A veces uno va caminando por la Calle Mayor de Cartagena, con el sol de mediodía apretando un poco y el olor a salitre que viene del puerto, y se queda mirando las fachadas modernistas pensando en cuántas historias se nos escapan entre los ladrillos. No hablo de las historias que salen en los libros de texto, sino de esas corrientes de pensamiento que, de repente, cruzan el charco y aterrizan en una España que, allá por los años veinte, estaba en un proceso de cambio bastante movidito. Hoy me he levantado con una fecha dándome vueltas en la cabeza: el 19 de octubre de 1925. Y no, no es porque haya encontrado una moneda antigua en el Rincón de San Antón, sino por ese rastro difuso pero fascinante de la Iglesia de la Ciencia Cristiana.
La verdad es que, cuando escuchas «Ciencia Cristiana», lo primero que te viene a la mente es una contradicción de esas que te dejan el cerebro frito, como lo de «hielo abrasador». ¿Es ciencia? ¿Es religión? ¿Es un grupo de gente que decidió que los laboratorios y los altares podían compartir mesa y mantel? Pues ni lo uno ni lo otro, o quizás un poco de todo. Si nos ponemos técnicos —y sabéis que me gusta un buen desglose de datos—, este movimiento no tiene mucho que ver con lo que hoy entendemos por el método científico que usamos para programar una IA o para entender la física de partículas. Pero ojo, que el nombre no es un accidente.
Si nos situamos en el calendario, ese 19 de octubre de 1925 España estaba bajo la batuta de la dictadura de Primo de Rivera. Cartagena, por aquel entonces, era un hervidero de actividad militar y obrera. El Arsenal estaba a pleno rendimiento y la ciudad intentaba modernizarse a marchas forzadas. En ese contexto, cualquier idea que viniera de fuera, especialmente de Estados Unidos, se veía con una mezcla de sospecha y fascinación. La Ciencia Cristiana, fundada por Mary Baker Eddy unas décadas antes en Boston, empezaba a asomar la patita en Europa de forma más estructurada.
Me pregunto qué pensaría un cartagenero de la época, acostumbrado a la sobriedad de las procesiones de los Marrajos y los Californios, al oír hablar de una «ciencia» que decía que la enfermedad era, básicamente, una ilusión del pensamiento. Vaya, que si te dolía una muela después de comerse unos michirones, el problema no era la muela, sino tu percepción errónea de la realidad. Suena a algo que te diría hoy un gurú de Silicon Valley después de tres cafés y una sesión de meditación cuántica, pero en 1925 era una propuesta radical que rompía los esquemas de la medicina tradicional y de la fe establecida.
La verdad es que no hay registros masivos de una gran sede en nuestra ciudad en esa fecha exacta, pero la influencia de sus publicaciones, como el Christian Science Monitor, ya circulaba por los puertos importantes. Y Cartagena, no lo olvidemos, ha sido siempre la puerta de entrada de todo lo que viene por mar. La fecha del 10.19.25 (usando el formato americano que tanto les gusta) marca un punto de inflexión en la expansión internacional de sus ideas, un momento en el que el optimismo tecnológico de los «locos años veinte» se mezclaba con una búsqueda espiritual casi desesperada.
¿De qué va realmente este tinglado?
Para entender por qué alguien le pondría «Ciencia» a una iglesia, hay que meterse en la cabeza de Mary Baker Eddy. Ella no buscaba probetas ni microscopios. Su idea de «ciencia» era más bien un sistema de leyes espirituales que, según ella, eran tan constantes como la gravedad. Si aprendías a «programar» tu mente según estas leyes, el resultado (la salud, la paz, la provisión) era inevitable. Es casi como un código fuente: si el algoritmo está bien escrito, el programa no da errores. El problema, claro, es que el «hardware» humano es un poco más puñetero que un servidor de Amazon Web Services.
Para que nos entendamos, los pilares de esta creencia se resumen en unos puntos que, vistos desde hoy, nos hacen arquear una ceja:
- La irrealidad de la materia: Dicen que lo único real es el Espíritu. Todo lo que tocamos, olemos o sentimos (incluido el dolor de pies después de subir al Castillo de la Concepción) es una creencia errónea de la mente mortal.
- La curación por el argumento: No usan medicinas. Su método es la oración, pero no una oración de «por favor, Dios, cúrame», sino una de «entiendo que la enfermedad no existe porque Dios es todo». Es un proceso puramente mental y lógico, dentro de su propia lógica, claro.
- El libro de texto: Tienen la Biblia, sí, pero su manual de instrucciones real es Ciencia y Salud con Clave de las Escrituras. Sin ese libro, estás más perdido que un turista buscando la playa en el centro de Murcia.
La verdad es que, si lo analizas fríamente, tiene un componente psicológico brutal. Es el precursor de lo que hoy llamamos psicosomática, pero llevado al extremo absoluto. En una época donde la medicina todavía estaba descubriendo la penicilina (que no llegaría hasta unos años después), confiar en el poder de la mente no parecía tan descabellado para algunos.
La conexión con la tecnología y el procesamiento de datos
Como sabéis que me pierdo por un buen fragmento de código o una analogía tecnológica, no puedo evitar ver paralelismos entre la Ciencia Cristiana y la computación moderna. Al final del día, lo que Mary Baker Eddy proponía era una forma de procesamiento de información. Ella argumentaba que el error (la enfermedad) entra en el sistema porque aceptamos datos corruptos. La curación sería, por tanto, un proceso de «debugging» o depuración de errores mentales.
Imaginaos que estamos programando un script sencillo en Python para gestionar la «salud» de un sistema. En la lógica de la Ciencia Cristiana, el código se vería algo así (perdonad la licencia poética, pero es para que se entienda):
def verificar_estado(sujeto):
# La realidad absoluta según la Ciencia Cristiana
realidad_espiritual = True
# Lo que el sujeto cree sentir (la ilusión)
creencia_error = sujeto.sentir_dolor()
if creencia_error:
# No aplicamos medicina (parche de software)
# Aplicamos "Verdad" (refactorización del código)
print("Iniciando proceso de depuración mental...")
sujeto.alinear_con_espiritu()
return "Salud restaurada: El error ha sido borrado."
else:
return "Sistema operativo en armonía."
Es una forma muy binaria de ver la existencia: o es Verdad (con V mayúscula) o es Error. No hay términos medios. Y ahí es donde la cosa se pone complicada, porque la vida, al igual que el desarrollo de software en el mundo real, está llena de «edge cases» y comportamientos inesperados que no se arreglan solo con desear que no estén ahí.
¿Por qué nos sigue fascinando esto en pleno siglo XXI?
Podríamos pensar que en 2025 (o 2026, como dice el copyright de ese video de YouTube que mencionaba la fuente) estas ideas estarían enterradas bajo toneladas de evidencia científica. Pero no. Y es que el ser humano tiene una necesidad intrínseca de creer que tiene el control sobre su propia biología. En un mundo donde la IA nos dice qué comprar y cómo escribir, la idea de que nuestra mente es la última frontera de poder sigue siendo muy atractiva.
Además, hay algo en la estética de sus Salas de Lectura que me resulta extrañamente reconfortante. Si alguna vez habéis pasado por una, sabréis de lo que hablo: orden, silencio, mucha luz natural y estanterías impecables. Es el antítesis del caos de las redes sociales. En España, aunque son pocos, mantienen esa presencia discreta. No son de los que te asaltan en la calle para darte un folleto; prefieren que seas tú el que entre buscando respuestas, un poco como cuando entras en Stack Overflow buscando por qué tu código no compila.
El impacto en la cultura local y la resistencia al cambio
Volviendo a nuestra Cartagena, es curioso observar cómo estas corrientes anglosajonas chocan con la idiosincrasia local. Aquí somos de tocar, de ver, de sentir. Somos de la «Caridad», de la Virgen que sufre con nosotros. La idea de que el sufrimiento es una ilusión choca frontalmente con nuestra forma de entender la vida, que es muy visceral. Sin embargo, esa fecha de 1925 nos recuerda que España no era una isla. Estábamos conectados a las corrientes de pensamiento globales, para bien y para mal.
Ojo, que no todo era espiritualidad. En esos años, la ciencia «de verdad» también estaba dando pasos de gigante en la región. Se hablaba de los avances en la minería de La Unión, de las mejoras en el puerto… La Ciencia Cristiana intentó subirse a ese carro del «progreso» usando un lenguaje que sonara moderno para la época. Fue un intento de marketing espiritual muy bien ejecutado, la verdad.
Desmontando el mito de la «Ciencia»
Llegados a este punto, hay que ser claros. Para un redactor que se mueve entre tutoriales de código y análisis históricos, llamar «ciencia» a un sistema que rechaza la observación empírica es, cuanto menos, arriesgado. La ciencia, tal como la entendemos en aquinohayquienviva.es, se basa en la falsabilidad, en las pruebas doble ciego y en la revisión por pares. La Ciencia Cristiana se basa en la revelación individual y en la interpretación de un texto sagrado.
Pero, y aquí viene el matiz interesante, ¿no estamos viviendo ahora una época de «post-verdad» donde cada uno elige su propia ciencia? Vaya, que entre los terraplanistas, los antivacunas y los que creen que la IA va a cobrar conciencia mañana por la mañana, los seguidores de Mary Baker Eddy de 1925 parecen casi moderados. Al menos ellos tenían un sistema coherente, aunque partiera de premisas que hoy no sostendríamos ni con pinzas.
Anécdotas de archivo: ¿Hubo científicos cristianos en Cartagena?
Si mal no recuerdo, husmeando en archivos de prensa antigua, se encuentran menciones esporádicas a conferenciantes extranjeros que pasaban por ciudades portuarias. Cartagena, con su conexión directa con Gibraltar y de ahí con el mundo anglosajón, era parada obligatoria. No me extrañaría nada que en algún hotelito cerca de la Plaza del Ayuntamiento se celebrara alguna charla discreta sobre «La curación metafísica» en aquel octubre de 1925.
Imagino la escena: un caballero con bigote engominado y una señora con sombrero cloché, escuchando hablar de que la materia es «nada» mientras fuera se oía el traqueteo de los carros y el griterío de los pescadores vendiendo el género. Ese contraste es lo que hace que la historia de España sea tan rica. No somos solo castillos y batallas; somos también el refugio de ideas extrañas que cruzaron el mar.
La herencia del 10.19.25
¿Qué nos queda de todo esto hoy? Aparte de algún edificio singular en Madrid o Barcelona y de las famosas Salas de Lectura, nos queda una lección sobre la comunicación. La Ciencia Cristiana fue pionera en usar los medios de comunicación para expandir un mensaje. El Christian Science Monitor sigue siendo hoy uno de los periódicos más respetados del mundo (irónicamente, por su cobertura internacional objetiva, no por proselitismo religioso). Supieron separar la marca del producto, algo que cualquier experto en marketing digital de hoy firmaría con los ojos cerrados.
Para que nos entendamos, supieron crear una infraestructura de información que sobrevivió a la propia doctrina. Eso, en términos de ingeniería social, es una obra maestra. Lograron que una fecha como el 19 de octubre de 1925 fuera un ladrillo más en una estructura global que, aunque hoy nos parezca un anacronismo, sigue ahí, imperturbable ante el avance de la medicina genómica y la inteligencia artificial generativa.
Una reflexión final entre bits y creencias
Al final del día, la historia de la Iglesia de la Ciencia Cristiana y su rastro en fechas como la de 1925 nos enseña que la tecnología y la fe siempre han jugado al gato y al ratón. Queremos que la ciencia nos cure el cuerpo, pero seguimos buscando algo que nos cure el «alma» o, al menos, que nos explique por qué demonios estamos aquí.
La verdad es que, mientras escribo esto desde mi rincón en Cartagena, viendo cómo la luz de la tarde cambia el color de las piedras del Teatro Romano, me doy cuenta de que todas estas corrientes —ya sean religiosas, científicas o tecnológicas— son intentos de poner orden al caos. Unos usan oraciones, otros usan algoritmos de aprendizaje profundo, y otros, como yo, usamos palabras para intentar que todo tenga un poco más de sentido.
Vaya, que si algo hemos aprendido es que no importa cuánta «ciencia» le pongas al nombre de algo; lo que realmente importa es cómo eso afecta a la vida de la gente de a pie. Y en 1925, como en 2025, la gente solo busca una cosa: dejar de sufrir y entender un poco mejor este lío en el que estamos metidos. Ojo, que no es poco.
Así que, la próxima vez que paséis por un edificio antiguo y veáis una placa extraña o una fecha que no os cuadra, no la paséis de largo. Detrás de cada código, de cada fecha como el -10.19.25, hay una historia de alguien que intentó hackear la realidad para encontrar una salida. Y eso, amigos, es lo más humano que hay, aunque lo llamen ciencia o lo llamen religión.
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