comunicaciones / febrero 22, 2026 / 13 min de lectura / 👁 164 visitas

El silencio en la era del ruido: La Cuaresma como «reset» mental

El silencio en la era del ruido: La Cuaresma como «reset» mental

¿Alguna vez os habéis parado a pensar cómo narices se las apaña una institución milenaria para no quedarse fuera de juego en la era de TikTok y la inteligencia artificial? La verdad es que tiene su miga. No es solo cuestión de abrirse un perfil en redes sociales y soltar cuatro frases hechas; se trata de mantener viva una comunidad que, a veces, parece que se nos escapa entre los dedos y los scrolls infinitos del móvil. Hoy me he topado con el portal de Comunicaciones ArquiMérida y, sinceramente, me ha dado para reflexionar un buen rato sobre cómo la fe y la comunicación digital se están dando la mano en rincones que, aunque nos pillen a unos cuantos miles de kilómetros, comparten más con nosotros de lo que parece.

Para los que andéis un poco despistados con el mapa, hablamos de la Archidiócesis de Mérida, en Venezuela. Y sí, ya sé que aquí en España tenemos nuestra propia Mérida (la de las piedras romanas y el teatro que te deja con la boca abierta), pero la Mérida andina tiene una energía muy particular. Es una ciudad universitaria, rodeada de picos que rozan los cinco mil metros, donde el frío de la montaña se mezcla con un calor humano que ya nos gustaría en muchas oficinas de Madrid o Barcelona. Lo que están haciendo con su plataforma digital no es solo «subir noticias», es construir un relato de supervivencia y esperanza en tiempos que, seamos honestos, no son precisamente fáciles para nadie.

Me llamó la atención un artículo que publicaron hace nada, titulado “Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión”. Vaya, que el título suena al manual de toda la vida, pero si rascas un poco, la propuesta tiene un trasfondo que encaja perfectamente con lo que muchos buscamos hoy en día: un poco de paz. En un mundo donde recibimos trescientas notificaciones por hora y donde parece que si no opinas de todo en Twitter (o X, o como quieran llamarlo ahora) no existes, la idea de «ayunar» de ruido me parece, cuanto menos, necesaria.

Desde la parroquia, lanzan una invitación que no va solo de dejar de comer carne los viernes. Eso es lo de menos, si me preguntáis a mí. Lo que proponen es un ayuno de palabras vacías. Y ojo con esto, porque en el periodismo digital pecamos mucho de eso: rellenar por rellenar. Ellos hablan de la Cuaresma como un espacio para la escucha activa. Si mal no recuerdo, los psicólogos modernos lo llaman mindfulness o atención plena, pero aquí lo aterrizan en la relación con el otro y con lo trascendente. Es curioso cómo conceptos que parecen sacados de un libro de historia del siglo XII siguen teniendo una vigencia brutal cuando te sientes saturado por el algoritmo.

La verdad es que, leyendo sus reflexiones, uno se da cuenta de que la conversión de la que hablan no es un cambio radical de personalidad de la noche a la mañana. Es más bien como cuando actualizas el sistema operativo de tu ordenador porque va lento. Necesitas borrar caché, eliminar archivos temporales que solo ocupan espacio y centrarte en lo que realmente hace que la máquina funcione. Para ellos, ese «software» es la fe, y el «mantenimiento» es este tiempo de reflexión que acaba de empezar con el Miércoles de Ceniza.

Ceniza, tradición y el peso de la realidad

El pasado 18 de febrero, la Archidiócesis dio el pistoletazo de salida a la Cuaresma. Aquí en España, el Miércoles de Ceniza suele ser un día tranquilo, de esos que pasan casi desapercibidos si no vives cerca de una iglesia con solera. Pero en Mérida, la cosa tiene otro color. La celebración en la Catedral Basílica Menor de la Inmaculada Concepción es un evento que paraliza un poco el ritmo de la ciudad.

Lo que me resulta fascinante es cómo integran el rito de la ceniza —ese «polvo eres y en polvo te convertirás» que a veces suena un poco tétrico— con una visión de futuro. No se quedan en el lamento. En las crónicas de ArquiMérida se percibe un esfuerzo constante por decir: «Vale, somos frágiles, pero aquí estamos». Es un mensaje que resuena mucho con la situación actual de Venezuela, donde la resiliencia no es una palabra de moda en un curso de coaching, sino una herramienta de uso diario para comprar el pan o llegar al trabajo.

Para que nos entendamos, la comunicación que hacen no es neutra. Está cargada de una intención clara de acompañar. No es el típico boletín parroquial que te dan a la salida de misa y que acaba en la papelera más cercana. Es una narrativa que intenta dar sentido al caos. Y eso, como redactor, os digo que tiene un valor incalculable. Lograr que un rito antiguo se sienta como algo relevante para un chaval que está pensando en si podrá terminar la carrera o si tendrá que emigrar, tiene su mérito.

La juventud que no se rinde

Hablando de chavales, el mismo 18 de febrero celebraron el Día de la Juventud. En Venezuela, esta fecha tiene un peso histórico tremendo por la Batalla de La Victoria, donde estudiantes se enfrentaron a tropas experimentadas. Pero en el contexto de la Iglesia merideña, la celebración se volcó hacia los colegios católicos.

Me hizo gracia ver las fotos de los eventos. Hay una energía que traspasa la pantalla. A veces tenemos esa imagen de la juventud actual como una generación de cristal, pegada a la pantalla y sin intereses profundos. Pero cuando ves a cientos de jóvenes organizando actividades, discutiendo sobre su papel en la sociedad y, sí, también rezando, te das cuenta de que los clichés son solo eso: pereza mental de los que ya peinamos canas.

La crónica mencionaba cómo los colegios católicos de la zona se unieron para esta jornada. No fue solo un día de fiesta, sino un recordatorio de que la educación no son solo libros y exámenes de selectividad (o su equivalente allí). Es comunidad. Y en un entorno donde las estructuras sociales a veces flaquean, la parroquia y el colegio se convierten en el pegamento que evita que todo se desmorone. Es algo que aquí en España también vemos en muchos barrios, donde Cáritas o los grupos juveniles hacen más por la cohesión social que cualquier plan ministerial de tres mil páginas.

Crónica de Amor: El hospital como zona de guerra y de paz

Si hay algo que me ha tocado la fibra de todo lo que he leído en el portal de ArquiMérida, es lo que llaman la “Crónica de Amor” de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen. Se centran en su labor en el IAHULA. Para los que no estéis familiarizados con las siglas, es el Instituto Autónomo Hospital Universitario de los Andes. Es el hospital de referencia de la región, un lugar inmenso donde se cruzan la vida, la muerte y, desgraciadamente, muchas carencias materiales.

La verdad es que entrar en un hospital público en ciertas partes de Latinoamérica es una experiencia que te cambia la perspectiva de las cosas. No es como ir a la Quirón o al Ramón y Cajal. Allí, la falta de insumos se suple con una entrega humana que roza lo heroico. La Parroquia del Carmen no va allí solo a dar consuelo espiritual, que también, sino a «abrazar la vida», como ellos dicen.

Me imagino a los voluntarios caminando por esos pasillos que huelen a desinfectante y a cansancio acumulado. Llevan comida, llevan medicinas cuando pueden, pero sobre todo llevan presencia. En un mundo tan tecnificado, donde parece que si un problema no se soluciona con una app no tiene arreglo, este tipo de acciones nos recuerdan que el contacto humano es la medicina más básica y, a veces, la más escasa.

Vaya, que leer sobre cómo una comunidad parroquial se organiza para llevar un caldo caliente o una palabra de ánimo a alguien que lleva tres días durmiendo en una silla de plástico esperando noticias de un familiar, te hace replantearte muchas tonterías por las que nos quejamos aquí. Es periodismo de a pie, de ese que no busca el click fácil, sino dar voz a los que están en la sombra.

Nuestra Señora de Lourdes: Fiestas en medio de la montaña

No todo es solemnidad y hospitales. También hay espacio para la fiesta, y la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes tuvo su momento de gloria recientemente. Las fiestas patronales en estos pueblos y barrios de Mérida son una mezcla curiosa de fervor religioso y cultura popular.

Me recordó un poco a las fiestas de los pueblos de aquí, de mi zona de Cartagena, donde la virgen sale en procesión y luego todo el mundo se junta para compartir algo. En Mérida, esa conexión con lo local es muy fuerte. La gente se vuelca. No es solo un evento en el calendario; es una reafirmación de su identidad. En un momento en que la globalización nos hace a todos iguales (comemos lo mismo, vemos las mismas series, usamos los mismos memes), estas fiestas patronales son como un reducto de autenticidad.

La crónica destacaba la participación de los vecinos, la preparación de los altares, la música… Es esa «cultura del encuentro» de la que tanto habla el Papa Francisco, pero bajada a la tierra, al barro y a la alegría compartida. Al final del día, lo que queda es esa sensación de pertenencia. «Soy de esta parroquia, este es mi sitio». Y eso, amigos, es un tesoro en tiempos de soledad no deseada.

El «Santo del Día»: Un hilo conductor cotidiano

Otra cosa que me ha parecido un acierto total en su estrategia de comunicación es la sección del “Santo del Día”. Podría parecer algo anticuado, pero pensadlo bien: es el formato «story» original. Una píldora diaria de contenido con una enseñanza o una anécdota vital.

La verdad es que la historia de los santos es, a menudo, mucho más gamberra y fascinante de lo que nos cuentan en las estampitas con cara de no haber roto un plato. Son personas que, en su contexto, fueron unos auténticos disruptores. Algunos se enfrentaron a imperios, otros montaron hospitales de la nada, y otros simplemente decidieron vivir de una forma que a sus vecinos les parecía una locura.

ArquiMérida rescata estas figuras no como piezas de museo, sino como ejemplos prácticos. Es como tener un mentor diferente cada día. Y en el formato digital, funciona de maravilla. Es ese contenido breve, fácil de consumir mientras esperas el autobús o te tomas el primer café de la mañana, pero que te deja un poso. No es «paja» informativa; es un recordatorio de que otros ya pasaron por dificultades similares y salieron adelante.

¿Cómo se traduce esto al mundo de la tecnología y la comunicación?

Como alguien que se pasa el día analizando algoritmos y tendencias de IA, ver el trabajo de Comunicaciones ArquiMérida me hace pensar en la importancia del contexto. A veces nos obsesionamos con tener la última versión de WordPress, el mejor SEO o la IA más potente para generar textos (que luego suenan a lata, por cierto). Pero nos olvidamos de para qué sirve todo esto.

El portal de la Archidiócesis de Mérida es un ejemplo de «tecnología con alma». No sé si tendrán un equipo de veinte desarrolladores o si será un par de personas con mucha voluntad y una conexión a internet algo inestable, pero el resultado es efectivo porque es auténtico.

  • Cercanía: No hablan desde un pedestal. Hablan desde la parroquia, desde el hospital, desde la calle.
  • Relevancia: No se limitan a temas teológicos abstractos. Hablan de la juventud, de la salud, de la convivencia.
  • Constancia: Mantener un flujo de noticias diario en un entorno con las dificultades de Venezuela es un reto técnico y humano de primer nivel.

Para que nos entendamos, si una empresa española de software o una startup de Madrid quisiera aprender sobre «engagement» real, debería echarle un ojo a cómo estas comunidades mantienen el interés de su gente sin necesidad de gastarse millones en publicidad en Meta. La clave está en la identidad y en el servicio. Si lo que publicas no le sirve a nadie para mejorar su día o entender mejor su realidad, da igual lo bonito que sea el diseño.

La IA y la fe: ¿Un matrimonio posible?

Aquí me voy a permitir una pequeña digresión, que ya sabéis que me gusta el tema. ¿Os imagináis un chatbot entrenado con toda la doctrina de la Iglesia pero con el toque cercano de un párroco de Mérida? Podría ser una herramienta brutal para resolver dudas rápidas, pero nunca sustituiría esa «Crónica de Amor» de la que hablábamos antes.

La tecnología puede ayudar a difundir el mensaje, a organizar la logística de una fiesta patronal o a gestionar las donaciones para el hospital IAHULA. Pero el «clic» emocional, ese que te hace sentir que no estás solo en medio de una crisis, eso solo lo da el factor humano. Y eso es lo que ArquiMérida está sabiendo transmitir a través de su web. Usan la herramienta para potenciar el encuentro, no para sustituirlo.

Un espejo para nuestra realidad local

A veces miramos hacia Latinoamérica con una mezcla de paternalismo y distancia, pero la verdad es que tenemos mucho que aprender de su forma de comunicar. En España, a veces somos un poco fríos, un poco cuadriculados. Nos da miedo meterle emoción a los textos por si parecemos poco profesionales.

Pero luego ves cómo cuentan ellos la historia de la Parroquia de Nuestra Señora de Lourdes y te das cuenta de que la emoción es lo que conecta. En un blog como «aquinohayquienviva.es», donde intentamos bajar la tecnología y la historia a la tierra, ese enfoque es oro puro.

Ojo, que no digo que tengamos que ponernos todos sentimentales de repente. Pero sí que deberíamos recuperar esa capacidad de contar historias que importen. Ya sea un tutorial sobre cómo configurar un servidor o una crónica sobre la última excavación en Cartagena, si no hay una conexión con la realidad del que lee, estamos perdiendo el tiempo.

El reto de la desinformación y la voz oficial

Otro punto fundamental es el papel de estos portales como fuentes de información veraces. En un mar de fake news y cadenas de WhatsApp que dicen que el mundo se acaba mañana, tener un canal oficial como el de la Archidiócesis da tranquilidad.

Es una referencia. Si lo dice ArquiMérida, la gente sabe que es verdad. Han construido una autoridad que no se basa en el poder, sino en la confianza acumulada año tras año. Eso, en el mundo del marketing digital, se llama «autoridad de dominio», pero en la vida real se llama integridad. Y eso no hay SEO que lo compre.

La conclusión que saco de todo esto…

Al final del día, lo que nos enseña el portal de Comunicaciones ArquiMérida es que la comunicación, ya sea en una parroquia andina o en un blog tecnológico en España, va de lo mismo: de personas.

Me quedo con esa idea de la Cuaresma como un tiempo para «escuchar y ayunar». Quizás todos deberíamos ayunar un poco de algoritmos y escuchar más lo que pasa en nuestra calle, en nuestro barrio o incluso en una archidiócesis al otro lado del charco que nos está dando una lección de cómo usar internet para algo más que para ver vídeos de gatitos (que oye, también tienen su aquel, pero no te llenan el alma).

La labor de estos comunicadores en Mérida es un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros o en los lugares con más dificultades, siempre hay espacio para una «Crónica de Amor». Y si ellos pueden mantener viva esa llama con los recursos que tienen, nosotros no tenemos excusa para no intentar que nuestro rincón digital sea un poco más humano, un poco más auténtico y, sobre todo, mucho más útil para los que nos leen.

Vaya, que me he puesto un poco profundo, pero es que a veces hace falta levantar la vista del teclado y ver qué se cuece por el mundo. Y lo que se cuece en Mérida, a pesar del frío de sus montañas, tiene un calor que reconforta. Si tenéis un rato, pasaos por su web. No hace falta ser un devoto de primera para apreciar el buen trabajo periodístico y la humanidad que destilan sus páginas. Al fin y al cabo, todos estamos en el mismo barco, intentando entender de qué va esto de vivir en el siglo XXI sin perder el norte.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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