arqueologia / mayo 24, 2026 / 11 min de lectura / 👁 20 visitas

Esa frase que te deja descolocado en mitad del café

Esa frase que te deja descolocado en mitad del café

La verdad es que el otro día me topé con un tweet de Adriana Aguilera que decía, así, sin anestesia: «¡No soy fan de la arqueología!». Y claro, leyéndolo desde Cartagena, a uno se le queda la taza de café a medio camino de la boca. Porque, vamos a ver, decir eso aquí es casi como decir que no te gusta el sol o que el caldero te parece «arroz con cosas». Pero luego, dándole un par de vueltas mientras caminaba por la calle Mayor, me di cuenta de que entiendo perfectamente por dónde va la historia.

A veces, la arqueología se nos vende como algo polvoriento, lento y, para qué engañarnos, un poco tostón. Esa imagen del señor con salacot y un pincelito quitando arena de una piedra que, a ojos del profano, parece un ladrillo roto de la obra de al lado. Pero la realidad de lo que vivimos en esta esquina del Mediterráneo es otra película muy distinta. No se trata de ser «fan» de las piedras viejas, sino de entender que vivimos en un edificio de veinte plantas donde nosotros ocupamos el ático y los vecinos de abajo llevan ahí tres mil años dando guerra.

Vaya, que no es una cuestión de afición, es una cuestión de convivencia. Y es que en Cartagena, si quieres hacer un parking, acabas montando un museo. Si quieres reformar un bajo comercial, te sale una calzada romana. Es esa relación de amor-odio la que hace que frases como la de Adriana tengan todo el sentido del mundo para quien sufre los cortes de tráfico o las obras eternas, pero que a la vez esconden una profundidad técnica y humana que hoy me apetece desgranar un poco.

El «síndrome de la piedra» o por qué a veces nos agota el pasado

Para que nos entendamos: vivir en una ciudad con más de 2.500 años de historia ininterrumpida agota. No es que no valoremos el patrimonio, es que a veces el patrimonio no nos deja aparcar. La arqueología en España, y muy especialmente en el sureste, ha sido vista durante décadas como el enemigo del progreso urbanístico. «Ya han salido los huesos», decían los constructores con cara de pocos amigos. Y ahí es donde nace ese desapego, ese «no soy fan».

Pero ojo con esto, porque esa percepción está cambiando radicalmente gracias a la tecnología. Ya no estamos en la época de excavar a ciegas. Ahora, la Inteligencia Artificial y el escaneo láser nos permiten saber qué hay debajo de nuestros pies sin tener que levantar ni una baldosa. La arqueología moderna se parece más a un episodio de CSI que a una película de Indiana Jones (que, por cierto, de arqueólogo tenía lo que yo de astronauta).

La verdad es que, si lo piensas, la arqueología es la base de datos más grande y desordenada del mundo. Y como buen redactor que se pelea con el código y los datos, veo en esos estratos de tierra una estructura de archivos que necesita un buen «refactorizado». Cada capa de tierra es un commit en el repositorio de la historia de Cartagena. Y a veces, el código de hace dos mil años es mucho más limpio que el que escribimos ayer.

Cuando el Teatro Romano era solo un barrio de casas humildes

Si hay un ejemplo que explica por qué deberíamos darle una oportunidad a esto de la arqueología, aunque no seamos «fans», es nuestro Teatro Romano. La historia es de traca. Hasta finales de los años 80, nadie sabía que estaba allí. ¡Un teatro para 7.000 personas y estaba escondido! Para que os hagáis una idea de la magnitud del despiste: encima del teatro había un barrio entero, el de la alcazaba, con sus casas, sus calles y su vida cotidiana.

Fue un «error» en una excavación para un centro de artesanía lo que destapó el pastel. Y aquí entra la parte que me gusta: la arqueología no como colección de objetos, sino como puzle urbano. Imaginaos a los arqueólogos de la Universidad de Murcia y a los técnicos locales intentando encajar las piezas de un monumento que se usó como mercado, luego como barrio bizantino y más tarde como zona de viviendas.

Lo que hoy vemos cuando paseamos por el entorno del Ayuntamiento no es solo una «ruina bonita». Es el resultado de una gestión de datos masiva. Se tuvieron que documentar miles de fragmentos de mármol de Carrara, inscripciones y restos de columnas. Si eso no es Big Data aplicado a la historia, que baje Dios y lo vea. Al final del día, el Teatro Romano es el motor económico de la ciudad, y eso es algo que hasta el menos fan de la arqueología tiene que reconocer. Ha pasado de ser «un estorbo de piedras» a ser el motivo por el cual los hoteles están llenos.

La Inteligencia Artificial entra en la trinchera

Aquí es donde me pongo un poco más técnico, que para algo escribo en aquinohayquienviva.es. ¿Cómo se lleva la IA con la arqueología? Pues mejor de lo que parece. En España tenemos proyectos punteros que están usando redes neuronales para clasificar fragmentos de cerámica. Si alguna vez habéis visto una excavación, sabréis que salen miles de trozos de barro (las famosas «sigillatas»). Clasificar eso a mano es un trabajo de chinos, literal.

Ahora, mediante algoritmos de reconocimiento de imagen, podemos entrenar a una IA para que identifique la procedencia de una ánfora solo por su forma o su textura. Esto no solo ahorra tiempo, sino que permite trazar rutas comerciales de hace dos milenios con una precisión que asusta. Podemos saber que un aceite que se consumía en la Cartagena romana venía de una almazara específica de la Bética (lo que hoy sería Andalucía) simplemente cruzando datos químicos y morfológicos.

Además, el uso de drones equipados con LiDAR (Light Detection and Ranging) está permitiendo «limpiar» digitalmente el terreno. En zonas con mucha vegetación o relieve complicado, el láser atraviesa las plantas y nos devuelve un mapa del suelo desnudo. Así se han descubierto villas romanas y campamentos mineros en la Sierra de Cartagena que llevaban siglos ocultos por la maleza. Es como tener rayos X para la tierra. Vaya, que la arqueología hoy en día tiene más de Silicon Valley que de museo de Bellas Artes.

El caso del Molinete: un parque temático de la historia

Si alguien me dice que no es fan de la arqueología, yo le llevo al Barrio del Foro Romano, en el cerro del Molinete. Es, posiblemente, uno de los parques arqueológicos urbanos más grandes de Europa. Y lo que lo hace especial no es solo lo que hay (termas, templos, edificios de banquetes), sino cómo se cuenta.

Allí se ha hecho un esfuerzo por usar la arquitectura moderna para proteger la antigua. Esas cubiertas metálicas que parecen naves espaciales no están ahí por capricho estético; son una obra de ingeniería para mantener el microclima de las pinturas romanas. Y es que, amigos, conservar una pintura de hace 2.000 años en una ciudad con la humedad y el salitre de Cartagena es un reto técnico de primer nivel.

La verdad es que caminar por el decumano (la calle principal romana) y ver las marcas de los carros en las piedras te hace pensar. No hace falta ser un apasionado de la historia para sentir un escalofrío al darte cuenta de que estás pisando exactamente el mismo sitio donde un comerciante de garum (esa salsa de pescado que olía a rayos pero que les encantaba) se paró a discutir por el precio de una túnica. Es una conexión directa, sin intermediarios, con el pasado.

Arqueología subacuática: el tesoro que no es de piratas

No podemos hablar de Cartagena y de «no ser fans» de la arqueología sin mirar al mar. Tenemos el ARQUA, el Museo Nacional de Arqueología Subacuática, que es una joya que a veces los propios locales no valoramos lo suficiente. Y no, no va de barcos hundidos con cofres llenos de doblones de oro (bueno, a veces sí, como el caso de la fragata Mercedes, pero eso es otra historia).

La arqueología subacuática es, probablemente, la disciplina más difícil y técnica que existe. Trabajar bajo el agua, con corrientes, visibilidad nula y la presión del mar, requiere una logística que ríete tú de la NASA. En Cartagena tenemos el honor de ser la sede de este museo porque nuestras costas son un cementerio de barcos de todas las épocas: fenicios, romanos, naves de la Armada Española…

Lo de la fragata Mercedes fue un hito. ¿Os acordáis de la empresa Odyssey? Esos cazatesoros que intentaron llevarse las monedas a Estados Unidos. Pues bien, la victoria de España en los tribunales no fue solo por el dinero (que eran 500.000 monedas de plata y oro, ojo), sino por el principio moral. La arqueología no es «quien lo encuentra se lo queda». Es patrimonio, es información. Esas monedas, estudiadas en su conjunto, nos cuentan la inflación de la época, las rutas de la plata y la situación política del Imperio. Si las vendes en eBay, pierdes la historia. Y eso, por muy poco fan que seas, es una pérdida para todos.

¿Por qué nos debería importar aunque nos parezca aburrido?

Llegados a este punto, alguno dirá: «Vale, muy bien todo, pero a mí me sigue pareciendo que son piedras». Y es respetable. Pero dejadme que os dé un par de razones de peso, de esas que se entienden en la barra de un bar con una marinera y una caña en la mano.

  • Identidad: Saber de dónde venimos nos ayuda a entender por qué somos como somos. El carácter abierto y comercial de Cartagena no es casualidad; llevamos siendo un puerto de entrada de culturas desde que los fenicios asomaron la proa por aquí.
  • Economía: El turismo cultural es el que más dinero deja y el que menos estacionalidad tiene. La arqueología es el petróleo de Cartagena. Sin ella, seríamos una ciudad industrial más, con sus altibajos. Con ella, somos un destino mundial.
  • Ciencia: Los métodos que se desarrollan para conservar una piedra o un tejido antiguo se aplican luego en la industria moderna. La química de los materiales, la geofísica, la fotogrametría… todo eso avanza gracias a la necesidad de salvar el pasado.
  • Sostenibilidad: Rehabilitar edificios antiguos y respetar el trazado histórico es mucho más ecológico que tirar todo y construir con hormigón nuevo. La arqueología nos enseña a reciclar ciudades.

La verdad es que, a veces, el problema no es la arqueología en sí, sino cómo nos la han explicado. Si te la cuentan como una lista de fechas y nombres de reyes godos, es normal que quieras salir corriendo. Pero si te la cuentan como la historia de una ciudad que ha sobrevivido a asedios, explosiones, revoluciones (¡viva el Cantón!) y crisis, la cosa cambia. Es la biografía de nuestra casa.

El futuro: Arqueología 2.0 y Gemelos Digitales

Para ir terminando, que no quiero que esto parezca una tesis doctoral, hablemos de lo que viene. En el mundo de la tecnología hablamos mucho de los «Digital Twins» o gemelos digitales. Pues bien, en Cartagena ya se está trabajando en crear gemelos digitales de nuestros yacimientos.

Imaginaos poder entrar en el Augusteum (el templo dedicado al culto del emperador) con unas gafas de realidad virtual y verlo tal y como era en el siglo I, con sus mármoles brillantes, sus estatuas policromadas (porque sí, las estatuas romanas no eran blancas, eran de colores casi chillones) y el olor a incienso. Eso ya no es ciencia ficción.

La combinación de escaneado 3D de alta resolución y motores de videojuegos como Unreal Engine está permitiendo que la arqueología sea interactiva. Ya no eres un espectador pasivo que mira una piedra detrás de una cuerda. Ahora puedes «tocar» la historia. Y esto es clave para enganchar a las nuevas generaciones, a esos que, como Adriana, dicen que no son fans. Quizás no son fans de los museos silenciosos, pero sí de las experiencias inmersivas.

Además, en España estamos liderando proyectos de computación en la nube para compartir datos arqueológicos entre diferentes instituciones. Esto permite que un investigador en Madrid pueda analizar una pieza hallada en la calle San Fernando de Cartagena sin moverse de su despacho, comparándola con miles de piezas similares en una base de datos global. La colaboración abierta, el open source aplicado a la historia, es el camino.

Una reflexión final a pie de calle

Al final del día, entiendo a Adriana. Entiendo que la arqueología pueda parecer algo ajeno, algo que solo interesa a unos pocos señores con barba y gafas de cerca. Pero la realidad es que la arqueología es el sistema operativo sobre el que corre nuestra vida diaria en Cartagena.

Es el motivo por el que nuestras calles tienen esta forma y no otra. Es la razón por la que tenemos una gastronomía tan rica en salazones. Es, en definitiva, lo que nos hace diferentes. No hace falta ser un «fan» loco que se lee todos los informes de excavación, pero sí está bien reconocerle el mérito a esos profesionales que, con mucha paciencia y tecnología, van recomponiendo el espejo roto de nuestro pasado.

Vaya, que si me cruzo con Adriana por el puerto, la invitaré a un café y le diré: «Oye, que yo tampoco soy fan de las piedras… soy fan de las historias que esas piedras nos cuentan cuando aprendemos a escucharlas». Porque, para que nos entendamos, la arqueología no va de muertos, va de cómo los vivos nos las hemos apañado para seguir aquí después de tanto tiempo. Y eso, seamos fans o no, tiene su aquel.

Así que la próxima vez que veáis una zanja abierta en mitad de la calle con cuatro personas agachadas mirando el suelo, no penséis solo en el atasco. Pensad que están haciendo un «debug» de la historia, arreglando los fallos de memoria de nuestra ciudad para que no se nos olvide quiénes somos. Y eso, en este mundo tan rápido y tan loco, es casi un acto de rebeldía.

La conclusión que saco de todo esto es que, en Cartagena, la arqueología no es una opción, es el paisaje. Y aunque a veces nos canse, la verdad es que sin ella estaríamos un poco más huérfanos, un poco más vacíos. Así que, ¡vivan las piedras, vivan los arqueólogos y viva la paciencia de los cartageneros!

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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