astronomia / mayo 10, 2026 / 14 min de lectura / 👁 163 visitas

Mirar al cielo sin necesidad de un iPhone

Mirar al cielo sin necesidad de un iPhone

A veces me pregunto, mientras me tomo el tercer café de la mañana aquí en Cartagena, si no nos hemos vuelto un poco inútiles con tanta tecnología. El otro día intentaba orientarme por las calles del casco antiguo sin el Google Maps y, la verdad, me sentí como un pulpo en un garaje. Y es que hemos perdido esa capacidad de leer el entorno, algo que para nuestros antepasados era tan básico como para nosotros saber si el Wi-Fi tiene todas las rayas. Pero ojo, que no hablo de una orientación cualquiera. Hablo de saber qué día del año es simplemente mirando por dónde sale el sol entre dos edificios o cómo se proyecta una sombra en el suelo.

Resulta que, a miles de kilómetros de aquí, en el estado de Guanajuato, México, hay un lugar que me tiene obsesionado últimamente. Se llama Cañada de la Virgen. No es el típico sitio que sale en los folletos turísticos de «sol y playa» (y menos mal), sino un asentamiento prehispánico que es, básicamente, un ordenador de piedra. Un reloj, un calendario y un observatorio, todo mezclado en una arquitectura que te deja con la boca abierta. Lo curioso es que, aunque estemos hablando de México, la forma en que esos tíos entendían el espacio y el tiempo me recuerda mucho a cómo los antiguos pobladores de la Península Ibérica, como los que dejaron su huella en los dólmenes de Antequera o incluso aquí cerca, en los yacimientos argáricos, buscaban esa conexión con el cosmos.

La verdad es que Cañada de la Virgen no es un sitio de paso. Está construido con una intención tan clara que asusta. No se trata de «vamos a poner esta pirámide aquí porque hay buenas vistas». No, señor. Cada piedra, cada ángulo y cada patio hundido están ahí porque el cielo así lo dictaba. Y es que, al final del día, lo que buscaban era lo mismo que buscamos nosotros hoy con el Big Data: predecir el futuro para poder sobrevivir.

¿Qué demonios es Cañada de la Virgen y por qué debería importarte?

Para ponernos en situación, Cañada de la Virgen es un sitio arqueológico que estuvo «escondido» (o más bien, en manos privadas y poco explorado) hasta hace relativamente poco. Fue a partir de 2002 cuando la arqueóloga Gabriela Zepeda García Moreno y su equipo empezaron a meterle mano en serio. Y lo que encontraron no fue solo un centro ceremonial, sino un eje rector de la vida social y religiosa de los pueblos otomíes que habitaron la zona entre el año 540 y el 1050 d.C.

Lo primero que hay que entender es que no estamos ante una ciudad maya o azteca al uso. Los otomíes han sido, a menudo, los grandes olvidados de la historia mexicana, eclipsados por el brillo de los sacrificios humanos de los mexicas o la astronomía refinada de los mayas. Pero vaya, que estos tipos no se quedaban atrás. Construyeron Cañada de la Virgen en una meseta rodeada de cañones, lo que ya de por sí le da un aire de fortaleza natural. Pero lo gordo es la orientación. Mientras que la mayoría de las ciudades del mundo antiguo se orientan hacia los puntos cardinales, Cañada de la Virgen tiene una desviación de unos 18 grados hacia el norte del este. ¿Por qué? Porque esa es la ruta que sigue el sol en fechas clave para el ciclo agrícola.

Si mal no recuerdo, la mayoría de los investigadores coinciden en que este lugar funcionaba como un «reloj astronómico». Imagínate el nivel de precisión. No tenían telescopios, ni niveles láser, ni aplicaciones de realidad aumentada. Tenían palos, cuerdas, mucha paciencia y una capacidad de observación que ya quisiéramos para nosotros cuando intentamos montar un mueble de IKEA. Usaban el horizonte, las montañas lejanas y la propia arquitectura para marcar el paso del tiempo. Para un agricultor de la época, saber exactamente cuándo iba a empezar la temporada de lluvias era la diferencia entre comer o pasar un hambre de mil demonios.

Los otomíes: arquitectos del tiempo

A veces tendemos a pensar que los pueblos antiguos eran «primitivos». Qué error. Los otomíes de Cañada de la Virgen eran ingenieros de primer nivel. Supieron aprovechar la topografía del terreno de una forma que hoy llamaríamos «arquitectura integrada». El sitio se compone de varios complejos arquitectónicos, pero el más impresionante es, sin duda, el Complejo A, también conocido como la Casa de los Trece Cielos.

Este nombre no es un capricho poético. Hace referencia a la cosmogonía mesoamericana, donde el cielo se dividía en trece niveles. Pero más allá de la mística, la estructura es un prodigio de la geometría. Tiene un patio hundido, algo muy típico de la zona, que servía para crear un espacio sagrado, aislado del ruido del mundo exterior (aunque en aquella época el «ruido» sería el viento y algún que otro animal). Lo fascinante es que desde este patio, si te sitúas en el punto exacto, puedes ver cómo el sol se alinea perfectamente con el remate de la pirámide en fechas específicas.

Me recuerda un poco a lo que pasa en el Teatro Romano de aquí de Cartagena. No es que los romanos estuvieran mirando las estrellas para plantar lechugas, pero la forma en que aprovechaban la ladera del monte y cómo la luz incide en el graderío en ciertos momentos del día te hace pensar que esa gente no daba puntada sin hilo. En Cañada de la Virgen, esa precisión se llevaba al extremo porque su vida dependía de ello.

La Casa de los Trece Cielos: un procesador de datos de piedra

Vamos a meternos un poco en harina técnica, que sé que a los que nos gusta la tecnología esto nos pone. Si analizamos la Casa de los Trece Cielos como si fuera un algoritmo, veríamos que su «input» es la luz solar y su «output» es una fecha del calendario. El edificio principal tiene una escalinata que mira hacia el poniente. Esto es raro, porque lo normal en Mesoamérica es que miren al oriente. Pero tiene truco: al mirar al poniente, lo que están observando es el descenso de los astros, especialmente de Venus y la Luna, además del Sol.

La arqueoastronomía, que es la disciplina que estudia esto, ha demostrado que desde la parte superior de la pirámide se pueden observar alineaciones solares los días 4 de marzo y 9 de octubre. ¿Y qué tienen de especial esos días? Pues que dividen el año en periodos que encajan perfectamente con el ciclo del maíz, desde la preparación de la tierra hasta la cosecha. Es, literalmente, un calendario de gestión de recursos humanos y naturales grabado en piedra.

Además, el patio hundido funcionaba como un espejo de agua. Se cree que lo inundaban intencionadamente para que la superficie del agua reflejara el cielo nocturno. Imagina la escena: un sacerdote o un astrónomo otomí, en mitad de la noche, mirando el reflejo de las estrellas en el agua para calcular la posición de los planetas sin tener que romperse el cuello mirando hacia arriba. Es una solución de diseño de experiencia de usuario (UX) de hace mil años. «No mires al cielo, trae el cielo a tus pies». Me parece una genialidad.

El sol como metrónomo

La relación de este sitio con el sol es casi obsesiva. Pero no es una adoración ciega. Es una relación funcional. En Cañada de la Virgen, el sol actúa como un metrónomo que marca el ritmo de la vida. Los investigadores han detectado que el eje principal del sitio está alineado con la salida del sol en el solsticio de invierno y su puesta en el solsticio de verano. Esto permitía a los habitantes tener un control absoluto sobre las estaciones.

Y aquí es donde entra la parte que más me gusta: la conexión con el paisaje. Los otomíes no veían el edificio como algo separado del monte. Usaban los picos de las montañas circundantes como marcadores. Es lo que se llama «astronomía de horizonte». Si el sol sale por «aquel pico», es hora de sembrar. Si sale por «aquella hendidura», prepárate porque viene el frío. Es un sistema de información geográfica (SIG) basado en la observación directa.

La verdad es que, comparado con esto, nuestros calendarios digitales parecen un poco sosos. Nosotros recibimos una notificación en el móvil que dice «Reunión a las 10:00». Ellos recibían la notificación cuando la sombra de un monolito tocaba la base de una escalinata. Tenía una carga emocional y ritual que nosotros hemos perdido por el camino.

Arqueoastronomía: cuando la piedra se alinea con el cosmos

Para entender bien Cañada de la Virgen hay que leer a Gabriela Zepeda. Ella explica que el sitio no fue habitado por una población común, sino por una élite de sacerdotes-astrónomos. Era algo así como el Silicon Valley de la época, pero en vez de programar en Python, programaban en piedra y sombra. La gente normal vivía en los alrededores, en las zonas bajas, y subía a la cañada para las ceremonias y para recibir las «actualizaciones» del calendario.

Uno de los hallazgos más locos de las excavaciones fue el entierro de «El Jerarca». Se trata de un personaje que fue enterrado con una parafernalia impresionante, pero lo más curioso es que sus restos fueron manipulados durante generaciones. No es que lo enterraran y ya está. Lo sacaban, lo volvían a enterrar, lo movían… Era como si su presencia física fuera necesaria para validar la legitimidad del sitio. Esto nos dice mucho sobre la importancia del linaje y la memoria histórica para los otomíes.

Vaya, que no eran solo observadores de estrellas, eran también guardianes de una tradición que vinculaba a los ancestros con el cosmos. Para ellos, el tiempo no era una línea recta como para nosotros, sino algo cíclico. Todo volvía a pasar. Y si tenías el edificio bien alineado, podías estar seguro de que el ciclo continuaría. Es una forma de entender la estabilidad que hoy, con tanta incertidumbre económica y tecnológica, casi da envidia.

Un puente entre Guanajuato y el Mediterráneo

Sé que estaréis pensando: «Vale, muy bonito lo de México, pero ¿qué tiene que ver esto con nosotros aquí en España?». Pues más de lo que parece. La arqueoastronomía no es exclusiva de América. Si nos vamos a Antequera, en Málaga, el Dolmen de Menga es un ejemplo brutal de esto. A diferencia de casi todos los dólmenes de Europa, que miran a la salida del sol, Menga mira a una montaña llamada la Peña de los Enamorados, que tiene una forma humana muy peculiar. Es la misma lógica que en Cañada de la Virgen: el uso del paisaje natural como parte de la arquitectura sagrada.

Incluso aquí en Cartagena, aunque seamos más conocidos por las piedras romanas y cartaginesas, tenemos esa herencia de construir mirando al cielo. Los templos romanos no se ponían en cualquier sitio. Se buscaba la «inauguratio», un ritual donde se delimitaba el espacio sagrado en relación con el cielo. Al final, da igual que seas un otomí en el año 700 o un romano en el siglo I; la necesidad humana de encontrar un orden en el caos de las estrellas es la misma.

La diferencia es que en lugares como Cañada de la Virgen, al estar tan aislados y haber sido tan bien conservados, esa intención se ve de forma mucho más pura. No hay capas y capas de ciudades posteriores que lo oculten todo, como nos pasa aquí, donde para encontrar algo fenicio tienes que levantar tres capas de asfalto y dos de cimientos medievales.

La tecnología que nos permite «ver» el pasado

Hoy en día, para estudiar sitios como Cañada de la Virgen, ya no solo usamos el pico y la pala. La arqueología moderna es una disciplina tecnológica de narices. Se utiliza el LiDAR (Light Detection and Ranging), que es básicamente un láser que escanea el terreno desde un avión o un dron y es capaz de «quitar» la vegetación digitalmente para ver qué hay debajo. Es como tener rayos X para la tierra.

Gracias a estas tecnologías, se ha descubierto que Cañada de la Virgen era parte de una red mucho más amplia de sitios conectados visualmente. Es decir, que se mandaban señales de humo o espejos de un cerro a otro. Era una red de comunicación de baja latencia para la época. Si pasaba algo en la frontera, en cuestión de minutos la noticia llegaba al centro ceremonial.

Además, la fotogrametría nos permite crear modelos 3D exactos de las estructuras. Esto es vital porque, por mucho que cuidemos las piedras, el tiempo y el clima no perdonan. Tener un gemelo digital de la Casa de los Trece Cielos permite a investigadores de todo el mundo simular cómo se movían las sombras hace mil años sin tener que viajar hasta Guanajuato. Es la democratización del conocimiento arqueológico.

Un poco de código para los que no se fían solo de la intuición

Para que veáis que esto de la arqueoastronomía no es solo «magia» y misticismo, os voy a dejar un pequeño ejemplo de cómo podríamos calcular hoy en día la posición del sol para un sitio arqueológico usando Python. Es un script muy básico, pero que ilustra cómo la tecnología actual valida el conocimiento antiguo.


import ephem
import datetime

# Definimos las coordenadas de Cañada de la Virgen
# Latitud: 20.91 N, Longitud: 100.92 W
canada_virgen = ephem.Observer()
canada_virgen.lat = '20.91'
canada_virgen.lon = '-100.92'
canada_virgen.elevation = 2100 # metros sobre el nivel del mar

# Queremos saber por dónde salía el sol el 4 de marzo de 2024
# (Una de las fechas clave del sitio)
canada_virgen.date = '2024/3/4 12:00:00' 

sun = ephem.Sun()
sun.compute(canada_virgen)

print(f"En la fecha {canada_virgen.date}, el sol tiene una declinación de: {sun.dec}")
print(f"El azimut de la salida del sol es: {canada_virgen.previous_rising(sun)}")

# Con estos datos, los arqueólogos pueden comparar si la alineación 
# de los muros coincide con el cálculo astronómico.

Este tipo de herramientas son las que permiten a gente como Gabriela Zepeda decir, con pruebas en la mano, que «aquella piedra no está ahí por casualidad». Es la unión perfecta entre las humanidades y la ciencia pura. Y a mí, qué queréis que os diga, me parece una forma preciosa de usar la tecnología.

El misterio de los entierros y el linaje

Pero no todo son estrellas y matemáticas. Cañada de la Virgen tiene un lado oscuro, o al menos, inquietante para nuestra mentalidad moderna. Ya mencioné a «El Jerarca», pero es que se encontraron otros entierros que cuentan historias fascinantes. Por ejemplo, el de una mujer joven que fue enterrada con objetos que sugieren que venía de muy lejos, posiblemente de la zona de la costa o del sur de México.

Esto nos indica que Cañada de la Virgen era un centro de peregrinación. No era un sitio cerrado. Venía gente de todas partes a consultar a los astrónomos, a comerciar y a rendir culto. La movilidad en el México prehispánico era alucinante. No tenían caballos ni ruedas, pero se pateaban el continente entero por veredas y cañadas.

Lo que más me vuela la cabeza es el tratamiento de los cuerpos. Para los otomíes, la muerte no era el final de la relación con la comunidad. Los huesos eran reliquias activas. Se han encontrado pruebas de que los cuerpos eran desenterrados, limpiados y vueltos a colocar en posiciones rituales. Es una forma de mantener vivo el pasado que choca frontalmente con nuestra costumbre de «enterrar y olvidar». En Cañada de la Virgen, los muertos seguían formando parte del calendario, seguían siendo piezas del engranaje que hacía que el sol saliera cada mañana.

¿Por qué nos importa esto hoy en día?

Al final del día, uno podría pensar que estudiar un montón de pirámides en mitad de México es un ejercicio de nostalgia o pura curiosidad académica. Pero yo creo que hay algo más profundo. Estamos en una época donde todo es efímero. El software que escribimos hoy estará obsoleto en cinco años. El móvil que llevas en el bolsillo será basura electrónica en tres. Los edificios que construimos apenas duran unas décadas antes de necesitar una reforma integral.

Cañada de la Virgen lleva ahí más de mil años. Y sigue funcionando. Si mañana se fuera la luz en todo el planeta y nos quedáramos sin satélites, podrías ir a ese patio hundido y, si supieras leer las sombras, sabrías exactamente cuándo sembrar para no morir de hambre. Es una lección de sostenibilidad y de pensamiento a largo plazo que hemos olvidado por completo.

La verdad es que me da qué pensar. A veces nos creemos la cima de la evolución porque tenemos IA y fibra óptica, pero esos sacerdotes otomíes tenían una comprensión del tiempo y del espacio que nosotros solo podemos soñar con recuperar. Ellos no necesitaban «desbloquear» nada, porque nunca estuvieron cerrados a la observación de la naturaleza. Estaban conectados de una forma que nosotros, entre pantalla y pantalla, hemos dejado de lado.

Así que, la próxima vez que estéis por Cartagena y subáis al Castillo de la Concepción o paseéis por la Muralla Púnica, echad un ojo al cielo. No para ver si va a llover y os fastidia el tardeo, sino para intentar entender cómo se mueve todo ahí arriba. Al final, somos los mismos humanos con las mismas preguntas, solo que ahora tenemos herramientas más complejas para intentar responderlas. Pero las respuestas, como bien sabían en Cañada de la Virgen, suelen estar escritas en las estrellas y en la forma en que proyectamos nuestra sombra sobre la tierra.

Vaya, que me he puesto un poco filosófico, será el café. Pero es que lugares así te hacen replantearte muchas cosas. Si alguna vez tenéis la oportunidad de ir a Guanajuato, no os quedéis solo con las momias o las minas de plata. Coged un coche, id hasta la cañada y quedaos un rato en silencio en ese patio hundido. Igual, si tenéis suerte y el sol está en el punto justo, entendéis de qué iba todo esto de ser humano antes de que inventáramos los relojes de pulsera.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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