Parece que fue ayer, pero ya estamos en marzo de 2026. Si echamos la vista atrás, la forma en que consumimos ciencia ha pegado un giro de 180 grados. Recuerdo perfectamente aquellos días de incertidumbre, cuando lo único que nos mantenía cuerdos era esa ventana digital al mundo. La iniciativa de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, con su propuesta de «ciencia a domicilio», fue uno de esos salvavidas intelectuales que, aunque nació en México, caló hondo en toda la comunidad hispanohablante, incluyendo a los que escribimos desde este rincón del Mediterráneo en Cartagena.
La verdad es que la pandemia nos dejó una herencia curiosa: nos volvimos un poco más exigentes con lo que leemos. Ya no nos vale cualquier hilo de Twitter (o X, o como se llame la semana que viene) escrito por un bot. Queremos sustancia. Y es que, al final del día, la ciencia no es solo un conjunto de datos fríos; es la herramienta que tenemos para entender por qué nos comportamos como lo hacemos, por qué el clima está tan loco o cómo esa Inteligencia Artificial de la que tanto hablamos está metiendo las narices en nuestra lista de la compra.
En este espacio de «aquí no hay quien viva», siempre hemos defendido que la tecnología y la cultura no son compartimentos estancos. Por eso, hoy quiero desgranar esos temas que la UNAM puso sobre la mesa y traerlos a nuestra realidad, con un ojo puesto en nuestras empresas, nuestros laboratorios y, por qué no, en los bares donde se arregla el mundo entre caña y caña.
¿Nuestras decisiones nos suben de peso? El cerebro frente al escaparate
Uno de los temas que más me ha hecho pensar últimamente es esa relación tan tóxica que tenemos a veces con la comida y cómo nuestras decisiones, aparentemente libres, están más condicionadas de lo que nos gustaría admitir. En el blog Univerzoom planteaban una pregunta que nos toca de cerca: ¿Realmente elegimos lo que comemos o es nuestro cerebro jugando al despiste?
Vaya, que no es solo cuestión de fuerza de voluntad. En España, donde la cultura del tapeo es casi una religión, esto se vuelve un reto mayúsculo. Las ciencias del comportamiento nos dicen que operamos bajo sesgos cognitivos constantes. Por ejemplo, el «sesgo de disponibilidad»: si lo primero que ves al entrar en la cocina es una bolsa de patatas fritas de esas de bolsa grande, las probabilidades de que termines con los dedos llenos de sal son altísimas. No es que tengas hambre, es que tu cerebro ha tomado el camino más corto.
Para que nos entendamos, nuestro cerebro sigue programado para la escasez de la sabana, pero vive en una realidad de supermercados abiertos 24 horas. En ciudades como Madrid o Barcelona, el diseño urbano y la publicidad agresiva de comida ultraprocesada crean lo que los expertos llaman «ambientes obesogénicos». Ojo con esto, porque no se trata de culpar al individuo, sino de entender que el sistema está diseñado para que elijamos mal. Si mal no recuerdo, algunos estudios realizados en la Universidad de Murcia apuntaban precisamente a cómo el nivel socioeconómico influye en esta toma de decisiones: lo barato suele ser lo menos sano, y el cerebro, que es un ahorrador nato de energía, elige lo fácil.
El dilema de la recompensa inmediata
¿Comerlo ahora o esperar? Ese es el dilema del malvavisco llevado a la vida adulta. En un mundo de gratificación instantánea, esperar una recompensa a largo plazo (como una mejor salud cardiovascular a los 60) parece una broma de mal gusto frente a un trozo de tarta de chocolate aquí y ahora. La dopamina es una jefa muy exigente. La verdad es que, si no aprendemos a hackear nuestros propios procesos mentales, estamos vendidos.
Donación de órganos: España como referente mundial
Hablando de decisiones y comportamiento, no puedo evitar conectar el tema de la donación de órganos que mencionaba la UNAM con nuestra propia realidad. Si hay algo de lo que podemos sacar pecho en España, es de nuestro sistema de trasplantes. Somos líderes mundiales, y no es por casualidad. La Organización Nacional de Trasplantes (ONT) es un modelo que se estudia en todo el mundo, desde México hasta Japón.
Pero, ¿qué tiene que ver esto con las ciencias del comportamiento? Mucho. En España, el modelo es de «consentimiento presunto». Es decir, todos somos donantes a menos que digamos lo contrario. Este pequeño cambio en la arquitectura de la decisión (el famoso nudge o empujoncito) marca una diferencia abismal. Mientras que en otros países tienes que hacer un trámite farragoso para ser donante, aquí el trámite es para dejar de serlo. Es un uso brillante de la inercia humana para salvar vidas.
Además, hay un componente emocional y cultural brutal. La solidaridad en España no es solo una palabra bonita; es una estructura logística perfectamente engrasada. He visto de cerca cómo funcionan los equipos de coordinación en hospitales como el Virgen de la Arrixaca en Murcia, y es para quitarse el sombrero. No es solo medicina de alto nivel; es psicología pura aplicada en los momentos más difíciles de una familia.
Heurísticas: Los atajos que a veces nos meten en un callejón sin salida
En el blog Paradigma XXI hablaban de los obstáculos cognitivos y las heurísticas. Me encanta este tema porque explica por qué somos tan «especiales» como especie. Una heurística es, básicamente, un atajo mental. El cerebro es un órgano que consume muchísima energía (un 20% del total del cuerpo, que se dice pronto), así que intenta ahorrar siempre que puede.
Imagina que vas por la calle Mayor de Cartagena y quieres entrar a comer en un sitio. Ves dos restaurantes: uno vacío y otro con gente. ¿A cuál vas? Al que tiene gente, casi seguro. Eso es una heurística de «prueba social». Tu cerebro asume que si hay gente, la comida es buena. Pero, ¡ay!, a veces esos atajos traen retrasos largos, como decía el título del artículo de la UNAM. Puede que el sitio lleno sea simplemente porque tienen una oferta de cerveza barata y la comida sea mediocre.
- Heurística de representatividad: Juzgamos la probabilidad de algo basándonos en cuánto se parece a nuestros estereotipos.
- Heurística de anclaje: Nos quedamos con la primera información que recibimos. Si ves un ordenador que costaba 2000€ rebajado a 1200€, te parece un chollo, aunque su valor real sea de 1000€.
- Sesgo de confirmación: Mi favorito y el más peligroso en la era de los algoritmos. Solo leemos y escuchamos aquello que nos da la razón.
Para que nos entendamos, las heurísticas son como el autocompletar del móvil: a veces te ahorran tiempo y otras veces te hacen mandar un mensaje impresentable a tu jefe. En el desarrollo de software, por ejemplo, los programadores luchamos constantemente contra estos sesgos. Creemos que una solución funcionará porque «siempre se ha hecho así», ignorando que el contexto tecnológico ha cambiado radicalmente.
Inteligencia Artificial: De la expresión de moda a la realidad cotidiana
Llegamos al plato fuerte. El artículo de la UNAM mencionaba que la IA fue la «expresión del 2022». Visto desde 2026, eso suena a prehistoria. En aquel entonces, estábamos todos alucinando con ChatGPT y generando imágenes de gatitos astronautas. Hoy, la IA es la infraestructura invisible de casi todo lo que hacemos en España.
Ya no hablamos de «revolución» (palabra prohibida, por cierto), sino de utilidad. En las empresas de logística de Valencia o en las explotaciones agrícolas de Almería, la IA está optimizando el riego y las rutas de transporte de una forma que antes era ciencia ficción. Pero no todo es color de rosa. La implementación de la IA en el mercado laboral español ha traído sus más y sus menos.
Código, algoritmos y un poco de ironía
A veces me preguntan: «¿Pero cómo funciona esto realmente?». Pues mira, no es magia negra. Al final, son matemáticas y mucha, mucha potencia de cálculo. Si echamos un vistazo a un fragmento de código sencillo de una red neuronal (comentado para humanos), veríamos algo así:
# Importamos la librería de turno, que suele pesar más que un matrimonio de 40 años
import tensorflow as tf
# Definimos el modelo. Básicamente le decimos al ordenador:
# "Mira estos datos y no me molestes hasta que encuentres un patrón"
model = tf.keras.Sequential([
tf.keras.layers.Dense(128, activation='relu'), # Capa oculta: donde ocurre la "magia" (o el caos)
tf.keras.layers.Dense(10, activation='softmax') # Capa de salida: el ordenador jugándose el tipo con una respuesta
])
# Compilamos. Aquí es donde le damos las reglas del juego.
model.compile(optimizer='adam', loss='sparse_categorical_crossentropy')
# Y ahora, a entrenar. Como un niño pequeño, pero mil veces más rápido y sin rabietas.
# model.fit(datos_entrenamiento, etiquetas, epochs=5)
La cuestión es que, aunque el código parezca frío, las decisiones que toma tienen un impacto real. En España, se está debatiendo mucho sobre la ética de estos algoritmos. ¿Quién es responsable si una IA de selección de personal descarta sistemáticamente a candidatos de ciertos barrios de Madrid o Sevilla? La verdad es que la tecnología corre mucho más que la legislación, y ahí es donde los humanos tenemos que dar un golpe sobre la mesa.
La huella del jaguar y el lince ibérico: Conservación en dos mundos
El blog La huella del jaguar nos recordaba la importancia de la biodiversidad. Aunque el jaguar nos pille un poco lejos, la problemática es la misma que tenemos aquí con el lince ibérico o la protección de la fauna en Sierra Espuña. La pérdida de hábitat es un drama global que se manifiesta de formas locales.
Me llamó la atención el artículo sobre los murciélagos. «No son ratones con alas», decían. Y cuánta razón tienen. En la zona de Cartagena, tenemos colonias de murciélagos que son fundamentales para controlar las plagas de insectos en los cultivos del Campo de Cartagena. Sin ellos, tendríamos que usar muchísimos más pesticidas químicos. Es curioso cómo un animal tan estigmatizado (gracias, Drácula) es en realidad uno de nuestros mejores aliados económicos y ecológicos.
La maternidad al extremo de especies como el Leptonycteris yerbabuenae en el desierto sonorense me recuerda a la resiliencia de nuestra propia flora y fauna en el sureste español, el rincón más árido de Europa. Aquí, la vida se abre paso entre piedras y salitre, demostrando que la naturaleza no necesita que la «salvemos», sino que la dejemos en paz.
Frankenstein, Hawking y el miedo al futuro
En Paradigma XXI rescataban la figura de Frankenstein y la singularidad. Es un tema recurrente: el miedo a que nuestra creación nos supere o nos destruya. Mary Shelley escribió su obra en un verano sin verano, influenciada por los experimentos galvánicos de la época. Hoy, el «galvanismo» es la computación cuántica y la IA general.
Stephen Hawking, ese genio que desafió todas las leyes de la probabilidad médica y física, siempre fue cauto con el futuro de la humanidad. Decía que si no salíamos de este planeta, estábamos condenados. Pero antes de colonizar Marte (que Elon Musk sigue en ello, el hombre no se rinde), tenemos que arreglar el patio de casa. El sistema económico actual, ¿es el enemigo del planeta? Es una pregunta incómoda que pocos se atreven a responder con claridad.
La verdad es que el modelo de crecimiento infinito en un planeta de recursos finitos es, matemáticamente hablando, un suicidio. No hace falta ser Hawking para verlo. En la Región de Murcia lo vemos con el Mar Menor: un ecosistema único que ha sido llevado al límite por una gestión que priorizó el beneficio inmediato sobre la sostenibilidad a largo plazo. Es el ejemplo perfecto de una heurística económica fallida.
Ciencia a domicilio: Más que un pasatiempo de cuarentena
Al final del día, lo que nos enseña esta recopilación de la UNAM y nuestra propia experiencia en estos años es que la ciencia no puede quedarse encerrada en los laboratorios de la universidad. Tiene que estar en la calle, en los blogs, en los podcasts y en las conversaciones de sobremesa.
Vaya, que la divulgación no es «bajar el nivel», sino traducir el conocimiento a un idioma que todos podamos hablar. Porque cuando entendemos cómo funciona el mundo, somos menos manipulables. Si sabes qué es un sesgo de confirmación, quizás te lo pienses dos veces antes de compartir ese bulo por WhatsApp. Si entiendes cómo funciona una vacuna o un algoritmo de IA, el miedo desaparece y deja paso a la crítica constructiva.
La conclusión que saco de todo esto es que, aunque la contingencia del COVID-19 quedó atrás, la necesidad de «vivir la ciencia sin salir de casa» (o saliendo de ella con otros ojos) es más fuerte que nunca. Ya sea leyendo sobre primates del Nuevo Mundo o trasteando con una API de procesamiento de lenguaje natural, lo importante es no perder esa chispa de curiosidad que nos hace humanos.
Y si alguna vez te sientes abrumado por tanta información, recuerda lo que decían en uno de esos blogs: a veces, los atajos cortos traen retrasos largos. Tómate tu tiempo. Lee un libro digital, escucha a un académico, o simplemente sal a mirar las estrellas desde el Castillo de la Concepción. La ciencia también es eso: pararse a observar y hacerse las preguntas adecuadas, aunque no siempre tengamos las respuestas a mano.
Para que nos entendamos, la ciencia es como un buen café: al principio puede resultar amarga, pero una vez que le coges el gusto, ya no puedes empezar el día sin ella. Y aquí seguiremos, en «aquí no hay quien viva», intentando que cada sorbo de conocimiento sea lo más ameno y provechoso posible. ¡Nos leemos en la próxima!
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