seguridad / marzo 19, 2026 / 11 min de lectura / 👁 143 visitas

Esa extraña costumbre de trabajar «en B»

Esa extraña costumbre de trabajar «en B»

Ayer, mientras me tomaba el segundo café de la mañana en una de esas plazas con sol de Cartagena —de la nuestra, la de la Región de Murcia, que aquí no nos andamos con líos geográficos—, me fijé en un chico que repartía paquetes a toda prisa. Iba con una bici que pedía jubilación a gritos y una mochila que parecía pesar más que él. Me hizo pensar en esa fina línea, a veces invisible, que separa el tener un trabajo de tener, simplemente, una forma de no morir de hambre. Hablo de la informalidad laboral, ese elefante en la habitación del que todos sabemos algo pero del que preferimos no mirar las estadísticas un lunes por la mañana.

La verdad es que en España tenemos una relación un tanto tóxica con el empleo informal. Lo llamamos «hacer una chapuza», «cobrar en B» o «echar una mano», pero al final del día, no deja de ser una vulnerabilidad sistémica. Si miramos los datos que suelen publicar organismos como el INE o incluso comparativas internacionales con lo que pasa al otro lado del charco (donde instituciones como el DANE en Colombia se vuelven locas intentando medir esto), nos damos cuenta de que la informalidad no es solo el que vende pañuelos en un semáforo. Es algo mucho más incrustado en nuestro tejido.

En nuestro país, la informalidad a menudo se disfraza de modernidad. Tenemos a los mal llamados «falsos autónomos», gente que trabaja para una sola empresa con su propio ordenador, pagando su cuota de autónomos (si llegan) y sin las protecciones que tendría cualquier currante con un contrato por cuenta ajena. Vaya, que te venden la moto de que eres «tu propio jefe» cuando en realidad eres el eslabón más débil de una cadena de montaje digital.

Y es que, seamos sinceros, trabajar sin estar dado de alta en la Seguridad Social es como jugar a la ruleta rusa con tu futuro. Sí, hoy tienes el dinero íntegro en el bolsillo, sin que el Estado te «quite» nada. Pero, ¿qué pasa cuando te tuerces un tobillo bajando las escaleras de la calle Mayor? ¿O cuando, dentro de treinta años, quieras mirar cuánto te queda para la jubilación y veas un desierto de cotizaciones? La seguridad social no es un impuesto al trabajo, es el seguro de vida colectivo que nos inventamos para no acabar pidiendo en la puerta de la Caridad.

El laberinto de la Seguridad Social en España

A veces me da la sensación de que entender la Seguridad Social es más difícil que configurar un servidor de bases de datos sin documentación. Tenemos el Régimen General, el RETA (para los autónomos), regímenes especiales para la minería —que en Cartagena sabemos bien lo que fue aquello— o para los trabajadores del mar. Es un sistema complejo, pero tiene una lógica aplastante: la solidaridad intergeneracional.

Ojo con esto, porque no es moco de pavo. El sistema español se basa en que los que trabajamos hoy pagamos las pensiones de los que trabajaron ayer. Si el empleo informal crece, el sistema se tambalea. No es solo una cuestión de leyes aburridas; es que si hay menos gente cotizando, las cuentas no salen. Y no me hagáis hablar de la hucha de las pensiones, que eso da para otro artículo de los que te quitan el sueño.

La informalidad laboral en España suele concentrarse en sectores muy específicos: hostelería, agricultura y el sector servicios más básico. Es ese camarero que hace 40 horas pero solo está asegurado por 20. O esa persona que limpia casas y a la que nadie le hace un contrato porque «es mucho lío de papeles». Al final, esa persona está fuera del radar. No existe para el sistema de salud (más allá de las urgencias), no tiene derecho a paro y, por supuesto, olvídate de una baja por maternidad o paternidad en condiciones.

La historia nos enseña (si queremos escuchar)

Si echamos la vista atrás, aquí en Cartagena tenemos ejemplos de sobra sobre la lucha por la seguridad en el trabajo. Pensad en los mineros de la Sierra Minera a principios del siglo XX. Aquello sí que era informalidad extrema y peligrosidad real. No había seguridad social, solo había el «si te pasa algo, búscate la vida». Fue la lucha obrera y la organización la que empezó a exigir que el trabajo no fuera solo sudor, sino también derechos.

Me viene a la cabeza la creación del Retiro Obrero en 1919. Fue el primer paso serio en España para que un trabajador no muriera en la indigencia tras una vida de esfuerzo. Es curioso cómo hemos pasado de pelear por eso a aceptar, casi con resignación, que un algoritmo nos asigne tareas sin saber si mañana tendremos para pagar el alquiler. Hemos cambiado al capataz de la mina por un código de programación que decide si eres «apto» para recibir más pedidos.

¿Por qué seguimos cayendo en la informalidad?

  • La presión fiscal percibida: Muchos pequeños empresarios sienten que contratar legalmente es inasumible. No digo que tengan razón, pero es la percepción en la barra del bar.
  • La burocracia: A veces, dar de alta a alguien parece que requiere un máster en administración pública.
  • La necesidad pura y dura: Cuando tienes que comer, no te pones a discutir si el contrato es indefinido o si te van a pagar las horas extra. Aceptas lo que hay.
  • La falta de inspección: Aunque la Inspección de Trabajo hace lo que puede, no hay un inspector detrás de cada esquina.

La verdad es que es un círculo vicioso. Menos cotización implica peores servicios públicos, lo que a su vez genera desconfianza en el sistema, lo que lleva a más gente a intentar «ahorrarse» la seguridad social. Romper esto es más difícil que arreglar un bug en un código heredado de hace diez años.

IA y algoritmos: ¿Aliados o enemigos del trabajador?

Como sabéis que me gusta el tema tecnológico, no puedo dejar pasar cómo la Inteligencia Artificial está metiendo las narices en todo esto. Por un lado, el Ministerio de Trabajo en España ya está usando algoritmos para detectar fraudes. Cruces de datos masivos que detectan si una empresa tiene comportamientos sospechosos, como tener a cincuenta personas con contratos de formación que en realidad están picando piedra (o código).

Pero por otro lado, la tecnología es la que ha facilitado la «uberización» de la economía. Esas plataformas que actúan como intermediarias pero se lavan las manos cuando se trata de responsabilidades laborales. Para que nos entendamos: si la aplicación decide que hoy no trabajas, no tienes a quién reclamar. No hay un departamento de recursos humanos, hay un if-else que ha decidido que tu ratio de entrega es bajo.

Para los que os gusta el código, imaginad un sistema de asignación de tareas simplificado. Podría verse algo así en un pseudocódigo muy básico (y un poco cínico):


# Simulación de asignación de tareas en una plataforma "informal"
def asignar_tarea(repartidor):
    if repartidor.puntuacion > 4.8 and repartidor.esta_disponible:
        enviar_pedido(repartidor)
        print("Tarea asignada. Suerte con el tráfico.")
    elif repartidor.puntuacion < 4.0:
        bloquear_cuenta(repartidor)
        print("Cuenta suspendida. El algoritmo no tiene sentimientos.")
    else:
        print("Espera en la esquina hasta que haya más demanda.")

# El problema es que aquí no hay variables para 'seguridad_social' o 'vacaciones_pagadas'

Este trozo de código, aunque sea una broma, refleja una realidad: la deshumanización del vínculo laboral. En el empleo informal moderno, el jefe es invisible y las reglas cambian sin previo aviso.

El impacto en la economía local: El caso de Cartagena

Aterrizando el tema en nuestra tierra, la informalidad afecta de manera distinta según donde mires. En el sector servicios de Cartagena, especialmente con el turismo de cruceros y la hostelería, hay picos de demanda brutales. Esto tienta a muchos a contratar «por fuera» para cubrir esos días de mucho jaleo. Pero claro, si ese camarero se quema con aceite hirviendo y no está asegurado, el lío legal para el dueño del local puede ser monumental. Ya no es solo una cuestión moral, es que te puede arruinar la vida una sanción de la Inspección de Trabajo.

Además, está el tema de la competencia desleal. El empresario que hace las cosas bien, que paga sus seguros sociales y respeta los convenios, compite en desventaja contra el que se salta las reglas. Al final, la informalidad tira hacia abajo de los salarios de todos. Es una carrera hacia el fondo donde nadie gana realmente, excepto quizás el que se lleva el beneficio rápido a corto plazo.

La verdad es que, paseando por el Puerto o por el Barrio del Foro Romano, uno ve una ciudad que quiere ser moderna y tecnológica. Pero esa modernidad no puede construirse sobre cimientos de precariedad. Si queremos atraer talento tecnológico (que lo hay, y mucho, gracias a la UPCT), necesitamos un mercado laboral que ofrezca garantías. Nadie se viene a vivir a Cartagena para trabajar en la sombra.

¿Cómo saber si estás en una situación de informalidad?

A veces la gente está en la informalidad y ni siquiera lo sabe del todo, o prefiere no saberlo. Aquí van unos puntos clave para detectar si tu relación con la Seguridad Social es… digamos, complicada:

  1. La nómina fantasma: Si cobras una parte por transferencia y otra «en sobre», tienes un problema. Esa parte en sobre no cuenta para tu jubilación ni para tu prestación por desempleo.
  2. El contrato que nunca llega: «Ya te lo traeré la semana que viene para que lo firmes». Si esa frase se repite más de dos veces, sospecha.
  3. El alta parcial: Trabajas ocho horas pero en tu vida laboral (que podéis consultar con el certificado digital en un momento, por cierto) solo aparecen cuatro. Te están robando tiempo de cotización.
  4. El falso autónomo: Si tienes que cumplir un horario estricto, usas las herramientas de la empresa y no tienes otros clientes, pero facturas como autónomo… amigo, eres un trabajador por cuenta ajena al que le están cargando los costes sociales.

La conclusión que saco de todo esto es que la información es nuestra mejor arma. No se trata de ser un experto en derecho laboral, sino de tener un poco de sentido común y saber que lo barato, a la larga, sale carísimo. Especialmente cuando hablamos de salud y vejez.

Un pequeño experimento: Calculando el coste real

Para que nos entendamos, vamos a ver qué significa realmente cotizar. No es solo dinero que «desaparece». Si hiciéramos un script rápido para calcular cuánto aporta un trabajador y qué recibe a cambio, veríamos que el valor de la red de seguridad es inmenso.


# Un cálculo rápido de servilleta (no usar para la declaración de la renta, por favor)
def calcular_proteccion(salario_bruto):
    cuota_obrera = salario_bruto * 0.0635 # Aproximado para contingencias comunes y desempleo
    cuota_patronal = salario_bruto * 0.236 # Lo que paga la empresa por ti
    
    total_aportado = cuota_obrera + cuota_patronal
    
    print(f"Por cada 1000€ brutos, se inyectan {total_aportado:.2f}€ al sistema.")
    print("A cambio obtienes: Cobertura sanitaria universal, seguro de accidente, paro y puntos para tu pensión.")

calcular_proteccion(1200)

Visto así, esos casi 360 euros que se van al sistema por un sueldo de 1200 no parecen tanto si piensas en lo que costaría un seguro médico privado que te cubra una operación de corazón o un tratamiento de larga duración, por no hablar de la tranquilidad de saber que si te quedas sin curro, tienes un respaldo.

Hacia dónde vamos: ¿Renta Básica o más control?

El debate sobre el empleo informal está mutando. Con la automatización y la IA, muchos empleos tradicionales van a desaparecer, y la línea entre «empleado» y «colaborador ocasional» se va a difuminar aún más. En España ya se habla mucho del Ingreso Mínimo Vital, que es un intento de poner una red de seguridad para aquellos que la informalidad o la mala suerte han dejado fuera del sistema.

Pero no nos engañemos, la solución no es solo dar ayudas. La solución pasa por repensar qué significa trabajar en el siglo XXI. Quizás el modelo de «40 horas semanales en la misma oficina durante 40 años» esté muerto, pero eso no significa que los derechos laborales deban morir con él. La seguridad social debe adaptarse a las nuevas realidades: trabajadores nómadas, empleos fragmentados y carreras profesionales que parecen una montaña rusa.

Al final del día, lo que importa es que nadie se quede atrás. Ya sea en una oficina de diseño en el centro de Madrid o recogiendo limones en una finca de las afueras de Cartagena, el trabajo debe dignificar, no esclavizar. Y la seguridad social es el mecanismo que inventamos para que esa dignidad no dependa de la buena voluntad de un jefe, sino de un derecho ciudadano.

Vaya, que me he puesto un poco serio, ¿no? Será el café. Pero es que me toca la fibra ver cómo retrocedemos en derechos que a nuestros abuelos les costó sangre, sudor y muchas manifestaciones conseguir. Así que, la próxima vez que alguien os ofrezca un trabajo «sin papeles» o os proponga cobrar una parte por debajo de la mesa, pensadlo dos veces. No es solo vuestro futuro el que está en juego, es el de todos.

Y si tenéis dudas, recordad que siempre podéis pedir vuestra vida laboral. Es un ejercicio de realidad muy sano, aunque a veces dé un poco de susto ver los huecos en blanco. Al menos, saber dónde estamos es el primer paso para decidir hacia dónde queremos ir. Yo, de momento, me voy a por el tercer café, que este tema me ha dejado la garganta seca.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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