posición probable basándose en la topografía histórica. Es una mezcla de trabajo detectivesco y computación que me parece sencillamente brillante.

  • Digitalización de archivos: No es solo escanear, es indexar con sentido.
  • Reconstrucción 3D: Usar fotos viejas para crear modelos de estructuras que ya no existen.
  • Análisis de sesgos: Entender qué se buscaba en cada época para filtrar la información.

El Teatro Romano de Cartagena: Un máster en relectura

No puedo hablar de esto sin mencionar el Teatro Romano de Cartagena. Es el ejemplo perfecto de por qué hay que dudar de lo que creemos saber. Hasta finales de los años 80, ¡nadie sabía que estaba allí! Se pensaba que Cartagena era importante, claro, pero un teatro de esas dimensiones… eso no estaba en los planes de nadie.

Lo que ocurrió allí fue una lección de arqueología de la arqueología en tiempo real. Al empezar a excavar para el Centro Regional de Artesanía, empezaron a salir restos que no cuadraban con las construcciones medievales esperadas. Los arqueólogos tuvieron que pararse a pensar: «¿Qué nos hemos perdido?». Resulta que el teatro había sido amortizado, es decir, usado como cimiento para un barrio entero (el barrio de pescadores) y luego para la Catedral Vieja.

La excavación del teatro fue, en realidad, una disección de siglos de historia urbana. Tuvieron que estudiar cómo los arqueólogos y urbanistas anteriores habían pasado por encima de esas piedras sin verlas. Y es que, a veces, tenemos el pasado delante de las narices y no lo vemos porque nuestras «gafas» culturales no nos lo permiten. Si mal no recuerdo, fue el profesor Sebastián Ramallo quien lideró este proceso, y su trabajo no fue solo sacar tierra, sino reinterpretar toda la evolución de la ciudad desde el siglo I hasta hoy.

¿Por qué nos obsesiona tanto el método?

A ver, que igual te estás preguntando: «¿A mí qué más me da cómo excavara un señor hace ochenta años si lo que quiero es ver la estatua bonita en el museo?». Pues la respuesta es que, sin el contexto del método, la estatua es solo un trozo de piedra.

La arqueología de la arqueología nos enseña humildad. Nos recuerda que lo que hoy damos por sentado como «verdad científica» puede ser revisado dentro de cincuenta años. En España, estamos viviendo un momento dulce en este sentido. Instituciones como el CSIC están revisando excavaciones clásicas en yacimientos como Numancia o Tartessos. Se están dando cuenta de que muchas de las teorías que estudiamos en el colegio estaban basadas en excavaciones incompletas o interpretaciones sesgadas por la política del momento.

Vaya, que estamos limpiando el polvo no solo de las vasijas, sino también de los libros de texto. Y eso, al final del día, nos da una visión mucho más honesta de quiénes somos. No somos solo herederos de los romanos o los árabes; somos herederos de la forma en que hemos decidido recordar a esos romanos y árabes.

El papel de la IA en la «limpieza» de datos históricos

Hablemos un poco de código, que sé que a muchos de los que leéis aquinohayquienviva.es os va la marcha tecnológica. Uno de los grandes problemas de la arqueología de la arqueología es la heterogeneidad de los datos. Tienes bases de datos en Access de los años 90 (si hay suerte), hojas de Excel mal rellenadas y carpetas con nombres tipo «fotos_excavacion_final_finalísima».

Para unificar todo esto, se están empezando a usar redes neuronales que pueden clasificar fragmentos de cerámica a partir de dibujos antiguos. Imagina un script en Python que analiza miles de dibujos a plumilla de catálogos de los años 50 y los compara con la base de datos de tipologías actual. Esto permite corregir errores de clasificación de forma masiva.

# Ejemplo simplificado de cómo una IA podría clasificar cerámica
import tensorflow as tf
from tensorflow import keras

# Cargar modelo entrenado con tipologías de Carthago Nova
model = keras.models.load_model('modelo_ceramica_cartagena.h5')

# Analizar una imagen escaneada de un diario de 1950
def clasificar_hallazgo(imagen_escaneada):
    prediccion = model.predict(imagen_escaneada)
    return "Es una ánfora Dressel 20" if prediccion > 0.8 else "Tipo desconocido"

Obviamente, no es tan sencillo como este trozo de código, pero por ahí van los tiros. La idea es que la tecnología nos ayude a procesar el volumen ingente de información que los arqueólogos humanos no pueden abarcar. Porque, seamos sinceros, leerse 500 diarios de excavación de 1920 es un trabajo de chinos, y la probabilidad de que se te escape un detalle importante es altísima.

La ética de «corregir» a nuestros antecesores

Hay un debate ético interesante aquí. ¿Hasta qué punto es justo juzgar con los ojos de hoy el trabajo de hace un siglo? La verdad es que es un terreno pantanoso. Algunos dicen que criticar las excavaciones antiguas es una falta de respeto a los pioneros que, con muy pocos medios, sentaron las bases de la disciplina.

Yo creo que no se trata de criticar, sino de evolucionar. En Cartagena, por ejemplo, los trabajos de arqueólogos como Beltrán Martínez fueron fundamentales. Sin ellos, no sabríamos ni la mitad de lo que sabemos. Pero eso no quita que hoy, con el GPS diferencial, el escáner láser y el análisis de ADN antiguo, podamos precisar mucho más. La arqueología de la arqueología es, en realidad, un homenaje: es decirles a esos pioneros «vuestro trabajo fue tan importante que todavía hoy seguimos dándole vueltas».

Casos prácticos: Cuando la documentación salva el patrimonio

Para que veas que esto no es solo teoría académica, te contaré algo que pasa más a menudo de lo que parece. A veces, un proyecto de construcción en una ciudad como Madrid o Barcelona se detiene porque aparecen restos. Si los arqueólogos pueden recurrir a la «arqueología de la arqueología» y encontrar informes de obras de alcantarillado de 1910 que ya documentaron esa zona, se ahorran meses de trabajo y mucho dinero público.

En Cartagena, esto es el pan de cada día. Cuando se peatonalizó el casco antiguo, se tiró muchísimo de archivo. Saber dónde habían excavado los militares en el siglo XVIII para construir las murallas de Carlos III es vital para no llevarse sorpresas desagradables (o peligrosas) al meter la excavadora. La historia de la ciudad está tan documentada en los archivos militares que, a veces, el mejor arqueólogo es el que sabe buscar en el legajo correcto del Archivo General de Simancas o en el de la Zona Marítima del Mediterráneo.

El factor humano: Anécdotas entre ruinas

Lo que más me gusta de este enfoque es que recupera el factor humano. Al leer los diarios antiguos, descubres historias personales. Encuentras quejas sobre el calor de agosto en Cartagena (que no ha cambiado nada, por cierto), comentarios sobre la dificultad de encontrar obreros cualificados o la emoción genuina de encontrar una inscripción que mencionaba a la familia de los Escipiones.

Recuerdo haber leído sobre una excavación donde el arqueólogo anotó: «Hoy hemos parado antes porque el capataz dice que hay fantasmas en la cripta». Eso no sale en los libros de historia oficiales, pero te da una idea de la atmósfera de la época. La arqueología de la arqueología nos devuelve esa parte orgánica, ese «caos controlado» que es meterse en un agujero a buscar el pasado.

¿Hacia dónde vamos? El futuro de nuestro pasado

Al final del día, lo que estamos haciendo es construir un puente más sólido entre lo que fuimos y lo que seremos. La arqueología de la arqueología no es un ejercicio de nostalgia, es una herramienta de precisión. En un país como España, donde el patrimonio es uno de nuestros mayores activos (y no solo por el turismo, sino por nuestra propia identidad), entender cómo hemos gestionado ese patrimonio es crucial.

Vaya, que si no sabemos de dónde vienen nuestras teorías, corremos el riesgo de repetir los mismos errores. Estamos en una era donde los datos son el nuevo petróleo, y los datos arqueológicos acumulados durante siglos son una mina que apenas hemos empezado a explotar con las herramientas adecuadas.

Para que nos entendamos, la próxima vez que pases por delante de una excavación en tu ciudad, no pienses solo en los romanos o los fenicios que vivieron allí. Piensa también en el arqueólogo que, dentro de cien años, estará analizando cómo el arqueólogo de hoy usaba su iPad para registrar una piedra. Es un ciclo sin fin, y la verdad es que tiene su punto poético.

La conclusión que saco de todo esto es que la arqueología es, por encima de todo, una ciencia viva. No se trata de cosas muertas, sino de cómo los vivos nos relacionamos con lo que queda de los que ya no están. Y en ese proceso, nosotros también nos convertimos en parte del yacimiento. Así que, si me permites el consejo, cuida tus notas y organiza tus archivos digitales; nunca sabes qué arqueólogo del futuro estará intentando descifrar tu vida a través de un PDF corrupto.

Y si alguna vez te dejas caer por Cartagena, date una vuelta por el Museo del Teatro Romano. No solo mires las columnas; fíjate en las fotos de la excavación, en los planos antiguos que exponen. Ahí verás, en vivo y en directo, esta arqueología de la arqueología de la que te he hablado hoy. Es, sencillamente, otra forma de viajar en el tiempo sin salir de la calle Mayor.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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