IA / abril 13, 2026 / 10 min de lectura / 👁 162 visitas

El retorno al estilo de los 90: ¿Por qué nos obsesiona tanto?

Todavía me acuerdo de aquellas mañanas de sábado, con el bocadillo de Nocilla en la mano y la televisión de tubo haciendo ruiditos estáticos, esperando a que empezara la sintonía de Dragon Ball. En España, la llegada de Goku no fue solo un estreno de dibujos animados; fue un terremoto cultural que nos cambió la forma de entender el ocio. Por eso, cuando hoy abro el ordenador y me encuentro con que una Inteligencia Artificial ha decidido «reimaginar» a los guerreros saiyajin con una estética que mezcla lo mejor de los 90 con la nitidez de 2024, se me remueven un poco las tripas (en el buen sentido, claro).

La verdad es que esto de la IA generativa está llegando a unos niveles que dan hasta un poco de miedo. Ya no hablamos de esos filtros cutres que te ponían cara de perro en Snapchat. Estamos hablando de algoritmos que entienden perfectamente qué hacía especial al trazo de Akira Toriyama —que en paz descanse— y son capaces de proyectarlo en una calidad que ni el mejor Blu-ray de la época podría soñar. He estado bicheando algunas de las últimas creaciones que circulan por redes, especialmente unas de Goku con su armadura saiyajin clásica, y la mezcla de nostalgia y tecnología es, sencillamente, brutal.

Si te fijas en las imágenes que están saliendo ahora, hay una tendencia clara: huir de ese estilo digital tan «limpio» y a veces plano de Dragon Ball Super para volver a las sombras marcadas y los rasgos angulosos de Dragon Ball Z. Y es que, para los que peinamos alguna cana (o los que simplemente tienen buen gusto), el estilo de los 90 tenía un «alma» que el dibujo vectorial moderno a veces pierde por el camino.

Lo que están haciendo estas nuevas herramientas de IA no es solo copiar una imagen. Es un proceso de «repintado» y mejora. Imagina que coges un fotograma de la saga de Namek, con sus imperfecciones de celuloide, y le pides a una máquina que rellene los huecos de información, que añada texturas a la piel, que entienda cómo rebotaría la luz del aura de un Super Saiyajin en las placas de una armadura. El resultado es ese Goku que parece que va a salir de la pantalla, pero que sigue manteniendo esa mirada desafiante que nos enganchó hace treinta años.

Vaya, que no es solo poner un prompt y esperar a que ocurra el milagro. Hay mucho trabajo de curación detrás. Los artistas digitales que están usando estas herramientas suelen pasar horas ajustando parámetros para que el pelo no parezca un pegote de plástico y para que la anatomía —que Toriyama dominaba de forma magistral— no se convierta en un amasijo de músculos sin sentido. Porque sí, la IA a veces se flipa y te pone seis dedos o tres pectorales si no la llevas por el buen camino.

La receta técnica: ¿Cómo se cocina un Saiyajin digital?

Para los que os gusta saber qué hay debajo del capó, esto no es magia negra, aunque a veces lo parezca. La mayoría de estas imágenes que nos dejan con la boca abierta se cocinan con Stable Diffusion o Midjourney, pero con un toque especial. No basta con escribir «Goku in 90s style». Si haces eso, probablemente te salga algo genérico que parece un fan-art de mercadillo.

La clave aquí son los LoRA (Low-Rank Adaptation). Para que nos entendamos, un LoRA es como un «cursillo intensivo» que le das a la IA sobre un tema muy específico. Hay gente que ha entrenado estos modelos exclusivamente con miles de capturas de pantalla de la serie original, analizando cómo se dibujaban las orejas, cómo eran los degradados de las nubes o la forma exacta de las botas de Vegeta. Cuando aplicas ese conocimiento sobre una base moderna, ocurre la magia: obtienes la definición de una cámara 8K con el estilo artístico de un animador japonés de 1992.

Además, se suele usar una técnica llamada ControlNet. Esto es fundamental si quieres que el personaje mantenga una pose icónica. Si quieres que Goku esté haciendo un Kamehameha, no puedes dejar que la IA decida la posición de las manos, porque probablemente acabará pareciendo que está haciendo sombras chinescas. Con ControlNet, el autor le da una estructura ósea a la imagen, una guía, y la IA se encarga de «vestir» ese esqueleto con los píxeles más espectaculares que pueda generar.

Un pequeño ejemplo de cómo se vería un flujo de trabajo (para los más cafeteros)

Si estuviéramos en mi terminal, intentando sacar una imagen decente de un Vegeta en mitad de Cartagena (por qué no, soñar es gratis), el proceso sería algo parecido a esto, aunque con mucha más frustración entre medias:

  • Modelo base: Pony Diffusion V6 o algún modelo SDXL especializado en anime.
  • Prompt positivo: (masterpiece, best quality:1.2), vegeta, dragon ball z, 90s anime style, saiyan armor, battle damaged, intense look, cinematic lighting, hyper-detailed muscles, grainy film texture, (background: Cartagena Spain, Roman Theatre of Cartagena:1.3).
  • Prompt negativo: (worst quality, low quality:1.4), 3D, render, cgi, blurry, deformed hands, extra fingers, modern digital art style, flat colors.
  • Ajustes: Sampling steps en 30, CFG Scale en 7, y rezar para que la tarjeta gráfica no salga ardiendo.

Ojo con esto, que parece fácil pero luego te pasas tres horas ajustando el «Denoising strength» porque la cara de Vegeta parece la de un señor de Cuenca en lugar de la del Príncipe de los Saiyajins. La verdad es que es un proceso de ensayo y error constante.

El impacto en la comunidad creativa en España

Aquí en España, y especialmente en sitios con tanta solera cultural como Cartagena, el debate sobre la IA está que arde. Por un lado, tenemos a los puristas que dicen que esto es «robar» el alma del artista. Por otro, están los que ven en esto una herramienta para expandir el universo de sus series favoritas. Yo, sinceramente, creo que hay sitio para todos, pero entiendo el miedo.

Si te das una vuelta por el Salón del Manga de Cartagena (el que se hace en el Batel, que es una maravilla de sitio), verás a ilustradores locales que se dejan la piel en cada lámina. La IA no debería sustituir eso. Lo que estamos viendo con estas imágenes de Dragon Ball es más bien un ejercicio de nostalgia tecnológica. Es como cuando alguien restaura un coche antiguo y le pone un motor eléctrico: mantiene la estética que amamos pero con una potencia que antes era impensable.

Además, no olvidemos que Dragon Ball en España tuvo una vida muy particular. En cada comunidad autónoma se vivía de una forma. En Galicia era «O Dragón», en Cataluña «Bola de Drac»… y aquí en el sur nos tragamos las traducciones a veces un poco locas que venían de Francia. Ese sentimiento de comunidad es algo que una IA nunca podrá replicar, por muy bien que dibuje los músculos de Broly. La IA nos da la imagen, pero nosotros ponemos el contexto y el recuerdo.

¿Es este el futuro de la animación?

La pregunta del millón es si algún día veremos un capítulo entero de Dragon Ball generado así. La respuesta corta es: probablemente sí, pero no como te lo imaginas. No va a ser un botón de «generar serie». Va a ser un proceso donde los animadores humanos usen estas herramientas para quitarse de encima el trabajo más tedioso (como el coloreado o los fondos) y centrarse en la narrativa y la fluidez del movimiento.

Vaya, que al final del día, lo que importa es la historia. Podemos tener a un Goku que parezca más real que tú y que yo, pero si no hay una emoción detrás, si no sentimos ese nudo en el estómago cuando se sacrifica contra Célula, solo son píxeles bonitos. La IA es una herramienta increíble para explorar el «qué pasaría si», para ver a personajes en situaciones imposibles o con calidades técnicas de otro planeta, pero el corazón de la obra sigue perteneciendo a los humanos.

Y es que, si mal no recuerdo, lo que hacía grande a Dragon Ball no era solo lo bien dibujado que estuviera el pelo de los personajes. Era la sensación de superación, de amistad y de que, por muy negro que se pusiera el panorama, siempre podías levantar las manos para dar un poco de tu energía para una Genkidama. Eso, amigos míos, no hay algoritmo en el mundo que sepa cómo programarlo.

Reflexiones sobre la «perfección» de la IA

Hay algo curioso en estas imágenes de Goku que circulan por ahí. A veces son «demasiado» perfectas. La piel no tiene ni un poro fuera de sitio, la armadura brilla con un trazado de rayos que ya quisiera la PS5… y a veces eso me saca un poco de la experiencia. Lo que hacía especial al anime de los 90 eran también sus errores. Esos fotogramas donde el dibujo flaqueaba un poco porque el equipo de animación tenía prisa, o esas variaciones de color entre episodios.

La IA tiende a promediar la perfección, y a veces la perfección es un poco aburrida. Por eso, los mejores creadores de contenido con IA son los que introducen «ruido» de forma intencionada. Añaden grano de película, aberración cromática o incluso pequeñas asimetrías para que el cerebro no diga inmediatamente: «esto lo ha hecho una máquina». Es una paradoja fascinante: usamos la tecnología más avanzada para intentar replicar las imperfecciones de lo analógico.

Para que nos entendamos, es como cuando vas a una de esas cafeterías modernas en el centro de Cartagena y te sirven un café perfecto, con su dibujito de leche y todo, pero a veces echas de menos el café de puchero que te hacía tu abuela, que no era perfecto pero sabía a algo real. Con la IA y Dragon Ball pasa lo mismo. Es espectacular, nos deja embobados, pero siempre tendremos ese rincón en el corazón para los dibujos originales, con sus líneas temblorosas y su encanto artesanal.

El papel de los fans en esta nueva era

Lo que está claro es que el fandom de Dragon Ball en España no se queda quieto. Somos una de las comunidades más activas del mundo. Solo hay que ver cómo se llenan los eventos o cómo se agotan las ediciones especiales de los mangas. La IA ha democratizado la capacidad de crear. Ahora, un chaval que tiene una idea increíble para una transformación de Gohan, pero que no sabe ni dibujar un monigote de palitos, puede usar estas herramientas para dar forma a su imaginación.

Esto abre un abanico de posibilidades enorme para el fan-fiction y para la exploración de universos alternativos. ¿Cómo sería Dragon Ball si hubiera ocurrido en la España medieval? ¿O si los Saiyajins hubieran aterrizado en la costa de Cartagena en lugar de en una montaña perdida? La IA nos permite jugar con estas ideas de forma visual y rápida. Y eso, la verdad, me parece un avance maravilloso para la creatividad colectiva, siempre y cuando no olvidemos de dónde venimos.

Al final de todo este jaleo de algoritmos, redes neuronales y tarjetas gráficas echando humo, lo que queda es nuestra pasión por una serie que nos marcó la vida. Ya sea con un lápiz, con un pincel o con un prompt de texto, seguimos queriendo ver a Goku superando sus límites. Y si la IA nos ayuda a verlo con una calidad que nos haga saltar las lágrimas de nostalgia, pues bienvenida sea. Eso sí, que no me toquen mucho el diseño original, que los experimentos con gaseosa.

Para ir cerrando este tema, que me pongo a hablar de Dragon Ball y no paro (y el café ya se me ha quedado frío), la conclusión que saco de todo esto es que estamos viviendo una época alucinante. Tenemos la capacidad de revisitar nuestra infancia con ojos nuevos, de ver a nuestros héroes como nunca antes los habíamos imaginado. Pero ojo, no nos quedemos solo en la superficie brillante. Valoremos el trabajo que hay detrás, tanto el de los algoritmos como el de los humanos que los guían, y sobre todo, el de aquellos que hace décadas se sentaron ante un papel en blanco para crear un universo que, hoy en día, sigue más vivo que nunca gracias a la tecnología.

Vaya, que si Goku levantara la cabeza y viera lo que estamos haciendo con su imagen, probablemente se echaría a reír, nos pediría algo de comer y luego nos preguntaría si esa tal «Inteligencia Artificial» es fuerte para poder pelear contra ella. Y sinceramente, no tengo claro quién ganaría ese combate.

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