historia / mayo 25, 2026 / 12 min de lectura / 👁 215 visitas

Un origen que se escribe con la misma tinta

Un origen que se escribe con la misma tinta

A veces uno se pone a mirar el mapa y, si se aleja lo suficiente, las fronteras empiezan a parecer lo que realmente son: líneas arbitrarias dibujadas sobre un papel por gente que, la mayoría de las veces, no tenía ni idea de lo que estaba pasando a pie de calle. Lo pensaba el otro día mientras me tomaba el tercer café de la mañana aquí en Cartagena, mirando al Mediterráneo y recordando cómo desde este mismo puerto salían hace siglos los barcos que terminarían conectando destinos tan aparentemente distantes como el istmo de Panamá y las costas venezolanas. La verdad es que, si rascamos un poco en la superficie de la actualidad política, lo que queda es una historia compartida que tiene más de familia mal avenida que de simples vecinos.

Para entender por qué un panameño y un venezolano se sienten «primos» en cuanto cruzan dos palabras, hay que irse muy atrás. No hablo de hace cuatro días, sino de cuando todo aquello era un hervidero de expediciones y sueños de grandeza (y algún que otro desastre, para qué nos vamos a engañar). La conexión no es solo el idioma, que también, sino una estructura mental y social que se forjó bajo el mismo paraguas administrativo español.

Fijaos en un detalle que a veces se nos escapa: durante buena parte de la época colonial, Panamá no era ese país independiente y centrado en su canal que conocemos hoy, ni Venezuela era la potencia petrolera que marcó el siglo XX. Ambos territorios formaban parte de una red mucho más compleja. Panamá, por su posición estratégica, era el embudo por donde pasaba todo. Y cuando digo todo, es todo. Desde la plata que venía del sur hasta las noticias que llegaban de la península. Venezuela, por su parte, con su Capitanía General, tenía una autonomía que la hacía vibrar con una energía propia, pero siempre mirando de reojo a lo que pasaba en el resto del Caribe.

Lo curioso es que, desde nuestra perspectiva aquí en España, y más concretamente desde una ciudad con tanta solera militar como Cartagena, vemos esos lazos de forma muy clara. Los ingenieros militares que fortificaron las costas de La Guaira o Puerto Cabello eran, en muchos casos, los mismos que habían aprendido el oficio levantando las murallas de Carlos III aquí en mi tierra. Es una arquitectura del poder que se replicó a miles de kilómetros y que creó un paisaje urbano y mental muy similar.

El sueño de la Gran Colombia: Cuando fueron el mismo país

Aquí es donde la cosa se pone interesante de verdad. Si hay un momento en la historia donde Panamá y Venezuela fueron literalmente hermanos de sangre y de papel, fue durante el experimento de la Gran Colombia. Vaya lío se montó Simón Bolívar, ¿verdad? El hombre tenía una visión que, vista hoy con ojos del siglo XXI, parece casi de ciencia ficción: una superpotencia que uniera lo que hoy es Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador.

Panamá se unió a este proyecto de forma voluntaria en 1821, justo después de independizarse de España. Y ojo, que esto no fue un «bueno, pasaba por aquí y me apunto». Fue una decisión estratégica. Los panameños veían en la figura de Bolívar y en la fuerza de Venezuela un escudo contra cualquier intento de reconquista. Durante esos años, un ciudadano de Caracas y uno de la Ciudad de Panamá compartían pasaporte, leyes y, sobre todo, un enemigo común.

La verdad es que la Gran Colombia duró lo que dura un pastel a la puerta de un colegio, pero el poso que dejó es imborrable. Aunque el proyecto se desmoronó en 1830, la semilla de la identidad compartida ya estaba plantada. Es como cuando dos hermanos comparten habitación durante la infancia; por mucho que luego cada uno se mude a una punta del mundo y no se hablen en años, hay chistes internos y traumas compartidos que nadie más entiende.

El Istmo como puente y refugio

Dando un salto en el tiempo, porque si no esto se nos hace eterno, llegamos al siglo XX. Aquí los papeles se invirtieron un poco. Panamá se convirtió en ese lugar de paso obligado gracias al Canal, una obra de ingeniería que, por cierto, tuvo una mano de obra española brutal (muchos gallegos y asturianos terminaron allí, pero eso es otra historia para otro día). Mientras tanto, Venezuela empezaba a nadar en petróleo y a convertirse en el «sueño americano» del sur.

Durante décadas, la relación fue de admiración mutua. Panamá miraba a Venezuela como el hermano mayor rico y moderno, el que tenía las mejores autopistas y una televisión que exportaba telenovelas a medio mundo. Pero la vida da muchas vueltas, y vaya si las ha dado. En los últimos veinte años, Panamá ha pasado de ser un vecino lejano a convertirse en el salvavidas de miles de venezolanos.

La solidaridad de la que hablaba Roberto Zúñiga en sus redes no es solo una frase bonita para quedar bien en un tuit. Es una realidad palpable en las calles de Ciudad de Panamá. Vas por Vía Argentina o por el área de San Francisco y lo que oyes es un intercambio constante de acentos. El «vaina» panameño se mezcla con el «chévere» venezolano de una forma tan natural que a veces cuesta distinguir quién es quién si no te fijas mucho.

La huella económica y el talento compartido

No todo es nostalgia y banderas. Al final del día, la hermandad también se mide en el bolsillo y en el progreso. La llegada masiva de venezolanos a Panamá en la última década ha supuesto un choque cultural, sí, pero también una inyección de talento y emprendimiento que ha cambiado la cara de muchos sectores en el país del istmo.

  • Gastronomía: Solo hay que ver cómo han proliferado los locales de arepas que conviven con las fondas de arroz con pollo. Es una fusión que ya no tiene vuelta atrás.
  • Tecnología y Startups: Muchos profesionales venezolanos, formados en una época de oro académica, han encontrado en el hub tecnológico de Panamá el lugar perfecto para desarrollar software y soluciones digitales.
  • Sector Inmobiliario: La inversión venezolana fue clave para el skyline de Panamá que vemos hoy, ese que parece un mini-Manhattan en mitad del trópico.

Lo que me resulta fascinante, como alguien que sigue de cerca el mundo de la Inteligencia Artificial y la tecnología, es ver cómo se están creando redes de colaboración digital entre ambos países. Hay comunidades de programadores que operan entre Caracas y Panamá como si no hubiera una frontera de por medio, saltándose los bloqueos y las dificultades económicas a golpe de código y VPN. Es la versión moderna de las rutas comerciales que salían de Cartagena de Indias o de Portobelo.

¿Qué tiene que ver Cartagena (la de aquí) en todo esto?

Igual os estáis preguntando qué pinta un redactor de Cartagena, España, hablando de las cuitas entre panameños y venezolanos. Pues pinta mucho, la verdad. Para empezar, porque nuestra historia es la suya. Cuando paseo por el Arsenal o subo al Castillo de la Concepción, no puedo evitar pensar que la logística que hoy hace de Panamá un centro mundial del comercio nació de la misma mentalidad estratégica que convirtió a Cartagena en la base principal de la Armada en el Mediterráneo.

Además, en España estamos viviendo nuestra propia versión de esta historia. La comunidad venezolana en España es enorme, y muchos de ellos han llegado aquí después de haber pasado una temporada en Panamá. Somos vasos comunicantes. Lo que pasa en la Plaza Bolívar de Caracas o en la Cinta Costera de Panamá termina resonando en la Puerta del Sol o en nuestras propias calles.

Para que nos entendamos: la crisis migratoria y los movimientos sociales en América Latina no son algo que veamos por la tele como si fuera una película extranjera. Es algo que nos toca la fibra porque compartimos apellidos, instituciones jurídicas y una forma de entender la vida que prioriza la familia y la calle. Esa «solidaridad y lucha» de la que se habla no es un concepto abstracto; es el tipo que te atiende en la cafetería o la ingeniera que está diseñando el nuevo sistema de datos de una empresa en Madrid.

Un apunte sobre la Inteligencia Artificial y la Historia

Abro un pequeño paréntesis, que ya sabéis que me gusta el tema. Últimamente se está trabajando mucho en la digitalización de archivos históricos. Gracias a algoritmos de reconocimiento de texto (OCR) y modelos de lenguaje, estamos descubriendo cartas y documentos en el Archivo de Indias que detallan con una precisión asombrosa la relación diaria entre las provincias de Panamá y Venezuela durante el siglo XVIII.

Es increíble ver cómo la IA nos está ayudando a reconstruir esa «hermandad» que a veces los libros de texto resumen demasiado. Estamos encontrando registros de barcos que hacían la ruta entre La Guaira y Portobelo llevando no solo mercancías, sino cartas personales, libros prohibidos por la Inquisición y noticias de las revueltas que empezaban a fraguarse. La tecnología, lejos de alejarnos de la historia, nos está permitiendo leerla sin los filtros de los historiadores oficiales de antaño. Vaya, que estamos descubriendo que los lazos eran mucho más estrechos y cotidianos de lo que pensábamos.

La solidaridad en tiempos de redes sociales

Volviendo al presente, el tuit de Roberto Zúñiga que mencionaba al principio es un síntoma de algo más profundo. En un mundo donde parece que lo que vende es el conflicto y el «muro», ver a figuras públicas y ciudadanos de a pie recordando que Panamá y Venezuela son pueblos hermanos es un soplo de aire fresco.

Pero ojo, que no todo es color de rosa. La hermandad también implica roces. En Panamá ha habido debates intensos sobre la migración, y negar eso sería mentir. Sin embargo, lo que prevalece al final del día es esa sensación de destino compartido. Cuando Venezuela sufre, Panamá lo siente, no solo por la presión migratoria, sino porque hay miles de familias que ya son binacionales. Niños que han nacido en Panamá de padres venezolanos y que crecen con el «patacón» y la «arepa» en el mismo plato.

La verdad es que, si lo piensas bien, Panamá ha jugado un papel de mediador silencioso en muchas ocasiones. Su posición geográfica le obliga a ser diplomático por naturaleza. No puedes ser el dueño del puente del mundo y llevarte mal con tus vecinos más importantes. Esa vocación de servicio y de punto de encuentro es lo que realmente une a estos dos pueblos con la historia de la humanidad.

Anécdotas que te hacen pensar

Me contaba un amigo que trabaja en logística en la Zona Libre de Colón que es imposible entender el comercio de la región sin la energía venezolana. Me decía: «Mira, aquí podemos tener todas las grúas del mundo, pero el empuje, la labia y la capacidad de improvisación que trajeron los venezolanos cuando las cosas se pusieron feas en su país, le dio una vida nueva a muchos negocios que estaban estancados».

Y es que es así. A veces hace falta que alguien de fuera (aunque sea un hermano que hace tiempo que no ves) venga a tu casa para recordarte el potencial que tienes. Esa sinergia es la que está moviendo la economía real, la de las pequeñas empresas y los autónomos, más allá de los grandes titulares macroeconómicos.

Un futuro que se construye a dos manos

¿Hacia dónde va esta relación? Pues mira, si me preguntas a mí, creo que estamos ante el nacimiento de una identidad caribeña-istmeña mucho más fuerte. La política va por un lado, con sus cumbres y sus declaraciones oficiales, pero la gente va por otro. Y la gente ya ha decidido que la frontera es una anécdota.

La interdependencia es total. Panamá necesita la vitalidad y el mercado que representa Venezuela (cuando las cosas se estabilicen, que esperemos sea pronto), y Venezuela necesita a Panamá como su ventana al mundo, su centro financiero y su conexión logística. Es un matrimonio de conveniencia que se convirtió en una historia de amor por necesidad.

Desde aquí, desde mi rincón en Cartagena, solo puedo ver esto con una mezcla de envidia sana y reconocimiento. En Europa nos llenamos la boca hablando de la Unión Europea y de la eliminación de fronteras, pero a veces nos falta ese «calor» humano, esa sensación de pertenecer a lo mismo que tienen los pueblos latinoamericanos a pesar de sus crisis.

Para que nos entendamos: No es solo política

Al final de la corrida, cuando hablamos de que Panamá y Venezuela son pueblos hermanos, no estamos hablando de un acuerdo firmado en una oficina con aire acondicionado. Estamos hablando de:

  • La música que suena en los buses (los «diablos rojos» panameños y las camionetas venezolanas comparten la misma salsa brava).
  • La forma de entender la fe y las fiestas populares.
  • Esa resiliencia casi mágica para reírse de la propia desgracia, algo que en España también sabemos hacer muy bien, por cierto.
  • El uso del lenguaje: esa economía de palabras y esa riqueza de insultos creativos que solo un idioma compartido y siglos de convivencia pueden generar.

Ojo con esto, porque a veces tendemos a simplificar y pensar que «todos son iguales». Nada más lejos de la realidad. Un panameño es muy panameño y un venezolano es muy venezolano. Pero es precisamente en esa diferencia donde encuentran el punto de unión. Es como el café con leche: son dos cosas distintas que, cuando se mezclan, crean algo que a muchos nos parece imprescindible para empezar el día.

La conclusión que saco de todo esto

La verdad es que me he extendido un poco, pero es que el tema lo merece. No se puede resumir siglos de historia, migraciones, sueños bolivarianos y realidades económicas en dos párrafos. Lo que Roberto Zúñiga lanzó al aire en sus redes es una verdad como un templo que a veces olvidamos por culpa del ruido del día a día.

Panamá y Venezuela no solo están unidos por la historia; están condenados a entenderse. Y esa «condena» es, en realidad, su mayor bendición. En un mundo que tiende a la fragmentación, tener un hermano al lado que hable tu idioma, entienda tus chistes y comparta tus problemas es un activo que no tiene precio.

Y nosotros, desde este lado del charco, seguiremos mirando con atención. Porque, al final del día, lo que pasa allí nos importa. No solo por los lazos históricos o porque nuestras empresas tengan intereses en el Canal o en las telecomunicaciones de la región, sino porque somos parte de la misma gran familia. Una familia un poco caótica, sí, pero que siempre encuentra la manera de salir adelante.

Vaya, que si algo nos enseña la historia de estos dos pueblos es que, por muchas vueltas que dé la vida, la sangre (y la cultura) siempre tira. Y eso, en los tiempos que corren, es algo que vale la pena celebrar. Así que, la próxima vez que veáis una noticia sobre Panamá o Venezuela, recordad que no estáis viendo a dos extraños, sino a dos piezas de un mismo puzle que empezó a montarse hace mucho tiempo, incluso antes de que existieran los mapas tal y como los conocemos hoy.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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