
Parece sin embargo que la ciudad no fue fundada «ex novo», sino que se hizo sobre un asentamiento anterior ibérico o tartésico. Hay constancia de intercambios comerciales con los fenicios desde el siglo VIII a. C. a lo largo de toda la costa. Además, tradicionalmente se ha asociado Cartagena con la ciudad de Mastia mencionada por el poeta grecolatino Rufo Festo Avieno en la obra llamada Ora maritima, (que recoge las noticias más antiguas conservadas sobre la península Ibérica), y también citada en el tratado firmado entre Cartago y Roma en el año 348 a. C. como Mastia Tarseion (Mastia de los Tartesios).
Tras la Primera Guerra Púnica, los cartagineses pierden su principal dominio del Mediterráneo: la Isla de Sicilia. El único general invicto de este enfrentamiento con los romanos, Amílcar Barca, marcha a la península Ibérica con la intención de formar un dominio personal de la familia Barca —de la que era cabeza— separada, en cierto grado, del control del Senado de Cartago; convirtiendo a Carthago Nova en el centro de sus operaciones militares y permitiéndole el control de las riquezas mineras del sureste de la península ibérica. Tras la muerte de Amílcar en un enfrentamiento con tribus prehispánicas su hijo Aníbal Barca ocupa su puesto, con la intención de preparar un ejército lo suficientemente poderoso para enfrentarse a los romanos. Qart Hadasht es así la principal ciudad de los cartagineses en España.

De ella partió Aníbal, con los elefantes, en su célebre expedición a Italia; que le llevaría a cruzar los Alpes, al comenzar la Segunda Guerra Púnica en el año 218 a. C.
Considerado uno de los mejores estrategas de la Historia, Aníbal recibió el legado de otro gran estratega, su padre Amílcar. Tras casi dos décadas en Hispania, Cartago controlaba la práctica totalidad de la Península Ibérica, tenía acceso a algunos de los mejores soldados y armas de la época – los mercenarios celtas e iberos eran respetados a lo largo del mundo antiguo, y mucho se ha hablado de sus armas y del hierro ibero – y a un extenso territorio que cultivar para alimentar a sus tropas.
Las hazañas militares de Aníbal se pueden dividir en cuatro fases: La conquista de Hispania, incluyendo el asedio de Sagunto; el cruce de los Alpes; las grandes batallas en Italia y la guerra de desgaste posterior, hasta su regreso a África.
Aníbal cambia la política de Asdrúbal. Los conflictos entre los turbolitanos (aliados de Cartago) y Sagunto (aliado de Roma), empujan a las dos potencias a un guerra inevitable. Reabre las hostilidades con los romanos conquistando en el 219 la ciudad de Sagunto que era aliada de Roma pero estaba en los límites de influencia cartaginesa. Este es el inicio de la segunda guerra Púnica. Los cartagineses no podían enfrentarse a los romanos por mar dada la superioridad naval de estos últimos. Sabiendo esto, parte desde Cartagonova hacia Italia atravesando los Alpes. Aníbal condujo un ejército de 70.000 norteafricanos e íberos a través del sur de Francia (la Galia Narbonense) y cruzó los Alpes en invierno. Su invasión de Italia se produjo por sorpresa. No había construido una flota y se creía imposible que pudiera cruzar la cordillera. Ciertamente, las bajas fueron importantes, tanto que afectaron también a sus elefantes de guerra, de los que sólo sobrevivieron tres. Sin embargo, en primavera llegó al norte de Italia con un ejército de 26.000 efectivos, desbandando a la tribu de los taurinii y tomando sin lucha su capital, Turín.
Los romanos, al mando de Publio Cornelio Escipión, intentaron atacarle cuando aún no estaba preparado, pero un destacamento de jinetes númidas al mando de Maharbal les rechazó en una escaramuza a orillas del río Ticino. Escipión, que había resultado herido en el enfrentamiento, se salvó gracias al valor de su hijo de 17 años (el futuro Escipión el Africano), se retiró a Piacenza, defendiendo el paso del río Po en aquella altura. Aníbal atravesó el río aguas arriba de Piacenza, dirigiéndose a su encuentro, y ofreciendo batalla a los romanos al llegar a la ciudad. Escipión, comprendiendo la superioridad de la caballería cartaginesa, rechazó la batalla y, sorprendido por la defección de un contingente galo aliado, decidió retirarse de madrugada al otro lado del río Trebia, esperando la llegada del segundo ejército consular, al mando de Tiberio Sempronio Longo. Este impuso su criterio de entablar combate de forma inminente con el ejército púnico, desoyendo los prudentes consejos de Escipión contra esa medida.
Batallas de Aníbal en Italia
Aníbal dispuso un cuerpo de jinetes que cruzaron el río Trebia y atrajeron la atención del ejército romano, el cual, habiendo atravesado el río helado en pleno, sin haberse desayunado y de forma temeraria, se encontraron de frente con el ejército púnico, seco y presto para la batalla. Ésta fue la batalla del Trebia, en donde sólo 10.000 romanos pudieron escapar (de un ejército de 40.000 hombres), mientras que las bajas de Aníbal fueron escasas.
Los romanos se retiraron, dejando a Aníbal el control del norte de Italia. El apoyo de las tribus galas y ciudades italianas no fue el esperado, y muchos terratenientes romanos quemaron sus hogares para evitar el saqueo (dando lugar indirectamente al latifundismo posterior). A pesar de esta resistencia, Aníbal fue capaz de reforzar su ejército hasta contar con 50.000 soldados.
Al año siguiente los romanos eligieron cónsul a Gayo Flaminio, esperando que pudiera derrotar al cartaginés. Flaminio planeó una emboscada en Arretio. Sin embargo, Aníbal recibió informes del ataque y superó al ejército emboscado, atravesando una región pantanosa durante cuatro días y tres noches, en una odisea que le costó dos de sus elefantes y la visión en uno de sus ojos, pero que le garantizaba una marcha directa hacia Roma. El cónsul, sorprendido por completo, se vio obligado a perseguirle, y el emboscador se convirtió en emboscado en el Lago Trasimeno, donde las tropas romanas fueron cercadas y destrozadas, pereciendo el mismo Flaminio a manos de un galo cuya tribu había sido sometida por el romano años atrás.
A pesar de la victoria y las peticiones de sus generales, Aníbal no procedió al asedio de Roma, dado que, aparte de que carecía de equipamiento de sitio adecuado y no poseía una base de aprovisionamiento en Italia central, contaba con debilitar la fuerza de resistencia de Roma destruyendo vez tras vez lo mejor de su ejército. Por lo tanto, se dirigió hacia el sur de Italia con la esperanza de incitar una rebelión entre las ciudades griegas del sur, lo que le permitiría contar con mayores recursos económicos para vencer a los romanos.
Mientras tanto, el veterano Fabio Máximo había sido nombrado dictador romano, y decidió que lo mejor sería evitar nuevas batallas campales, debido a la superioridad de la caballería cartaginesa. En lugar de ello, intentó cortar la línea de suministros de Aníbal, devastando los campos de cultivo y hostigando a su ejército. Estas operaciones son ahora conocidas como tácticas fabianas, y le valieron el sobrenombre de Cunctator (ralentizador). Estas tácticas no contaban con gran apoyo del pueblo, que deseaba un final rápido a la guerra, por lo que cuando el comandante de la caballería, Minucio, consiguió una pequeña victoria sobre los cartagineses, fue nombrado dictador al igual que Fabio. Sin embargo, la consiguiente división de las fuerzas romanas hizo posible que Aníbal consiguiese una victoria total sobre Minucio, cuyo ejército hubiese sido completamente destruido si Fabio no lo hubiera socorrido. Esto puso en evidencia que las fuerzas romanas no debían debilitarse siendo divididas, y que el sistema de la dictadura no era en sí la solución al problema. Así que al año siguiente fue reemplazado por los cónsules Emilio Paulo y Terencio Varrón con esas intenciones.
Ambos cónsules reclutaron a un gran ejército, que se enfrentó al de Aníbal en la batalla de Cannas (216 a. C.). Los romanos excedían en número a los cartagineses por 36,000 hombres (en total eran 80,000 infantes y 6,000 jinetes, según Polibio); los cartagineses, en número de 50,000, eran superiores en caballería (10,000 efectivos). Aníbal, en el transcurso de la batalla de Cannas permitió al centro de sus tropas retirarse, doblándose en forma de U, y aprovechando que su caballería, superior a la romana, obligó a esta última a retirarse de manera desordenada, fue capaz de rodear a las legiones y aniquilarlas por completo. Sólo escaparon 16.000 romanos. En esa batalla el cónsul Emilio Paulo (abuelo del futuro destructor de Cartago, Escipión Emiliano), perdió la vida, mientras que Terencio Varrón huyó con los restos del ejército romano derrotado.
Esta batalla le valió a Aníbal algo del apoyo que necesitaba. Los tres años siguientes se unieron a su causa las ciudades de Capua, Siracusa (en Sicilia) y Tarento. También le valió la alianza del rey Filipo V de Macedonia el 217 a. C., lo que dio comienzo a la Primera Guerra Macedónica. La flota macedónica era, sin embargo, demasiado débil para oponerse a la romana, por lo que no pudo facilitarle apoyo directo en Italia.
En Roma, después de tantos desastres, cundió el pánico. Ya no había familia en la que alguien no hubiese muerto en combate. Se pensó que Aníbal atacaría inmediatamente la ciudad, por lo que se tomaron severas medidas para la defensa, entre ellas el reclutamiento general de todos los hombres de más de 17 años de edad aptos para las armas, así como la compra de 8.000 esclavos jóvenes por parte del estado, con el fin de formar 2 legiones, y el uso de las armas custodiadas como trofeos de guerra. Para evitar que Aníbal se enterara de estas disposiciones, se prohibió la salida de la ciudad a los civiles. Gracias a estas medidas, la moral del pueblo fue sensiblemente elevada.
Roma había empezado a comprender la sabiduría de las tácticas de Fabio, que fue reelegido cónsul el 215 a. C. y el 214 a. C. Otra lección de las duras derrotas sufridas fue que los romanos debían deponer sus diferencias políticas a fin de enfrentarse unidos a un enemigo que buscaba su total destrucción. Durante el resto de la guerra en Italia, Roma empleó «tácticas fabianas», dividiendo su ejército, de 25 legiones inexpertas, en pequeñas fuerzas situadas en localizaciones vitales, y evitando los intentos cartagineses de atraerlas a batallas campales. Desde el año 211 Roma empieza a resurgir de sus cenizas
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