A veces me pregunto qué pensaría Vasco Núñez de Balboa si hoy levantara la cabeza y viera lo que hemos montado en ese estrecho pedazo de tierra que separa dos mundos. Seguramente se quedaría de piedra, y no solo por los rascacielos que parecen sacados de una película de ciencia ficción en plena Ciudad de Panamá, sino por ver cómo una empresa española terminó siendo la protagonista de la mayor obra de ingeniería del siglo XXI en la zona. La verdad es que Panamá tiene algo que a los que venimos de este lado del charco nos resulta extrañamente familiar, a pesar de estar a miles de kilómetros y tener una humedad que te deja el pelo como si hubieras metido los dedos en un enchufe.
Si estás pensando en cruzar el charco, olvida los folletos turísticos de colores saturados por un momento. Panamá no es solo un canal por el que pasan barcos cargados de contenedores, ni es solo un paraíso fiscal para gente con camisas de lino. Es un lugar donde la historia de España se quedó pegada en las piedras del Casco Viejo y donde la tecnología más puntera se da la mano con una selva que, si te descuidas, se merienda el asfalto en un par de semanas. Vamos a desgranar este país, pero con la mirada de quien busca entender qué hay debajo del capó.
El Canal: Mucho más que un atajo para barcos
Vaya por delante que hablar de Panamá y no mencionar el Canal es como ir a Cartagena y no ver el Teatro Romano: un pecado capital. Pero ojo, que aquí hay mucha tela que cortar. No se trata solo de una zanja con agua. Es una coreografía de ingeniería hidráulica que te deja la boca abierta. Lo que mucha gente no sabe, o al menos no recuerda cuando está allí mirando las esclusas de Miraflores, es el papelón que jugamos los españoles en la ampliación.
La ampliación del Canal, inaugurada allá por 2016, fue liderada por Sacyr. Sí, una constructora de las nuestras. Se encargaron del «Tercer Juego de Esclusas», un proyecto que para que nos entendamos, fue como intentar encajar un motor de Ferrari en un Seat 600 mientras el coche sigue circulando por la autopista. Tuvieron que diseñar unas compuertas que pesan miles de toneladas pero que se mueven con una suavidad que ya quisiera yo para la puerta de mi garaje.
Lo curioso es que el Canal funciona por gravedad. No hay bombas gigantescas moviendo el agua de un lado a otro. Usan el agua del Lago Gatún, que es un lago artificial inmenso, para llenar y vaciar las cámaras. Cada vez que un barco cruza, se vierten millones de litros de agua dulce al mar. Es un sistema brillante pero delicado, especialmente ahora que el cambio climático está haciendo de las suyas y las sequías ponen en jaque el tránsito. Si te gusta la tecnología, ver cómo un buque Neopanamax (esos que son tan grandes que parece que van a rozar las paredes) cruza por las nuevas esclusas es una experiencia casi hipnótica.
¿Por qué debería importarte la ingeniería del Canal?
- El ahorro de tiempo: Un barco que viene de China hacia la costa este de EE. UU. se ahorra semanas de navegación. Eso significa que tu último gadget tecnológico llega antes a la tienda.
- El peaje: Algunos barcos pagan cerca de un millón de dólares por pasar. Es, literalmente, la gallina de los huevos de oro del país.
- La precisión: Los barcos pasan con apenas unos centímetros de margen a cada lado. Es como aparcar un tráiler en un hueco de Smart.
Dos océanos en un mismo día (y sin despeinarse)
Esta es una de esas curiosidades que suenan a truco de magia pero es pura geografía. Panamá es uno de los pocos lugares del mundo donde puedes ver salir el sol sobre el Océano Pacífico y verlo ponerse sobre el Mar Caribe el mismo día. Y no, no necesitas un jet privado. Basta con un coche de alquiler y un par de horas de carretera.
La verdad es que la distancia entre océanos es de apenas 80 kilómetros en su punto más estrecho. Esto ha definido la identidad del país desde antes de que llegáramos los españoles. Era la ruta de tránsito natural. Primero fue el «Camino de Cruces» y el «Camino Real», por donde las mulas cargadas de oro del Perú cruzaban hacia Portobelo para embarcarse hacia España. Luego fue el primer ferrocarril transcontinental del mundo, y finalmente el Canal. Panamá siempre ha sido un puente, un lugar de paso que se ha quedado con un poquito de cada cultura que lo ha pisado.
Si te animas a hacer la ruta transístmica, te recomiendo que empieces temprano en la Ciudad de Panamá (Pacífico) y te dirijas hacia Colón (Caribe). Pero cuidado, Colón no es la Ciudad de Panamá; tiene un aire mucho más crudo, más portuario y, para ser sinceros, hay que ir con un poco más de ojo por dónde te metes. Sin embargo, cerca de allí tienes joyas como Portobelo o Isla Grande, donde el ritmo caribeño te atrapa y te olvidas de las prisas.
El Casco Viejo: Un espejo de la España colonial
Caminar por el Casco Viejo de Panamá es, para un español, una experiencia de déjà vu constante. Las plazas, los balcones corridos, las iglesias barrocas… Es como si hubieran cogido un trocito de Cádiz o de Sevilla y lo hubieran soltado en medio del trópico. Pero hay una historia fascinante detrás de estas piedras.
La ciudad original, Panamá Viejo (que hoy son unas ruinas preciosas que puedes visitar), fue destruida en 1671 por el pirata Henry Morgan. El tipo no se andaba con chiquitas y la saqueó de arriba abajo. Los habitantes decidieron mudarse a una península más fácil de defender, y así nació el actual Casco Antiguo. Lo que me encanta de este sitio es el contraste. Tienes un edificio colonial perfectamente restaurado, que ahora es un hotel boutique de lujo, y justo al lado una fachada desconchada donde una familia local sigue viviendo como si el tiempo no hubiera pasado.
Ojo con la Iglesia de San José y su famoso Altar de Oro. Cuenta la leyenda que los monjes lo pintaron de negro para engañar al pirata Morgan y que pensara que no valía nada. Funcionó. El pirata pasó de largo y hoy podemos ver esa maravilla barroca en todo su esplendor. Esos son los detalles que hacen que Panamá sea algo más que un destino de compras.
La moneda que no existe (pero sí)
Aquí viene una de esas cosas que confunden a cualquier viajero al principio. Si vas a un cajero en Panamá, te van a salir dólares estadounidenses. Si vas a pagar un café, el precio estará en Balboas, pero pagarás con dólares. ¿Cómo se come eso? Pues resulta que el Balboa es la moneda oficial, pero solo existe en forma de monedas (fraccionario), no hay billetes de Balboa. El valor está anclado 1:1 al dólar desde 1904.
Para nosotros, los que venimos de la zona euro, esto tiene sus pros y sus contras. Lo bueno es que no tienes que andar haciendo cálculos mentales extraños si ya estás acostumbrado al dólar. Lo malo es que, dependiendo de cómo esté el cambio euro-dólar, Panamá puede resultarte o una ganga o un sitio carísimo. La verdad es que, comparado con otros países de Centroamérica, Panamá no es barato. Es el «hub» financiero de la región y eso se nota en los precios de los restaurantes y el alojamiento en la capital.
Consejos rápidos sobre el dinero:
- Lleva efectivo: Aunque en la ciudad aceptan tarjetas en casi todos lados, si te vas a las islas (como San Blas) o a pueblos del interior, el efectivo es el rey.
- Las monedas de Balboa: Son idénticas en tamaño y peso a las de dólar. No te asustes si te dan el cambio mezclado; valen lo mismo.
- Propinas: Se suele dejar el 10% en los restaurantes. A veces ya viene incluido en la cuenta como «servicio», así que revisa bien el ticket antes de pagar dos veces.
Naturaleza salvaje a tiro de piedra
Lo que más me vuela la cabeza de Panamá es que puedes estar en una reunión de negocios en un rascacielos de cristal y, veinte minutos después, estar caminando por una selva donde los monos aulladores te gritan desde las copas de los árboles. El Parque Natural Metropolitano es un pulmón verde dentro de la ciudad que es una auténtica pasada. Si tienes suerte, puedes ver perezosos, esos bichos que parecen que viven en cámara lenta y que tienen una cara de no haber roto un plato en su vida.
Pero si de verdad quieres ver naturaleza en estado puro, tienes que ir a Coiba. Es una isla que antes era una colonia penal (al estilo de Alcatraz o las Islas de la Salud en la Guayana Francesa) y, precisamente por eso, se mantuvo virgen. Hoy es un Parque Nacional y Patrimonio de la Humanidad. El buceo allí es de otro planeta: tiburones, mantarrayas, ballenas… Es como meterte en un documental de la National Geographic pero sin el narrador de voz profunda.
Y luego está San Blas (Guna Yala). Olvida los resorts de cinco estrellas. Aquí mandan los indígenas Guna. Son 365 islas de arena blanca y palmeras, una para cada día del año. No hay internet, no hay electricidad constante, no hay lujos. Solo tú, una cabaña de paja, pescado fresco y el mar más azul que hayas visto jamás. Es el lugar perfecto para desconectar de verdad, de esos que te hacen replantearte si realmente necesitas mirar el móvil cada cinco minutos.
¿Cómo moverse por allí sin morir en el intento?
Moverse por Panamá es una aventura en sí misma. En la capital tienen el único Metro de Centroamérica, y la verdad es que funciona de maravilla. Es limpio, rápido y barato. Pero claro, el Metro no llega a todas partes. Ahí es donde entran los famosos «Diablos Rojos». Son antiguos autobuses escolares estadounidenses pintados con colores chillones, luces de neón y dibujos de todo tipo: desde la Virgen María hasta personajes de Marvel o cantantes de reguetón.
Subirse a un Diablo Rojo es una experiencia sensorial completa. La música va a todo trapo, el conductor maneja como si estuviera en una carrera de Fórmula 1 y el aire acondicionado… bueno, el aire acondicionado es la ventana abierta. Están desapareciendo poco a poco en favor de los «MetroBus» más modernos y aburridos, así que si ves uno, aprovecha para hacerle una foto (o súbete si te sientes valiente).
Para distancias largas, lo mejor es alquilar un coche o usar los autobuses que salen de la terminal de Albrook. Las carreteras principales, como la Panamericana, están bastante bien, pero en cuanto te desvías un poco, prepárate para los baches. Y un consejo de amigo: evita las horas punta en Ciudad de Panamá. El tráfico (allí lo llaman «el trancón») es legendario. Puedes tardar una hora en recorrer tres kilómetros. Tómalo con calma, pon la radio y disfruta del paisaje urbano.
La gastronomía: Un sancocho para el alma
Si vienes de España, la comida panameña te va a resultar reconfortante. No es picante como la mexicana, sino más basada en guisos, arroz y frituras. El plato nacional es el sancocho. Es una sopa de gallina (ojo, gallina de patio, de las que corren) con ñame y culantro. El culantro no es lo mismo que el cilantro; tiene un sabor mucho más potente y es el secreto de la cocina panameña. Un buen sancocho te resucita después de una noche de fiesta o te ayuda a combatir el calor (aunque parezca contradictorio comer sopa caliente a 30 grados).
No puedes irte sin probar el «Gallo Pinto» (arroz con frijoles) o las carimañolas (unas frituras de yuca rellenas de carne que son adictivas). Y por supuesto, el marisco. En el Mercado de Mariscos de la ciudad puedes comer un ceviche por unos pocos dólares que le da mil vueltas a muchos restaurantes de lujo. El ceviche panameño suele llevar mucho limón y cebolla, y se sirve con galletas saladas. Simple, fresco y espectacular.
Y para beber, nada como una «chicha» de frutas naturales o una cerveza local bien fría (la Atlas o la Balboa son las clásicas). La verdad es que con el calor que hace, esa primera cerveza cuando llegas a la terraza después de caminar por el Casco Viejo sabe a gloria bendita.
Tecnología y Negocios: El Silicon Valley del Sur
Panamá no solo vive del turismo y del Canal. Se ha posicionado como un centro tecnológico y logístico brutal. Muchas multinacionales españolas tienen allí su sede para toda Latinoamérica. ¿Por qué? Por la conectividad. No solo hablo de aviones (el aeropuerto de Tocumen es el «Hub de las Américas»), sino de fibra óptica. Por el istmo pasan los principales cables submarinos que conectan el mundo, lo que garantiza una velocidad de internet que ya quisiéramos en muchos pueblos de la sierra española.
Esto ha atraído a una legión de nómadas digitales. Cada vez es más común ver a gente con su portátil trabajando desde cafeterías en el barrio de El Cangrejo o en Costa del Este. El gobierno ha sacado incluso visas específicas para teletrabajadores. Si eres del sector tech, Panamá es un lugar donde las cosas están pasando. Hay una energía de crecimiento que se palpa en el ambiente, con sus luces y sus sombras, claro, pero con un dinamismo envidiable.
¿Por qué Panamá atrae a las empresas españolas?
- Seguridad jurídica: Comparado con otros vecinos de la región, Panamá es bastante estable.
- Logística: Tienes el puerto de Balboa en el Pacífico y el de Manzanillo en el Caribe. Es el paraíso de la logística.
- Idioma y cultura: A pesar de la influencia estadounidense (que es mucha), la base sigue siendo hispana. Entenderse es fácil.
Consejos de supervivencia para el viajero español
Para que tu viaje sea de diez y no acabes maldiciendo el día que decidiste cruzar el charco, aquí te dejo unos apuntes basados en mi propia experiencia (y en algún que otro error que cometí en su día):
1. El clima es tu peor enemigo y tu mejor amigo: En Panamá no hay estaciones como las nuestras. Hay temporada seca (verano) y temporada lluviosa (invierno). Pero que no te engañen: en verano también puede llover y en invierno hace un sol que achicharra. La humedad es constante, ronda el 80-90%. Mi consejo: ropa de lino o tejidos técnicos que transpiren. Y lleva siempre un paraguas pequeño o un chubasquero; las tormentas tropicales aparecen de la nada, sueltan el diluvio universal durante 20 minutos y luego vuelve a salir el sol como si nada.
2. El agua del grifo: En Ciudad de Panamá y en la mayoría del país, el agua del grifo es potable y de muy buena calidad. Esto es un lujo en Latinoamérica, así que aprovéchalo y rellena tu botella. Eso sí, en las islas o zonas muy remotas, mejor tira de agua embotellada.
3. Los horarios: En Panamá se madruga mucho. A las 7 de la mañana la ciudad ya está a pleno rendimiento. Por la tarde, la actividad decae un poco antes que en España. No esperes cenar a las 11 de la noche en muchos sitios; a las 9 o 10 la mayoría de las cocinas están cerrando, a menos que estés en zonas muy turísticas.
4. Seguridad: Panamá es, en general, un país seguro, especialmente comparado con sus vecinos del norte. Pero como en cualquier sitio, no hay que ir tentando a la suerte. Usa el sentido común: no luzcas joyas caras en zonas que no conoces y usa aplicaciones como Uber o Cabify por la noche en lugar de parar taxis en la calle. Es más seguro y te evitas el regateo del precio, porque los taxis allí no llevan taxímetro.
La conexión con nuestra Cartagena
No puedo evitar mencionar esto. Aunque el artículo es sobre Panamá, mi corazoncito está en Cartagena (España). Y la verdad es que hay una conexión histórica muy fuerte. Durante siglos, las flotas que salían de España hacia las Indias tenían paradas estratégicas. El sistema de fortificaciones de Panamá, especialmente en Portobelo y San Lorenzo, tiene el mismo ADN que nuestras murallas y castillos. Es esa ingeniería militar española diseñada para aguantar los envites de piratas y potencias extranjeras.
Cuando ves los cañones oxidados apuntando al mar en el Fuerte de San Lorenzo, es imposible no acordarse de la Batería de Castillitos o del Fuerte de Navidad. Es la misma historia, el mismo esfuerzo por proteger un imperio que se extendía por medio mundo. Esa sensación de «estar en casa» pero con palmeras y tucanes es lo que hace que Panamá sea un destino tan especial para nosotros.
Al final del día…
La conclusión que saco de todo esto es que Panamá es un país de contrastes violentos pero armoniosos. Es el caos del tráfico y la paz de una isla desierta. Es el acero de los rascacielos y la piedra de las ruinas coloniales. Es un lugar que ha sabido aprovechar su posición geográfica para convertirse en el centro del mundo, sin perder del todo esa esencia caribeña y relajada que tanto nos gusta.
Si vas con la mente abierta, dispuesto a sudar un poco y a dejarte llevar por el ritmo local, Panamá te va a sorprender. No es solo un sitio de paso; es un destino con alma propia, con una historia compartida con nosotros y con un futuro que se construye a base de esclusas y fibra óptica. Vaya, que si tienes la oportunidad, no te lo pienses. Prepara la maleta, olvida el secador de pelo (no servirá de nada contra la humedad) y lánzate a descubrir el istmo. Merece la pena, de verdad.
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