ciencia / abril 13, 2026 / 12 min de lectura / 👁 247 visitas

El regreso a la Luna no es un «remake», es otra liga

A veces, cuando uno pasea por la Muralla del Mar en Cartagena y se queda mirando el reflejo de la Luna sobre el Mediterráneo, es inevitable pensar en lo lejos que queda ese pedrusco gris y, a la vez, lo cerca que lo sentimos ahora. No es por ponerme romántico, pero la verdad es que lo de Artemis II no es simplemente «volver a ir». No es un viaje de nostalgia para que los que peinan canas recuerden el 69. Es, básicamente, el mayor meneo tecnológico que le hemos dado a la exploración espacial en medio siglo. Y ojo, que esta vez no vamos solo a poner la bandera y hacernos la foto para el Instagram de la época.

La misión Artemis II lo cambia todo porque, para empezar, rompe con esa idea de que el espacio es cosa de dos superpotencias dándose codazos. Ahora el tablero es mucho más complejo, más técnico y, afortunadamente, con un sello español mucho más marcado de lo que solemos leer en la prensa generalista. Si Isaac Peral levantara la cabeza y viera que estamos diseñando naves con la misma audacia con la que él pensó su submarino aquí al lado, en el Arsenal, se le escaparía una sonrisa de orgullo.

Pero vamos a lo mollar. ¿Por qué decimos que Artemis II es el punto de inflexión? Porque es la prueba de fuego del SLS (Space Launch System) y de la cápsula Orion con humanos dentro. Ya no valen las simulaciones de ordenador ni los maniquíes llenos de sensores que mandamos en la Artemis I. Ahora van cuatro personas de carne y hueso que van a sentir en sus riñones lo que es salir de la gravedad terrestre a lomos de un cohete que, sinceramente, da un poco de miedo de lo bestia que es.

El «monstruo naranja» y por qué nos ha costado tanto arrancarlo

El SLS es ese cohete naranja que habréis visto en mil fotos. La verdad es que llamarlo «cohete» se queda corto; es una catedral de aluminio y combustible sólido. A diferencia de los juguetes de Elon Musk —que tienen su aquel, no lo niego—, el SLS es un diseño de la NASA pensado para una sola cosa: fuerza bruta. No es reutilizable, lo cual duele un poco en el bolsillo, pero es capaz de poner en órbita una cantidad de masa que hace que otros lanzadores parezcan petardos de las fiestas de San Antón.

Lo curioso del SLS es que hereda mucha tecnología del antiguo transbordador espacial. Los motores RS-25, esos que van en la base, son básicamente los mismos que volaron durante décadas, pero puestos a tope de esteroides. Y aquí es donde entra la parte que me gusta: la ingeniería de «aprovechar lo que funciona». No siempre hay que inventar la rueda desde cero. A veces, el secreto está en cómo conectas las piezas viejas con la electrónica nueva. Vaya, que es como si a un Seat 600 le metes el motor de un Tesla y la aviónica de un F-35. Una locura que, sorprendentemente, funciona.

¿Y por qué ha tardado tanto? Pues porque en el espacio, un error de un milímetro en una soldadura significa que cuatro personas no vuelven a cenar con su familia. La seguridad en Artemis II es obsesiva. Se han revisado hasta los tornillos más pequeños de las juntas de los propulsores de combustible sólido (los blancos laterales), aprendiendo de las lecciones amargas del Challenger. La ingeniería espacial no perdona, y menos cuando te vas a 380.000 kilómetros de casa.

La cápsula Orion: un apartamento muy caro con vistas increíbles

Si el SLS es el camión, la Orion es la cabina donde viajan los astronautas. Y no os equivoquéis, por fuera se parece a las cápsulas Apollo, pero por dentro es como comparar un Nokia 3310 con el último iPhone. Es más espaciosa, sí, pero sigue siendo un sitio agobiante para pasar diez días. La gran diferencia aquí es la capacidad de supervivencia y la autonomía.

Uno de los puntos críticos de Artemis II es el sistema de soporte vital. En la misión anterior, como no iba nadie, si el oxígeno fluctuaba un poco, pues bueno, se anotaba en el log y a correr. Ahora, la mezcla de nitrógeno y oxígeno tiene que ser perfecta. Además, está el tema de los «baños» espaciales. No es un tema glamuroso, pero si vas a mandar a cuatro personas a dar la vuelta a la Luna, necesitas un sistema que no falle. La gestión de residuos en microgravedad es, probablemente, uno de los retos de ingeniería más infravalorados de la historia.

Además, la Orion lleva el Módulo de Servicio Europeo (ESM), y aquí es donde nos ponemos la medalla. Gran parte de la propulsión y el suministro de energía de la nave depende de tecnología europea. Empresas con sede en España han metido mano en el software de control, en estructuras y en componentes críticos. No somos solo espectadores; estamos empujando la nave desde Getafe, desde Sevilla y desde centros tecnológicos que, a veces, parece que nos da vergüenza mencionar.

El factor humano: cuatro valientes y un destino

La tripulación de Artemis II no ha sido elegida al azar. Tenemos a Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen. Lo que me gusta de este grupo es que no son solo «pilotos de pruebas» con cara de póker. Son científicos, ingenieros y personas que saben comunicar. Victor Glover, por ejemplo, será el primer afroamericano en ir a la Luna, y Christina Koch la primera mujer. Esto no es solo una cuestión de cuotas, es que ya era hora de que el reflejo de la humanidad en la Luna no fuera solo el de un señor de Ohio.

La misión no va a aterrizar. Que nadie se lleve a engaño. Van a hacer una trayectoria de «retorno libre». Básicamente, usan la gravedad de la Luna como una honda: pasan por detrás, ven la cara oculta (esa que no vemos desde los chiringuitos de la Manga) y vuelven disparados hacia la Tierra. Es la prueba definitiva para ver si el escudo térmico de la Orion aguanta la reentrada a 40.000 kilómetros por hora. A esa velocidad, el aire se convierte en plasma y la cápsula se pone a unos 2.800 grados centígrados. Si eso no te pone los pelos de punta, es que no tienes sangre en las venas.

¿Y qué pinta España en todo este jaleo lunar?

A veces pecamos de modestos. Pensamos que esto de la Luna es cosa de la NASA y que nosotros solo miramos por el telescopio. Pues mira, no. La creación de la Agencia Espacial Española (AEE) ha sido un paso de gigante para coordinar todo el talento que tenemos disperso. En España tenemos empresas que son líderes mundiales en subsistemas satelitales y en procesamiento de datos.

Por ejemplo, cuando la Orion se comunique con la Tierra, es muy probable que parte de esa señal pase por estaciones de seguimiento en suelo español. O que el software que gestiona la energía de los paneles solares tenga líneas de código escritas por un ingeniero que se tomó un café en una plaza de Madrid o de Cartagena antes de entrar a currar. La industria aeroespacial española aporta miles de millones al PIB y, lo más importante, retiene un talento que antes se nos escapaba a Alemania o Estados Unidos.

Además, tenemos proyectos propios como el Miura de PLD Space. Vale, no es un cohete para ir a la Luna (de momento), pero es la prueba de que en España hay hambre de espacio. Esa cultura de «querer llegar más alto» es la que alimenta que hoy estemos hablando de Artemis como algo propio y no como una película de Hollywood.

Un poco de código para entender la órbita (sin asustarse)

Para los que sois más de picar código que de mirar las estrellas, entender cómo se calcula una trayectoria de estas tiene su miga. No es darle a un botón y ya. Se usan algoritmos de optimización que harían llorar a más de uno. Para que nos entendamos, aquí os dejo un ejemplo muy simplificado en Python de cómo se calcularía la fuerza gravitatoria que siente la Orion en un punto dado entre la Tierra y la Luna. Es física básica, pero es la base de todo.


# Cálculo rápido de la fuerza gravitatoria (Simplificado)
# No intentéis lanzar un cohete con esto desde el patio de casa.

def calcular_gravedad(masa_objeto, distancia_tierra, distancia_luna):
    G = 6.67430e-11  # Constante de gravitación universal
    M_tierra = 5.972e24 # Masa de la Tierra en kg
    M_luna = 7.342e22   # Masa de la Luna en kg
    
    # Fuerza de la Tierra
    fuerza_tierra = G * (M_tierra * masa_objeto) / (distancia_tierra ** 2)
    
    # Fuerza de la Luna
    fuerza_luna = G * (M_luna * masa_objeto) / (distancia_luna ** 2)
    
    # La fuerza neta dependerá de la dirección, pero aquí vemos la magnitud
    return fuerza_tierra, fuerza_luna

# Ejemplo: La Orion (aprox 25,000 kg) a mitad de camino
f_t, f_l = calcular_gravedad(25000, 190000000, 190000000)

print(f"A mitad de camino, la Tierra tira con {f_t:.2f} Newtons")
print(f"Y la Luna tira con {f_l:.2f} Newtons")
# Vaya, que la Tierra sigue mandando mucho incluso a mitad de camino.

La verdad es que la navegación real usa algo llamado «Problema de los tres cuerpos» (que ahora está muy de moda por la serie, pero que los astrofísicos llevan sufriendo siglos). Es un caos matemático donde la posición de la nave depende de mil variables. Por eso la Orion lleva ordenadores redundantes; si uno se queda «tostado» por la radiación cósmica, el otro entra al quite en milisegundos.

El elefante en la habitación: ¿Por qué gastar dinero en esto?

Esta es la pregunta que siempre sale en las cenas familiares cuando digo que me apasiona el espacio. «¿Con la de problemas que hay en la Tierra, para qué vamos allí?». La respuesta corta es: porque todo lo que usas hoy, desde el GPS de tu móvil hasta la vitrocerámica o ciertos tratamientos contra el cáncer, viene de la investigación espacial. La respuesta larga es que Artemis II no es un gasto, es una inversión en conocimiento.

Cuando obligas a los ingenieros a diseñar algo que funcione a -150 grados a la sombra y a 120 grados al sol, estás empujando los límites de la ciencia de materiales. Esos materiales luego terminan en mejores aislamientos para nuestras casas o en prótesis médicas más ligeras. Además, está el tema de la minería espacial y la energía. La Luna está llena de Helio-3, que podría ser el combustible de las futuras centrales de fusión nuclear (energía limpia y casi infinita). Si no vamos nosotros, irán otros. Y la verdad, prefiero que Europa y sus aliados tengan voz y voto en cómo se gestionan esos recursos.

Ojo con esto: la Luna es el «octavo continente». No es solo una roca, es una plataforma logística. Artemis II es el primer paso para construir la Gateway, una estación espacial en órbita lunar que servirá de gasolinera para ir a Marte. Si queremos ser una especie multiplanetaria —y viendo cómo está el patio a veces, no parece mala idea tener un plan B—, Artemis II es el examen de selectividad que tenemos que aprobar sí o sí.

La conexión con Cartagena: de Peral al espacio

No puedo evitar volver a mi tierra. En Cartagena sabemos mucho de explorar medios hostiles. Cuando Isaac Peral botó su submarino en 1888, mucha gente pensaba que era una locura, un trasto inútil que se hundiría para no volver. Peral tuvo que luchar contra la burocracia, la falta de presupuesto y el escepticismo de los que no veían más allá de sus narices. ¿Os suena de algo? Es exactamente lo mismo que ha pasado con el programa Artemis.

El salto tecnológico que supuso el submarino de Peral para la navegación subacuática es comparable al que supone la Orion para la navegación profunda. Ambos se basan en lo mismo: controlar un entorno donde el ser humano no debería estar. Presión, oxígeno, estanqueidad. Si Peral hubiera tenido los ordenadores de la NASA, estoy convencido de que habría diseñado un módulo de aterrizaje lunar antes que nadie. Ese espíritu de «ingeniería de frontera» es el que late en Artemis II.

Además, Cartagena sigue siendo un polo tecnológico brutal. Con Navantia y toda la industria auxiliar, tenemos una capacidad de fabricación de precisión que no tiene nada que envidiar a Houston. A veces solo nos falta creérnoslo un poco más y conectar esos puntos. Quién sabe si en unos años, alguna pieza crítica de una base lunar no llevará el sello de «Fabricado en Cartagena».

¿Qué podemos esperar del día del lanzamiento?

El día que el SLS encienda motores para la Artemis II, el mundo se va a detener un poquito. Va a ser un espectáculo visual, sí, pero también un momento de tensión máxima. Durante los primeros ocho minutos, los astronautas van a experimentar vibraciones que harían que se te saltaran los empastes. Es lo que llaman «max Q», el punto de máxima presión dinámica, donde el cohete sufre más estrés estructural.

Una vez en órbita, la cosa se calma, pero empieza el baile de la precisión. Tienen que realizar una maniobra llamada TLI (Trans-Lunar Injection). Básicamente, es encender el motor en el momento exacto para «caer» hacia la Luna. Si te pasas un segundo, acabas perdido en el espacio profundo. Si te quedas corto, vuelves a la atmósfera antes de tiempo. Es como intentar encestar un triple desde un coche en marcha a otro coche que también se mueve, a oscuras y con viento.

Y luego está el tema de la radiación. Una vez que sales de la protección del campo magnético de la Tierra (los cinturones de Van Allen), los astronautas están expuestos a partículas solares que no son precisamente saludables. La Orion tiene un refugio contra tormentas solares, una zona más protegida donde la tripulación se metería si el Sol decide estornudar más de la cuenta. Todo está pensado, pero como siempre decimos en tecnología: «En el entorno de producción es donde se ven los fallos de verdad».

Al final del día, ¿por qué nos importa tanto?

La conclusión que saco de todo esto es que Artemis II no es solo una misión de la NASA. Es el símbolo de que hemos decidido dejar de mirar al suelo para volver a mirar al cielo. En un mundo que a veces parece que se encoge, con algoritmos que nos encierran en burbujas y noticias que nos agobian, la exploración espacial nos recuerda que somos capaces de hacer cosas increíbles cuando nos ponemos de acuerdo.

Para que nos entendamos: Artemis II es el ensayo general de la obra de teatro más ambiciosa de la historia. Si sale bien, Artemis III pondrá a una persona en la superficie lunar otra vez. Y de ahí, a Marte. Es una cadena de hitos que cambiará nuestra cultura, nuestra economía y nuestra forma de entendernos como especie.

Así que, la próxima vez que veáis la Luna desde el puerto de Cartagena o desde cualquier rincón de España, pensad que dentro de muy poco habrá cuatro personas allí arriba, dándole la vuelta, mirando la Tierra desde la distancia y sintiendo ese «efecto perspectiva» que dicen que te cambia la vida. Y lo mejor de todo es que, de una forma u otra, todos vamos un poco con ellos. Porque la tecnología, al final, no son solo cables y metal; es la voluntad de llegar donde nadie ha llegado antes. Y en eso, la verdad, no nos gana nadie.

Vaya, que si esto no os emociona un poco, es que os hace falta un café bien cargado o una tarde de paseo por el muelle de Alfonso XII para reconectar con la historia y el futuro. Porque Artemis II ya está aquí, y ha venido para cambiarlo todo.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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