cartagena / febrero 6, 2026 / 11 min de lectura / 👁 231 visitas

El anfiteatro de Cartagena

El anfiteatro de Cartagena

Si alguna vez has paseado por las inmediaciones del Campus de la Muralla del Mar o has bajado hacia el puerto de Cartagena, seguro que te has quedado mirando esa estructura un tanto extraña que parece un híbrido entre una plaza de toros y una ruina de Indiana Jones. No es una alucinación por el exceso de sol cartagenero, ni el resultado de un arquitecto que no sabía muy bien qué estaba haciendo. Lo que tienes ante tus ojos es uno de los mayores rompecabezas arqueológicos de España: el Anfiteatro Romano de Carthago Nova, sepultado —literalmente— bajo la Plaza de Toros de la ciudad.

La verdad es que la historia tiene estas ironías. Mientras que el Teatro Romano se llevó toda la gloria (y el presupuesto) durante décadas, el Anfiteatro se quedó ahí, aguantando el peso de una plaza de toros decimonónica, esperando su turno. Pero ojo, que ese turno ha llegado. Recientemente se ha anunciado una nueva inversión de unos dos millones de euros para seguir excavando, y la cosa se está poniendo realmente interesante. No solo por lo que estamos viendo, sino por lo que sospechamos que ocurrió allí dentro hace dos mil años. Y es que, cuando hablamos de anfiteatros en ciudades portuarias como la nuestra, la pregunta del millón siempre sale a relucir: ¿hubo batallas navales aquí dentro? ¿Se llenó de agua este recinto para que los romanos disfrutaran de las famosas naumaquias?

Un anfiteatro que juega al escondite

Para entender la magnitud del asunto, hay que situarse. Carthago Nova no era una ciudad cualquiera; era la joya de la corona romana en el Mediterráneo occidental. Tenía teatro, tenía foro, tenía termas y, por supuesto, tenía que tener un anfiteatro a la altura. Construido allá por el siglo I a.C., en época de Augusto, este edificio era el lugar donde la sangre y el espectáculo se daban la mano. Pero a diferencia de otros anfiteatros que se ven desde kilómetros, el de Cartagena está «atrapado».

La decisión de construir la Plaza de Toros en 1854 justo encima del anfiteatro fue, cuanto menos, curiosa. Visto con ojos de hoy, nos parece un sacrilegio, pero en aquel entonces era puro pragmatismo: ya tenían la forma elíptica hecha y parte de los muros servían de cimentación. El resultado es una especie de «matrioshka» arquitectónica donde las gradas de los toreros descansan sobre las bóvedas de los gladiadores. Lo bueno es que esa misma plaza de toros ha servido de «caparazón» protector, conservando estructuras que, de otro modo, habrían acabado convertidas en grava para construir casas en el Barrio de la Concepción.

La excavación actual es un encaje de bolillos. No se trata solo de sacar tierra; se trata de decidir qué parte de la plaza de toros se mantiene (porque ya es un edificio histórico por derecho propio) y qué parte del anfiteatro se recupera. Es una convivencia armónica, o al menos eso es lo que intentan los arqueólogos. La idea es que el visitante pueda entender ambas épocas de un solo vistazo. Algo así como ver un código fuente de PHP antiguo conviviendo con una implementación moderna de React; un caos que, si se ordena bien, funciona de maravilla.

El mito y la realidad de las naumaquias

Aquí es donde la cosa se pone emocionante. Las naumaquias (del griego naumachía, literalmente «combate naval») eran el espectáculo definitivo del mundo romano. Olvidaos de los gladiadores dándose mandobles en la arena seca; esto consistía en inundar el recinto y meter barcos de guerra reales para que se despedazaran entre ellos. Era el equivalente romano a una superproducción de Hollywood con efectos especiales prácticos.

¿Pudo el anfiteatro de Cartagena albergar algo así? La respuesta corta es: es complicado, pero no imposible. La respuesta larga requiere que analicemos la ingeniería de la época y la ubicación del edificio. Cartagena, por aquel entonces, estaba rodeada de agua por casi todas partes gracias al Almarjal (esa zona pantanosa que hoy es poco más que un recuerdo). Teníamos el puerto a un tiro de piedra y una infraestructura hidráulica que ya quisieran muchos municipios hoy en día.

Para que un anfiteatro pudiera albergar una naumaquia, necesitaba tres cosas fundamentales:

  • Un sistema de drenaje y llenado masivo: No basta con abrir un grifo. Necesitas canales de gran diámetro capaces de meter miles de metros cúbicos de agua en poco tiempo y, lo más importante, sacarlos rápido para que el edificio no se convierta en una piscina de lodo putrefacto.
  • Impermeabilización: La arena del anfiteatro tenía que estar sellada. Los romanos usaban una mezcla de cal y puzolana (el famoso opus signinum) que era prácticamente impermeable.
  • Cimentación a prueba de presión: El agua pesa mucho. Si llenas un recinto de este tamaño, la presión lateral sobre los muros es brutal.

En el caso de Cartagena, algunos investigadores han señalado la proximidad al mar y la existencia de grandes colectores como indicios de que, al menos, se consideró la posibilidad. Imaginaos la escena: el público cartagenero, con su túnica bien puesta y su abanico (porque aquí el calor no perdona ni en octubre), viendo cómo el centro de la ciudad se convierte en un trozo de mar donde las galeras chocan entre sí. Sería el tema de conversación en las tabernas del puerto durante meses.

Ingeniería romana frente a la tecnología actual

A veces pecamos de soberbios pensando que con nuestra tecnología actual somos los reyes del mambo, pero los ingenieros romanos que diseñaron Carthago Nova eran unos auténticos genios del algoritmo físico. Si hoy usamos herramientas de modelado 3D y escáneres LIDAR para entender cómo se distribuían las cargas en el anfiteatro, ellos lo hacían a base de geometría pura y una observación del terreno que ya nos gustaría.

La gestión del agua en una ciudad como la Cartagena romana era una prioridad absoluta. No solo por las posibles naumaquias, sino por la higiene pública. Los arqueólogos están encontrando canales que son auténticas autopistas de agua. En las fases de excavación financiadas por el Ayuntamiento y el Ministerio de Cultura, se está prestando mucha atención a estos niveles inferiores. Si encontramos restos de sedimentos marinos o una infraestructura de tuberías de plomo de gran calibre en el eje central de la arena, la teoría de las batallas navales pasaría de ser una conjetura romántica a una realidad científica.

La verdad es que, desde un punto de vista técnico, gestionar una naumaquia en un anfiteatro es un reto de «backend» histórico. Tienes que controlar el flujo de entrada (input), asegurar la integridad de la base de datos (la estructura del edificio) y gestionar la salida de residuos (output). Si algo fallaba, el espectáculo terminaba en desastre, y en Roma, los errores de programación se pagaban con la vida o, peor aún, con el desprecio del Emperador.

¿Por qué Cartagena sería el lugar ideal?

Si yo fuera un organizador de eventos romano (un editor), elegiría Cartagena sin dudarlo. Primero, por la tradición marinera. Aquí la gente sabe de barcos desde que los fenicios asomaron la nariz por la Curra. Segundo, por la logística. Traer barcos o construirlos ad hoc dentro del anfiteatro es mucho más fácil si tienes el astillero a quinientos metros.

Además, las naumaquias no eran solo peleas; eran propaganda política. Mostrar que podías dominar el agua dentro de un edificio de piedra era la forma definitiva de decir: «Somos Roma y la naturaleza nos obedece». Y en una ciudad que era la puerta de entrada de la plata de las minas de Mazarrón y La Unión, el dinero para montar estos saraos no solía ser un problema.

La excavación: un proceso de «debugueo» histórico

Excavar el anfiteatro de Cartagena es como intentar arreglar un bug en un código que escribió alguien hace veinte años y del que no hay documentación. Vas quitando capas de tierra (comentarios innecesarios) y te encuentras con parches de la Edad Media, muros del siglo XVIII y, finalmente, la lógica original romana.

La nueva fase de excavación, que cuenta con una inversión potente, se va a centrar en el sector oriental. Es una zona crítica porque es donde mejor se puede observar la relación entre la Plaza de Toros y el Anfiteatro. Los arqueólogos están usando fotogrametría y reconstrucciones digitales para predecir qué hay debajo antes de meter la pica. Es fascinante ver cómo la Inteligencia Artificial empieza a asomar la patita en estos procesos, ayudando a reconstruir piezas cerámicas o a identificar patrones en la sillería que al ojo humano se le podrían escapar tras un café mal dormido.

Vaya, que no es solo sacar piedras. Es un trabajo de precisión donde cada centímetro cuenta. Se están recuperando las estancias donde esperaban los gladiadores (las carceres) y se está intentando delimitar el perímetro exacto de la arena. Si en esa arena aparece un sistema de canales centrales (el euripus), estaríamos un paso más cerca de confirmar que los barcos navegaron sobre el suelo de Cartagena.

El impacto en la Cartagena moderna

A veces, los que vivimos aquí nos acostumbramos a pasar por delante de estas cosas y no les damos importancia. Pero lo que está pasando con el anfiteatro es un motor económico y cultural brutal. No es solo «turismo de piedras». Es identidad. Cartagena está recuperando su fisonomía de gran capital romana, y eso se nota en el ambiente.

Para que nos entendamos: el Teatro Romano fue el revulsivo que cambió la ciudad en los 90. El Anfiteatro tiene el potencial de ser la «versión 2.0». Un espacio donde se puedan realizar eventos, donde la gente pueda entender cómo se divertían nuestros antepasados y donde la tecnología y la historia se den la mano. Imaginaos una app de realidad aumentada que, mientras caminas por la grada de la Plaza de Toros, te muestre a través del móvil cómo se inunda la arena y aparecen los barcos romanos. Eso es lo que yo llamo una experiencia de usuario (UX) de calidad.

Además, este proyecto está sirviendo para que empresas locales de ingeniería y tecnología colaboren con los arqueólogos. No es raro ver drones sobrevolando la zona para crear mapas de calor o sensores de humedad para controlar cómo afecta el clima marino a la piedra caliza. Es un laboratorio vivo en pleno centro.

La conexión con el puerto y la defensa naval

No podemos olvidar que Cartagena sigue siendo un polo estratégico de la defensa naval europea, como bien mencionan las noticias recientes del Ayuntamiento. Esa vocación militar y marinera viene de lejos. El anfiteatro y sus posibles naumaquias no eran más que el reflejo lúdico de una realidad militar. Los mismos ingenieros que diseñaban las defensas del puerto eran los que, probablemente, asesoraban en la construcción de los mecanismos del anfiteatro.

Es curioso cómo se cierran los círculos. Hoy hablamos de submarinos S-80 y de centros de datos espaciales (como esos que China quiere poner en órbita, según leía el otro día en Space.com), pero la base de todo es la misma: la necesidad de controlar el entorno y de usar la tecnología para ir un paso más allá. Los romanos inundaban anfiteatros; nosotros lanzamos satélites. Al final del día, la ambición humana no ha cambiado tanto, solo han cambiado los juguetes.

¿Qué podemos esperar en los próximos años?

La conclusión que saco de todo esto es que el Anfiteatro de Cartagena todavía tiene muchos secretos bajo la manga. La excavación va para largo, y eso es bueno. Las prisas en arqueología suelen terminar en desastre. Lo que sí es seguro es que cada nueva fase nos va a dar una pieza más del puzle.

Personalmente, me encantaría que se confirmara lo de las naumaquias. Sería el broche de oro para una ciudad que vive por y para el mar. Pero incluso si resulta que no se inundó nunca, lo que estamos descubriendo ya es suficiente para dejar a cualquiera con la boca abierta. La estructura de las bóvedas, la calidad de los materiales y esa extraña simbiosis con la Plaza de Toros hacen que este sitio sea único en el mundo.

Así que, la próxima vez que pases por allí, no veas solo una plaza de toros vieja o un montón de piedras valladas. Mira un poco más allá. Imagina el ruido de la multitud, el olor a salitre, el brillo de las armaduras y, quién sabe, quizás el chapoteo de los remos contra el agua en una tarde de verano de hace dos mil años. Cartagena siempre ha sido experta en reinventarse, y su anfiteatro es la prueba viviente de que, por mucho que pase el tiempo, siempre hay algo nuevo que aprender de los que estuvieron aquí antes que nosotros.

Y si te pica la curiosidad técnica, quédate con esto: la arqueología moderna es, en gran parte, gestión de datos. Desde el PHP que mueve las bases de datos de los museos hasta los algoritmos de visión artificial que ayudan a reconstruir frisos, la tecnología es la que nos está permitiendo leer el pasado. Y en eso, Cartagena está en la primera línea, como siempre.

  • Ubicación: Junto al Hospital de Marina y el Campus de la Muralla del Mar.
  • Estado actual: En proceso de excavación y consolidación (Fase del 2% Cultural).
  • Curiosidad: Es uno de los pocos anfiteatros del mundo con una plaza de toros construida encima que se conserva parcialmente.
  • Próximos pasos: Recuperación del sector oriental y posible musealización integral.

Al final del día, lo que importa es que estamos cuidando lo nuestro. Y si de paso aprendemos un poco más sobre cómo los romanos se las apañaban para montar batallas navales en medio de la ciudad, pues mejor que mejor. Porque, seamos sinceros, a todos nos gusta un buen espectáculo, ya sea en una pantalla de 4K o en una arena llena de agua y galeras.

Fuentes

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