Ayer me pasó una cosa curiosa mientras me tomaba una copa de tinto en una de esas tascas del centro de Cartagena, de las que huelen a madera vieja y a salitre. Miré el fondo de la copa y me puse a pensar en la de vueltas que ha dado la vida para que ese líquido llegara hasta mi mesa. No es solo uva fermentada, qué va. Es, literalmente, arqueología líquida. Y es que, si nos ponemos tiquismiquis, cada vez que descorchamos una botella estamos abriendo una cápsula del tiempo que nos conecta directamente con los fenicios, los romanos y hasta con algún monje medieval que se pasaba el día rezando y cuidando sus vides.
La verdad es que en España tenemos una suerte tremenda. Debajo de nuestros pies, especialmente por estas tierras del sureste y por el norte riojano, hay una red invisible de raíces y ánforas rotas que cuentan una historia de más de dos mil años. No hablo de datos fríos de enciclopedia, sino de cómo el vino ha moldeado nuestra forma de ser, nuestra economía y hasta nuestro paisaje. Vamos a remangarnos un poco y a ver qué nos dice la tierra sobre esta bebida, porque la arqueología del vino es mucho más que encontrar cuatro piedras manchadas de morado.
Hay una idea equivocada de que el vino siempre ha estado en la Península Ibérica. Pues no. Si nos remontamos al Neolítico, aquí lo que había eran uvas silvestres, la famosa Vitis vinifera sylvestris. Eran unas uvas pequeñas, ácidas y que, sinceramente, no servían para mucho más que para que los pájaros se pegaran un festín. Para que el vino se convirtiera en «el vino», tuvo que venir gente de fuera con el know-how tecnológico de la época.
Los fenicios, esos tíos que eran los reyes del mambo en el Mediterráneo, fueron los que trajeron las variedades domésticas y, lo más importante, la técnica. Entraron por Gadir (Cádiz) y se fueron moviendo por toda la costa. Aquí en Cartagena, o Mastia como se llamaba por aquel entonces, el intercambio cultural fue brutal. Imagínate a los íberos de la zona flipando cuando probaron por primera vez aquel brebaje que venía en barcos. No era solo una bebida; era estatus, era religión y era, sobre todo, un negocio redondo.
La arqueología ha encontrado restos de lagares excavados en roca que son auténticas joyas. No eran estructuras improvisadas. Eran centros de producción con una logística que ya quisieran muchas empresas de hoy en día. Se han hallado semillas carbonizadas en yacimientos que nos dicen que ya en el siglo VII a.C. se estaba seleccionando la uva. No se plantaba lo primero que se pillaba; ya había una intención de crear algo con cara y ojos.
La explosión romana: Hispania como la bodega del Imperio
Si hay un momento en el que la cultura del vino se vuelve loca de verdad en nuestra tierra, es con la llegada de Roma. A partir del 218 a.C., con el desembarco en Ampurias y la posterior conquista, Hispania se convierte en la principal proveedora de vino (y aceite, no lo olvidemos) para Roma. Y ojo, que no era un vino cualquiera. Los romanos eran unos sibaritas de cuidado.
En la zona de la Tarraconensis y la Baetica, la producción se industrializó. Sí, he dicho industrializó. Las villae romanas no eran solo casas de campo bonitas con mosaicos; eran complejos agroindustriales masivos. Tenían sus propios lagares (torcularia), sus zonas de fermentación con enormes tinajas enterradas llamadas dolia, y sus talleres de alfarería para fabricar las ánforas. Porque claro, el vino había que moverlo.
Vaya, que si te paseas por el Barrio del Foro Romano aquí en Cartagena, puedes casi oler el ajetreo de los esclavos y capataces organizando las cargas que saldrían por el puerto. Carthago Nova era un punto neurálgico. Desde aquí salían barcos cargados hasta los topes de ánforas tipo Dressel 2-4, que eran el estándar de la época. Lo sabemos porque el fondo del Mediterráneo está lleno de estos «envases no retornables» que nos cuentan rutas comerciales exactas. Es fascinante pensar que un vino producido en las colinas cercanas a lo que hoy es La Unión o Mazarrón terminaba servido en una cena de lujo en el Palatino de Roma.
El vino de los soldados y el vino de los nobles
No todo el vino era igual, claro. Estaba el mulsum, que era vino mezclado con miel (un poco empalagoso para mi gusto actual, la verdad), y luego estaba la posca, que era básicamente agua con vino avinagrado que bebían los legionarios para no pillar infecciones con el agua estancada. La arqueología nos ayuda a diferenciar esto a través de los residuos químicos en las cerámicas. Gracias a técnicas como la cromatografía de gases, podemos saber si un ánfora contenía un vino tinto joven o algo más elaborado.
Además, los romanos introdujeron algo que hoy nos parece básico pero que fue un cambio de juego: el injerto. Aprendieron a mejorar las vides locales injertando variedades más productivas o resistentes. Fue la primera gran «revolución tecnológica» del sector en España. Y todo esto lo sabemos porque se han encontrado herramientas de poda de hierro en yacimientos que son casi idénticas a las que usa hoy mi tío en su huerto. Si algo funciona, ¿para qué cambiarlo?
La Rioja: un viaje arqueológico al norte
Si bajamos un poco el ritmo y nos vamos hacia el norte, a La Rioja, la historia se vuelve todavía más densa. A veces pensamos que la fama de Rioja empezó en el siglo XIX cuando los franceses bajaron huyendo de la filoxera, pero ni de broma. La arqueología riojana nos dice que allí se hacía vino mucho antes de que existiera el concepto de España.
En yacimientos como el de Varea (la antigua Varia romana), se han encontrado evidencias de una producción a gran escala que abastecía a las tropas de la frontera del Ebro. Pero lo que más me vuela la cabeza son los lagares rupestres. Son prensas excavadas directamente en la roca, en mitad del campo. Hay cientos de ellos dispersos por la geografía riojana y alavesa. Muchos datan de la Alta Edad Media, lo que demuestra que, a pesar de las guerras y los cambios de reyes, la gente no dejó de cuidar sus viñas.
Esos lagares de piedra son el testimonio de una viticultura de resistencia. Imagínate a los campesinos del siglo IX, subiendo a la sierra para prensar la uva lejos de los caminos principales para evitar que las tropas de paso les robaran la cosecha. Es una historia de supervivencia grabada en piedra que la arqueología está empezando a poner en valor ahora mismo.
¿Cómo sabemos lo que bebían? La ciencia detrás del rastro
A ver, que no todo es encontrar una jarra y decir «aquí hubo vino». La arqueología moderna es casi como un episodio de CSI. Para reconstruir la cultura del vino, los investigadores usan varias disciplinas que parecen sacadas de una peli de ciencia ficción:
- Carpología: Es el estudio de las semillas y frutos arqueológicos. Si encuentras una semilla de uva carbonizada en un estrato del siglo I, puedes analizar su ADN (si hay suerte) o su morfología para saber si era una uva de mesa o de vinificación.
- Palinología: El estudio del polen. Esto es brutal porque nos permite reconstruir cómo era el paisaje. Si en una zona aparece de repente un pico de polen de Vitis, es que alguien plantó viñedos a lo bestia.
- Análisis de residuos orgánicos: Como decía antes, las cerámicas son porosas. El vino deja una huella química, principalmente ácido tartárico. Si un arqueólogo encuentra una vasija y el laboratorio confirma que hay ácido tartárico y resina de pino (que se usaba para sellar las ánforas y dar sabor), ya tienes la prueba del delito.
La verdad es que es un trabajo de chinos, pero gracias a esto sabemos que en la Hispania romana se usaban aditivos como yeso para clarificar el vino o hierbas aromáticas para disfrazar el sabor cuando el vino empezaba a picarse. Vamos, que el «vino de la casa» de algunas tabernas romanas debía de ser para valientes.
La Inteligencia Artificial entra en la bodega del pasado
Y aquí es donde metemos el toque tecnológico que tanto nos gusta en aquinohayquienviva.es. ¿Qué tiene que ver la IA con un ánfora de hace dos mil años? Pues mucho más de lo que parece. Actualmente, se están utilizando algoritmos de aprendizaje profundo (Deep Learning) para clasificar fragmentos de cerámica. Imagínate que tienes diez mil trozos de barro; una IA puede compararlos con bases de datos de todo el mundo en segundos y decirte: «Oye, este trozo viene de un taller de la Bética y probablemente contenía vino blanco de la zona de Jerez».
Además, se está usando IA para procesar imágenes de satélite y LiDAR (detección por luz y distancia) para localizar antiguos bancales y terrazas de cultivo que el bosque ha tapado con los siglos. En zonas como la Ribeira Sacra o incluso en las laderas de nuestras sierras en Cartagena, estas herramientas están sacando a la luz sistemas de cultivo romanos y medievales que ni sabíamos que existían. Es como si la tecnología del futuro nos estuviera ayudando a leer el disco duro de nuestra propia tierra.
Incluso hay proyectos en España que usan redes neuronales para predecir dónde podrían estar los barcos hundidos basándose en las corrientes históricas y los registros de naufragios. Cada pecio romano encontrado es una biblioteca entera sobre el comercio del vino.
El vino en la Cartagena de siempre: un apunte local
No puedo evitar barrer para casa. Cartagena no se entiende sin su puerto, y su puerto no se entiende sin el comercio. Durante la época de la ocupación bizantina y luego con los visigodos, la cultura del vino sufrió altibajos, pero nunca desapareció. Incluso en la época islámica, aunque el consumo de alcohol estaba prohibido por religión, la arqueología nos dice otra cosa. Se han encontrado copas y jarras en contextos califales que sugieren que, bueno, digamos que la norma se aplicaba con cierta flexibilidad en la intimidad de las casas, o que se producía mosto y uvas pasas a gran escala.
Lo que quiero decir es que el vino ha sido el hilo conductor de nuestra economía local. Desde las exportaciones masivas de Carthago Nova hasta las bodegas familiares que hoy intentan recuperar variedades autóctonas como la Merseguera en el Campo de Cartagena. Es una cadena que no se ha roto, aunque a veces el eslabón sea un poco difícil de ver.
Un ejemplo de código para los más cafeteros
Para que no se diga que solo hablamos de historia, vamos a ver cómo un arqueólogo moderno podría organizar sus datos. Imagínate que estamos excavando una villa romana cerca de El Algar y queremos clasificar los hallazgos de ánforas. Un pequeño script en Python podría ayudarnos a visualizar la distribución de los tipos de vino encontrados:
# Clasificador rápido de hallazgos vinícolas
hallazgos = [
{'id': 1, 'tipo': 'Dressel 2-4', 'origen': 'Bética', 'contenido': 'Tinto'},
{'id': 2, 'tipo': 'Haltern 70', 'origen': 'Tarraconensis', 'contenido': 'Defrutum (mosto cocido)'},
{'id': 3, 'tipo': 'Dressel 1', 'origen': 'Itálica', 'contenido': 'Vino de importación'},
{'id': 4, 'tipo': 'Local', 'origen': 'Carthago Nova', 'contenido': 'Vino corriente'}
]
def analizar_bodega_romana(datos):
print("--- Informe de la Excavación ---")
for item in datos:
print(f"Hallazgo {item['id']}: Vino {item['contenido']} proveniente de {item['origen']}.")
# Aquí podríamos meter una IA que prediga la calidad según el tipo de ánfora
# Pero por ahora, nos conformamos con no romper nada.
analizar_bodega_romana(hallazgos)
Ojo, que esto es un ejemplo simplificado, pero la realidad no anda muy lejos. La digitalización de los inventarios arqueológicos es lo que está permitiendo que hoy podamos cruzar datos de una excavación en Cartagena con otra en el puerto de Ostia, en Italia, y ver que el vino que se bebía allí era el mismo que salía de aquí. Es el «Big Data» de la antigüedad.
¿Por qué nos debería importar todo esto?
A ver, que me pongo filosófico. Al final del día, estudiar la historia y la arqueología del vino no es solo para que cuatro señores con barba escriban libros aburridos. Es para entender quiénes somos. El vino ha definido nuestras leyes (el Fuero de Logroño ya protegía el vino local en el siglo XI), nuestra arquitectura y nuestras fiestas.
Cuando vas a una bodega hoy en día y ves esos tanques de acero inoxidable brillantes y esos sistemas de control de temperatura por ordenador, parece que estamos en la NASA. Pero si rascas un poco, la esencia es la misma que la de aquel íbero que fermentaba uvas en un agujero en la roca: transformar el fruto de la tierra en algo que nos alegre el alma y nos permita compartir un rato con los demás.
La verdad es que me parece fascinante que algo tan perecedero como el vino haya dejado una huella tan profunda y sólida en la tierra. Es una paradoja: el líquido se evapora, pero su cultura es capaz de mover montañas y de resistir milenios bajo el suelo.
Para que nos entendamos, la próxima vez que pidas una copa, no pienses solo en las notas de cata o en si tiene mucho cuerpo. Piensa en el legionario que se quejaba de que su vino estaba aguado, en el alfarero que sudaba la gota gorda fabricando ánforas en el puerto de Cartagena y en el arqueólogo que, con un pincel y mucha paciencia, ha conseguido que hoy sepamos todo esto. La cultura del vino es, posiblemente, el mayor proyecto colaborativo de la historia de España. Y lo mejor de todo es que todavía se sigue escribiendo, copa a copa.
Así que, ya sabes, si te pica la curiosidad, date una vuelta por los museos arqueológicos que tenemos por aquí. No hace falta ser un experto para apreciar la belleza de una pieza de cerámica que sirvió para brindar hace dos mil años. Al final, somos lo que bebemos, pero sobre todo somos la historia que nos ha traído hasta aquí. ¡Salud!
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