A veces me quedo mirando el móvil, pasando vídeos de forma casi hipnótica, y me doy cuenta de que la forma en la que consumimos ciencia ha pegado un volantazo tremendo. Lo que antes requería un documental de dos horas en la 2, con una voz pausada y música de flauta, ahora te lo despachan en un short de YouTube de cincuenta segundos. Y lo más curioso es que, entre baile y baile de moda, te sueltan una píldora sobre cómo la inteligencia artificial ha datado un yacimiento en tres días cuando antes hacían falta tres años. La verdad es que da un poco de vértigo, pero es la realidad que nos ha tocado vivir.
Esa inmediatez de los vídeos cortos es solo la punta del iceberg. Detrás de ese «clic» hay un despliegue tecnológico que está dejando a la arqueología tradicional, la de los pinceles y la paciencia infinita, con la boca abierta. No es que los arqueólogos ya no usen el pincel —que lo siguen haciendo, y con una maña envidiable—, es que ahora llevan en la mochila herramientas que parecen sacadas de una película de Christopher Nolan. Estamos hablando de algoritmos que «leen» inscripciones borradas por el tiempo y de láseres que desnudan el terreno desde el aire.
Y ojo, que esto no es algo que pase solo en las pirámides de Egipto o en las selvas de Centroamérica. Aquí, en España, y más concretamente en mi querida Cartagena, sabemos un rato de esto. Porque, seamos sinceros, si hay un sitio donde el pasado te asalta en cada esquina mientras vas a comprar el pan, es aquí. Pero antes de meternos en faena con los barcos hundidos y los teatros romanos, vamos a desgranar qué es lo que está pasando realmente en los laboratorios.
Cuando el algoritmo se pone el salacot
La inteligencia artificial ha dejado de ser esa cosa rara que solo servía para que Netflix te recomendara series de crímenes nórdicos. Ahora, la IA se ha calzado las botas de campo. Uno de los mayores quebraderos de cabeza en la arqueología siempre ha sido la clasificación. Imagínate que encuentras diez mil trozos de cerámica (lo que los expertos llaman «tiestos», con mucho cariño). Clasificar eso a mano, comparando formas, bordes y pastas, es un trabajo de chinos que puede durar décadas.
Pues bien, ahora tenemos redes neuronales convolucionales (CNN, para los amigos del código) que hacen este trabajo sucio. Se les entrena con miles de imágenes de piezas ya clasificadas y, en cuestión de segundos, el sistema te dice: «Oye, esto es una sigillata hispánica del siglo I, probablemente fabricada en un taller de la zona de Logroño». Y lo mejor es que no se cansa, no le duele la espalda y no necesita café para seguir rindiendo a las cuatro de la tarde.
Pero no solo se trata de clasificar. La IA está ayudando a datar con una precisión que asusta. Tradicionalmente, el Carbono-14 era el rey, pero tiene sus limitaciones y sus márgenes de error. Ahora, combinando la datación química con modelos predictivos de aprendizaje automático, podemos cruzar datos de sedimentos, restos orgánicos y hasta variaciones del campo magnético terrestre para clavar la fecha de un estrato. Es como si el pasado, de repente, tuviera una resolución de 4K.
El LiDAR: Ver a través de la piel de la tierra
Si hay una tecnología que ha revolucionado los shorts de divulgación últimamente, esa es el LiDAR (Light Detection and Ranging). Para que nos entendamos, es un sensor que lanza miles de pulsos láser por segundo desde un dron o un avión. Esos pulsos rebotan en el suelo y vuelven al sensor. Lo alucinante es que el software es capaz de filtrar la vegetación. Es decir, puedes «borrar» un bosque entero digitalmente para ver qué hay debajo.
Gracias a esto, se han descubierto ciudades mayas gigantescas que estaban ahí mismo, delante de nuestras narices, ocultas por la selva. En España, el LiDAR está siendo clave para mapear campamentos romanos en el norte o antiguas explotaciones mineras. Es una forma de excavar sin mover un solo gramo de tierra. Vaya, que es el sueño de cualquier arqueólogo que quiera evitarse una insolación bajo el sol de agosto.
Cartagena: Un laboratorio a cielo abierto (y bajo el mar)
No puedo hablar de tecnología y descubrimientos sin barrer para casa. Cartagena es, probablemente, uno de los mejores ejemplos de cómo la tecnología ha cambiado la narrativa histórica. Aquí no damos un paso sin tropezar con una piedra que tiene dos mil años, y eso, aunque es una maravilla, también es un reto logístico monumental. Si mal no recuerdo, hace apenas unas décadas, el Teatro Romano era un barrio de casas humildes y nadie sospechaba la magnitud de lo que había debajo.
Hoy en día, la excavación del Molinete o la recuperación del propio Teatro han sido posibles gracias a una combinación de fotogrametría y escaneado 3D. Ya no se trata solo de sacar la pieza, sino de crear un «gemelo digital». Esto permite que, si una columna se está degradando por la humedad o la contaminación, los expertos puedan simular en un ordenador cómo va a evolucionar y qué tratamiento es el mejor sin tocar la piedra original. Es pura medicina preventiva para el patrimonio.
El misterio del ARQUA y los tesoros invisibles
Y luego está el mar. Cartagena tiene una relación visceral con el Mediterráneo, y nuestras aguas son un cementerio de barcos fenicios, romanos y galeras españolas. El ARQUA (Museo Nacional de Arqueología Subacuática) es el epicentro de esta revolución. Datación de maderas, análisis de isótopos en los restos óseos de los marineros… la tecnología aquí no es una opción, es una necesidad.
La verdad es que trabajar bajo el agua es un fastidio técnico. La visibilidad es mala, las corrientes molestan y el tiempo de inmersión es limitado. Por eso, el uso de ROVs (vehículos operados remotamente) equipados con cámaras de alta definición y sensores acústicos está permitiendo mapear pecios a profundidades donde un buzo humano simplemente acabaría como un barquillo. Estos robots envían datos en tiempo real que luego se procesan para reconstruir el barco en tres dimensiones. Es casi como si pudiéramos vaciar el puerto de Cartagena y ver todo lo que hay en el fondo sin mojarnos los pies.
Un poco de código: ¿Cómo «piensa» una IA arqueológica?
Para los que os gusta mancharos las manos con un poco de Python, la lógica detrás de estos descubrimientos no es tan mística como parece. Básicamente, estamos hablando de clasificación de imágenes. Si quisiéramos hacer un script sencillo para identificar, por ejemplo, si una moneda es romana o cartaginesa (un debate muy típico por aquí), el esquema sería algo parecido a esto:
# Importamos las librerías típicas (nada de inventar la rueda)
import tensorflow as tf
from tensorflow.keras import layers, models
# Imaginemos que tenemos una carpeta con miles de fotos de monedas del yacimiento del Molinete
# La IA aprende a base de ver, como un niño pequeño pero con más procesadores
def crear_modelo_arqueologico():
model = models.Sequential([
layers.Conv2D(32, (3, 3), activation='relu', input_shape=(150, 150, 3)),
layers.MaxPooling2D((2, 2)),
# Aquí es donde la red empieza a notar patrones: el perfil de un emperador,
# la forma de una espiga o un caballo cartaginés...
layers.Conv2D(64, (3, 3), activation='relu'),
layers.MaxPooling2D((2, 2)),
layers.Flatten(),
layers.Dense(64, activation='relu'),
layers.Dense(2, activation='softmax') # ¿Romana o Cartaginesa? Esa es la cuestión.
])
model.compile(optimizer='adam', loss='sparse_categorical_crossentropy', metrics=['accuracy'])
return model
# Nota mental: La IA es lista, pero si le metes fotos borrosas,
# te dirá que una chapa de cerveza es un denario de plata.
# La calidad del dato es sagrada.
Este fragmento de código, aunque simplificado, es la base de herramientas profesionales que se usan hoy en día. Lo que antes le llevaba a un numismático experto toda una tarde de consulta de catálogos, la máquina lo resuelve en un parpadeo. Por supuesto, el experto sigue siendo necesario para dar contexto, pero la máquina le quita el trabajo de «picar piedra» digital.
El impacto de los «Shorts» en la divulgación científica
Volviendo al tema de los vídeos cortos, hay algo que me escama y me fascina a partes iguales. ¿Se puede explicar la complejidad de la datación por termoluminiscencia en 60 segundos? La respuesta corta es no. La respuesta larga es que, aunque no expliques el proceso físico-químico, consigues algo mucho más valioso: despertar la curiosidad.
En España tenemos una cantera de divulgadores alucinante que están usando estos formatos para acercar la historia a gente que, de otro modo, no abriría un libro de arqueología ni aunque le pagaran. Y es que, al final del día, si un chaval de quince años ve un short sobre cómo se ha descubierto una estructura romana bajo una calle de Cartagena usando georradar, quizá la próxima vez que pase por esa calle mire al suelo con otros ojos. Y eso, amigos, es una victoria absoluta.
Además, estos formatos obligan a los científicos a ser claros. Se acabó el lenguaje farragoso y las frases de tres líneas. O vas al grano o el usuario hace swipe y se va a ver a un gato tocando el piano. Esa capacidad de síntesis es un ejercicio de humildad y de inteligencia que la ciencia necesitaba como el comer.
- Accesibilidad: La ciencia sale de los despachos de la universidad y llega al metro, a la cola del súper o al sofá de casa.
- Visualización: Ver una reconstrucción 3D de una basílica paleocristiana en el móvil impresiona más que cualquier dibujo a plumilla.
- Interacción: Los comentarios en estos vídeos suelen ser un hervidero de preguntas. «Oye, ¿y eso no se rompe al sacarlo?», «¿Cuánto vale esa moneda?». La ciencia se vuelve una conversación.
¿Sustituirá la tecnología al arqueólogo de toda la vida?
Esta es la pregunta del millón. Hay quien teme que tanta máquina y tanto algoritmo acaben por deshumanizar el descubrimiento. Pero, sinceramente, creo que es justo al revés. La tecnología está liberando al arqueólogo de las tareas más tediosas para que pueda dedicarse a lo que realmente importa: interpretar.
Porque una máquina puede decirte que un trozo de madera tiene 2.400 años y que pertenece a un roble del norte de la península, pero no puede contarte la historia del carpintero que trabajó esa madera, ni el miedo que sintió el marinero cuando el barco empezó a hundirse frente a las costas de Cabo de Palos. Ese «alma», esa capacidad de conectar los puntos y construir un relato humano, es algo que (de momento) solo tenemos nosotros.
La verdad es que estamos viviendo una época dorada. Nunca antes habíamos tenido tanta información sobre nuestro pasado y nunca antes había sido tan fácil compartirla. Es una mezcla extraña entre lo más viejo del mundo y lo más nuevo. Y si eso sirve para que cuidemos mejor nuestro patrimonio, bienvenido sea el progreso.
La cara B: Los retos de la digitalización
Pero no todo es color de rosa. Esta revolución tecnológica también trae sus propios problemas. El primero es el almacenamiento de datos. Generar modelos 3D de alta resolución de yacimientos enteros ocupa terabytes y terabytes de información. ¿Cómo guardamos eso para que dentro de cincuenta años se pueda seguir consultando? Si ya nos cuesta leer un disquete de hace dos décadas, imaginaos el reto de conservar la memoria digital de la humanidad.
Y luego está el tema de la «democratización» del descubrimiento. Con herramientas como Google Earth o drones baratos, han aparecido los arqueólogos de salón. Por un lado, está genial que la gente colabore (el famoso crowdsourcing), pero por otro, esto puede dar pistas a los expoliadores de siempre. Es un equilibrio delicado entre abrir el conocimiento y proteger el yacimiento.
En Cartagena, por ejemplo, tenemos un control muy estricto sobre nuestro patrimonio subacuático, pero el mar es muy grande y los radares no llegan a todas partes. La tecnología es una herramienta potente, pero en las manos equivocadas puede ser un arma de doble filo. Por eso es tan importante que la legislación vaya de la mano de los avances técnicos, aunque ya sabemos que las leyes suelen ir en carro de bueyes mientras la tecnología va en un Tesla.
Hacia dónde vamos: El futuro de la historia
Si me preguntáis qué es lo próximo que vamos a ver, yo apostaría por la realidad aumentada aplicada in situ. Imaginaos pasear por el Foro Romano de Cartagena, sacar el móvil o ponerse unas gafas ligeras, y ver cómo los edificios se levantan ante vuestros ojos, con sus colores originales, sus gentes caminando y el bullicio del mercado. No es ciencia ficción, ya se están haciendo pruebas piloto y la sensación es increíble.
También vamos a ver mucho más análisis de ADN antiguo. La capacidad de secuenciar genomas de restos de hace miles de años nos está contando historias de migraciones y mestizajes que ni sospechábamos. Resulta que somos mucho más parecidos de lo que pensábamos y que nuestras fronteras actuales no significan nada para la genética.
Al final del día, lo que nos enseña toda esta tecnología es que el pasado no es algo estático que está ahí guardado en una vitrina. El pasado está vivo, cambia cada vez que descubrimos un dato nuevo y se reescribe con cada algoritmo que lanzamos sobre la tierra. Vaya, que la historia es de todo menos aburrida.
Para que nos entendamos, estamos en un momento en el que la ciencia ha decidido dejar de mirar solo por el retrovisor para empezar a usar sensores de proximidad, cámaras de visión nocturna y GPS de alta precisión. Y lo mejor de todo es que nosotros, desde la pantalla de nuestro móvil, tenemos un asiento en primera fila para presenciarlo. Así que, la próxima vez que veáis un short de arqueología, no lo paséis de largo demasiado rápido. Detrás de esos segundos de vídeo hay siglos de historia esperando a ser comprendidos por fin.
La conclusión que saco de todo esto es que, por mucha IA y mucho láser que usemos, el motor sigue siendo el mismo: esa curiosidad insaciable que nos empuja a preguntar «¿quién vivía aquí antes que yo?». Y mientras sigamos haciéndonos esa pregunta, la tecnología seguirá encontrando formas alucinantes de darnos la respuesta. O al menos, de darnos una pista para que sigamos buscando.
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