diabetes / marzo 6, 2026 / 11 min de lectura / 👁 139 visitas

La tormenta perfecta: Cuando la obesidad y la diabetes se dan la mano

La tormenta perfecta: Cuando la obesidad y la diabetes se dan la mano

A veces uno se para a mirar el carrito de la compra del que tiene delante en la cola del súper y, si se fija bien, se da cuenta de que algo no cuadra. No es por cotillear, que también, sino porque lo que metemos en la bolsa es el reflejo directo de una crisis que no hace ruido de sables, pero que está pasando factura a nivel global. Hace unos días, el profesor Peter Schwarz, que es quien lleva el timón de la Federación Internacional de Diabetes (FID), soltó unas cuantas verdades incómodas durante la Cumbre Mundial de la Obesidad en China. Y ojo, que no lo hizo ante cuatro gatos: lo escucharon más de un millón de personas a través de la pantalla. La cifra asusta, pero más asusta lo que vino a decir.

La verdad es que Schwarz no se anduvo con chiquitas. Aprovechando el Día Mundial de la Obesidad, puso sobre la mesa un panorama que, si no fuera porque los datos están ahí, parecería sacado de una distopía de ciencia ficción. Estamos hablando de que, para el año 2035, la mitad de la población del planeta tendrá sobrepeso u obesidad. Sí, has leído bien: uno de cada dos. Si vas por la Calle Mayor de Cartagena o paseas por la Gran Vía de Madrid, fíjate en la gente que te cruzas. En poco más de una década, estadísticamente, la mitad de ellos estará lidiando con problemas de peso que van mucho más allá de la estética.

Schwarz utilizó un término que en medicina se está volviendo tristemente común: la convergencia de epidemias. Para que nos entendamos, es como cuando en una película de catástrofes se juntan un huracán y un tsunami. Por un lado tenemos la obesidad y, por el otro, la diabetes tipo 2. No son compartimentos estancos; se alimentan mutuamente. El presidente de la FID fue muy claro al respecto: no podemos tratar una sin mirar a la otra. Es un pack, y uno bastante peligroso.

Lo que ocurre es que el tejido adiposo, esa grasa que acumulamos, no es solo un «almacén» de energía que nos sobra. La ciencia nos dice hoy que funciona casi como un órgano endocrino que suelta sustancias inflamatorias por todo el cuerpo. Esto acaba provocando que nuestras células se vuelvan sordas a la insulina (la famosa resistencia a la insulina), y de ahí a la diabetes hay un paso muy corto. En España, esto lo sabemos bien, aunque a veces miremos para otro lado. Tenemos una de las tasas de diabetes más altas de Europa, y gran parte de la culpa la tiene ese cambio de hábitos que nos ha alejado de la dieta de nuestros abuelos para abrazar el ultraprocesado rápido y barato.

Vaya, que el problema no es que nos guste comer bien, es que hemos diseñado un entorno donde lo fácil es comer mal. Schwarz destacaba en su discurso que ya hay mil millones de personas con obesidad en el mundo. Mil millones. Es una cifra que marea. Y lo peor es que el crecimiento no es lineal, es exponencial, especialmente en países que están pasando por transiciones económicas rápidas, como es el caso de China, donde se celebró la cumbre.

El drama de los más pequeños: De los juegos en la calle a la pantalla

Si hay algo que realmente le quita el sueño a los expertos como Schwarz, es lo que está pasando con los niños. Y aquí es donde el tono del discurso se vuelve más serio, casi urgente. Si echamos la vista atrás, allá por 1975 (que parece que fue ayer, pero ya ha llovido), la tasa de obesidad infantil era de un 4 %. Era raro ver a un niño con problemas serios de peso en el colegio. Sin embargo, en 2022 esa cifra se ha disparado hasta casi el 20 %. Es una barbaridad.

¿Qué ha pasado en estos casi cincuenta años? Pues un poco de todo. La verdad es que hemos cambiado el balón por la tablet y la manzana por el bollo industrial que aguanta tres meses tierno en la despensa. Pero no es solo culpa de los padres, que bastante tienen con intentar llegar a fin de mes y conciliar. Es el sistema. Schwarz hacía hincapié en que en los países de ingresos bajos y medios, el acceso a alimentos frescos es un lujo, mientras que la comida basura es ridículamente barata y accesible.

En España, por ejemplo, tenemos el estudio ALADINO que nos da unos tirones de orejas considerables cada vez que se publica. Seguimos pensando que la «dieta mediterránea» nos protege por arte de magia, pero la realidad es que nuestros niños están entre los más obesos de la Unión Europea. Y esto tiene una consecuencia directa que Schwarz subrayó con fuerza: estamos viendo casos de diabetes tipo 2 en adolescentes y jóvenes, algo que hace treinta años era prácticamente inaudito. Antes, la tipo 2 era la «diabetes del adulto». Ahora, ese nombre ya no tiene sentido.

La cumbre en China: Un escaparate de un millón de personas

Es curioso que este grito de auxilio se haya lanzado desde una cumbre organizada en China. El evento fue una colaboración entre la Sociedad China de Nutrición, la Universidad Jiaotong de Xi’an y otros centros de investigación de alto nivel. ¿Por qué allí? Porque China es el ejemplo perfecto de cómo un cambio de estilo de vida radical en apenas una generación puede poner en jaque el sistema sanitario de un gigante.

El hecho de que 1,1 millones de personas se conectaran para escuchar a Schwarz y a otros expertos nos dice que hay una preocupación real en la calle. La gente sabe que algo no va bien. El profesor Schwarz no solo habló de números; habló de prevención. Insistió en que la acción global tiene que ser «más firme». Ya no valen las palmaditas en la espalda o los folletos que te dicen que camines 10.000 pasos. Se necesitan políticas de estado que regulen la publicidad dirigida a menores, que graven los productos insanos y que faciliten que una familia pueda comprar verdura sin dejarse medio sueldo.

¿Por qué nos cuesta tanto reaccionar?

A veces me pregunto, y supongo que Schwarz también, por qué si sabemos lo que viene, nos cuesta tanto mover ficha. Quizás es porque la obesidad se percibe todavía como un fallo individual, una falta de voluntad. «Es que no se cuida», decimos. Pero la ciencia nos dice que es mucho más complejo. Es una enfermedad metabólica influenciada por la genética, el entorno, el estrés y hasta la microbiota intestinal (esos bichitos que viven en nuestras tripas y de los que ahora todo el mundo habla).

Además, está el factor económico. Tratar la diabetes y las complicaciones de la obesidad (problemas de corazón, fallos renales, amputaciones…) es carísimo. Para el sistema público de salud en España, esto es una bomba de relojería. Si se cumplen las predicciones de Schwarz para 2035, no va a haber presupuesto que aguante el tirón. Por eso, invertir ahora en prevención no es un gasto, es un ahorro de supervivencia.

La verdad es que, si mal no recuerdo, ya se han intentado varias iniciativas a nivel europeo para etiquetar mejor los alimentos (el famoso Nutri-Score, que tiene sus luces y sus sombras), pero la industria presiona mucho. Schwarz pide una acción global porque el mercado es global. De nada sirve que un país sea muy estricto si el de al lado permite cualquier cosa. Necesitamos un frente común, algo parecido a lo que se hizo con el tabaco, pero con la alimentación.

La tecnología como aliada (y como trampa)

Como estamos en aquinohayquienviva.es, no podemos dejar de lado el papel de la tecnología en todo esto. Por un lado, la Inteligencia Artificial está ayudando a los médicos a predecir quién tiene más riesgo de desarrollar diabetes antes de que aparezcan los primeros síntomas. Hay algoritmos que analizan tus análisis de sangre y tu estilo de vida y te dicen: «Oye, que como sigas así, en cinco años tienes un problema». Eso es fantástico.

Pero por otro lado, la tecnología nos ha vuelto más sedentarios que nunca. El teletrabajo, aunque tiene mil ventajas, nos ha quitado ese paseo hasta la oficina o el movimiento por el centro de trabajo. Y ni hablemos del delivery. Ahora, con tres clics en el móvil, tienes una hamburguesa chorreante en la puerta de casa sin haber quemado ni una caloría para conseguirla. Es la paradoja del progreso: vivimos más, pero estamos más enfermos por culpa de las comodidades que hemos creado.

Schwarz mencionaba que la prevención debe empezar en la escuela, pero también en el diseño de las ciudades. Necesitamos ciudades que inviten a caminar, con más zonas verdes y menos asfalto para los coches. En ciudades como Cartagena, por ejemplo, tenemos la suerte de tener el mar cerca y un clima que invita a salir, pero aún queda mucho por hacer para que el coche deje de ser el rey absoluto de los desplazamientos cortos.

El papel de la Federación Internacional de Diabetes

La FID, bajo el mando de Schwarz, no solo se dedica a dar charlas. Su labor es presionar a los gobiernos para que la diabetes esté en el centro de la agenda política. No es solo una cuestión de salud, es una cuestión de derechos humanos. Schwarz recalcó que el acceso a la atención médica y a la prevención es muy desigual. Mientras en España, con todos sus fallos, tenemos una cobertura razonable, en muchos países de ingresos bajos tener diabetes es una sentencia de muerte o de pobreza extrema por el coste de la insulina.

Y es que la obesidad no discrimina, pero se ceba con los más vulnerables. Es lo que los expertos llaman la «paradoja de la malnutrición»: personas que tienen exceso de peso pero que están malnutridas porque solo pueden permitirse calorías vacías. Schwarz fue muy incisivo en este punto durante la cumbre en China: la lucha contra la obesidad es también una lucha contra la desigualdad social.

¿Qué podemos hacer nosotros? (Sin caer en el desánimo)

Después de leer todo esto, uno puede pensar que estamos condenados. Pero no es así. El mensaje de Schwarz es una llamada a la acción, no un certificado de defunción. A nivel individual, podemos empezar por cosas pequeñas. No hace falta correr una maratón mañana. Se trata de recuperar el control de lo que comemos, de volver a cocinar en casa siempre que se pueda y de entender que el ejercicio no es un castigo, sino una medicina.

Pero sobre todo, como ciudadanos, tenemos que exigir que se tomen medidas a gran escala. No podemos dejar toda la responsabilidad en los hombros del individuo. Si el entorno es «obesogénico» (vaya palabreja, pero define muy bien un mundo que nos empuja a engordar), es casi imposible luchar contra corriente todo el tiempo. Necesitamos que las opciones saludables sean las más fáciles y baratas de elegir.

Para que nos entendamos, es como intentar dejar de fumar en una habitación llena de gente fumando y donde el tabaco te lo regalan. Pues con la comida pasa un poco lo mismo. La publicidad nos bombardea, los lineales de los supermercados están diseñados para que caigas en la tentación y el ritmo de vida actual no nos deja tiempo ni para masticar tranquilos.

Un futuro que depende de lo que hagamos hoy

Al final del día, la intervención del profesor Schwarz en la Cumbre de China es un recordatorio de que el tiempo se agota. Ese horizonte de 2035 está a la vuelta de la esquina. No es algo que les vaya a pasar a «otros»; es algo que nos afecta a todos, ya sea por nuestra propia salud o por la sostenibilidad del sistema que nos cuida.

La conclusión que saco de todo esto es que la obesidad ha dejado de ser un problema de «unos kilos de más» para convertirse en el mayor reto sanitario del siglo XXI, por encima incluso de muchas enfermedades infecciosas. Y la solución no va a venir de una pastilla mágica (aunque las nuevas medicinas que están saliendo ayudan, y mucho), sino de un cambio profundo en cómo entendemos nuestra relación con la comida, el movimiento y el entorno.

Ojo con esto, porque no es solo una cuestión de salud física. La obesidad también acarrea un estigma social y problemas de salud mental que a menudo se ignoran. Schwarz lo sabe, y por eso su enfoque es integral. No se trata de señalar con el dedo al que tiene sobrepeso, sino de señalar al sistema que lo ha provocado y pedirle cuentas.

La verdad es que me quedo con esa imagen de los 1,1 millones de chinos escuchando atentamente. Si un gigante como China se está tomando esto en serio, quizás es que el resto del mundo debería empezar a correr (literal y figuradamente). Porque, como dice el refrán, más vale prevenir que curar, y en este caso, la cura va a ser demasiado cara para todos si no empezamos a movernos ya.

Y tú, ¿qué opinas? ¿Crees que estamos a tiempo de evitar ese 50 % de obesidad para 2035 o ya hemos pasado el punto de no retorno? A veces pienso que somos un poco como el Titanic, viendo el iceberg de lejos pero sin querer girar el timón del todo por no molestar a los pasajeros de primera clase. Pero bueno, quiero pensar que todavía hay margen de maniobra si nos ponemos serios, como pide Schwarz.

En fin, que la próxima vez que vayas a la compra, echa un ojo a lo que metes en el carro. No por miedo, sino por conciencia. Y si puedes, vete caminando al súper, que tu páncreas y tu corazón te lo van a agradecer. Al final, los grandes cambios empiezan con decisiones pequeñas, pero necesitan que los que mandan nos lo pongan un poquito más fácil. Veremos si el grito de Schwarz en China llega hasta los despachos donde se toman las decisiones de verdad.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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