Ayer me pillasteis terminando el tercer café de la mañana, de esos que te dejan el pulso un poco acelerado pero la mente lista para conectar puntos que, a priori, no tienen nada que ver. Estaba mirando por la ventana hacia el Arsenal de Cartagena, pensando en cómo los muros de esta ciudad respiran más historia que muchos libros de texto, y me puse a navegar por los archivos de la UNED. La verdad es que a veces uno se pierde en el ruido de las redes sociales y olvida que hay rincones donde el conocimiento se cocina a fuego lento. Y es que, si nos paramos a pensar, la historia no es algo que pasó y ya está; es algo que nos está pasando ahora mismo, mientras decidimos qué IA usar para planificar las vacaciones o mientras recordamos por qué votamos lo que votamos.
Me topé con una serie de contenidos que me hicieron reflexionar sobre esa extraña mezcla entre lo que fuimos, lo que contamos y cómo la tecnología está metiendo las narices en todo esto. Desde la Revolución de los Claveles hasta el uso de algoritmos para entender el turismo cultural, parece que todo está conectado por un hilo invisible. Así que, poneos cómodos, que hoy vamos a dar un paseo por esos retazos de memoria que, aunque parezcan lejanos, nos explican bastante bien por qué hoy somos como somos.
Hay fechas que se quedan grabadas no por lo que dicen los manuales, sino por lo que significaron para la gente de a pie. El 25 de abril de 1974 en Portugal es una de ellas. Vaya, que si le preguntas a alguien que viviera la transición en España, te dirá que lo que pasó en el país vecino fue como un soplo de aire fresco que cruzó la frontera. La Revolución de los Claveles no fue solo un golpe de Estado; fue una lección de civismo donde los fusiles terminaron con flores en la punta. Casi nada.
Lo que me fascina de este episodio, y que a menudo olvidamos, es la rapidez con la que un régimen que parecía eterno se desmoronó. En España, mientras tanto, mirábamos de reojo. Aquí en Cartagena, con nuestra tradición militar y portuaria, imagino que las noticias que llegaban por radio debían de sonar a ciencia ficción. ¿Militares rebelándose para traer la democracia? Era un cambio de paradigma total. La UNED rescataba hace poco esta efeméride, y la verdad es que ver esos claveles rojos nos recuerda que la libertad es algo frágil que, a veces, florece de la forma más inesperada.
Para que nos entendamos: Portugal nos enseñó que el cambio era posible sin necesidad de un baño de sangre. Fue un espejo donde la sociedad española se miró con envidia y esperanza. Y es que, al final del día, la historia de la península es una historia compartida, aunque a veces nos empeñemos en vivir de espaldas los unos de los otros.
Delibes, el voto rural y esa España que se nos escapa
Cambiando un poco de tercio, pero sin salirnos de la memoria colectiva, me encontré con una joya: una reflexión sobre «El disputado voto del señor Cayo», de Miguel Delibes. Si no habéis leído el libro o visto la película, ya estáis tardando. Trata sobre la llegada de la política moderna a los pueblos olvidados de la España profunda durante las primeras elecciones democráticas. Es, básicamente, el choque entre dos mundos: el de los políticos de ciudad con sus discursos preparados y el del señor Cayo, que sabe cuándo va a llover y cómo cuidar la tierra, pero al que la «alta política» le suena a música celestial.
Ojo con esto, porque el tema del derecho de participación que se debate a propósito de esta obra es más actual que nunca. Seguimos hablando de la España vaciada, de cómo los votos en Soria o en el interior de Murcia no valen lo mismo, o de cómo la comunicación política a veces ignora la realidad de quien tiene las manos manchadas de barro. Delibes, que era un genio para captar el alma humana, nos puso delante un espejo que todavía nos devuelve una imagen un poco incómoda.
La verdad es que, cuando escuchas a los expertos de la UNED hablar sobre el derecho de participación, te das cuenta de que votar no es solo meter un papel en una urna. Es un acto de reconocimiento. El señor Cayo no necesitaba que le explicaran qué era la democracia; necesitaba que la democracia entendiera su forma de vida. Y me temo que, décadas después, seguimos en las mismas.
Shakespeare y las relecturas que nunca terminan
Y ya que hablamos de literatura y poder, no puedo dejar pasar el tema de Shakespeare. Parece que el bardo inglés siempre tiene algo que decir, ¿verdad? Pero lo interesante es cómo se le relee hoy en día desde una perspectiva religiosa. A veces pensamos en Shakespeare como un autor puramente laico o político, pero sus obras están empapadas de las tensiones religiosas de la Inglaterra de su tiempo. Esa lucha entre el catolicismo oculto y el protestantismo oficial es el caldo de cultivo de muchas de sus tragedias.
Si mal no recuerdo, en obras como Hamlet o Macbeth, la culpa y la redención no son solo recursos dramáticos, sino reflejos de una sociedad que estaba cambiando de piel. Es curioso cómo un autor del siglo XVI puede ayudarnos a entender las tensiones ideológicas actuales. Al final, los grandes temas (el poder, la traición, la fe) no tienen fecha de caducidad. Son como las piedras del Teatro Romano de aquí de Cartagena: pueden pasar dos mil años, pero si te sientas en ellas, todavía sientes que tienen algo que contarte.
La disputa del Nuevo Mundo: Madrid como epicentro documental
A veces olvidamos que la historia no solo está en los monumentos, sino en los papeles. Madrid, por ejemplo, custodia una cantidad ingente de patrimonio documental sobre lo que se llamó la «Disputa del Nuevo Mundo». No se trata solo de la conquista, sino del debate intelectual que generó. ¿Tenían alma los indígenas? ¿Era lícito el dominio español? Estos debates, que hoy nos parecen obvios, fueron la base del derecho internacional moderno.
Es fascinante pensar que en archivos madrileños se guardan las cartas, los legajos y las crónicas que intentaban dar sentido a un mundo que, de repente, se había vuelto el doble de grande. Para los investigadores noveles que están ahora buceando en estos documentos, el reto es inmenso. No es solo leer caligrafía antigua; es entender la mentalidad de gente que creía estar cumpliendo una misión divina mientras, en realidad, estaba sentando las bases de la globalización.
Y aquí es donde entra mi vena cartagenera. Siempre me he preguntado cuántos de esos barcos que iban y venían de América pasaron por nuestras costas, o cuántos marineros de aquí dejaron sus huesos en tierras extrañas. La historia de América en Madrid es, en realidad, la historia de todos nosotros, un patrimonio compartido que a veces nos cuesta reconocer sin caer en leyendas negras o rosas. La realidad, como siempre, tiene muchos más matices de gris.
Cuando la IA se va de museos: El futuro del turismo cultural
Vale, vamos a dar un salto al presente más absoluto. ¿Quién nos iba a decir que estaríamos hablando de Inteligencia Artificial aplicada al turismo cultural? Pues sí, y es un tema que me toca de cerca porque, como sabéis, me encanta trastear con código y ver cómo la tecnología puede hacernos la vida más fácil (o al menos más interesante).
Se está realizando una revisión sistemática sobre cómo la IA generativa puede transformar la experiencia de visitar un museo o una ciudad histórica. Imaginaos esto: vas paseando por la calle Mayor de Cartagena, te pones unas gafas de realidad aumentada (o simplemente usas tu móvil) y una IA, entrenada con miles de documentos históricos, te explica qué había exactamente en ese solar hace trescientos años. Pero no con una voz robótica y aburrida, sino con una narrativa adaptada a tus intereses. Si te gusta la arquitectura, te hablará de los capiteles; si te gusta el cotilleo histórico, te contará quién vivía en el palacio de enfrente y con quién se llevaba mal.
Pero no todo es tan bonito. Hay retos importantes que los investigadores están analizando:
- La veracidad de los datos: Ya sabemos que las IAs a veces «alucinan». Imagínate que te dice que el Submarino Peral se inventó en el siglo XVIII. Un desastre.
- La deshumanización: ¿Queremos que un algoritmo nos cuente nuestra historia o preferimos el toque humano de un guía que le pone pasión a lo que dice?
- El sesgo algorítmico: Si la IA solo se entrena con fuentes anglosajonas, ¿cómo va a entender la idiosincrasia de un pueblo del Mediterráneo?
La verdad es que el potencial es enorme. En empresas españolas ya se están probando chatbots que actúan como guías personalizados en museos de Madrid o Barcelona. Es una forma de democratizar el acceso a la cultura, pero hay que hacerlo con cabeza. No se trata de sustituir la historia por un espectáculo de luces y sombras, sino de usar la tecnología para que el pasado nos hable de forma más clara.
Carolus Clusius: El botánico que conectó Iberia con los Países Bajos
A veces la historia se escribe con flores, y no me refiero a los claveles de Portugal, sino a la botánica pura y dura. Carolus Clusius fue un señor que, en el siglo XVI, se dedicó a recorrer la península ibérica buscando plantas. Puede parecer un hobby tranquilo, pero en aquella época era casi una misión de espionaje industrial. Las plantas eran medicina, eran especias, eran dinero.
Clusius fue el responsable de que los tulipanes llegaran a los Países Bajos (sí, la famosa fiebre de los tulipanes empezó en parte gracias a él), pero lo que nos interesa es su paso por España. Documentó especies que nadie había descrito antes y creó redes de intercambio de conocimiento que saltaron por encima de las guerras y las fronteras religiosas. Es un ejemplo temprano de que la ciencia no entiende de banderas.
Me gusta imaginar a Clusius recolectando muestras por las sierras de España, quizás pasando calor, quizás quejándose de la comida, pero siempre con el ojo puesto en la siguiente planta. Es esa curiosidad insaciable la que hace avanzar al mundo. Y es curioso cómo su legado sigue vivo en los jardines botánicos de media Europa. Al final, un tipo que buscaba flores terminó conectando economías y culturas de una forma que ni él mismo podía imaginar.
La comunicación y el periodismo: Entrevista a Juan Cruz
No podemos hablar de historia sin hablar de quién la cuenta. El periodismo es, como dicen algunos, el primer borrador de la historia. Hace poco escuchaba una entrevista a Juan Cruz, una de las voces más reconocibles del periodismo español, y me quedé con una idea: la importancia de la memoria y de la palabra precisa.
En estos tiempos de titulares clickbait y noticias que duran cinco minutos, el periodismo de fondo parece una especie en extinción. Cruz hablaba de la necesidad de escuchar, de dedicar tiempo a las personas y de no perder el norte en medio de tanta tecnología. Y tiene razón. Podemos tener la mejor IA del mundo, pero si no sabemos hacer las preguntas adecuadas, solo obtendremos respuestas vacías.
La comunicación es lo que nos permite heredar el conocimiento. Si los actos de graduación de la Facultad de Filología de la UNED (que también son noticia estos días) sirven para algo, es para lanzar al mundo a gente capaz de manejar el lenguaje con cuidado. Porque, vaya, que las palabras pueden construir puentes o levantar muros. Y en la historia de España, hemos tenido de ambos en cantidades industriales.
Un pequeño fragmento de código para la posteridad
Como sé que por aquí hay mucho techie suelto, no he podido resistirme a pensar cómo estructuraríamos una pequeña base de datos histórica si quisiéramos catalogar estos eventos. Algo sencillo, en Python, solo por el gusto de ver cómo el orden digital intenta contener el caos del pasado.
# Un pequeño catálogo de hitos históricos para nuestro blog
hitos_historicos = [
{"evento": "Revolución de los Claveles", "año": 1974, "lugar": "Portugal", "impacto": "Alto"},
{"evento": "Publicación El disputado voto del señor Cayo", "año": 1978, "lugar": "España", "impacto": "Cultural"},
{"evento": "Expedición botánica de Clusius", "año": 1564, "lugar": "Iberia", "impacto": "Científico"},
{"evento": "Implementación IA en Turismo", "año": 2024, "lugar": "España", "impacto": "Tecnológico"}
]
def reflexionar_sobre_historia(lista_hitos):
for hito in lista_hitos:
print(f"Pensando en el año {hito['año']}...")
if hito['impacto'] == "Alto":
print(f"Vaya, el evento '{hito['evento']}' realmente cambió las cosas en {hito['lugar']}.")
else:
print(f"El evento '{hito['evento']}' nos dejó una huella de tipo {hito['impacto']}.")
reflexionar_sobre_historia(hitos_historicos)
Es una tontería, lo sé, pero me sirve para ilustrar que, al final, todo es información. Lo que nos diferencia de una máquina es la capacidad de sentir un escalofrío cuando leemos sobre la valentía de los capitanes de abril en Portugal o la melancolía del señor Cayo viendo cómo su mundo se apaga.
Cartagena: Un microcosmos de la historia universal
No puedo terminar este artículo sin barrer un poco para casa. Todo lo que he mencionado (la política, la religión, la ciencia, la tecnología) se cruza de alguna manera en las calles de Cartagena. Cuando hablamos de la «Disputa del Nuevo Mundo», no puedo evitar pensar en nuestro puerto, que ha visto salir y entrar a tantas flotas. Cuando hablamos de IA y turismo, pienso en cómo nuestro Teatro Romano ha pasado de estar enterrado bajo un barrio humilde a ser una de las joyas arqueológicas de España gracias, en parte, a las técnicas modernas de reconstrucción y gestión.
Incluso la Revolución de los Claveles tiene un eco lejano aquí. Cartagena siempre ha sido una ciudad con un carácter propio, un poco rebelde (recordad la Revolución Cantonal, que eso sí que fue una historia de película), y siempre atenta a los vientos de cambio que vienen del mar. La historia no es algo que pasa en Madrid o en Londres; pasa en cada esquina donde alguien se detiene a recordar.
La verdad es que, después de revisar todos estos contenidos de la UNED, me queda una sensación agridulce. Por un lado, es increíble todo lo que hemos avanzado y la cantidad de herramientas que tenemos para preservar el pasado. Por otro, me doy cuenta de que seguimos tropezando con las mismas piedras: la falta de entendimiento, el olvido de nuestras raíces rurales o la fascinación ciega por la última novedad tecnológica sin pararnos a pensar en las consecuencias.
Al final del día, lo que nos queda es la curiosidad. Esa necesidad de seguir preguntando «¿por qué?». Ya sea a través de un libro de Delibes, de una crónica de Juan Cruz o de un algoritmo de IA, el objetivo es el mismo: entendernos un poco mejor. Y si para eso hace falta tomarse cuatro cafés y escribir un post de tres mil palabras, pues se hace y punto. Porque una sociedad que no conoce su historia está condenada a… bueno, ya sabéis cómo termina la frase, y no quiero sonar a cliché de profesor de instituto.
Así que, la próxima vez que paséis por delante de un edificio antiguo o leáis una noticia sobre un nuevo avance tecnológico, deteneos un segundo. Pensad en el hilo invisible que une a Clusius con los ingenieros de software actuales, o al señor Cayo con los debates parlamentarios de hoy. La historia está viva, amigos, y nosotros somos los que tenemos que mantenerla despierta. Vaya, que si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo va a hacer?
Me voy a por el cuarto café, que este tema me ha dejado con ganas de seguir investigando. ¡Nos leemos en la próxima!
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