Ayer pasé por delante de un instituto a la hora del recreo y, por un momento, pensé que me había metido en un capítulo de esos de ciencia ficción donde la humanidad ha olvidado cómo hablar. Silencio. O mejor dicho, un murmullo digital roto solo por el tecleo frenético en pantallas de seis pulgadas. La estampa no es nueva, lo sé, pero ver a un grupo de chavales sentados en un banco, hombro con hombro, sin mirarse a la cara porque están demasiado ocupados mirando lo que hace un influencer a quinientos kilómetros de distancia, te hace pensar. Y parece que en los despachos de la administración también le han dado vueltas al asunto.
La noticia ha saltado hace apenas unas horas: la Consejería de Educación, Ciencia y Universidades de Aragón ha publicado una orden que, para qué engañarnos, va a dar mucho que hablar en las cenas familiares y en las salas de profesores. No es una sugerencia, ni un «por favor, guardad el cacharro». Es una instrucción en toda regla sobre el uso de los teléfonos móviles en los centros educativos. Y aunque esto ocurre en Aragón, el eco llega hasta aquí, a nuestra Cartagena, donde el debate sobre si el móvil es una herramienta o un arma de distracción masiva está más vivo que nunca en centros como el IES Isaac Peral o el Jiménez de la Espada.
La verdad es que la orden no se anda con chiquitas. El objetivo principal es limitar el uso de los dispositivos móviles durante la jornada escolar. Y cuando dicen jornada escolar, se refieren a todo: las clases, por supuesto, pero también los recreos, las actividades extraescolares y esos ratos de comedor donde antes se intercambiaban cromos o se hablaba del partido del domingo. La idea de fondo es recuperar la convivencia «analógica», esa que nos obliga a gestionar el aburrimiento o el conflicto mirando a los ojos del otro.
Para que nos entendamos, la norma establece que en Educación Primaria el uso está directamente prohibido. Punto. En Secundaria (ESO), la cosa sigue la misma línea, aunque se dejan rendijas abiertas para usos muy específicos. No es que quieran volver a las cavernas o que la Consejera tenga algo en contra de la tecnología —que por algo lleva también la cartera de Ciencia—, sino que se busca frenar una inercia que estaba empezando a ser preocupante para el rendimiento académico y, sobre todo, para la salud mental de los chavales.
Ojo con esto, porque no es un capricho. La orden se apoya en la necesidad de proteger a los menores de riesgos que todos conocemos pero que a veces preferimos ignorar: el ciberacoso, el acceso a contenidos inapropiados y esa dependencia de la notificación constante que nos tiene a todos, adultos incluidos, con el sistema nervioso un poco frito. Al final del día, lo que se busca es que el instituto sea un espacio seguro, un paréntesis de la hiperconectividad que domina el resto de sus vidas.
Las excepciones: cuando el móvil sí tiene sentido
Ahora bien, no todo es prohibir por prohibir. La orden es consciente de que vivimos en 2024 y que un smartphone es, en esencia, un ordenador de bolsillo más potente que los que llevaron al hombre a la Luna. Por eso, se contemplan excepciones claras. La primera es la pedagógica. Si un profesor decide que para una actividad concreta de Geografía o de Tecnología es necesario usar una app de realidad aumentada o realizar una búsqueda guiada, puede hacerlo. Pero —y este es un «pero» importante— siempre bajo supervisión y con un objetivo didáctico definido. Nada de «buscad lo que queráis mientras yo corrijo exámenes».
La otra gran excepción es la de salud o necesidades específicas. Hay chavales que necesitan el móvil para monitorizar sus niveles de glucosa si son diabéticos, o que utilizan aplicaciones de apoyo por alguna discapacidad motriz o sensorial. En esos casos, faltaría más, el sentido común prevalece y el dispositivo sigue siendo su aliado. La verdad es que me parece un acierto que la norma no sea un bloque de hormigón, sino que deje espacio para estas realidades que, al fin y al cabo, son las que justifican que la tecnología exista.
El contexto español: ¿Es Aragón una isla o una tendencia?
Si miramos el mapa de España, lo que ha hecho Aragón no es una ocurrencia aislada. Madrid ya dio el paso hace tiempo, y otras comunidades como Galicia o Castilla-La Mancha también han metido mano en el asunto. Aquí en la Región de Murcia, el debate está sobre la mesa de forma recurrente. Y es que, aunque cada comunidad tiene sus competencias, el problema es el mismo desde el Cabo de Gata hasta el de Peñas: la atención de los alumnos está bajo mínimos.
La comparación con otros países europeos también es inevitable. Francia fue la pionera en prohibir los móviles en los colegios hace ya unos años, y los resultados, según dicen sus informes, han sido positivos en cuanto a la reducción de la conflictividad. En España, el Ministerio de Educación también ha movido ficha proponiendo un veto generalizado, pero como aquí las competencias están tan repartidas, al final cada Consejería tiene que redactar su propia «ley de la selva» digital.
Lo curioso es que, mientras en Silicon Valley los grandes gurús de la tecnología llevan a sus hijos a colegios waldorf donde no ven una pantalla ni en pintura hasta los 14 años, aquí nos hemos pasado años vendiendo que la digitalización del aula era poner una tablet a cada niño. Quizás nos hemos pasado de frenada. La orden de la Consejera de Aragón parece ser un intento de pisar el freno y ver si todavía sabemos dónde está el embrague.
La visión desde Cartagena: Historia, Piedra y Silicio
Viviendo en una ciudad como Cartagena, donde la historia te asalta en cada esquina, esta desconexión digital obligatoria tiene una lectura interesante. Imaginaos una excursión escolar al Teatro Romano. Antes, la mitad de los chavales estarían más pendientes de hacerse el selfie perfecto para Instagram o de grabar un TikTok con las ruinas de fondo que de escuchar cómo los romanos diseñaron la acústica de ese sitio hace dos mil años. Con esta nueva normativa, o al menos con el espíritu de la misma, se busca que vuelvan a mirar la piedra, a sentir el calor del sol en la grada y a escuchar al guía.
A veces pienso que en Cartagena somos expertos en capas. Tenemos la capa romana, la bizantina, la ilustrada… y ahora la capa digital. Pero si la capa digital tapa a todas las demás, perdemos nuestra identidad. En los centros educativos de nuestra ciudad, desde los que están en el Barrio de la Concepción hasta los de Santa Lucía, el reto es el mismo: que la tecnología no sea un muro, sino un puente. Y si para que sea un puente primero hay que quitarla de en medio un rato para aprender a construirlo, pues bienvenida sea la orden.
Me contaba el otro día un profesor de un instituto de aquí que lo que más le preocupaba no era que usaran el móvil para copiar —que también—, sino la pérdida de la capacidad de introspección. Si cada vez que tienes un segundo libre sacas el móvil, nunca te quedas a solas con tus pensamientos. Y de ahí, amigos, es de donde sale la creatividad, la resolución de problemas y hasta el autoconocimiento. Si la orden de Aragón ayuda a que los chavales recuperen esos cinco minutos de «mirar a las musarañas», ya habrá valido la pena el papel empleado en imprimirla.
El impacto en la convivencia: Menos ciberbullying, más charla
Uno de los puntos más potentes de la orden es el que se refiere a la convivencia escolar. No es ningún secreto que gran parte de los conflictos que estallan en el aula se han cocinado previamente en grupos de WhatsApp o en hilos de comentarios en redes sociales durante el recreo. Al eliminar el móvil del espacio escolar, se elimina el combustible de muchos de estos incendios.
Vaya, que si no tienes el móvil a mano para grabar a un compañero en una situación ridícula y subirlo a un grupo, esa humillación simplemente no ocurre, o al menos no tiene ese alcance viral que destroza vidas. La Consejería de Aragón hace hincapié en que el centro educativo debe ser un lugar de «desconexión» de esas dinámicas tóxicas. Es casi una medida de higiene pública.
Además, está el tema de la actividad física. Si vas a cualquier patio de colegio donde el móvil está permitido, verás a muchos niños sentados, estáticos. Si se lo quitas, de repente aparecen los balones, las carreras y los juegos. Es como si les devolvieras el cuerpo. Y en una sociedad con unos índices de obesidad infantil que asustan, que un niño corra detrás de una pelota porque no tiene nada mejor que hacer con el móvil es una victoria para la salud pública.
¿Y qué dicen los padres? El miedo a la incomunicación
Claro, no todo el mundo está dando palmas. Hay una parte de las familias que siente cierta ansiedad ante la idea de no poder contactar con sus hijos en cualquier momento. «Y si pasa algo, ¿cómo me avisa?», es la pregunta recurrente. La respuesta de la administración es sencilla: como se ha hecho toda la vida. Llamando al centro. Los colegios e institutos tienen teléfonos fijos, secretarías y conserjes que están ahí precisamente para eso.
La verdad es que nos hemos vuelto un poco dependientes de esa comunicación instantánea. Queremos saber si el niño ha llegado bien, si se ha comido el bocadillo o si le han dado la nota del examen de mates al minuto. Esa hipervigilancia parental tampoco es sana, ni para los padres ni para los hijos, que necesitan desarrollar su autonomía. La orden, indirectamente, también educa a los padres en la confianza hacia la institución educativa.
La paradoja del experto en tecnología: ¿Por qué yo apoyo esto?
Podría parecer contradictorio que alguien que escribe sobre Inteligencia Artificial, que destripa código Python y que se emociona con los avances de la computación cuántica, esté aquí defendiendo que se guarden los móviles en una mochila. Pero es que, precisamente porque conozco cómo funcionan estos dispositivos, sé lo diseñados que están para secuestrar nuestra atención.
Las aplicaciones que usan nuestros jóvenes están diseñadas por ingenieros en California que cobran sueldos astronómicos para conseguir que el usuario pase un segundo más haciendo scroll. Es una lucha desigual: un cerebro adolescente en pleno desarrollo contra los algoritmos de optimización de atención más potentes de la historia. No es una pelea justa. Por eso, establecer reglas de juego claras en el ámbito educativo no es ir contra el progreso, es proteger el capital más valioso que tenemos: la capacidad de concentración de las próximas generaciones.
Si queremos que en el futuro haya ingenieros en Cartagena capaces de diseñar barcos en Navantia o de investigar nuevas formas de energía limpia, necesitamos que esos chavales hayan aprendido primero a leer un texto largo sin interrumpirse por una notificación de TikTok. Necesitamos que sepan pensar de forma profunda, lineal y crítica. Y eso, lo siento mucho, no se aprende con el móvil encendido debajo del pupitre.
Un ejemplo práctico: El código y la paciencia
Para que nos entendamos, programar —que es algo que me apasiona enseñar— requiere una tolerancia a la frustración enorme. Tienes que escribir líneas de código, probar, fallar, volver a leer, encontrar el error… Es un proceso lento. El móvil es todo lo contrario: es gratificación instantánea. Si acostumbramos al cerebro a recibir un chute de dopamina cada tres segundos con un video nuevo, cuando ese cerebro se enfrenta a un problema de matemáticas o a un error en un script de código, se rinde a los dos minutos. «Es aburrido», dicen. No es aburrido, es que tu umbral de estimulación está por las nubes.
La orden de la Consejera de Educación de Aragón busca, en esencia, bajar ese umbral. Volver a niveles de estimulación humanos. Y eso, a la larga, es lo mejor que le puede pasar a la educación tecnológica de este país. Menos consumo pasivo de contenido y más creación activa. Para crear, hace falta silencio.
Implementación y sanciones: El papel del profesorado
Ahora viene la parte difícil: ¿cómo se aplica esto sin que los institutos se conviertan en prisiones? La orden deja en manos de los centros la autonomía para organizar cómo se recogen los dispositivos o dónde se guardan. Algunos centros optarán por taquillas, otros por cajas en el aula, y otros simplemente por la prohibición de que el móvil sea visible en ningún momento.
El profesorado, que ya va bastante cargado de burocracia y responsabilidades, se convierte ahora en el garante de esta norma. No es un papel agradable. A nadie le gusta andar requisando teléfonos y lidiando con el enfado del alumno (y a veces del padre). Por eso, la orden subraya que el uso indebido del móvil será considerado una falta de disciplina. Y esto es importante porque da respaldo legal al docente. Ya no es «el profesor me tiene manía», es «hay una orden de la Consejería que tú has incumplido».
En Cartagena, como en el resto de España, el éxito de esta medida dependerá de la coherencia. Si en un centro unos profesores hacen la vista gorda y otros son estrictos, la norma se cae. Se necesita unidad de acción y, sobre todo, mucha pedagogía. Hay que explicar a los alumnos el «porqué» de la medida, no solo el «qué».
Hacia una ciudadanía digital responsable
Al final de todo este lío de decretos y órdenes, lo que subyace es un concepto fundamental: la ciudadanía digital. Prohibir el móvil en el recreo no significa ignorar que el mundo es digital. Al contrario, significa que el tiempo que pasamos en el centro educativo debe servir para aprender a usar la tecnología, no para ser usados por ella.
La asignatura pendiente sigue siendo la formación. Me gustaría ver que, junto a estas prohibiciones necesarias, se refuerzan los contenidos sobre seguridad en la red, ética de la IA, verificación de noticias falsas y creación de contenido de calidad. Porque el móvil volverá a sus manos en cuanto crucen la puerta de salida a las dos de la tarde, y ahí es donde se verá si lo que han aprendido en clase les sirve para navegar por el mundo real sin naufragar.
La verdad es que la orden de la Consejera de Aragón es un paso valiente. Es fácil dejarse llevar por la corriente y decir que «los tiempos cambian» y que «hay que adaptarse». Lo difícil es decir «espera, esto no está funcionando y vamos a cambiarlo». Es un experimento social a gran escala que seguiremos muy de cerca desde este rincón de la red.
Reflexión final desde la barra del bar (digital)
La conclusión que saco de todo esto es que estamos en un momento de transición. Hemos pasado de la fascinación absoluta por el gadget a una fase de madurez donde empezamos a ver las costuras del sistema. No se trata de odiar la tecnología —yo sería el primero en quedarme sin trabajo—, sino de ponerle vallas al campo para que el campo pueda crecer sano.
Si esta medida sirve para que un chaval de un pueblo de Teruel o de un barrio de Zaragoza (o de nuestra trimilenaria Cartagena, si se aplicara aquí) descubra que puede pasárselo bien hablando con sus amigos sin una pantalla de por medio, o que puede concentrarse en un libro durante media hora seguida, entonces la Consejera podrá decir que ha hecho un buen trabajo.
Por ahora, nos queda ver cómo se adapta la comunidad educativa a este «apagón» programado. Habrá quejas, habrá memes (que los chavales harán en cuanto salgan de clase, por supuesto) y habrá algún que otro conflicto. Pero, sinceramente, creo que dentro de unos años miraremos atrás y nos preguntaremos cómo pudimos tardar tanto en darnos cuenta de que un recreo con móviles no era un recreo, era simplemente otra forma de estar trabajando para las grandes tecnológicas.
Y ahora, si me disculpáis, voy a soltar el móvil un rato y me voy a dar un paseo por el Puerto de Cartagena. A ver si soy capaz de mirar el mar sin pensar en qué filtro le quedaría mejor en una foto. La teoría me la sé, ahora falta la práctica. ¡Nos leemos!
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