historia / junio 1, 2026 / 10 min de lectura / 👁 35 visitas

El guion de la dignidad: de la calle al Boletín Oficial del Estado

El guion de la dignidad: de la calle al Boletín Oficial del Estado

A veces, las historias más potentes no empiezan con un «érase una vez» en un reino lejano, sino en el sofá de casa, con un café ya frío y la mirada puesta en lo que hemos construido como sociedad. La frase que da título a estas líneas, rescatada de un sentimiento compartido en redes por Rebeca Torró, no es solo un arranque tierno para dormir a los críos. Es, en realidad, una bofetada de realidad necesaria. Nos recuerda que la historia de España, y concretamente la de nuestros derechos, no es un regalo caído del cielo, sino un guion que hemos ido escribiendo a base de tropezones, huelgas y algún que otro acierto legislativo que nos ha cambiado la vida.

La verdad es que, cuando nos ponemos a mirar atrás, nos damos cuenta de que el «cuento» de la dignidad en este país tiene capítulos que parecen sacados de una novela de suspense. No hace tanto, para que nos entendamos, las cosas eran radicalmente distintas. Si le preguntaras a mi abuela por la conciliación o por el derecho a decidir sobre su propia vida, probablemente te miraría con una mezcla de ternura y extrañeza. Y es que, vaya, hemos pasado de una España en blanco y negro a una que, con sus fallos y sus costuras abiertas, intenta que nadie se quede fuera de la foto.

Escribir una historia de avances sociales no es moco de pavo. Requiere, sobre todo, mucha calle. Si algo hemos aprendido en las últimas décadas es que los derechos no se conceden, se conquistan. Y ojo con esto, porque a veces se nos olvida que lo que hoy nos parece normal —como tener una jornada laboral regulada o que una mujer no necesite el permiso de su marido para abrir una cuenta bancaria— costó sudor, lágrimas y muchas discusiones en las plazas.

En España, este relato de dignidad ha tenido hitos que son auténticos puntos de giro. Pensemos, por ejemplo, en la Ley del Divorcio de los 80 o, más recientemente, en el matrimonio igualitario. No eran solo papeles; eran formas de decir «tu vida importa y el Estado te protege». La verdad es que, cuando Rebeca Torró habla de esa historia escrita juntas y juntos, se refiere a ese hilo invisible que une a la trabajadora de una fábrica de conservas en el puerto de Cartagena con el ingeniero que diseña algoritmos en una oficina de Madrid. Todos formamos parte de la misma trama.

Pero claro, no todo es épica y banderas. El día a día de la dignidad se juega en cosas mucho más mundanas. Se juega en el Salario Mínimo Interprofesional, en las pensiones que permiten a nuestros mayores no tener que elegir entre comer o poner la calefacción, y en una sanidad pública que, aunque a veces cojea, sigue siendo el orgullo de la casa. Es un cuento que se lee mejor cuando sabes que, si te caes, hay una red debajo.

La Inteligencia Artificial y el nuevo capítulo de nuestros derechos

Como aquí nos gusta tanto un buen procesador como una buena anécdota histórica, no podemos ignorar que el cuento está cambiando de formato. Ya no solo escribimos con pluma o teclado; ahora los algoritmos están empezando a dictar párrafos enteros de nuestra realidad social. Y aquí es donde la cosa se pone interesante de narices. ¿Cómo encaja la dignidad en un mundo donde una IA puede decidir si te dan un crédito o si tu currículum pasa a la siguiente fase?

La verdad es que España se está intentando poner las pilas en esto. No sé si sabéis que somos de los primeros países en mover ficha con la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA). Es como si estuviéramos intentando ponerle reglas de ortografía a este nuevo capítulo para que no se nos desmadre. Porque, seamos sinceros, una IA sin ética es como un coche sin frenos bajando por la Cuesta del Batel en Cartagena: un peligro público.

Para que nos entendamos, el reto ahora es que la tecnología no borre lo que tanto nos costó escribir. Si un algoritmo de selección de personal tiene un sesgo (que los tienen, y a patadas), estamos retrocediendo décadas en igualdad. Imagina un código que, de forma sibilina, penalice a las mujeres en edad fértil o a personas de ciertos barrios. Eso no es progreso, es un «cuento de terror» digital.

Un pequeño ejemplo de código (y de ética)

Para los que os gusta mancharos las manos con algo de Python, pensad en esto. Cuando entrenamos un modelo, la calidad de los datos es nuestra «memoria histórica». Si los datos están sucios, el futuro será injusto. Mirad este fragmento simplificado de cómo podríamos intentar detectar un sesgo en un modelo de contratación:

# Un ejemplo tonto pero ilustrativo
def verificar_sesgo(datos_contratacion):
    tasa_hombres = datos_contratacion[datos_contratacion['genero'] == 'M']['contratado'].mean()
    tasa_mujeres = datos_contratacion[datos_contratacion['genero'] == 'F']['contratado'].mean()
    
    diferencia = abs(tasa_hombres - tasa_mujeres)
    
    if diferencia > 0.1:
        print(f"Ojo, aquí hay gato encerrado. La diferencia es del {diferencia*100:.2f}%")
        # Aquí es donde entra la intervención humana, la ética y la dignidad
    else:
        print("Parece que el cuento va por buen camino.")

Este código es básico, casi de parvulario, pero ilustra el punto: la dignidad en el siglo XXI también se programa. No podemos dejar que la «caja negra» de la IA decida quién tiene derechos y quién no. Al final del día, la tecnología debe ser una herramienta para ampliar ese cuento bonito, no para censurarlo.

Cartagena: donde la historia se toca con las manos

Si me permitís una pequeña digresión, no puedo hablar de dignidad y de historias compartidas sin acordarme de mi rincón favorito del Mediterráneo. Cartagena no es solo piedras viejas y barcos; es el vivo ejemplo de cómo una ciudad se reinventa una y otra vez para mantener su orgullo. Desde los tiempos en que los romanos paseaban por el teatro (que, por cierto, tardamos siglos en redescubrir, como tantas otras verdades), hasta la lucha de los trabajadores de los astilleros.

La historia de Cartagena es un microcosmos de la historia de España. Hemos tenido momentos de gloria tecnológica —recordad a Isaac Peral y su submarino, que fue un hito ninguneado por los de siempre— y momentos de crisis profunda donde la dignidad se defendía en la puerta de las fábricas. Esa resiliencia es la que impregna el mensaje de «escribir juntas y juntos». En Cartagena sabemos bien que, cuando el viento sopla de Levante y las cosas se ponen feas, o nos agarramos unos a otros o nos vamos al garete.

Y es que, la verdad, hay algo muy poético en ver cómo conviven las grúas del puerto con los restos arqueológicos. Es un recordatorio constante de que el progreso no consiste en olvidar el pasado, sino en usarlo como cimiento. El «cuento bonito» que mencionaba Rebeca Torró también se lee en las fachadas modernistas de la calle Mayor y en el esfuerzo de la gente del barrio de Santa Lucía. Es una historia de identidad que se niega a ser borrada por la globalización más rancia.

Derechos sociales: ¿un cuento con final feliz?

A ver, no nos engañemos. En política y en sociedad, los finales felices no existen porque la historia nunca se acaba. Siempre hay un nuevo reto, una nueva injusticia que pulir o un derecho que defender de los que quieren volver al prólogo. Lo que sí tenemos es un «final abierto» que depende de nosotros.

Cuando hablamos de avances sociales en España, a veces pecamos de dar las cosas por sentadas. Pensamos que la educación pública o el sistema de dependencia estarán ahí siempre, como si fueran parte del paisaje. Pero la realidad es que son más parecidos a un jardín: si no los riegas, si no les quitas las malas hierbas de la corrupción o el desinterés, se secan. Y vaya, que recuperar un jardín seco cuesta el triple que mantener uno sano.

La dignidad, al final, es que un chaval de una familia humilde pueda llegar a ser neurocirujano o experto en ciberseguridad porque el sistema le dio las herramientas, no porque tuviera un apellido ilustre. Es que una persona trans pueda caminar por la calle sin miedo a que le rompan el cuento a base de odio. Es, en definitiva, que la libertad no sea un privilegio de unos pocos con la cartera llena, sino el aire que respiramos todos.

La importancia de la narrativa compartida

¿Por qué es tan importante que nos cuenten «ese cuento tan bonito» una y otra vez? Pues porque la memoria es frágil. Si no recordamos de dónde venimos, es muy fácil que nos vendan gato por liebre. En un mundo saturado de noticias falsas, de algoritmos que nos encierran en burbujas de eco y de polarización extrema, sentarse a leer la historia de nuestros logros comunes es un acto de rebeldía.

Además, hay algo profundamente humano en el hecho de compartir relatos. Nos ayuda a empatizar. Cuando escuchas la historia de una mujer que luchó por el sufragio, o de un colectivo que peleó por el cierre de un vertedero tóxico, dejas de ver estadísticas y empiezas a ver personas. Y ahí es donde reside la verdadera fuerza de cualquier avance social: en la capacidad de vernos reflejados en el otro.

¿Hacia dónde va nuestro cuento?

Si tuviera que hacer de pitoniso (y ya os digo que se me da fatal, que todavía estoy esperando que bajen los precios de los alquileres), diría que los próximos capítulos de nuestra historia van a ser moviditos. Tenemos el cambio climático respirándonos en el cogote, una transformación digital que va a una velocidad de vértigo y una pirámide poblacional que nos obliga a repensar cómo nos cuidamos.

Pero, ¿sabéis qué? Soy optimista. Y lo soy porque veo a la gente joven —esos que a veces criticamos por estar todo el día con el móvil— preocupándose por temas que a mi generación le pillaban un poco lejos. Veo una conciencia climática brutal y una tolerancia que ya quisiéramos haber tenido nosotros a su edad. El cuento sigue, y aunque los villanos cambien de disfraz, los héroes siguen siendo los mismos: la gente corriente haciendo cosas extraordinarias.

Para que nos entendamos, el futuro no está escrito en piedra ni en un código inmutable. Lo estamos picando ahora mismo, línea a línea. Y si algo nos enseña la historia de España es que, cuando nos ponemos de acuerdo en lo básico —en que la dignidad no es negociable—, somos capaces de hacer cosas increíbles. Vaya, que ni el mejor guionista de Hollywood podría haber imaginado la transformación de este país en tan poco tiempo.

Unas reflexiones para el camino

La conclusión que saco de todo esto (aunque me hayáis dicho que no use esa palabra, permitidme el desliz emocional) es que el cuento bonito no es una fantasía. Es un registro de bitácora. Es el mapa que nos dice por dónde hemos pasado para no volver a perdernos en los mismos bosques oscuros.

Al final del día, cuando Rebeca Torró o cualquier otra persona nos invita a recordar esa historia de derechos y avances, nos está pidiendo que no bajemos la guardia. Que sigamos escribiendo. Que no dejemos que nadie nos arranque las páginas que tanto nos costó redactar. Porque, seamos sinceros, no hay nada más revolucionario —y aquí uso la palabra con todo el peso de la ley— que una sociedad que se sabe digna y que no está dispuesta a dar ni un paso atrás.

Así que, la próxima vez que alguien te diga que «las cosas siempre han sido así» o que «no se puede cambiar nada», cuéntale ese cuento. Cuéntale cómo pasamos de la oscuridad a la luz, cómo transformamos el miedo en leyes y cómo, a pesar de todo, seguimos aquí, intentando que el mañana sea un poco más justo que el ayer. Y si puede ser, hazlo con un café en la mano y la vista puesta en el puerto de Cartagena, que allí los atardeceres ayudan mucho a pensar en lo que de verdad importa.

Y es que, la verdad, no hay mejor historia que la que escribimos juntos. Aunque a veces nos falten las palabras, aunque a veces el código falle o la historia se tuerza, siempre habrá alguien dispuesto a decir: «Mamá, cuéntame otra vez ese cuento tan bonito». Y nosotros estaremos allí para narrarlo, para defenderlo y, sobre todo, para seguir viviéndolo.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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