A veces uno se para a pensar en cómo ha cambiado el cuento de la guerra y la seguridad, y la verdad es que da un poco de vértigo. Si le preguntaras a mi abuelo, que hizo la mili cuando los walkie-talkies pesaban como un saco de cemento, qué es eso de la «interoperabilidad», probablemente te miraría como si le estuvieras hablando en arameo. Pero hoy, en pleno 2024, si los sistemas de un ejército no se entienden entre sí, es como si intentaras montar un mueble de IKEA con las instrucciones en coreano y sin llave Allen. No vas a ningún lado.
La idea de una Brigada de Interoperabilidad de Comunicaciones, Computación y Ciberdefensa suena a película de ciencia ficción, pero es la realidad más cruda y necesaria de la defensa moderna. Aunque el nombre nos remita a estructuras que vemos en otros países —como la BRICC que opera en tierras latinoamericanas—, lo cierto es que en España llevamos tiempo dándole vueltas a este concepto bajo el paraguas del Mando Conjunto del Ciberespacio (MCCE) y nuestras propias unidades de transmisiones. Porque, seamos sinceros, de nada sirve tener el mejor radar del mundo en una fragata atracada en el Arsenal de Cartagena si esa información no llega en milisegundos al centro de mando en Madrid o a un caza que sobrevuela el Mediterráneo.
Para que nos entendamos, la interoperabilidad es la capacidad de que diferentes sistemas, unidades y hasta ejércitos de distintos países (hola, OTAN) puedan compartir datos sin que aquello parezca la Torre de Babel. No es solo que los cables encajen, que eso es lo de menos. Es que el dato que sale de un sitio signifique lo mismo cuando llega al otro.
Imagina que estás en una operación conjunta. Tienes a la Infantería de Marina saliendo de Cartagena, a la Fuerza Aérea operando desde Albacete y a un equipo de ciberinteligencia monitorizando redes desde un búnker en Retamares. Si el sistema de la Marina usa un formato de coordenadas y el de la Fuerza Aérea otro, tenemos un problema serio. La interoperabilidad técnica soluciona esto mediante estándares. Vaya, que es como ponerse de acuerdo en usar todos el mismo grupo de WhatsApp en lugar de que unos usen Telegram, otros señales de humo y otros palomas mensajeras.
Pero la cosa se complica cuando metemos la «Computación» y la «Ciberdefensa» en la coctelera. Ya no hablamos solo de hablar, sino de procesar volúmenes ingentes de datos (el famoso Big Data, que aquí nos gusta mucho el palabrejo) para tomar decisiones antes de que el enemigo sepa siquiera que estamos ahí. Y ahí es donde entran las brigadas especializadas.
El corazón de la bestia: Computación en el campo de batalla
La parte de «Computación» de estas unidades no se refiere a tener a cuatro chavales arreglando impresoras. Estamos hablando de computación táctica. Es decir, llevar la potencia de un centro de datos al barro, al desierto o a la cubierta de un barco. En España, empresas como Indra o Navantia (que de esto en Cartagena saben un rato largo) trabajan mano a mano con el Ejército para que los servidores sean capaces de aguantar vibraciones, calor extremo y, sobre todo, intentos de hackeo.
La verdad es que la computación en el borde (Edge Computing) es lo que está marcando la diferencia. En lugar de enviar todos los datos a una nube central —que puede estar a miles de kilómetros y ser vulnerable—, el procesamiento se hace allí mismo. Ojo con esto, porque requiere una arquitectura de red que sea capaz de reconfigurarse sola si un nodo cae. Es como si tu red Wi-Fi de casa fuera capaz de seguir funcionando aunque el router principal explote, repartiendo el trabajo entre la tostadora y la nevera inteligente.
Un pequeño ejemplo de lo que hablamos (en código, para los cafeteros)
Si quisiéramos simular cómo una unidad de estas monitoriza la integridad de un flujo de datos interoperable, podríamos ver algo así en un script sencillo de Python. Nada del otro mundo, pero para que veáis por dónde van los tiros:
import hashlib
def verificar_integridad_datos(paquete_recibido, hash_esperado):
# Simulamos que recibimos un paquete de datos tácticos
# La interoperabilidad exige que el receptor sepa cómo validar esto
hash_calculado = hashlib.sha256(paquete_recibido.encode()).hexdigest()
if hash_calculado == hash_esperado:
print("Dato validado: La información es fiable. Proceda con la maniobra.")
return True
else:
print("¡ALERTA! El paquete ha sido manipulado o está corrupto. Posible ataque de inyección.")
return False
# En la realidad, esto ocurre millones de veces por segundo en los sistemas de la Brigada
dato_tactico = "Coordenadas: 37.6000° N, 0.9833° W" # Un saludo a Cartagena
hash_control = "e3b0c44298fc1c149afbf4c8996fb92427ae41e4649b934ca495991b7852b855" # Hash ficticio
verificar_integridad_datos(dato_tactico, hash_control)
Obviamente, en una Brigada de Interoperabilidad real, esto se hace con protocolos militares mucho más robustos, pero la esencia es esa: asegurar que el flujo de bits no se rompa ni se ensucie.
Ciberdefensa: El escudo invisible
Aquí es donde la cosa se pone tensa. La ciberdefensa no es poner un antivirus y esperar a que no pase nada. En una unidad de este calibre, la ciberdefensa es proactiva. Se trata de entender que el espacio digital es un dominio de combate más, igual que la tierra, el mar o el aire. De hecho, en España, el Mando Conjunto del Ciberespacio ya lo trata así.
La Brigada tiene que ser capaz de detectar intrusiones en redes que son híbridas: parte satélite, parte fibra óptica, parte radiofrecuencia. Y no solo detectar, sino responder. Si alguien intenta tumbar las comunicaciones de una unidad de la Legión desplegada en una misión internacional, la Brigada de Interoperabilidad tiene que estar ahí para «limpiar» la señal o saltar a una frecuencia alterna de forma automática.
Me viene a la cabeza el caso de los ataques de denegación de servicio (DDoS) que sufren a veces nuestras instituciones. Ahora imagina eso, pero dirigido contra el sistema de tiro de un carro de combate Leopard. Da miedo, ¿verdad? Por eso, estas unidades cuentan con especialistas que son, básicamente, hackers de sombrero blanco con uniforme militar.
La conexión con Cartagena: Más que sol y marineras
No puedo hablar de tecnología militar y comunicaciones sin barrer para casa, para nuestra Cartagena. Y es que la ciudad portuaria es, posiblemente, uno de los nodos tecnológicos de defensa más importantes de España. No es solo que tengamos la base de submarinos; es que todo el ecosistema que rodea al programa S-80 es un máster en vivo sobre interoperabilidad.
El sistema de combate de un submarino moderno es, en esencia, una red local ultra compleja que tiene que hablarse con satélites y otras unidades navales sin revelar su posición. La Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) y empresas locales están constantemente colaborando en proyectos que bien podrían formar parte del manual de cualquier Brigada de Interoperabilidad. La verdad es que aquí se respira ese ambiente de «ingeniería de la vieja escuela» mezclada con la vanguardia digital.
Si mal no recuerdo, hace poco se hablaba de cómo la Inteligencia Artificial se iba a integrar en la gestión de señales acústicas en el Mediterráneo. Eso es interoperabilidad pura: convertir un sonido analógico (un motor de un barco) en un dato digital, procesarlo con IA y compartirlo en tiempo real con el resto de la flota. Si eso no es computación avanzada, que baje Newton y lo vea.
Desafíos: No todo es coser y cantar
Claro, sobre el papel todo suena de maravilla, pero la realidad es tozuda. Uno de los mayores problemas de estas brigadas es la obsolescencia. En el mundo civil, cambias de móvil cada dos o tres años porque se queda lento. En el mundo militar, los ciclos de vida de los sistemas son de 20 o 30 años. ¿Cómo haces que un sistema de comunicaciones diseñado en los 90 sea interoperable con una IA de 2024?
La respuesta está en las capas de abstracción y en el software. Ya no se trata de cambiar el hardware (el hierro), sino de actualizar el software (el alma). Es lo que llaman «Defensa definida por Software». Vaya, que el mismo equipo de radio puede ser un radar, un inhibidor de frecuencias o un enlace satelital dependiendo del código que le cargues. Esto es un cambio de paradigma total que requiere que los soldados de esta brigada sepan tanto de táctica militar como de contenedores Docker y microservicios.
La soberanía tecnológica: El elefante en la habitación
Otro tema que me quema un poco es la dependencia de tecnología extranjera. Si compramos toda la tecnología de comunicaciones a Estados Unidos o a Israel, ¿somos realmente dueños de nuestra interoperabilidad? Al final del día, si ellos deciden «apagar» el interruptor, nos quedamos a oscuras. Por eso es vital que España potencie sus propias unidades y su propia industria. Unidades como la que nos ocupa son las que ponen a prueba los desarrollos nacionales para asegurar que, pase lo que pase, nuestros sistemas sigan hablando español.
¿Cómo se organiza una unidad así?
Si echamos un ojo a cómo se estructuran estas brigadas (tomando como referencia modelos internacionales adaptados a nuestra realidad), veríamos algo parecido a esto:
- Batallón de Comunicaciones Tácticas: Los que se encargan de que el «canuto» de datos llegue a donde tiene que llegar, ya sea mediante radio HF, satélite o enlaces láser (que sí, que ya se usan).
- Centro de Gestión de Datos y Computación: Los cerebros. Aquí es donde están los servidores, la IA y donde se procesa la información para que el mando no reciba mil datos inconexos, sino una sola imagen clara de la situación.
- Unidad de Respuesta Ciber: Los bomberos digitales. Si hay un ataque, ellos son los que entran a saco para aislar la amenaza y contraatacar si es necesario.
- Grupo de Interoperabilidad OTAN: Porque nunca peleamos solos. Su trabajo es asegurar que nuestros sistemas se entienden perfectamente con los de nuestros aliados, siguiendo los estándares STANAG.
Es una estructura compleja, pero es que el mundo se ha vuelto complejo. Ya no basta con tener valor y puntería; ahora necesitas latencia baja y cifrado de extremo a extremo.
La Inteligencia Artificial: ¿El nuevo sargento de transmisiones?
No podemos ignorar el elefante en la habitación. La IA está llegando a las comunicaciones militares para quedarse. Pero ojo, no hablo de un Terminator dando órdenes. Hablo de algoritmos que son capaces de gestionar el espectro radioeléctrico de forma inteligente. En un entorno de combate, el enemigo va a intentar interferir tus comunicaciones (jamming). Una IA puede detectar esa interferencia y cambiar de frecuencia en nanosegundos, mucho más rápido de lo que cualquier humano podría reaccionar.
Además, la IA ayuda en la «fusión de datos». Imagina que tienes diez drones sobrevolando una zona. Cada uno envía un vídeo. Un humano no puede mirar diez pantallas a la vez y enterarse de todo. La IA de la Brigada procesa esos diez vídeos, identifica las amenazas y le dice al comandante: «Oye, mira la pantalla 4, que ahí hay algo que no debería estar». Eso es ganar tiempo, y en la guerra, el tiempo es vida.
Reflexiones de barra de bar (o de puerto)
Al final de todo este rollo técnico, lo que queda es la gente. Porque puedes tener el superordenador más potente y la red de fibra más rápida, pero si detrás no hay profesionales que entiendan la importancia de ese dato, no sirve de nada. La formación de estos especialistas es durísima. Tienen que ser ingenieros, analistas y soldados, todo a la vez.
Y es curioso, porque mientras escribo esto, me acuerdo de las vistas desde el Castillo de la Concepción en Cartagena. Desde allí se ve el puerto, los barcos de la Armada y se siente esa historia milenaria de defensa. Antes eran murallas de piedra; hoy son murallas de código y ondas electromagnéticas. El espíritu es el mismo: proteger lo nuestro, solo que ahora las herramientas son un poco más… abstractas.
La conclusión que saco de todo esto es que la creación y el mantenimiento de unidades como la Brigada de Interoperabilidad de Comunicaciones, Computación y Ciberdefensa no es un capricho de generales que quieren juguetes nuevos. Es una necesidad existencial. En un mundo donde un ciberataque puede tumbar la red eléctrica de un país o cegar a su ejército, no podemos permitirnos el lujo de no ser los mejores en este campo.
Vaya, que la próxima vez que veas a un militar con un portátil en lugar de un fusil, no pienses que está en la oficina. Probablemente esté librando una batalla en una dimensión que ni tú ni yo alcanzamos a ver, pero que nos permite dormir tranquilos por las noches. Y eso, amigos, es algo que no tiene precio, aunque se mida en bits por segundo.
Para que nos entendamos: la tecnología no va a ganar las guerras por nosotros, pero si no la dominamos, las vamos a perder seguro. Y en España, con centros de talento como los que tenemos y una tradición militar que sabe adaptarse a los tiempos, estamos en el camino correcto. Eso sí, espero que nunca tengamos que poner a prueba todo el potencial de estas brigadas en un escenario real. Pero como dicen por aquí: «Si quieres la paz, prepárate para la ciberguerra» (o algo así era el dicho, ¿no?).
En fin, que me lío. La interoperabilidad es el pegamento que mantiene unido el puzzle de la defensa moderna. Sin ella, solo tenemos piezas sueltas y caras que no sirven para nada. Con ella, tenemos una fuerza capaz de enfrentarse a los retos de un siglo XXI que, la verdad, se presenta movidito.
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