Si hace unos años nos dicen que íbamos a pasar de aquel Mundial de Naranjito con 24 equipos a un mastodonte de 48 selecciones, probablemente habríamos pensado que alguien se había pasado con el café o que la FIFA se había vuelto loca de remate. Pero aquí estamos. La realidad es que el fútbol, como casi todo en esta vida dominada por el algoritmo y la escala masiva, ha decidido que «más es mejor». O al menos, más rentable. La verdad es que me pilla escribiendo esto mientras recuerdo las tardes de calor en Cartagena, imaginando cómo se va a gestionar semejante tinglado desde la distancia, porque lo que se nos viene encima en 2026 no es un torneo, es casi una mudanza planetaria.
Hablamos de 104 partidos. Leedlo otra vez: ciento cuatro. Para que os hagáis una idea, si quisiéramos verlos todos seguidos sin dormir, estaríamos más de una semana pegados a la pantalla, con las ojeras llegándonos al suelo. Es una cifra que marea y que cambia por completo la narrativa de lo que conocíamos como «la cita mundialista». Ya no es ese mes intenso donde cada partido cuenta la vida; ahora es una maratón de 39 días que va a poner a prueba nuestra capacidad de atención y, sobre todo, el aguante físico de los jugadores. Vaya, que si ya nos quejamos del calendario en la liga española, lo de este Mundial va a ser para nota.
La gran novedad, el elefante en la habitación, es el salto de 32 a 48 selecciones. Es la mayor ampliación desde que en Francia 98 se pasó a los 32 equipos que tan bien nos sabíamos de memoria. La estructura de ocho grupos de cuatro era perfecta, casi poética. Pero la FIFA ha decidido romper el juguete para meter a más invitados a la fiesta. Al principio se habló de grupos de tres, algo que a los que nos gusta la lógica competitiva nos ponía los pelos de punta (por aquello de los pactos en el último partido), pero finalmente imperó la cordura y tendremos 12 grupos de cuatro equipos.
¿Qué significa esto en la práctica? Pues que vamos a ver selecciones que, con todos mis respetos, antes solo veíamos en los resúmenes de las eliminatorias más exóticas. Para un romántico del fútbol, esto puede diluir un poco el nivel, pero si lo miramos con ojos de analista de datos —esos que tanto nos gustan aquí—, la apertura de mercados es brutal. Ver a países que nunca han tenido la oportunidad de pisar un gran escenario le da un aire de «festival global» que tiene su punto. Eso sí, preparaos para marcadores que pueden parecer más propios de un partido de balonmano en las primeras fases.
- 12 grupos de 4 equipos: Pasan los dos primeros y los ocho mejores terceros. Sí, habéis leído bien, los mejores terceros vuelven a la carga, como en las Eurocopas modernas.
- Dieciseisavos de final: Se añade una ronda eliminatoria más. Ahora, para ganar el Mundial, no habrá que jugar siete partidos, sino ocho. Un esfuerzo extra que a final de temporada puede ser demoledor.
- 39 días de competición: Casi seis semanas de fútbol ininterrumpido. Id avisando en casa o en el trabajo, porque el sofá va a echar humo.
La verdad es que, desde un punto de vista técnico, gestionar el rendimiento de los jugadores en un torneo tan largo es un reto de ingeniería humana. Aquí en España, equipos como el Real Madrid o el Barça ya usan IA para predecir lesiones, pero aplicar eso a 48 selecciones con niveles de preparación tan dispares va a ser un experimento sociológico y médico de primer nivel.
Tres países, una logística de locos y el factor distancia
Si organizar un Mundial en un solo país ya es un dolor de cabeza (que se lo digan a los que gestionaron el 82 aquí), hacerlo en tres países de la magnitud de Estados Unidos, México y Canadá es, directamente, una heroicidad logística. Estamos hablando de cruzar fronteras, husos horarios que te vuelven loco y climas que pasan del calor asfixiante de Ciudad de México al frescor de Toronto en cuestión de horas.
México, que ya es un veterano en estas lides, se llevará 13 partidos. Y ojo, que el partido inaugural será en el mítico Estadio Azteca el 11 de junio. Me imagino ese estadio rugiendo con el México contra Sudáfrica y se me pone la piel de gallina; hay estadios que tienen alma, y el Azteca es uno de ellos. Canadá, por su parte, también tendrá 13 encuentros, debutando en Toronto el 12 de junio contra Bosnia-Herzegovina. El resto, la gran tajada de 78 partidos, se jugará en suelo estadounidense.
Para que nos entendamos: este Mundial no se va a jugar en una sede, se va a jugar en un continente. La logística de desplazamientos para los aficionados va a ser un desafío económico importante. Si ya nos cuesta ir de Cartagena a Madrid en un tren que a veces parece que va a pedales, imaginaos lo que será seguir a la Roja de Seattle a Miami. La huella de carbono de este torneo va a ser un tema de debate intenso, y no es para menos. La tecnología aquí tendrá que echar una mano, no solo en la gestión de vuelos, sino en la optimización de recursos para que esto no sea un desastre medioambiental.
Las sedes: Un despliegue de estadios de ciencia ficción
Estados Unidos aporta 11 sedes, y la verdad es que sus estadios parecen sacados de una película de Marvel. No son solo campos de fútbol; son centros de entretenimiento masivo con pantallas que ocupan medio cielo y sistemas de conectividad que ya quisiéramos en muchos barrios de aquí. México aporta tres sedes (Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey) y Canadá dos (Toronto y Vancouver).
Lo curioso es que, a pesar de tanta modernidad, el fútbol sigue necesitando ese «algo» que solo dan los estadios con historia. Veremos cómo conviven los estadios de la NFL, adaptados para el «soccer», con la tradición futbolera mexicana. Es un choque cultural fascinante. Además, para los que nos gusta el código y la tecnología aplicada, estos estadios van a ser bancos de pruebas para el 5G real, el reconocimiento facial (con toda la polémica que conlleva) y sistemas de arbitraje automático que pretenden que el VAR no tarde tres minutos en decidir si un dedo gordo estaba en fuera de juego.
El impacto en el fútbol español: ¿Cómo nos pilla esto?
A ver, seamos sinceros. En España vivimos el fútbol de una manera muy particular. Aquí, en la Región de Murcia, somos sufridores por naturaleza (un saludo a mis amigos del Efesé), y ver a la selección en un torneo de estas dimensiones nos genera una mezcla de ilusión y pereza logística. La Roja llegará, si todo va bien, con una generación que ya estará en su madurez técnica. Pero el reto no es solo el rival, es el entorno.
Jugar en Estados Unidos implica adaptarse a campos que a veces son de césped artificial (aunque la FIFA exige natural para el Mundial, la base del campo influye) y a dimensiones de terreno de juego que a veces se sienten distintas por la configuración de los estadios de fútbol americano. Además, está el tema del horario. Nos va a tocar trasnochar. Mucho. Preparad las cafeteras porque los partidos importantes nos van a pillar de madrugada en la península. Es casi como volver a los tiempos de Corea y Japón 2002, pero al revés.
La verdad es que la preparación física va a ser la clave. Los clubes españoles, que suelen llegar con mucha carga de partidos a junio, van a tener que negociar muy bien con la Federación. Un Mundial de 39 días y 8 partidos para el finalista es una trituradora de piernas. Si mal no recuerdo, nunca se había exigido tanto a los futbolistas en un periodo tan corto de tiempo tras una temporada regular.
IA y Datos: El Mundial más monitorizado de la historia
Como redactor que trastea con la Inteligencia Artificial a diario, no puedo evitar fijarme en cómo la tecnología va a masticar estos 104 partidos. No se trata solo de ver quién mete más goles, sino de cómo se procesa esa información. En este Mundial, cada jugador llevará sensores que enviarán miles de datos por segundo a nubes de procesamiento en tiempo real. Esto ya se hace, sí, pero la escala de 48 equipos multiplica la complejidad exponencialmente.
Imaginaos el volumen de datos:
- Rendimiento biomecánico: Para prevenir lesiones en un torneo tan largo.
- Análisis táctico en vivo: Los entrenadores tendrán tablets con mapas de calor y sugerencias de cambios basadas en modelos predictivos. Vaya, que el segundo entrenador podría ser perfectamente un algoritmo entrenado con miles de horas de vídeo.
- Experiencia del fan: Desde aplicaciones que te dicen cuál es la cola más corta para comprar un perrito caliente en el estadio de Dallas, hasta realidad aumentada para ver las estadísticas del jugador mientras lo miras con el móvil desde la grada.
Ojo con esto, porque el exceso de tecnología también puede quitarle un poco de «alma» al asunto. A veces, lo que queremos es que un jugador haga una genialidad inesperada, algo que el algoritmo no haya previsto. En Cartagena decimos mucho eso de «echarle riñones», y eso no hay IA que lo compute todavía. Esperemos que, entre tanto sensor y tanta cifra, el talento puro siga teniendo hueco para sorprendernos.
Un repaso a la historia: De Uruguay 1930 a este gigante
Para poner un poco de perspectiva, que siempre viene bien para no perder el norte, conviene recordar de dónde venimos. El primer Mundial en Uruguay tuvo 13 equipos. Trece. Se jugaba casi en familia. Luego pasamos a los 16 equipos, un formato que duró décadas y que muchos consideran la época dorada por la concentración de talento. En España 82 subimos a 24, y aquello ya pareció una revolución. Luego los 32 de Francia 98…
Cada salto ha venido motivado por una mezcla de democratización del deporte y, seamos claros, intereses comerciales. Al final del día, la FIFA es una empresa y quiere que todo el planeta esté pendiente de su producto. Al incluir a más países, te aseguras de que más televisiones compren los derechos y más patrocinadores locales quieran poner su logo. Es un negocio redondo, pero el riesgo es que el Mundial deje de ser «la élite de la élite» para convertirse en una especie de convención global del fútbol.
La conclusión que saco de todo esto es que estamos ante un cambio de paradigma. El Mundial de 2026 no es solo fútbol; es un evento de entretenimiento masivo diseñado para la era de TikTok y el streaming. Partidos cortos (en cuanto a importancia individual en fase de grupos), muchos goles (esperemos) y un bombardeo constante de contenido.
El calendario que nos espera: Fechas clave
Para que no os perdáis en este mar de cifras, aquí tenéis un pequeño esquema de cómo se va a repartir el pastel inicial, según los datos que manejamos:
- 11 de junio: El pistoletazo de salida en Ciudad de México. El equipo anfitrión (México) abre el fuego contra Sudáfrica. Un clásico de las aperturas que siempre tiene su aquel.
- 12 de junio: Doble ración de anfitriones. Canadá debuta en Toronto contra Bosnia-Herzegovina y Estados Unidos hace lo propio contra Paraguay en una sede aún por confirmar del todo, pero que apunta a la zona oeste.
- Fase de grupos: Se extenderá durante las primeras dos semanas y media. Con 12 grupos, habrá días con hasta cuatro o cinco partidos. Una locura para los que intentamos seguirlo todo.
- Ronda de 32 (Dieciseisavos): Aquí empieza lo bueno. El que pierde se va a casa. Es la nueva ronda que se añade y que promete emociones fuertes (y algún que otro susto para las potencias).
La verdad es que el cuadro es tan grande que hasta a los periodistas nos va a costar hacer las cábalas de quién se cruza con quién. Los «ocho mejores terceros» van a dar mucho que hablar, porque podrías clasificarte sin haber ganado casi ningún partido, algo que siempre genera debate en las barras de los bares.
¿Es este el camino a seguir?
A veces me pregunto si no nos estaremos pasando de frenada. En Cartagena, cuando algo es demasiado grande y aparatoso, solemos decir que es un «fregado». Y este Mundial tiene todas las papeletas para ser el mayor fregado de la historia del deporte. Por un lado, me encanta la idea de que países pequeños tengan su momento de gloria. Por otro, me da miedo que la fase de grupos se haga eterna y que lleguemos a las eliminatorias ya cansados de tanto fútbol.
Pero bueno, al final del día, el fútbol tiene esa capacidad mágica de hacernos olvidar las cifras y centrarnos en el balón. Cuando pite el árbitro en el Azteca, nos dará igual si hay 48 o 100 equipos; solo querremos que empiece el espectáculo. Eso sí, id preparando el cuerpo, porque este Mundial de 104 partidos va a ser una prueba de resistencia para todos.
Para que nos entendamos, este torneo va a ser como una de esas bodas a las que invitas a todo el mundo: primos lejanos, vecinos, compañeros de trabajo de hace diez años… Puede que sea un caos, puede que la comida tarde en llegar, pero seguro que habrá anécdotas para contar durante décadas. Y aquí estaremos para analizarlas, probablemente con un ojo en el código de las aplicaciones de estadísticas y otro en la pantalla, sufriendo con cada jugada como si nos fuera la vida en ello.
En definitiva, el Mundial de 2026 será recordado por sus cifras astronómicas, pero espero que también lo sea por el fútbol. Porque entre tanto estadio de cristal, tanta IA y tanto viaje transcontinental, lo que importa es que el balón ruede y que, por un momento, el mundo entero se detenga a mirar. Aunque esta vez, ese «momento» dure casi 40 días.
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