comunicaciones / febrero 9, 2026 / 13 min read

La tiranía del reloj: ¿Por qué los plazos son tan cortos?

La tiranía del reloj: ¿Por qué los plazos son tan cortos?

A veces, cuando uno navega por los portales de la administración pública, tiene la sensación de estar entrando en un mercado persa digital, pero con mucha más burocracia y menos olor a especias. Es un mundo de códigos, plazos imposibles y necesidades que van desde lo más mundano —como un paquete de folios— hasta lo más complejo, como volar una montaña por los aires de forma controlada. La verdad es que echar un vistazo a las últimas solicitudes de cotización, como las que han aparecido recientemente en el portal de la Dirección Regional de Transportes y Comunicaciones (DRTC), es como tomarle el pulso a la maquinaria del Estado. Una maquinaria que, aunque a veces parezca oxidada, no deja de moverse.

Si nos paramos a mirar los números, la cosa tiene su miga. Estamos hablando de una retahíla de necesidades que surgen en apenas unos días. Desde el 26 de enero hasta bien entrado febrero de 2026, el goteo es incesante. Y ojo con esto, porque lo que para un funcionario es el «expediente N° 17-2026», para una pequeña empresa de servicios o un autónomo puede ser el contrato que salve el trimestre. Pero claro, hay que ser rápido. En este mundillo, si te despistas, el plazo se te escapa entre los dedos.

Una de las cosas que más llama la atención cuando revisamos estas cotizaciones es la brevedad de los plazos. Vaya, que si te descuidas y no revisas el portal un martes, para el miércoles ya se te ha pasado el arroz. Por ejemplo, la solicitud para la adquisición de materiales de escritorio (la N° 16-2026) se publicó el 5 de febrero y el plazo terminaba el 6. Veinticuatro horas. O poco más.

Esto genera una pregunta lógica: ¿realmente da tiempo a preparar una oferta seria en un día? Para los que estamos acostumbrados a los ritmos de la empresa privada, esto suena a locura. Sin embargo, en la administración pública, especialmente en contratos menores o suministros directos, la agilidad es la excusa para estos plazos tan ajustados. La realidad es que muchas empresas ya tienen sus catálogos de precios listos y solo tienen que «disparar» el presupuesto. Pero, seamos sinceros, esto también favorece a quien está más atento o a quien ya conoce los entresijos del sistema. Es una carrera de fondo donde el que pestañea, pierde.

En España, por ejemplo, la Ley de Contratos del Sector Público intenta poner un poco de orden en esto, pero la burocracia siempre encuentra sus grietas. Si comparamos esto con lo que ocurre en ayuntamientos de aquí, como el de Cartagena o cualquier diputación provincial, los procesos suelen ser algo más garantistas, pero la sensación de urgencia es la misma. Al final del día, la administración necesita que el papel llegue a la mesa y que el tóner no se acabe, y no pueden esperar un mes a que alguien decida cuánto cuesta una caja de bolígrafos.

De la oficina a la cantera: La diversidad de las necesidades

Lo que más me fascina de este listado de cotizaciones es la mezcla tan dispar de conceptos. Es como si hiciéramos la lista de la compra para una ciudad entera. Tenemos, por un lado, la solicitud N° 10-2026 para productos de limpieza. Algo básico, esencial, casi invisible hasta que falta. Pero, por otro lado, nos encontramos con la N° 06-2026: «Servicio de perforación y voladura de rocas».

Pasamos de fregar suelos a poner dinamita en una montaña. Y esa es la magia (o el caos) de la gestión pública. Para que una carretera sea segura, primero alguien tuvo que comprar el material de oficina para redactar el proyecto, luego alguien tuvo que contratar un levantamiento topográfico (como el de la solicitud N° 11-2026) y, finalmente, alguien tuvo que llamar a los expertos en explosivos para abrir paso. Todo está conectado.

El servicio de perforación y voladura no es moco de pavo. No es algo que puedas presupuestar a la ligera. Requiere ingenieros de minas, permisos de la Guardia Civil (en el caso español) o de las autoridades competentes, y una logística de seguridad que pone los pelos de punta. Ver esto mezclado con una solicitud de «mobiliario» (la N° 15-2025, que por cierto parece ser una recotización por falta de postores) nos da una idea de la complejidad de gestionar una región. Un día estás eligiendo sillas ergonómicas y al siguiente estás calculando cuántos kilos de anfo necesitas para mover una ladera.

El fenómeno de la «Recotización»: Cuando nadie quiere el contrato

Hay un detalle en las fuentes que me parece clave: la mención a la «recotización por falta de…». Lo vemos en la solicitud N° 12-2026 para la adquisición de una membrana y en la N° 15-2025 para mobiliario. Esto es el pan de cada día en la administración y, a menudo, es un síntoma de que algo no va bien.

¿Por qué una empresa no querría venderle sillas al Estado? Pues la verdad es que hay varios motivos. A veces, el precio base que propone la administración está tan fuera de la realidad del mercado que a ninguna empresa le salen las cuentas. Con la inflación que hemos vivido en España y en medio mundo, los precios de las materias primas suben un martes y para el jueves el presupuesto de la administración ya se ha quedado viejo. Si el acero o el plástico suben un 10%, el margen de beneficio se esfuma.

Otras veces, el problema es el papeleo. Hay empresas que prefieren no trabajar con el sector público porque el esfuerzo de presentar toda la documentación, estar al corriente de mil certificados y luego esperar a cobrar (que esa es otra historia), no compensa el beneficio. Cuando una cotización se declara desierta y hay que volver a publicarla, es un fracaso administrativo. Significa retrasos. Significa que el proyecto se para. Y en el caso de una «membrana» —que probablemente sea para impermeabilizar algún depósito o infraestructura hidráulica—, un retraso puede significar filtraciones o problemas mayores cuando lleguen las lluvias.

La Inteligencia Artificial al rescate del licitador

Aquí es donde entra mi parte favorita, y es cómo la tecnología puede echar una mano en este lío de PDFs y plazos de 24 horas. Si yo fuera un empresario en Cartagena intentando cazar estos contratos, no estaría revisando la web a mano cada mañana. Eso es del siglo pasado.

Hoy en día, podemos montar sistemas de «scraping» (rastreo de datos) combinados con IA que no solo te avisan cuando sale una cotización, sino que analizan el pliego de condiciones en segundos. Imagina un modelo de lenguaje, un GPT entrenado con la normativa local, que lea la solicitud N° 17-2026 sobre el «Estudio de Impacto Ambiental» y te diga: «Ojo, que te piden experiencia en zonas arqueológicas y tú no la tienes», o «El plazo de ejecución es demasiado corto para el precio que ofrecen».

Incluso para la propia administración, la IA podría ayudar a redactar estos documentos. Muchas veces, las recotizaciones ocurren porque el técnico de turno copió y pegó un pliego de hace cinco años y se olvidó de actualizar los precios o las normativas técnicas. Una IA bien configurada podría comparar los precios de mercado actuales en tiempo real y sugerir un presupuesto base que no espante a los proveedores. Vaya, que nos ahorraríamos mucho tiempo y dinero público.

Para que nos entendamos, el código para rastrear estas ofertas no es física cuántica. Con un poco de Python y una librería sencilla, podrías tener un bot que te mande un mensaje al móvil cada vez que la palabra «topografía» aparezca en el portal. Algo así como:

# Un ejemplo rápido de cómo se vería esto (en plan rústico)
import requests
from bs4 import BeautifulSoup

url = "https://drtcapurimac.gob.pe/portal/cotizaciones/"
response = requests.get(url)
soup = BeautifulSoup(response.text, 'html.parser')

# Buscamos las filas de la tabla de cotizaciones
for fila in soup.find_all('tr'):
    if "TOPOGRAFICO" in fila.text.upper():
        print("¡Alerta! Hay una nueva oportunidad para los topógrafos.")

Claro, esto es una simplificación, pero la idea es esa: automatizar el aburrimiento para centrarse en lo importante, que es ofrecer un buen servicio.

El Estudio de Impacto Ambiental: Más que un trámite

Me gustaría detenerme en la solicitud N° 17-2026, la del Servicio de Estudio de Impacto Ambiental (EIA). En el contexto actual, esto es probablemente lo más crítico de toda la lista. Ya no estamos en los años 70, donde uno tiraba una carretera por donde le parecía y si se cargaba un humedal, pues mala suerte. Hoy, sin un EIA sólido, no se mueve una piedra.

Hacer un estudio de estos requiere un equipo multidisciplinar: biólogos, geólogos, arqueólogos y, a veces, hasta sociólogos para medir el impacto en las comunidades locales. En España, tenemos ejemplos de sobra de obras faraónicas que se han quedado paradas años por un estudio de impacto ambiental mal hecho o impugnado. En Cartagena, sin ir más lejos, cualquier intervención cerca de la costa o de la Sierra Minera tiene que pasar por unos filtros ambientales que son, con razón, muy estrictos.

Que la administración saque a cotización este servicio indica que hay un proyecto de infraestructura importante en ciernes. Y aquí es donde la transparencia debería ser total. No es solo cuánto cuesta el estudio, sino quién lo hace y qué rigor tiene. A veces, lo barato sale caro, y un estudio de impacto ambiental «low cost» puede acabar en los tribunales, costándole al contribuyente diez veces más de lo previsto inicialmente.

El día a día del proveedor: ¿Héroe o villano?

A menudo se tiene una imagen negativa del proveedor del Estado, como si todos fueran grandes corporaciones forrándose a costa de nuestros impuestos. Pero la realidad de estas cotizaciones nos dice otra cosa. La mayoría de estas solicitudes (limpieza, papelería, mobiliario) las cubren pequeñas y medianas empresas (PYMES).

Para un autónomo que se dedica a la topografía, conseguir el contrato N° 11-2026 significa trabajo para su equipo durante unas semanas. Pero también significa lidiar con una presión enorme. Tienes que entregar el trabajo con una precisión milimétrica porque de tus planos depende todo lo que viene después. Si el topógrafo se equivoca, el de la voladura de rocas puede acabar donde no debe.

Además, está el tema de los equipos de protección (solicitud N° 14-2026). En un entorno de obras públicas, la seguridad no es negociable. Cascos, botas con punta de acero, chalecos reflectantes… parece algo trivial, pero es lo que separa un día normal de trabajo de una tragedia. Que la administración tenga que sacar una cotización específica para esto nos recuerda que la seguridad también tiene un precio y que debe ser gestionada con la misma seriedad que el cemento o el asfalto.

Una mirada histórica: De los contratos romanos a la web

Si nos ponemos un poco nostálgicos, esto de las cotizaciones públicas no es nada nuevo. Si mal no recuerdo, ya en la antigua Roma existían las redemptiones, que eran básicamente contratos públicos para la construcción de calzadas o el mantenimiento de acueductos. Los empresarios de la época (los publicani) pujaban por estos contratos de una forma no muy distinta a como se hace ahora, aunque quizás con menos formularios y más apretones de manos (y alguna que otra moneda bajo cuerda, que de eso tampoco nos hemos librado del todo con los siglos).

En Cartagena, ciudad con más historia que piedras, hemos visto cómo las infraestructuras han moldeado la sociedad. Desde el puerto romano hasta las defensas militares del siglo XVIII, todo fue, en su momento, una «solicitud de cotización». Alguien tuvo que decidir cuánta piedra se necesitaba para la muralla y quién iba a suministrar el grano para los trabajadores. La diferencia es que ahora lo vemos en una pantalla con fondo blanco y letras azules, pero la esencia del comercio y la obra pública sigue siendo la misma: la necesidad de construir algo que dure más que nosotros.

¿Qué podemos aprender de este listado?

Al final del día, lo que saco en claro de este repaso por las cotizaciones de la DRTC es que la administración es un organismo vivo, hambriento y, a veces, un poco caótico. No es solo un listado de compras; es un mapa de las prioridades de una región. Si se compra más material de oficina que servicios de ingeniería, algo falla. Si las cotizaciones de servicios técnicos quedan desiertas, hay un problema de comunicación o de presupuesto.

Para el ciudadano de a pie, esto puede parecer aburrido. Pero para el que quiere entender cómo funciona su país, su región o su ciudad, seguir el rastro del dinero en estas pequeñas licitaciones es el mejor ejercicio de transparencia que existe. Es ahí, en los detalles de una «adquisición de membrana» o un «servicio de instalación de puntos», donde se cocina la realidad de nuestras calles y servicios.

La conclusión que saco de todo esto es que necesitamos procesos más humanos. Sí, la tecnología ayuda, y mucho. Pero detrás de cada número de cotización hay una necesidad real y una oportunidad para que el tejido empresarial local demuestre lo que vale. Ojalá que, con el tiempo, esos plazos de 24 horas se vuelvan más razonables y que la «recotización» deje de ser una palabra tan común. Porque eso significará que el sistema funciona, que los precios son justos y que el Estado y las empresas caminan de la mano, y no en una carrera de obstáculos donde siempre parece que falta el aliento.

Y mientras tanto, seguiremos vigilando los portales, analizando los datos y, por qué no, esperando que la próxima gran obra que cambie nuestro entorno empiece con algo tan sencillo como una solicitud de cotización bien redactada.

Written by unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resuelve la operación para enviar el comentario * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.