historia / marzo 27, 2026 / 10 min de lectura / 👁 129 visitas

El peso de la tradición romana (la de verdad)

Seguro que te ha pasado alguna vez. Vas caminando por la Calle Mayor de Cartagena, levantas la vista para ver cuánto falta para el aperitivo y, al mirar el reloj de algún edificio antiguo o el de tu propia muñeca si eres de los que aún prefieren lo analógico, algo te chirría. No es que el reloj esté parado, es que el número cuatro no es un «IV», sino un «IIII».

La primera reacción suele ser pensar que el fabricante no terminó la primaria o que se quedó sin espacio. Pero la realidad es que ese «IIII» lleva ahí siglos y tiene mucho más sentido del que parece a simple vista. No es un error tipográfico perpetuado por la desidia, sino una mezcla curiosa de estética, economía medieval y hasta un poco de superstición religiosa. Vamos a desgranar por qué, en pleno siglo XXI, seguimos aceptando que 1+1+1+1 es la forma correcta de escribir cuatro en una esfera, aunque en el colegio nos dieran un tirón de orejas por no usar la resta.

A veces tendemos a pensar que los romanos tenían un manual de estilo de la RAE para sus números y que este era inamovible. La verdad es que, si le preguntaras a un centurión destinado en la antigua Carthago Nova, probablemente te diría que eso de escribir «IV» le suena a modernidad innecesaria. En la época de la República y durante gran parte del Imperio, la forma aditiva (IIII) era mucho más común que la sustractiva (IV).

Los romanos eran gente práctica, pero también muy respetuosa con sus dioses. Y aquí entra la primera teoría, que tiene un tinte casi sagrado. En latín, el nombre del dios Júpiter se escribe IVPITER. Usar las dos primeras letras de su nombre (IV) para contar ovejas o marcar las horas en un reloj de sol se consideraba, como poco, una falta de respeto. Era como usar el nombre de Dios en vano para algo tan mundano como el tiempo. Así que, por si acaso el dios del trueno se enfadaba, prefirieron quedarse con el IIII y evitarse problemas meteorológicos.

Además, el sistema sustractivo que estudiamos hoy en los libros de texto no se estandarizó del todo hasta bien entrada la Edad Media. Para los antiguos, era mucho más intuitivo ver cuatro palitos y sumarlos que ver uno antes de un cinco y tener que hacer una operación mental, por sencilla que fuera. La verdad es que, cuando estás a pleno sol en el puerto de Cartagena descargando ánforas, lo último que quieres es ponerte a restar números romanos.

La armonía visual: El secreto de los maestros relojeros

Si dejamos de lado la religión y nos metemos en el taller de un artesano del siglo XVIII, la razón del IIII cambia por completo. Aquí ya no hablamos de dioses, sino de equilibrio y simetría. Fíjate bien en la esfera de un reloj que use números romanos.

Si dividimos el reloj en tres partes iguales, tenemos una distribución de caracteres muy curiosa:

  • Los primeros cuatro números (I, II, III, IIII) usan exclusivamente el símbolo «I».
  • Los siguientes cuatro (V, VI, VII, VIII) usan el símbolo «V».
  • Los últimos cuatro (IX, X, XI, XII) usan el símbolo «X».

Esta división crea una armonía visual que el ojo agradece, aunque no sepa por qué. Pero hay más. El número que está justo enfrente del cuatro en la esfera es el ocho (VIII). Si usáramos «IV», el lado derecho del reloj se vería «ligero» o descompensado frente a la pesadez visual de los cuatro caracteres del «VIII». Al usar «IIII», ambos lados mantienen un peso gráfico similar. Es puro diseño de interfaz, pero aplicado a una tecnología de hace quinientos años.

Vaya, que los relojeros eran los diseñadores de UX de su época. Sabían que la legibilidad y el equilibrio eran fundamentales para que alguien pudiera leer la hora de un vistazo rápido mientras cruzaba la plaza del Ayuntamiento.

La economía de los moldes: Ahorrando pesetas (o maravedíes)

Esta es mi teoría favorita porque apela a la picardía y al ahorro, algo muy nuestro. Imagina que eres un fundidor de metales en la España del siglo XVI y te encargan fabricar los números para el reloj de una torre. Tienes que crear moldes para fundir el plomo o el bronce.

Si usas el formato «IIII» y «VIIII» (que a veces también se usaba para el nueve, aunque menos), puedes optimizar los moldes de una forma brillante. Para hacer un juego completo de números del I al XII usando el cuatro como «IIII», necesitas un molde que contenga:

  • Veinte símbolos «I»
  • Cuatro símbolos «V»
  • Cuatro símbolos «X»

¿Por qué es esto importante? Porque con un solo molde que tuviera una «V», cinco «I» y una «X», podías fundir todo lo necesario haciendo cuatro pasadas exactas. Si usaras el «IV», la cuenta se descuadra y te sobrarían piezas o tendrías que crear moldes más complejos y desperdiciar material. En una época donde el metal era caro y el trabajo manual aún más, la eficiencia mandaba. Al final del día, el IIII era simplemente más barato de fabricar.

Un pequeño inciso para los amantes del código

Si estuviéramos programando un script sencillo en Python para generar las etiquetas de un reloj digital con estética retro, probablemente caeríamos en el error de usar una función de conversión estándar que nos devolvería «IV». Ojo con esto, porque si queremos ser fieles a la tradición relojera, tendríamos que meter un if específico para el caso del 4.

def convertir_a_romano_relojero(numero):
    if numero == 4:
        return "IIII"
    # ... resto de la lógica de conversión estándar
    return romano_estandar(numero)

Es un detalle tonto, pero es lo que diferencia a un desarrollador que solo pica código de uno que entiende el contexto cultural de lo que está construyendo. La tecnología no vive en el vacío, y menos en ciudades con tanta solera como la nuestra.

Reyes, caprichos y leyendas urbanas

Como en toda buena historia que se precie, no faltan las anécdotas sobre reyes con poco aguante para la corrección gramatical. Se cuenta que Carlos V de Francia (no confundir con nuestro Carlos I y V de Alemania, que bastante tenía con lo suyo) le recriminó a un relojero que hubiera puesto «IV» en el reloj de la torre del Palacio de Justicia de París.

El artesano, valiente él, le explicó que «IV» era lo correcto según la norma. A lo que el rey, con esa sutileza que caracteriza a los monarcas absolutos, respondió: «Un rey nunca se equivoca». Y claro, el relojero, que apreciaba su cuello más que su ortografía, cambió el número a «IIII».

Hay otra versión similar que apunta a Luis XIV, el Rey Sol. Se dice que prefería el «IIII» porque le parecía más majestuoso y porque, de nuevo, evitaba las letras de Júpiter. Sea verdad o leyenda, lo cierto es que la influencia de la corte francesa en la relojería europea fue inmensa, y si el rey decía que el cuatro se escribía con cuatro palos, así se escribía en todo el continente.

El reloj del Arsenal de Cartagena: Un testigo mudo

No puedo hablar de relojes y de historia sin barrer para casa. Si te das una vuelta por el Arsenal Militar de Cartagena, verás uno de los relojes más emblemáticos de la ciudad. Aunque el actual es una maquinaria más moderna, la tradición de la cartelería y la señalética en una ciudad tan ligada a la ingeniería naval siempre ha respetado estos cánones.

La verdad es que Cartagena es un museo vivo de la evolución técnica. Desde los romanos que fundaron Qart Hadasht hasta los ingenieros que diseñaron el submarino de Isaac Peral, siempre hemos tenido un pie en la tradición y otro en la vanguardia. El uso del «IIII» en nuestros edificios históricos no es más que un guiño a ese pasado romano que todavía respiramos cuando pasamos cerca del Teatro Romano o de la Muralla Púnica.

Es curioso cómo un detalle tan pequeño puede conectar la ingeniería naval del siglo XVIII con las creencias de un ciudadano romano del siglo I. Para que nos entendamos: el «IIII» es el «legacy code» más antiguo y exitoso de la historia de la humanidad. Nadie lo borra porque, sencillamente, funciona y queda bien.

¿Por qué el nueve sí es «IX»?

Esta es la pregunta del millón. Si usamos «IIII» por equilibrio y simetría, ¿por qué no usamos «VIIII» para el nueve? La respuesta corta es que, a veces, sí se usaba. Hay relojes antiguos, especialmente de sol, donde puedes encontrar el «VIIII».

Sin embargo, en la relojería mecánica se impuso el «IX» por una cuestión de contraste. El nueve está en la parte izquierda de la esfera, una zona donde el diseño empieza a cerrarse hacia el doce. Usar «VIIII» ahí arriba habría quedado demasiado abigarrado, dificultando la lectura rápida. Además, el «IX» crea un espejo visual con el «III» del lado opuesto, manteniendo esa obsesión por el equilibrio que mencionaba antes.

La conclusión que saco de todo esto es que la estética siempre ha tenido un peso enorme en la tecnología, incluso cuando la tecnología eran solo engranajes de madera y pesas de plomo. No todo es lógica pura; a veces, que algo «se vea bien» es razón suficiente para saltarse las normas.

La persistencia en la era digital

Lo más gracioso de todo esto es que, si te compras hoy un smartwatch de última generación, de esos que te miden hasta el nivel de cafeína en sangre, y le pones una esfera analógica clásica, lo más probable es que veas el «IIII».

Apple, Samsung, Huawei… todos los gigantes tecnológicos han pasado por este aro. Podrían haber usado el «IV» perfectamente, pero saben que un reloj con un «IV» romano se siente «raro» para el consumidor. Hemos interiorizado tanto esta anomalía histórica que la corrección nos parece un error. Es un caso fascinante de cómo la tradición moldea nuestra percepción de la realidad, incluso cuando esa tradición nació de un ahorro de costes en una fundición medieval.

Incluso en el desarrollo de interfaces para aplicaciones móviles que simulan relojes, los diseñadores suelen optar por el «IIII». No es por desconocimiento, es por respeto a un lenguaje visual que lleva funcionando más de medio milenio. Si funciona, no lo toques, que diría cualquier programador después de tres cafés.

Para que no te quedes con la duda

Al final del día, la historia del cuatro romano en los relojes es un recordatorio de que el progreso no siempre significa borrar el pasado. A veces, arrastramos pequeñas «manías» históricas que hacen que nuestro entorno sea un poco más rico y menos monótono.

Así que, la próxima vez que estés en Cartagena, o en cualquier otra ciudad con solera, y alguien te diga: «Oye, ese reloj está mal, han puesto cuatro palos en vez de un IV», ya tienes tema de conversación para rato. Puedes hablarle de Júpiter, de los moldes de metal o de los caprichos de los reyes franceses.

Y es que, la verdad, es mucho más divertido vivir en un mundo donde el tiempo se marca con un poco de historia y un toque de rebeldía gramatical. Porque, seamos sinceros, si todo fuera perfectamente lógico y simétrico, la vida sería bastante más aburrida, ¿no crees?

Por cierto, si mal no recuerdo, hay un reloj en una de las iglesias del casco antiguo de Cartagena que rompe esta regla, pero eso ya es otra historia para otro día. De momento, quédate con que ese «IIII» no es un error, es una declaración de principios de los maestros relojeros que, hace siglos, decidieron que el arte y la economía estaban por encima de las reglas del latín de instituto.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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