arqueologia / marzo 20, 2026 / 10 min de lectura / 👁 175 visitas

¿Qué significa realmente un «crimen de lesa arqueología»?

¿Qué significa realmente un «crimen de lesa arqueología»?

A veces me pregunto si las excavadoras tienen memoria o si, simplemente, son máquinas diseñadas para olvidar lo que pisan. Lo digo porque lo que está pasando al otro lado del charco, con el famoso Tren Maya en México, me tiene el café un poco amargo esta mañana. Resulta que el sindicato del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha soltado una bomba informativa que ha hecho temblar los cimientos de la arqueología moderna: hablan de «crímenes de lesa arqueología». Casi nada.

La verdad es que, cuando uno se pone a leer los informes que llegan desde los cinco estados que atraviesa este ferrocarril —Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo—, se le queda el cuerpo un poco cortado. No es solo una cuestión de mover piedras para poner raíles; es la sensación de que las prisas políticas han pasado por encima de siglos de historia con la sutileza de un elefante en una cacharrería. Y ojo, que aquí en Cartagena sabemos un rato de lo que significa convivir con el pasado bajo los pies, pero lo de México parece estar a otro nivel de magnitud y, por desgracia, de destrucción.

Para que nos entendamos, el término no es oficial en ningún código penal, pero los especialistas lo usan para describir una pérdida irreparable. No es que se haya roto una vasija de barro que un restaurador mañoso pueda pegar con paciencia y pegamento especial. Estamos hablando de la alteración sistemática de contextos arqueológicos. En arqueología, el objeto en sí importa, claro, pero lo que realmente cuenta es el «contexto»: dónde estaba, qué había al lado, a qué profundidad se encontraba. Si sacas una pieza con una pala mecánica para que el tren pase mañana, has matado la historia de esa pieza para siempre.

El sindicato del INAH denuncia que el ritmo de las obras ha convertido el trabajo de los arqueólogos en una especie de «maquila» científica. En lugar de investigar, se han visto obligados a realizar lo que llaman salvamentos de urgencia a una velocidad que no permite el análisis real. Imagina que te dan cinco minutos para recoger todo lo que hay en el Museo del Prado porque van a demolerlo para hacer un parking. Pues eso, pero en mitad de la selva y con estructuras mayas que llevan allí mil años.

La tecnología como arma de doble filo: El LiDAR y la velocidad

Aquí entra en juego la parte tecnológica que tanto nos gusta comentar en este blog. Para este proyecto se ha utilizado de forma masiva la tecnología LiDAR (Light Detection and Ranging). Básicamente, es un láser que «escanea» el suelo desde un avión o dron, atravesando la densa vegetación de la selva para revelar lo que hay debajo. Es una maravilla, de verdad. Gracias al LiDAR se han localizado miles de estructuras que ni sabíamos que existían: desde pequeños altares hasta complejos habitacionales enteros.

Pero —y aquí viene el gran «pero»—, el problema es qué haces con esa información. La tecnología ha servido para identificar los sitios más rápido que nunca, pero también ha servido de excusa para decir: «Ya sabemos qué hay, ahora quitadlo de en medio». Es como si usaras un escáner médico de última generación para localizar un tumor y, en lugar de operar con cuidado, usaras un hacha porque tienes prisa por cerrar el quirófano.

En el sector tecnológico español, por ejemplo, cuando trabajamos con gemelos digitales o fotogrametría en patrimonio (como se ha hecho de forma espectacular en el Teatro Romano de Cartagena), el objetivo es la preservación y el estudio. En el caso del Tren Maya, parece que la tecnología ha sido el heraldo de la excavadora. Se han documentado más de 50.000 bienes inmuebles, pero la pregunta que se hacen los académicos es: ¿cuántos de esos se han conservado realmente y cuántos han acabado bajo el balasto de las vías?

La visión desde España: ¿Podría pasar esto aquí?

La verdad es que, salvando las distancias kilométricas y presupuestarias, en España tenemos una legislación de patrimonio bastante robusta, pero no somos inmunes a las «prisas del progreso». Me viene a la cabeza cuando se construyen las líneas del AVE. Siempre hay tensiones. Sin embargo, lo que denuncian los colegas mexicanos suena a una falta de autonomía institucional preocupante. El INAH, que siempre ha sido el orgullo de la protección cultural en Latinoamérica, parece haber sido arrastrado por la corriente de un proyecto que es, ante todo, una promesa política.

Si comparamos esto con la gestión que hacemos en Cartagena, donde cada vez que alguien quiere abrir una zanja para poner fibra óptica aparece un muro púnico o una cloaca romana, vemos una diferencia fundamental: el tiempo. Aquí, si aparece algo, la obra se para. Se estudia. Se decide si se integra o se cubre. En el Tren Maya, el cronómetro no se detiene por una estela maya o un entierro prehispánico. Y eso es lo que duele a los profesionales del sector.

  • Pérdida de estratigrafía: Al excavar a toda prisa, se mezclan capas de diferentes épocas.
  • Falta de publicación: Hay miles de cajas con fragmentos de cerámica acumuladas en bodegas que, probablemente, nadie estudiará en décadas.
  • Impacto ambiental y cultural: No solo son las piedras; es el entorno de los cenotes, que para los mayas eran sagrados y para los ingenieros son «problemas de cimentación».

El papel del INAH y la defensa institucional

No todo el mundo dentro del instituto está de acuerdo con las críticas feroces del sindicato. El exdirector del INAH y otros altos cargos han salido a la palestra pidiendo «unidad» y defendiendo que se ha hecho lo mejor posible dadas las circunstancias. Su argumento es que, gracias al tren, se han descubierto sitios que de otro modo habrían seguido ocultos y expuestos al saqueo o a la destrucción por la agricultura.

Vaya, que es el clásico argumento de «mejor esto que nada». Pero, sinceramente, me parece una postura un poco conformista. Es como decir que es mejor quemar un libro para calentarse que dejar que se pudra en una estantería húmeda. Al final del día, el libro desaparece igual. La defensa institucional se centra en los números: miles de piezas recuperadas, museos nuevos proyectados… pero los arqueólogos de a pie, los que están con el pincel y la paleta bajo el sol de Yucatán, cuentan una historia muy distinta de presiones y falta de rigor científico.

La arqueología no es solo «recuperar objetos»

Hay un concepto que a veces se nos escapa a los que no somos arqueólogos de formación, y es que la arqueología es una ciencia destructiva por naturaleza. Para excavar algo, tienes que quitar lo que hay encima. Por eso, el registro debe ser impecable. Si ese registro se hace mal por falta de tiempo, la información se pierde para siempre. No hay una «segunda oportunidad» en arqueología.

En el caso del Tren Maya, se habla de que se han «movido» monumentos. Ojo con esto. Mover un monumento prehispánico de su lugar original es, en muchos casos, quitarle todo su significado astronómico o ritual. Muchos de estos edificios estaban alineados con el sol en los equinoccios o con otros puntos del paisaje. Si lo mueves cien metros para que no moleste a la vía, lo conviertes en un objeto decorativo de jardín, le quitas su «alma» histórica.

Me recuerda un poco a lo que pasó hace décadas con algunos templos en Egipto cuando se construyó la presa de Asuán. Sí, se salvaron, pero el contexto original se perdió. La diferencia es que aquello fue una operación internacional de rescate sin precedentes y con una planificación extrema. Aquí, parece que la planificación ha ido a remolque de la excavadora.

¿Y ahora qué? El futuro de los vestigios

La gran duda que nos queda es qué va a pasar con todo ese material recuperado. Se habla de la creación de nuevos museos y centros de interpretación a lo largo de la ruta del tren. Esto suena muy bien sobre el papel, pero cualquiera que sepa cómo funciona la administración pública (ya sea en México o en España) sabe que construir un museo es la parte fácil; lo difícil es mantenerlo, dotarlo de personal investigador y asegurar que las piezas no acaben criando polvo en un almacén olvidado.

Además, está el tema de la ética. ¿Es ético promocionar un destino turístico basado en la cultura maya cuando, para construir el acceso a ese destino, has dañado el propio patrimonio que pretendes mostrar? Es una paradoja de las gordas. Es como si en Cartagena decidiéramos derribar parte de la Muralla del Mar para que los cruceristas pudieran aparcar el autobús más cerca del centro. No tiene sentido.

Para que nos entendamos, la comunidad científica internacional está mirando con lupa cada paso que se da. No es solo una pataleta de un sindicato local; hay universidades de todo el mundo preocupadas por el precedente que esto sienta. Si un gobierno puede pasar por encima de sus propias leyes de protección de patrimonio en nombre del desarrollo económico, ¿qué seguridad tienen los tesoros arqueológicos en cualquier otra parte del mundo?

Un pequeño apunte sobre el código y la gestión de datos

Como sé que muchos de los que leéis este blog venís del mundo de la tecnología, dejadme que os cuente un detalle técnico que me parece fascinante y terrorífico a la vez. La cantidad de datos generados por el LiDAR y las excavaciones del Tren Maya es tan brutal que el INAH ha tenido que improvisar sistemas de gestión de bases de datos que no estaban preparados para tal volumen.

Estamos hablando de terabytes de nubes de puntos, fotografías en alta resolución y fichas de registro. Si esa base de datos no se gestiona con estándares abiertos y protocolos de preservación digital a largo plazo, dentro de veinte años tendremos miles de archivos corruptos que nadie podrá abrir. Sería la ironía definitiva: perder la historia física y luego perder la historia digital por una mala gestión de IT.

// Ejemplo hipotético de cómo NO gestionar un hallazgo arqueológico en una DB
db.hallazgos.insert({
  id: "MAYA-7892",
  tipo: "Estructura piramidal",
  estado: "Demolido por paso de vía", // Esto es lo que duele leer
  coordenadas: [18.5, -89.4],
  observaciones: "Se tomaron fotos rápido porque venía la cuadrilla de las 2 PM"
});

Bromas aparte (aunque la situación no tenga mucha gracia), la gestión de la información es crítica. En proyectos de esta envergadura, el dato es lo único que nos queda cuando la piedra ha desaparecido. Y si el dato se toma con prisas, el dato es malo. Y ya sabéis lo que decimos en programación: Garbage in, garbage out. Si metes basura en el sistema, lo que obtienes es basura.

Reflexiones finales desde la barra del bar

Al final del día, lo que nos queda es una sensación agridulce. Por un lado, es innegable que el Tren Maya va a traer (o eso dicen) prosperidad a zonas muy castigadas por la pobreza en el sureste mexicano. Pero, ¿a qué precio? La historia no es algo que se pueda fabricar en una factoría. Una vez que destruyes un yacimiento, no hay botón de «deshacer» ni copia de seguridad que valga.

La conclusión que saco de todo esto es que nos falta una visión a largo plazo. Vivimos en la era de la inmediatez, donde los resultados tienen que ser para ayer y las legislaturas duran cuatro años. Pero la arqueología juega en otra liga temporal; juega en la liga de los milenios. Y cuando esas dos velocidades chocan, siempre pierde la más lenta, la que no puede defenderse con votos ni con beneficios trimestrales.

Vaya, que me he puesto un poco intenso, pero es que estas cosas me tocan la fibra. Espero que, al menos, todo este ruido sirva para que en futuros proyectos (ya sea en México, en España o en la Conchinchina) se entienda que el patrimonio no es un obstáculo para el progreso, sino el cimiento sobre el que debería construirse. Porque un pueblo que no sabe de dónde viene, difícilmente va a saber a qué estación quiere llegar con su tren de alta velocidad.

Y ahora, si me disculpáis, voy a por otro café, a ver si este no me sabe tanto a tierra y olvido. Nos leemos en la próxima, y recordad: si caváis en el jardín y encontráis algo que parezca romano, ¡llamad a alguien antes de sacar la pala!

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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