historia / marzo 26, 2026 / 13 min de lectura / 👁 254 visitas

Un edificio con más cicatrices que un veterano de guerra

Hace unos días, mientras caminaba por las calles de Cartagena y veía cómo el sol de la tarde rebotaba en las piedras del Teatro Romano, me puse a pensar en la cantidad de capas que tiene una ciudad. Aquí en el Mediterráneo estamos acostumbrados a excavar y encontrar una columna romana, una muralla bizantina o un búnker de la Guerra Civil. Pero la verdad es que esa manía de «reutilizar» la historia no es exclusiva de nuestra trimilenaria. Si nos subimos un poco hacia el norte, siguiendo el cauce del Ebro, llegamos a Zaragoza, y allí hay un sitio que me tiene fascinado por cómo han sabido darle una segunda (o tercera) vida a un espacio que estaba destinado al olvido: el Centro de Historias.

La verdad es que el nombre ya te da una pista de que no vas a entrar en un museo al uso, de esos donde te miran mal si haces un poco de ruido con los zapatos. El Centro de Historias de Zaragoza, ubicado en lo que queda del antiguo Convento de San Agustín, es más bien un contenedor de experiencias. Y ojo, que lo de «contenedor» no lo digo por quitarle valor, sino porque es capaz de albergar desde una exposición de origami que te vuela la cabeza hasta una muestra sobre la historia del cine o el arte contemporáneo más oscuro y sugerente.

Para entender lo que pasa hoy dentro de esas paredes, hay que saber de dónde vienen. El Centro de Historias no es un edificio moderno construido de la nada en un solar vacío. Se asienta sobre las ruinas del Convento de San Agustín, un lugar que durante los Sitios de Zaragoza en la Guerra de la Independencia fue, literalmente, el epicentro del caos. Si habéis paseado por Cartagena y habéis visto las marcas de los bombardeos en algunos edificios antiguos, sabréis de lo que hablo. Pero lo de San Agustín fue otro nivel.

Vaya, que el convento quedó prácticamente arrasado. Durante años, lo que quedó en pie se usó para mil cosas: desde cuartel hasta almacén, pasando por periodos de abandono absoluto donde la maleza campaba a sus anchas. Fue ya entrados en el siglo XXI cuando se decidió que ese espacio no podía seguir siendo un agujero negro en el barrio de la Magdalena. La rehabilitación fue valiente. En lugar de intentar reconstruir el convento como si no hubiera pasado nada (lo que en restauración llamamos un «falso histórico»), decidieron integrar las ruinas originales con una arquitectura moderna, de ladrillo visto y líneas rectas, que respeta el pasado pero mira de frente al futuro.

Lo que me gusta de este sitio es que, nada más entrar, notas ese contraste. Tienes la fachada barroca de la iglesia, que se mantiene como un telón de fondo impresionante, y luego entras en unas salas de exposiciones que son funcionales, amplias y perfectas para lo que se cuece hoy en día en el mundo de la cultura. Es un poco como lo que se hizo aquí en Cartagena con el CIM (el antiguo Cuartel de Instrucción de Marinería), que ahora es parte de la Universidad Politécnica. Esa mezcla de piedra vieja y tecnología nueva siempre tiene un punto especial.

«Un día de cine»: La nostalgia que no pesa

Una de las joyas que ha estado ocupando el Centro de Historias recientemente es la exposición «Un día de cine». Y es que, si lo pensamos bien, Zaragoza tiene un idilio con el séptimo arte que viene de lejos. No olvidemos que Eduardo Jimeno Correas grabó allí «Salida de la misa de doce del Pilar» en 1896, que se considera la primera película española. Bueno, hay quien dice que hubo otras antes, pero para los maños, ese es su kilómetro cero cinematográfico.

La exposición no es solo un montón de carteles pegados en la pared. Es un recorrido por cómo el cine ha moldeado nuestra forma de ver el mundo. La verdad es que pasear por allí es como abrir un cajón de recuerdos. Te encuentras con cámaras antiguas que parecen sacadas de una novela de Julio Verne, proyectores que hacían un ruido infernal pero que tenían una magia que el 4K de ahora no huele ni de lejos, y un montón de material gráfico que te explica cómo se vivía el cine cuando ir a la sala era el evento de la semana.

Lo que me llamó la atención es cómo conectan el cine con la educación. No se limitan a decir «mira qué bonita esta cámara», sino que te explican el lenguaje visual. En un mundo donde estamos saturados de vídeos de quince segundos en TikTok, pararse a entender cómo se construye una escena o por qué un encuadre nos hace sentir miedo o alegría es casi un acto de rebeldía. Para los que nos gusta la tecnología, ver la evolución de las ópticas y los sistemas de grabación es una gozada. Es flipante pensar que con la potencia de cálculo que tenemos hoy en un móvil, antes necesitaban camiones enteros de equipo para rodar una escena mediocre.

La mirada de Laura Gracia Romano: Donde habita el olvido

Cambiando totalmente de tercio, pero sin salir del edificio, nos encontramos con propuestas mucho más íntimas. La exposición de Laura Gracia Romano, titulada «Donde habita el olvido», es de esas que te dejan un poco el cuerpo cortado, pero en el buen sentido. La fotografía tiene ese poder: el de detener el tiempo en lugares que ya nadie mira.

Laura se dedica a explorar espacios abandonados, esos sitios que la gente suele evitar porque dan «yuyu» o porque simplemente ya no sirven para nada. Pero ella encuentra una belleza extraña en la decadencia. Paredes desconchadas, muebles cubiertos de polvo, la luz entrando por una ventana rota… Es una reflexión sobre la memoria y sobre cómo los objetos sobreviven a las personas que los usaron. Me recordó mucho a algunas zonas industriales abandonadas que tenemos por la zona de la Unión, cerca de Cartagena, donde las minas y las fábricas se han convertido en esqueletos de hierro y óxido. Hay una poesía muy cruda en el olvido, y esta exposición la captura perfectamente.

La verdad es que, a nivel técnico, el manejo de la luz natural en estas fotos es una lección magistral. No necesita focos artificiales ni grandes retoques digitales; se trata de saber esperar el momento justo en el que el sol ilumina lo que queda de una vida pasada. Es un recordatorio de que, por mucha Inteligencia Artificial que tengamos para generar imágenes perfectas, la realidad, con todas sus imperfecciones y su mugre, sigue teniendo una carga emocional que una máquina todavía no sabe replicar.

Rómulo Royo y «Las Lámpades»: Un viaje al lado oscuro

Si lo de Laura Gracia era realismo puro y duro, lo de Rómulo Royo es harina de otro costal. Su exposición «Las Lámpades» nos lleva a un terreno mucho más fantástico y, por qué no decirlo, un poco inquietante. Royo es un artista con una proyección internacional tremenda, y tener su obra en el Centro de Historias es un lujo.

Su estilo bebe mucho del mundo del cómic, de la ilustración fantástica y del arte clásico. Es una mezcla rara pero que funciona de maravilla. Sus figuras suelen ser femeninas, poderosas, rodeadas de una atmósfera de oscuridad y misterio que te atrapa. Hay algo en su trazo que me recuerda a los grandes maestros del claroscuro, pero con una sensibilidad totalmente del siglo XXI. Ojo con los detalles de sus cuadros; puedes pasarte diez minutos mirando una sola obra y seguir descubriendo matices en las texturas de la piel o en los elementos simbólicos que mete por todas partes.

Para que nos entendamos, es como si cogieras un mito griego, lo pasaras por el filtro de una película de ciencia ficción distópica y lo pintaras con la técnica de un maestro del Renacimiento. No es arte para todos los públicos en el sentido de que no es «decorativo» ni busca ser amable, pero es de lo más estimulante que puedes ver ahora mismo en una sala de exposiciones. Te obliga a preguntarte cosas, a imaginar historias detrás de esas miradas perdidas. Y eso, al final del día, es lo que debería hacer el arte, ¿no?

El Patrimonio: No solo piedras, sino personas

Un punto muy interesante que se ha tratado recientemente en el centro es la gestión y recuperación del patrimonio cultural a través del movimiento asociativo. Esto puede sonar un poco a charla aburrida de despacho, pero nada más lejos de la realidad. Es un tema que aquí en Cartagena nos toca muy de cerca.

La idea principal es que el patrimonio no es algo que pertenezca solo a los ayuntamientos o a los gobiernos. El patrimonio es de la gente. Y muchas veces, son las asociaciones de vecinos o los grupos de entusiastas los que salvan un edificio o una tradición de desaparecer. En la charla que se dio el 18 de abril, se puso el foco en cómo la sociedad civil puede (y debe) implicarse en cuidar lo que es suyo.

Vaya, que si esperamos a que la administración tenga presupuesto y ganas para arreglar cada ermita o cada yacimiento, nos quedamos sin nada. El ejemplo del propio Centro de Historias es clave: si el barrio de la Magdalena no hubiera reclamado ese espacio, quizá hoy sería un bloque de pisos modernos sin alma o un parking. La gestión del patrimonio es una batalla constante contra el tiempo y la desidia, y ver que hay foros donde se discute esto de forma seria me da bastante esperanza.

  • Participación ciudadana: No se trata solo de protestar, sino de proponer usos alternativos para espacios en desuso.
  • Identidad local: Recuperar un edificio es recuperar la historia del barrio.
  • Sostenibilidad: Es mucho más ecológico rehabilitar lo que ya existe que construir de nuevo.

El secreto mejor guardado: El Museo del Origami (EMOZ)

No puedo hablar del Centro de Historias de Zaragoza y no mencionar la Escuela Museo de Origami de Zaragoza (EMOZ). Está en la planta superior y, sinceramente, es una de las cosas más locas y maravillosas que he visto nunca. Y mira que he visto museos raros.

Resulta que Zaragoza tiene una de las asociaciones de papiroflexia más antiguas y activas del mundo. Sí, como lo oyes. Y han conseguido montar el primer museo de origami de Europa en este edificio. Si piensas que el origami es solo hacer barquitos de papel o la típica pajarita (que por cierto, en España tenemos mucha tradición gracias a Unamuno), prepárate para que te explote la cabeza.

Lo que hacen estos artistas es pura ingeniería sin pegamento ni tijeras. Solo papel y manos. He visto figuras de dragones con miles de escamas, rostros humanos con una expresividad que parece imposible de lograr doblando una hoja, y estructuras geométricas que parecen diseñadas por un superordenador de la NASA. De hecho, hay mucha relación entre el origami y la tecnología punta. Los paneles solares de los satélites se pliegan siguiendo patrones de origami para ocupar el mínimo espacio en el cohete y luego desplegarse en el espacio. O los airbags de los coches, que también usan estas técnicas para inflarse de forma eficiente.

En el EMOZ suelen tener exposiciones temporales de artistas internacionales (japoneses, franceses, americanos…) que son auténticas celebridades en este mundillo. Es un sitio que te enseña paciencia y precisión. La verdad es que, después de ver lo que son capaces de hacer con un cuadrado de papel, te dan ganas de irte a casa y probar, aunque lo más probable es que acabes con una bola de papel arrugada y un poco de frustración. Pero oye, el intento vale la pena.

¿Por qué nos fascina tanto doblar papel?

Creo que hay algo muy primario en el origami. Es la creación de complejidad a partir de la simplicidad absoluta. En un mundo donde todo es digital, tocar el papel, sentir su textura y ver cómo una superficie plana se convierte en un objeto tridimensional tiene algo de mágico. Además, es una actividad que une a gente de todas las edades. He visto a niños de cinco años y a señores de ochenta compartiendo mesa y aprendiendo a hacer un pliegue difícil. Eso es cultura real, la que se comparte y se toca.

La Inteligencia Artificial y la gestión cultural: ¿Hacia dónde vamos?

Como redactor que trastea mucho con la tecnología, no puedo evitar preguntarme cómo va a afectar todo esto de la IA a centros como el de Zaragoza. Ya estamos viendo museos que usan algoritmos para personalizar las visitas o para restaurar digitalmente obras dañadas. En el Centro de Historias, que es un lugar tan ecléctico, las posibilidades son infinitas.

Imaginaos una exposición donde una IA analice tus reacciones al ver los cuadros de Rómulo Royo y te sugiera una lista de reproducción musical que encaje con lo que estás sintiendo. O que, mediante realidad aumentada, pudieras ver cómo era el Convento de San Agustín en el siglo XVIII mientras caminas por las salas actuales. No es ciencia ficción; ya hay empresas españolas trabajando en este tipo de experiencias inmersivas.

Pero ojo, que no todo es tecnología. Lo que hace especial al Centro de Historias es el factor humano. Es el conserje que te indica dónde está el ascensor, es el comisario que ha pasado meses pensando cómo colocar las fotos de Laura Gracia para que cuenten una historia, y es el grupo de amigos que se toma un café después de ver una exposición para discutir si les ha gustado o no. La IA puede ser una herramienta increíble para gestionar datos o para ayudarnos en el código de una web cultural, pero el «alma» del sitio sigue siendo analógica.

¿Cómo aprovechar la visita?

Si te dejas caer por Zaragoza y decides visitar el Centro de Historias (que deberías, porque además suele ser gratuito o muy barato), aquí te dejo unos consejos de «amigo»:

  1. No vayas con prisas: El edificio en sí ya merece un rato para observarlo. Fíjate en cómo se unen los materiales viejos con los nuevos.
  2. Sube al Museo de Origami: Aunque no seas muy de manualidades, entra. Te aseguro que vas a salir con la boca abierta.
  3. Mira la agenda: Siempre hay charlas, talleres o ciclos de cine. El Centro de Historias está muy vivo y siempre pasa algo.
  4. Pasea por el barrio: La Magdalena es uno de los barrios con más personalidad de Zaragoza. Después de la dosis de cultura, tómate algo por allí. El ambiente es genial, muy multicultural y auténtico.

Para que nos entendamos, el Centro de Historias es como ese libro que encuentras en una estantería de una librería de viejo: por fuera puede parecer una cosa, pero cuando lo abres te encuentras con un mundo entero que no esperabas. Es un ejemplo perfecto de cómo una ciudad puede cuidar su pasado sin quedarse anclada en él.

La verdad es que me da un poco de envidia (sana, ¿eh?) que tengan un espacio así de polivalente. En Cartagena tenemos sitios increíbles, pero a veces nos falta ese punto de «centro cultural total» donde quepa todo, desde lo más clásico hasta lo más friki. Al final, la cultura es eso: una mezcla de todo lo que somos, de lo que fuimos y de lo que nos gustaría ser.

Al final del día, lo que importa es que estos lugares existan y que la gente los use. Porque un museo vacío es solo un edificio frío, pero un centro lleno de gente discutiendo sobre cine, doblando papel o mirando fotos de lugares olvidados, es un corazón latiendo en medio de la ciudad. Y eso, amigos, no hay algoritmo que lo supere.

Así que ya sabéis, si pasáis por la capital del Ebro, hacedme el favor de pasaros por el antiguo convento de San Agustín. No solo veréis exposiciones; veréis cómo una ciudad ha sabido contar sus historias de una forma diferente. Y quién sabe, igual salís de allí con una pajarita de papel en el bolsillo y una idea nueva en la cabeza. Que de eso se trata todo esto.

¿Te ha gustado este artículo?

unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resuelve la operación para enviar el comentario * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.