software libre / marzo 24, 2026 / 11 min de lectura / 👁 73 visitas

Ese lío entre lo libre y lo abierto

Seguramente, mientras lees esto desde tu móvil Android, o quizás desde un navegador Chrome o Firefox en tu portátil, no te estés parando a pensar en la cantidad de gente que ha regalado su tiempo para que tú puedas hacer clic. Es curioso, la verdad. Vivimos rodeados de tecnología que damos por sentada, como si hubiera brotado de la tierra por generación espontánea, cuando la realidad es mucho más caótica, política y, sobre todo, generosa. Estamos hablando del Open Source, o código abierto para los que preferimos el castellano de toda la vida. Y no, no es solo «software gratis». Es una filosofía que ha cambiado el mundo más que muchas revoluciones con banderas y desfiles.

Para entender de qué va esta vaina, hay que retroceder un poco. A veces me preguntan en la barra de un bar: «¿Pero entonces el Open Source es lo mismo que el Software Libre?». Y ahí es donde tengo que pedirme otro café para explicarlo bien. No es exactamente lo mismo, aunque se parecen como dos gotas de agua de la playa de Cala Cortina. La diferencia es más de «espíritu» que de código.

Por un lado tenemos a Richard Stallman, un tipo peculiar donde los haya, que allá por los 80 se enfadó porque no podía arreglar el código de una impresora que se atascaba. Él creó el concepto de Software Libre (Free Software). Para Stallman, esto es una cuestión ética, casi religiosa. Se trata de las famosas cuatro libertades: usar el programa, estudiar cómo funciona, redistribuir copias y mejorarlo. Si no tienes eso, según él, el software te está esclavizando. Vaya, que es un tema de derechos humanos digitales.

Pero claro, a las empresas eso de la «libertad» les sonaba un poco a comuna hippie. Así que a finales de los 90, gente como Eric S. Raymond y Bruce Perens dijeron: «Oye, vamos a llamarlo Open Source». El enfoque aquí es más pragmático. No te hablan de moral, sino de eficiencia. Dicen que si mucha gente mira el código, los errores se encuentran antes. Es la famosa Ley de Linus: «Con suficientes ojos, todos los errores son irrelevantes». Al final del día, casi todo el software libre es de código abierto y viceversa, pero los motivos para crearlos son distintos. Uno busca la justicia; el otro, la perfección técnica.

¿Por qué debería importarnos esto en España?

A veces parece que estas cosas solo pasan en Silicon Valley, entre tipos que desayunan batidos verdes y programan en garajes climatizados. Pero ojo, que en España tenemos una tradición de «cacharrreo» y de compartir conocimiento que encaja perfectamente con el Open Source. La verdad es que nuestro país ha sido, en muchos momentos, pionero en intentar llevar esto a las instituciones públicas.

¿Os acordáis de Guadalinex? Aquella distribución de Linux que se impulsó en Andalucía. O LliureX en la Comunidad Valenciana. Hubo un tiempo en que España era el referente mundial en llevar el código abierto a los colegios y a la administración. ¿Por qué? Pues por soberanía tecnológica, ni más ni menos. Si usas software cerrado de una multinacional de Redmond o de Cupertino, dependes totalmente de ellos. Si ellos deciden subir el precio o dejar de dar soporte, te quedas con un palmo de narices. Con el Open Source, el conocimiento se queda aquí. Si algo falla, un programador de Cartagena o de Albacete puede entrar en las tripas del sistema y arreglarlo. Eso es economía local, aunque se haga con unos y ceros.

El caso de las administraciones públicas

La verdad es que me da un poco de rabia que hayamos perdido fuelle en esto. Usar Open Source en el sector público no es solo ahorrar en licencias (que también, y son unos cuantos millones de euros de nuestros impuestos), es que el código que pagamos todos debería ser público. Si el Estado paga por un software para gestionar las citas del médico, ese código debería estar en un repositorio para que cualquier otra administración lo use o lo mejore. Es de cajón, ¿no?

  • Ahorro de costes: No pagas por «permiso de uso», sino por mantenimiento y mejora.
  • Seguridad: Al ser público, cualquiera puede auditar que no haya puertas traseras o vulnerabilidades críticas.
  • Independencia: No te casas con un solo proveedor para toda la eternidad.

Las licencias: El aburrido pero necesario manual de instrucciones

Si te metes en este mundo, te vas a encontrar con un alfabeto de siglas que marea. Que si GPL, que si MIT, que si Apache… Para que nos entendamos, la licencia es el contrato que dice qué puedes hacer con ese código que te has bajado. Y aquí hay dos grandes bandos: las licencias «copyleft» y las «permisivas».

La GPL (General Public License) es la madre de todas las licencias de software libre. Es como un virus bueno: si usas código GPL para crear algo nuevo, ese algo nuevo también tiene que ser GPL. Es una forma de asegurar que el conocimiento siga siendo libre para siempre. Es la que usa Linux, por ejemplo.

Luego están las licencias tipo MIT o Apache. Estas son más de «haz lo que quieras, pero no me eches la culpa si algo explota». Son las favoritas de las empresas porque permiten coger el código, mejorarlo y luego cerrar esa parte nueva para venderla. Es un enfoque más liberal, por así decirlo. La verdad es que hay debates en foros que duran años sobre cuál es mejor. Yo creo que ambas tienen su sitio, dependiendo de si quieres proteger la libertad del código o fomentar su adopción masiva.

La Inteligencia Artificial: El nuevo campo de batalla

Y aquí llegamos a lo que está de moda ahora. Si no hablas de IA hoy en día, parece que no existes. Pero ojo, que aquí el Open Source está jugando un papel fundamental. Seguramente habrás oído hablar de ChatGPT, que de «Open» solo tiene el nombre (porque el modelo está más cerrado que una caja fuerte). Pero frente a esos gigantes cerrados, están surgiendo alternativas que están cambiando las reglas del juego.

Empresas como Meta (sí, los de Facebook, quién lo iba a decir) han soltado modelos como Llama. No es «Open Source» puro según la definición estricta, porque tiene algunas restricciones de uso comercial, pero han liberado los pesos del modelo. Esto ha permitido que miles de desarrolladores en todo el mundo, incluyendo a gente brillante aquí en España, puedan entrenar sus propias IAs en su casa o en su oficina sin depender de la nube de nadie.

Vaya, que esto es una democratización en toda regla. Imagina una pequeña empresa en el Polígono de Santa Ana, en Cartagena, que necesita una IA para optimizar su logística. Si solo existieran los modelos cerrados, tendrían que pagar una suscripción carísima y enviar sus datos privados a servidores en Estados Unidos. Gracias a los modelos abiertos, pueden bajarse una IA, entrenarla con sus propios datos de forma privada y ejecutarla en sus propios servidores. Eso es potencia real.

¿Es realmente «abierta» la IA actual?

Aquí hay mucha tela que cortar. Si mal no recuerdo, hace poco la Open Source Initiative (OSI) publicó una definición de lo que debería ser una IA de código abierto. Y la cosa está difícil. No basta con soltar el modelo final; para que sea realmente abierto, deberías publicar también los datos con los que se entrenó (que a menudo tienen copyright) y el código de entrenamiento. Estamos en un momento de transición un poco gris, pero lo que está claro es que sin el empuje de la comunidad abierta, la IA sería hoy un oligopolio de dos o tres empresas.

Un poco de código para los valientes

No os asustéis, que no voy a ponerme a escribir un kernel aquí mismo. Pero para que veáis lo sencillo que es empezar a juguetear con esto, vamos a ver cómo se vería un pequeño script que utiliza una librería de código abierto (como la famosa requests de Python) para consultar algo. Es solo un ejemplo para ilustrar que el Open Source es, ante todo, herramientas que nos hacen la vida más fácil.


# Importamos una librería que alguien muy majo escribió y liberó
import requests

def consultar_clima_cartagena():
    # Usamos una API abierta para ver si hoy hace sol en nuestra trimilenaria
    url = "https://api.open-meteo.com/v1/forecast?latitude=37.6051&longitude=-0.9862&current_weather=true"
    
    try:
        respuesta = requests.get(url)
        # Si la cosa ha ido bien (código 200, ya sabéis)
        if respuesta.status_code == 200:
            datos = respuesta.json()
            temperatura = datos['current_weather']['temperature']
            print(f"Oye, pues en Cartagena ahora mismo estamos a {temperatura} grados.")
        else:
            print("Vaya, parece que el servidor está de siesta.")
    except Exception as e:
        print(f"Algo ha petado: {e}")

if __name__ == "__main__":
    consultar_clima_cartagena()

Este trozo de código tan tonto funciona gracias a miles de horas de trabajo gratuito. La librería requests es Open Source. El lenguaje Python es Open Source. La API de Open-Meteo usa datos abiertos. Al final, programar hoy en día es como construir con piezas de LEGO que otros han dejado ahí para ti. Lo mínimo que podemos hacer es, de vez en cuando, devolver una pieza nosotros.

Cartagena y la tecnología: Más allá de las piedras romanas

A veces, cuando hablo de estas cosas por aquí, la gente se extraña. «Pero si en Cartagena solo tenemos el Teatro Romano y procesiones», me dicen. Y nada más lejos de la realidad. Tenemos una de las universidades politécnicas (la UPCT) más potentes en relación a su tamaño, y allí el espíritu del código abierto está muy vivo.

Hay grupos de chavales (y no tan chavales) trabajando en proyectos de robótica submarina, sensores para el Mar Menor y sistemas de telemetría que usan Linux y hardware abierto como Arduino o Raspberry Pi. La verdad es que Cartagena tiene un potencial tecnológico brutal. No todo es turismo; la ingeniería está en nuestro ADN desde los tiempos de Isaac Peral. Por cierto, Peral fue un poco «open source» a su manera, compartiendo sus planos y su visión, aunque luego los políticos de la época (como siempre) se encargaran de ponerle palos en las ruedas.

Imaginaos que todos los datos de los sensores que miden la calidad del agua en el Mar Menor fueran totalmente abiertos y accesibles mediante una plataforma Open Source. Que cualquier investigador del mundo pudiera proponer mejoras en los algoritmos de análisis. Eso es lo que el código abierto puede hacer por una comunidad: transparencia y colaboración radical.

¿Cómo puedes participar tú? (Aunque no sepas programar)

Mucha gente piensa que para contribuir al Open Source hay que ser un ninja del teclado que escribe en C++ mientras duerme. Pues no. Hay mil formas de ayudar y todas son necesarias. La comunidad se nutre de perfiles muy distintos.

  1. Documentación: Si sabes escribir bien (y si estás leyendo este blog, seguro que aprecias un buen texto), puedes ayudar a traducir manuales o a explicar cómo se usa una herramienta. Hay proyectos increíbles que fallan porque nadie entiende cómo instalarlos.
  2. Diseño: Muchos programadores somos… digamos, «espartanos» con la estética. Si eres diseñador gráfico o experto en UX, tu ayuda en un proyecto de código abierto vale su peso en oro.
  3. Reportar errores: Simplemente usar el software y, cuando algo falle, tomarse la molestia de abrir un «issue» en GitHub explicando qué ha pasado. Eso ya es contribuir.
  4. Donaciones: Muchos proyectos viven de donaciones. Si una herramienta te ahorra horas de trabajo en tu empresa, ¿qué menos que invitar a los desarrolladores a un café virtual (o a unas marineras si pasan por Cartagena)?

El lado oscuro: No todo es un camino de rosas

Para no sonar como un anuncio de teletienda, hay que admitir que el Open Source también tiene sus problemas. El principal es el agotamiento (o «burnout») de los mantenedores. Imagina que creas una pequeña librería que de repente se vuelve famosa y la usan millones de personas, incluyendo bancos y multinacionales. De repente, tienes a cientos de personas exigiéndote actualizaciones y arreglos gratis en tu tiempo libre, mientras ellos ganan dinero con tu trabajo.

Esto ha provocado crisis de seguridad importantes. ¿Os acordáis de Log4Shell? Un agujero de seguridad en una librería de Java que medio mundo usaba y que mantenían un par de tíos en sus ratos libres. El mundo se dio cuenta de que los cimientos de internet están sujetos con pinzas y que dependemos de la buena voluntad de gente que a veces no llega a fin de mes. Por eso es tan importante que las empresas que se lucran con el código abierto también aporten recursos, ya sea dinero o tiempo de sus propios ingenieros.

La conclusión que saco de todo esto

Al final del día, el Open Source es una lección de humildad y de inteligencia colectiva. Nos enseña que no hace falta ser una empresa con miles de millones en el banco para crear algo que cambie la vida de la gente. Un chaval desde su cuarto en el Barrio de la Concepción puede escribir un código que mañana esté funcionando en un servidor en Japón o en un satélite en órbita.

Es una forma de entender el mundo donde la colaboración prima sobre la competencia feroz. Y sí, tiene sus fallos y sus dramas, como todo lo que hacemos los humanos. Pero comparado con el modelo de «caja negra» donde no sabemos qué hacen los programas con nuestros datos, el código abierto es un soplo de aire fresco (o una brisa de Levante, para que nos entendamos).

Así que la próxima vez que actualices tu sistema o uses una herramienta gratuita, acuérdate de que detrás hay personas. Y si te pica la curiosidad, asómate a ese mundo. No hace falta ser un genio, solo tener ganas de aprender y, quizás, de compartir un poco de lo que sabes. Porque, como decimos por aquí, «pijo», si todos compartiéramos un poquito más, las cosas nos irían bastante mejor.

Y ojo, que esto no ha hecho más que empezar. Con la IA y la computación cuántica en el horizonte, el Open Source va a ser la única barrera que nos proteja de un futuro donde la tecnología sea una caja cerrada a la que solo unos pocos tienen la llave. Mantengamos las puertas abiertas, que siempre corre mejor el aire.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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