A veces, uno se sienta frente al ordenador con un café ya medio frío —de esos que te olvidas de beber porque te has quedado enganchado leyendo un hilo de Twitter o revisando un log de errores que no tiene sentido— y se topa con realidades que te sacuden el teclado. Hoy no vengo a hablaros de la última actualización de un framework de JavaScript ni de cómo la IA está intentando (y fallando) predecir el tiempo en el Campo de Cartagena. Hoy la cosa va de algo mucho más crudo, más analógico y, por desgracia, mucho más humano.
La verdad es que solemos ver las noticias sobre migración como si fueran una hoja de cálculo: números, porcentajes, flujos. Pero cuando bajas al barro, o mejor dicho, cuando entras en una consulta de un centro de salud, esos números tienen nombre, apellidos y, a menudo, una receta de insulina que no saben si podrán canjear mañana. Me he puesto a investigar sobre el trabajo de Ana Belén Ruiz Jiménez, una enfermera que sabe un rato largo de esto (experta en diabetes por la Universidad de Barcelona, casi nada), y lo que cuenta sobre la intersección entre la deportación y las enfermedades crónicas es para que se nos caiga la cara de vergüenza.
Para que nos entendamos: gestionar una diabetes tipo 1 o tipo 2 no es solo pincharse o tomarse una pastilla. Es un equilibrio de funambulista. Tienes que medir qué comes, cuánto te mueves, cómo duermes y, sobre todo, mantener el estrés a raya. Ahora, imagina que a esa ecuación le añades la posibilidad real de que la policía te pare en la calle y te meta en un avión de vuelta a un sitio donde, quizás, conseguir una tira reactiva para medir la glucosa sea una misión imposible. Ojo con esto, porque no estamos hablando de un «supuesto» teórico; es el pan de cada día en muchos centros de salud de nuestro país, desde Lanzarote hasta aquí, en mi querida Cartagena.
La diabetes es una enfermedad que exige una «educación terapéutica». Es decir, el paciente tiene que ser casi un ingeniero de su propio cuerpo. Pero, ¿cómo vas a aprender a ajustar tus dosis de insulina si tu prioridad absoluta es no ser detectado por el sistema? La paradoja es de traca: para estar sano necesitas que el sistema te vea, pero para estar «seguro» (o al menos no deportado), necesitas ser invisible.
El miedo como factor metabólico
Aquí entra la parte científica que me fascina y me horroriza a partes iguales. El cuerpo humano no es una máquina aislada. Cuando una persona vive bajo la amenaza constante de la deportación, su sistema nervioso está en alerta roja 24/7. Esto dispara el cortisol y la adrenalina. Y, vaya, resulta que estas hormonas son las enemigas naturales de la insulina. El cortisol le dice al hígado: «¡Eh, suelta glucosa, que tenemos que salir corriendo!».
Si eres una persona sana, tu páncreas lo gestiona. Si tienes diabetes, tus niveles de azúcar se disparan por las nubes simplemente por el hecho de tener miedo. No hace falta que te hayas comido un pastel de Cierva (ese manjar cartagenero que, por cierto, es una bomba glucémica); basta con que veas un coche de policía al girar la esquina. Es una patología física alimentada por una injusticia administrativa.
¿Qué significa realmente ser deportado cuando estás enfermo?
A menudo escuchamos la palabra «deportación» y pensamos en un trámite legal, un sello en un papel y un viaje de vuelta. Pero si le quitamos el lenguaje de oficina, lo que queda es una ruptura total. Es arrancar a alguien de su red de cuidados. La enfermera Ana Belén lo explica muy bien: en la consulta se crea un vínculo, una confianza. El paciente confía en que su enfermera no lo va a delatar, y la enfermera se deja la piel para que ese paciente entienda su enfermedad.
Cuando se ejecuta una deportación, todo ese trabajo de meses o años se va al traste en un segundo. Y no solo eso. La persona es enviada, en muchos casos, a países donde el acceso a la insulina es un lujo prohibitivo o donde las condiciones de conservación (la cadena de frío, ese gran quebradero de cabeza) son inexistentes. Mandar a un diabético insulino-dependiente a un entorno sin recursos sanitarios es, en la práctica, firmar una sentencia de complicaciones graves a corto plazo: ceguera, insuficiencia renal o algo peor.
La logística del desastre
Imagina el momento. Te detienen. Tienes lo puesto. Quizás llevas tu pluma de insulina en el bolsillo, pero, ¿cuánto te queda? ¿Dos días? ¿Tres? En los centros de internamiento o durante el proceso de expulsión, la atención médica no siempre está garantizada con la especificidad que requiere una enfermedad crónica.
- La falta de suministros: No es solo la insulina, son las agujas, el glucómetro, las tiras…
- La alimentación: En un proceso de deportación, comes lo que te dan. No hay menús adaptados para controlar picos glucémicos.
- La información: A veces, el historial médico no viaja con la persona. El médico que la reciba al otro lado (si es que hay uno) no sabrá qué dosis tomaba o qué complicaciones previas tenía.
Es como si intentaras depurar un código sin tener acceso a los logs ni al repositorio original. Estás a ciegas, intentando arreglar algo que se rompe por momentos.
El papel de la enfermería: más allá de la jeringuilla
La verdad es que me quito el sombrero con los profesionales de atención primaria. En lugares como el Centro de Salud de Valterra, en Lanzarote, se enfrentan a esto cara a cara. No son solo sanitarios; son confidentes, trabajadores sociales improvisados y, a veces, el único ancla de humanidad que tienen estas personas.
Ana Belén Ruiz destaca algo fundamental: la diabetes requiere seguimiento. Si el paciente deja de venir a consulta por miedo, perdemos el control. Y cuando el control se pierde, el paciente acaba en urgencias con una cetoacidosis diabética, lo cual sale mucho más caro al sistema público (por si a alguien solo le importan los números) y es infinitamente más doloroso para el ser humano.
Una anécdota que me contaron hace poco
Si mal no recuerdo, un compañero que trabaja en el puerto de Cartagena me contaba el caso de un chico que llegó en patera. No pedía comida, no pedía mantas. Pedía desesperadamente un sitio frío para guardar un frasquito que llevaba envuelto en trapos húmedos. Era su insulina. Había cruzado el Mediterráneo protegiendo ese vial como si fuera oro líquido, porque sabía que su vida dependía de esos pocos mililitros. Esa es la realidad que no sale en los gráficos de barras de las noticias.
La tecnología como arma de doble filo
Como aquí nos gusta mucho el tema tecnológico, no puedo evitar pensar en cómo la digitalización afecta a este colectivo. Por un lado, tenemos aplicaciones maravillosas para monitorizar la glucosa en tiempo real. Sensores que se pegan al brazo y mandan los datos al móvil. Genial, ¿verdad?
Pero claro, para que eso funcione necesitas un smartphone, conexión a internet y, sobre todo, no tener miedo de que esos datos puedan ser usados para rastrearte. En España, el sistema sanitario está bastante digitalizado, lo cual es una ventaja para la continuidad de cuidados… siempre y cuando no seas una persona en situación irregular que teme que su «huella digital» en el servicio de salud sea el rastro que use la policía para localizarlo.
La verdad es que existe un debate ético profundo sobre el uso de datos biométricos y sanitarios. ¿Deberían estar protegidos bajo llave absoluta, incluso ante requerimientos administrativos de extranjería? Yo creo que sí. La salud debe ser un espacio neutral, como una embajada o una iglesia en la Edad Media. Si el hospital deja de ser un refugio, la gente morirá en sus casas por miedo a ser deportada.
El impacto en la salud pública española
A veces escucho en la barra del bar —ya sabéis, ese sitio donde todo el mundo es experto en todo— que «atender a los de fuera nos arruina». Pues mira, para que nos entendamos, es justo al revés. La medicina preventiva (como el control de la diabetes en atención primaria) es lo que ahorra dinero.
Si una persona deportada o en riesgo de serlo no recibe su tratamiento, acabará colapsando las urgencias de un hospital público con una crisis que costará miles de euros. Tratar una úlcera de pie diabético a tiempo cuesta unos pocos euros en gasas y curas. Una amputación y la posterior rehabilitación cuestan una fortuna. La ética y la economía, por una vez, van de la mano: cuidar es más barato que excluir.
¿Qué pasa en Cartagena?
Aquí en Cartagena, con nuestro puerto y nuestra historia ligada al mar, vemos esto muy de cerca. Somos una puerta de entrada. El Servicio Murciano de Salud hace lo que puede, pero la presión es alta. La labor de las ONGs y de los enfermeros de a pie es lo que mantiene el sistema a flote. Es curioso cómo en una ciudad con tanta historia militar y de fronteras, la verdadera batalla se libra en las salas de espera, con un glucómetro en la mano y mucha paciencia.
La diabetes como metáfora de la vulnerabilidad
Al final del día, la diabetes es una enfermedad que te recuerda constantemente que eres vulnerable. Que dependes de algo externo para vivir. Para una persona migrante, esa vulnerabilidad se multiplica por mil. No solo dependes de la insulina, dependes de la voluntad de un funcionario, de la suerte de no ser parado en un control y de la empatía de una enfermera que decida mirar más allá de tu pasaporte.
La historia que nadie quiere contar, como dice el título del artículo de Ana Belén, es precisamente esa: que estamos dejando que la burocracia decida quién tiene derecho a mantener sus niveles de azúcar estables y quién no. Y eso, amigos, es un fallo de sistema más grave que cualquier kernel panic que hayáis visto nunca.
Reflexiones desde la consulta
Me gustaría rescatar algunos puntos que los expertos en educación terapéutica siempre recalcan y que cobran un sentido especial en este contexto:
- La autonomía del paciente: Es imposible ser autónomo si no sabes dónde vas a dormir mañana.
- El apoyo social: La deportación destruye la familia y los amigos, que son los que te recuerdan que te tomes la pastilla o te ayudan cuando tienes una hipoglucemia.
- La estabilidad emocional: Sin ella, no hay control glucémico posible. La incertidumbre legal es un veneno metabólico.
¿Hay alguna solución técnica o social?
No tengo una varita mágica, y mucho menos después de solo dos cafés. Pero está claro que necesitamos protocolos claros. No puede ser que la atención a un enfermo crónico dependa de si el profesional que le toca ese día es más o menos «sensible» al tema migratorio.
Vaya, que necesitamos una especie de «Modo Incógnito» para la salud. Un sistema donde el derecho a la vida y a la integridad física esté por encima de cualquier ley de extranjería. En algunos países se han propuesto «ciudades santuario» o sistemas de salud con cortafuegos (firewalls, para los amigos del código) que impiden que los datos médicos lleguen a las autoridades migratorias. Es un camino, aunque en España todavía nos queda mucho por recorrer.
Además, la formación es clave. No solo para los médicos, sino para la sociedad. Entender que un deportado enfermo no es un «problema administrativo», sino una persona a la que estamos enviando a una situación de riesgo vital.
Para ir cerrando el chiringuito
La conclusión que saco de todo esto —y perdonad si me he puesto un poco intenso, pero es que el tema lo requiere— es que la salud no puede ser un privilegio de los que tenemos los papeles en regla. La diabetes, como el cáncer o la hipertensión, no te pregunta de dónde vienes antes de atacarte.
El trabajo de profesionales como Ana Belén Ruiz Jiménez en Lanzarote es un faro en medio de mucha oscuridad. Nos recuerda que la enfermería es, ante todo, un acto político de cuidado. Porque decidir cuidar a quien el sistema quiere expulsar es, en sí mismo, un acto de resistencia.
Así que, la próxima vez que leáis un titular sobre deportaciones, pensad en el frío de una nevera que ya no guarda insulina, en el miedo que dispara el azúcar y en la conversación que una enfermera y un paciente no podrán terminar. La verdad es que, como sociedad, tenemos un bug importante en nuestro código ético, y va siendo hora de que nos pongamos a parchearlo.
Y ahora, si me disculpáis, voy a ver si me hago otro café, que este ya se ha quedado más frío que el corazón de un burócrata de fronteras. Nos leemos en la próxima, y recordad: menos muros y más tiras reactivas, que al final todos estamos hechos de la misma glucosa.
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