curiosidades / febrero 10, 2026 / 14 min read

Menelao de Alejandría: El hombre que midió las curvas antes que nadie

Menelao de Alejandría: El hombre que midió las curvas antes que nadie

A veces me pasa que me pongo a saltar de un enlace a otro en el navegador y acabo en sitios que no tienen nada que ver con lo que buscaba al principio. Ya sabéis de lo que hablo: empiezas buscando cómo configurar un servidor en Python y terminas leyendo sobre la dieta de los gladiadores romanos o por qué las tapas se llaman tapas. Esa curiosidad, ese picoteo mental, es lo que nos mantiene despiertos. Y hoy, precisamente, me he levantado con ganas de tirar de varios hilos que, aunque parezcan inconexos, forman parte de ese tejido de datos curiosos que tanto nos gusta aquí en aquinohayquienviva.es.

La verdad es que la historia y la ciencia están llenas de personajes que se quedan en la sombra mientras otros se llevan los focos. Y no hablo solo de algoritmos o de la última IA que ha salido de Silicon Valley. Hablo de gente que, hace dos mil años, ya estaba rompiéndose la cabeza con problemas que hoy resolvemos con un clic en Google Maps. Pero antes de entrar en harina con matemáticos griegos, vamos a darnos un paseo por el arte y por esos fenómenos de internet que nos han hecho soltar una carcajada (o un suspiro de resignación) más de una vez.

Si os digo el nombre de Menelao, lo más probable es que penséis en el rey de Esparta, el de la Ilíada, el marido de Helena. Pero no, hoy no vamos de guerra de Troya. Vamos de matemáticas de las buenas, de las que se hacían con un palo en la arena y mucha imaginación. Menelao de Alejandría fue un astrónomo y matemático que vivió allá por el siglo I d. C. Para que os ubiquéis, era contemporáneo del emperador Trajano (que, por cierto, era de los nuestros, nacido en la Bética, en lo que hoy es Santiponce, Sevilla).

Menelao no se conformaba con los triángulos planos que nos enseñaban en el colegio, esos de «base por altura partido por dos». El tío miró al cielo y se dio cuenta de que las estrellas no se mueven en línea recta sobre una pizarra, sino sobre una esfera. Y ahí es donde la cosa se pone interesante. Su obra cumbre, Sphaerica, es básicamente el libro de instrucciones para entender la trigonometría esférica. Vaya, que sin este señor, la navegación y la astronomía habrían tardado siglos más en avanzar.

Lo que más me vuela la cabeza de Menelao es su capacidad para ver «líneas rectas» donde nosotros vemos curvas. Él fue el primero en reconocer las líneas geodésicas en una superficie curva. Para que nos entendamos: si quieres ir de Madrid a Nueva York en avión, no vas en línea recta sobre el mapa plano (porque acabarías en el fondo del mar o dando un rodeo absurdo), sino que sigues el arco de un círculo máximo. Eso es una geodésica. Menelao ya andaba dándole vueltas a esto hace casi dos mil años en Roma, donde trabajó hacia el año 98 d. C.

El Teorema de Menelao y por qué debería importarte

A lo mejor estáis pensando: «Vale, muy bien, pero yo soy de letras o trabajo picando código, ¿a mí qué más me da un triángulo cortado por una recta?». Pues resulta que el famoso «teorema de Menelao» es una de esas joyas de la geometría que establece relaciones entre los segmentos de los lados de un triángulo cuando una recta transversal los atraviesa. Es elegante, es preciso y fue la base para que luego llegara Ptolomeo y, mucho después, los matemáticos árabes y europeos de la Edad Media para montar todo el sistema de navegación que permitió a Colón y compañía cruzar el charco.

Es curioso cómo un tipo de Alejandría, trabajando en la Roma imperial, acaba siendo la pieza clave para que hoy tu móvil sepa exactamente dónde estás gracias al GPS. Porque sí, los satélites que orbitan la Tierra usan principios de trigonometría esférica que Menelao empezó a esbozar. A veces nos olvidamos de que la tecnología más puntera tiene raíces que se hunden en el polvo de la historia antigua.

Los ‘durmientes’ del arte: Obras maestras que nadie ve

Cambiando radicalmente de tercio, pero sin salirnos de lo curioso, hay un concepto en el mundo del arte que me fascina: los «durmientes». No, no son agentes secretos de la KGB esperando una palabra clave para activarse. En el mercado del arte, un durmiente es una obra maestra que está ahí, a la vista de todos, pero que nadie ha identificado correctamente. Es ese cuadro que lleva colgado en el pasillo de una casa de campo en un pueblo de Cuenca durante tres generaciones, acumulando polvo y grasa de cocina, y que resulta ser un Velázquez original.

La verdad es que el arte de equivocarse es, valga la redundancia, un arte en sí mismo. Muchos expertos han pasado por delante de cuadros valorados en millones de euros pensando que eran copias baratas o obras de alumnos mediocres. Y es que el ojo humano es traicionero. Nos influye el contexto, el marco, la iluminación y, sobre todo, nuestras propias expectativas. Si ves un cuadro en el Museo del Prado, asumes que es una joya. Si lo ves en un rastro un domingo por la mañana entre una radio vieja y unos zapatos usados, tu cerebro te dice que es basura.

El caso del ‘Salvator Mundi’ y otros despistes históricos

Seguro que os suena la historia del Salvator Mundi de Leonardo da Vinci. Durante décadas se consideró una copia de un alumno, se vendió por apenas 45 libras en los años 50 y acabó siendo subastado por 450 millones de dólares tras ser autentificado. Eso es el durmiente definitivo. Pero en España tenemos nuestros propios casos. No hace mucho, en una casa de subastas en Madrid, apareció un cuadro que salía por 1.500 euros como un «Ecce Homo» de la escuela de Ribera. Resultó ser un Caravaggio. Imaginaos la cara del que lo iba a comprar por mil pavos cuando se dio cuenta de que tenía entre manos una pieza de valor incalculable.

Estos errores no son solo anécdotas divertidas; nos dicen mucho sobre cómo valoramos las cosas. A veces, la belleza y el genio están delante de nuestras narices, pero necesitamos que alguien con autoridad nos diga: «Oye, que esto es bueno». Me hace pensar en cuántas líneas de código brillantes o cuántas ideas innovadoras en nuestras empresas españolas se quedan «durmiendo» porque no tienen el sello de una gran consultora o el respaldo de un gurú de turno. La curiosidad consiste, precisamente, en saber mirar más allá de la etiqueta.

Rick Astley y el arte de no pasar nunca de moda

Y de los museos de arte pasamos a la cultura pop más pura, porque si hablamos de curiosidades y de cosas que aparecen donde no las esperas, tenemos que hablar de Rick Astley. Sí, el del «Never Gonna Give You Up». Si llevas más de diez minutos usando internet, es imposible que no te hayan «rickrolleado» alguna vez. Ese momento en el que haces clic en un enlace que promete ser el tráiler de la nueva temporada de tu serie favorita y, de repente, aparece un pelirrojo con gabardina bailando con un ritmo ochentero imbatible.

Lo curioso de Rick Astley no es solo la canción, que es un temazo (las cosas como son), sino cómo se ha convertido en un pilar de la cultura digital. El «Rickroll» nació en los foros de 4chan allá por 2007 y, desde entonces, se ha negado a morir. Es el equivalente digital a un chiste interno que comparte todo el planeta. Pero lo que más me gusta de esta historia es la actitud del propio Rick.

De juguete roto a icono de la red

Muchos artistas de los 80 se habrían tomado fatal que su obra más seria se convirtiera en una broma recurrente en internet. Pero Rick Astley es un tipo listo. En lugar de enfadarse o intentar borrar el rastro de la canción, abrazó el meme. Se ha reído de sí mismo, ha participado en bromas masivas y, al final del día, ha conseguido que una generación que ni siquiera había nacido cuando él estaba en las listas de éxitos sepa quién es y cante sus canciones.

En España tuvimos algo parecido con el «trolleo» a Eurovisión con Rodolfo Chikilicuatre, aunque aquello fue más una gamberrada nacional. Lo de Rick es global. Es una lección de humildad y de adaptación a los nuevos tiempos. En un mundo donde todo es efímero y donde el algoritmo de Instagram te olvida si no publicas en dos días, que una canción de 1987 siga siendo relevante (aunque sea para gastar bromas) es, cuanto menos, digno de estudio. Vaya, que al final Rick cumplió su promesa: nunca nos abandonó.

Curiosidades de nuestra tierra: Cartagena y sus secretos bajo el suelo

Como sabéis, me tira mucho la tierra, y no puedo hablar de curiosidades sin mencionar a Cartagena. Si Menelao levantara la cabeza y viera cómo hemos aprovechado la geometría para construir ciudades, se quedaría loco con el Teatro Romano de Cartagena. Y es que este es el «durmiente» más grande de la historia de la arqueología española.

Imaginaos la situación: un teatro con capacidad para 7.000 personas, construido en tiempos de Augusto (siglo I a. C.), que estuvo «desaparecido» durante siglos. Y no es que estuviera en mitad del monte, no. Estaba debajo de un barrio entero. La gente vivía, dormía y cocinaba encima de unas gradas milenarias sin tener ni la más remota idea. No fue hasta finales de los años 80 cuando, al empezar a demoler unas casas viejas para construir un centro de artesanía, empezaron a salir piedras que no cuadraban. «Oye, que esto parece una columna romana», diría algún obrero. Y vaya si lo era.

Isaac Peral y el submarino que pudo cambiarlo todo

Y ya que estamos en Cartagena, otra curiosidad que me encanta contar es la de Isaac Peral. A finales del siglo XIX, este marino e inventor cartagenero diseñó el primer submarino torpedero eléctrico del mundo. Fue un hito tecnológico que dejaba a la altura del betún a cualquier cosa que tuvieran los ingleses o los franceses en ese momento. Pero, como suele pasar a veces en nuestra historia, la burocracia y las envidias políticas le cortaron las alas.

El submarino de Peral funcionaba, lanzaba torpedos con precisión y podía navegar bajo el agua con una autonomía asombrosa para la época. Sin embargo, el gobierno de entonces decidió archivar el proyecto. Si se hubiera apostado por el talento local, quién sabe cómo habría cambiado la historia naval de España. Hoy, el submarino descansa en su museo en el puerto de Cartagena, recordándonos que la innovación no siempre viene de fuera, sino que a veces la tenemos en casa y no sabemos verla. Es otro «durmiente», pero esta vez tecnológico.

La Inteligencia Artificial y la curiosidad: ¿Pueden las máquinas ser curiosas?

Llegados a este punto, y como redactor que se mueve entre líneas de código y servidores, no puedo evitar preguntarme qué papel juega la IA en todo esto de las curiosidades. Estamos en una época donde parece que ChatGPT o Claude lo saben todo. Les preguntas por Menelao de Alejandría y te sueltan su biografía en tres segundos. Pero, ¿tienen curiosidad de verdad?

La verdad es que la IA no tiene ese impulso de «voy a ver qué hay en este enlace» porque sí. Funciona por probabilidades. Sin embargo, lo que sí está haciendo es ayudarnos a descubrir nuevos «durmientes». Hay algoritmos de aprendizaje profundo que se están usando para analizar cuadros y detectar pinceladas que el ojo humano no percibe, identificando autores ocultos bajo capas de barniz. O IAs que analizan textos antiguos para encontrar patrones que sugieren que un autor desconocido fue en realidad un gran literato.

El peligro de perder el factor humano

Ojo con esto, porque aunque la tecnología sea una herramienta brutal, el factor humano es el que le da sentido a la curiosidad. Una máquina puede decirte que un triángulo esférico tiene propiedades X o Y, pero no puede sentir el asombro que sintió Menelao al mirar las estrellas y darse cuenta de que el universo seguía unas reglas geométricas preciosas. Ni puede entender por qué nos hace gracia que nos rickrolleen por vigésima vez en una mañana.

En las empresas tecnológicas de aquí, en España, estamos viendo un movimiento interesante. Se está empezando a valorar no solo al programador que sabe escribir código limpio, sino al que tiene esa «curiosidad transversal». Ese que sabe un poco de historia, que le gusta el arte o que se interesa por la psicología. Porque al final, la tecnología se hace para personas, y si no entiendes qué nos mueve, qué nos sorprende o qué nos hace reír, solo estás escribiendo ceros y unos sin alma.

¿Por qué nos fascinan tanto los datos inútiles?

Al final del día, uno se pregunta para qué sirve saber quién fue Menelao o por qué un cuadro se llama durmiente. Siendo realistas, no te va a ayudar a pagar la hipoteca ni a que el coche pase la ITV a la primera. Pero la curiosidad es lo que nos hace humanos. Es ese «picorcito» mental que nos empuja a aprender cosas solo por el placer de saberlas.

La curiosidad es, en el fondo, una forma de rebeldía. En un mundo que nos pide ser productivos cada minuto del día, pararse a leer sobre un matemático griego o sobre un cantante de los 80 es un acto de libertad. Es decir: «Mi tiempo es mío y lo gasto aprendiendo algo que me parece fascinante, aunque no sirva para nada práctico».

Vaya, que si habéis llegado hasta aquí, es porque compartís conmigo ese hambre de saber. Ya sea por la geometría de las esferas, por los misterios ocultos en los sótanos de los museos o por las anécdotas de nuestra propia historia local, lo importante es no dejar nunca de hacerse preguntas. Porque el día que dejemos de ser curiosos, ese día sí que estaremos «durmiendo» de verdad.

Así que, la próxima vez que te encuentres en un agujero de conejo en Wikipedia a las dos de la mañana, no te sientas mal. Piensa en Menelao mirando las estrellas, en el arqueólogo que sospechó que bajo aquellas casas de Cartagena había algo grande, o en el que compró un Caravaggio por el precio de una cena. La curiosidad no mató al gato, lo que hizo fue hacerlo mucho más interesante. Y recordad, si alguien os manda un enlace sospechoso después de leer esto… bueno, ya sabéis a quién os vais a encontrar al otro lado de la pantalla.

La conclusión que saco de todo esto es que el conocimiento no es un compartimento estanco. Todo está conectado: la astronomía antigua con el GPS de tu coche, el arte clásico con los memes de internet, y la historia de un inventor cartagenero con el futuro de la tecnología. Solo hay que saber mirar con los ojos adecuados y, sobre todo, no tener miedo a equivocarse, porque a veces, en el error, es donde se encuentra la verdadera joya.

Written by unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resuelve la operación para enviar el comentario * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.