arqueologia / mayo 26, 2026 / 13 min de lectura / 👁 31 visitas

El reto de excavar donde otros ya vivieron

El reto de excavar donde otros ya vivieron

A veces uno va caminando por la calle, pensando en sus cosas, en si ha dejado el gas encendido o en el último lío de la oficina, y no se da cuenta de que, justo bajo sus pies, hay capas y capas de historia esperando a que alguien con un pincel y mucha paciencia les quite el polvo. A los que somos de Cartagena, aquí en España, esto nos suena de algo. Aquí pegas una patada a una piedra y te sale un capitel romano o una moneda bizantina. Pero lo que ocurre en Ciudad de México, con el antiguo recinto ceremonial de Tenochtitlan, es un jaleo de proporciones épicas. Es como intentar montar un puzle de mil piezas mientras la gente te pisa las manos y los coches no dejan de pitar.

La verdad es que el hallazgo del Calmécac es una de esas historias que te reconcilian con la arqueología urbana. No es solo encontrar muros viejos; es encontrar el alma de una civilización que, aunque nos pille al otro lado del charco, tiene unos paralelismos brutales con nuestra propia forma de entender la ciudad y la educación. El Programa de Arqueología Urbana (PAU), liderado por gente que sabe mucho de esto como Enrique Vela, se metió en un berenjenal importante para sacar a la luz lo que hoy podemos ver bajo el Centro Cultural de España en México. Sí, habéis leído bien: cultura española y arqueología mexica dándose la mano en el mismo solar. Cosas de la historia, supongo.

Excavar en una ciudad viva es un dolor de muelas. No es como irse al desierto de Egipto donde, bueno, tienes espacio y silencio. En el centro de una metrópolis, tienes que lidiar con cimientos de edificios coloniales, tuberías de agua que no aparecen en los planos y el metro pasando a pocos metros. El PAU nació precisamente para eso, para ser la guerrilla de la arqueología. Su misión es aprovechar cualquier obra, cualquier grieta en el asfalto, para asomarse al pasado antes de que el hormigón lo vuelva a tapar todo.

Lo del Calmécac fue un golpe de suerte, o mejor dicho, el resultado de estar en el sitio justo en el momento adecuado. Durante las obras de remodelación de un edificio que iba a ser parte del Centro Cultural de España, empezaron a aparecer cosas. Y no cosas cualquiera. Aparecieron las escaleras por las que subían los hijos de los nobles mexicas hace más de quinientos años. Para que nos entendamos, es como si mañana vas a reformar una tienda en la calle Mayor de Madrid y te encuentras la entrada principal de una universidad del siglo XV. Vaya tela.

La labor de Enrique Vela y su equipo ha sido fundamental para poner orden en este caos. Porque no basta con encontrar las piedras; hay que saber qué te están contando. Y lo que estas piedras contaban era la historia de una institución que era, a la vez, un internado militar, una escuela de teología y un centro de alto rendimiento para la futura élite del imperio.

¿Qué era exactamente el Calmécac?

Si pensamos en una escuela hoy en día, nos imaginamos pupitres, pizarras y algún que otro bostezo. El Calmécac era otra historia. Era el lugar donde los pilli, los nobles, mandaban a sus hijos para que se hicieran hombres… o algo parecido. No era un sitio para flojos. Allí se aprendía de todo: desde astronomía y matemáticas hasta interpretación de códices y retórica. Pero, ojo, que la disciplina era de las que hacen época. Dormir poco, bañarse en agua fría en mitad de la noche y hacer sacrificios personales era el pan de cada día.

La ubicación no era casual. Estaba dentro del recinto ceremonial, muy cerca del Templo Mayor. Esto nos dice mucho sobre la importancia que le daban a la educación. No era algo periférico; era el corazón del sistema. En España tenemos ejemplos de colegios mayores antiguos que intentaban replicar esa cercanía al poder y al saber, pero el Calmécac tenía ese toque ritual que lo hacía único. Los restos encontrados nos muestran una estructura compleja, con patios y habitaciones que servían para diferentes propósitos. La verdad es que, al ver las fotos de las excavaciones, uno no puede evitar sentir un poco de envidia por la solidez de esas construcciones. Aguantaron terremotos, inundaciones y la propia conquista.

El Programa de Arqueología Urbana (PAU): Cirugía a corazón abierto

Me gusta comparar el trabajo del PAU con la microcirugía. No puedes entrar con una excavadora y llevarte todo por delante. Tienes que ir centímetro a centímetro. En el caso del Calmécac, el equipo tuvo que trabajar por debajo del nivel freático en algunas zonas. Eso significa agua, barro y mucha humedad. Pero gracias a ese esfuerzo, hoy tenemos una ventana al pasado que es, sencillamente, espectacular.

Lo que hace el PAU es arqueología de rescate, pero con una profundidad científica que ya quisiéramos para muchos otros proyectos. No se limitan a salvar la pieza bonita para el museo; documentan el contexto. Porque una piedra sin contexto es solo una piedra, pero una piedra en su sitio te cuenta quién la puso allí y por qué. Enrique Vela ha insistido mucho en esto en sus publicaciones para Arqueología Mexicana. El Calmécac es una pieza clave para entender cómo se organizaba el espacio sagrado en Tenochtitlan.

Además, hay un detalle que me parece fascinante: la reutilización de materiales. Al igual que en Cartagena usamos piedras de templos romanos para construir murallas medievales, en México se usaron restos del Calmécac para cimentar los edificios coloniales. Es una especie de reciclaje histórico que vuelve locos a los arqueólogos pero que nos da una continuidad temporal increíble.

Los hallazgos: Caracoles, mandíbulas y mucha piedra

¿Qué se encontró allí abajo que fuera tan especial? Aparte de los muros y las escaleras, que ya de por sí son una maravilla, aparecieron objetos que nos hablan de la vida ritual. Uno de los hallazgos más comentados fueron las almenas de piedra con forma de caracol cortado. Para los mexicas, el caracol estaba relacionado con el viento y con Quetzalcóatl. Ver esas piezas, tan bien labradas, te hace darte cuenta del nivel de sofisticación artística que tenían.

Pero no todo era arte y belleza. También aparecieron restos que nos recuerdan que esta era una cultura con una relación muy directa (y a veces cruda) con la muerte y el sacrificio. Se encontraron mandíbulas humanas grabadas y otros restos óseos que formaban parte de las ofrendas. Para nosotros, desde nuestra mentalidad del siglo XXI, puede parecer algo macabro, pero para un estudiante del Calmécac era parte de su realidad cotidiana. Era su forma de mantener el equilibrio del universo. Casi nada.

Y luego están las cerámicas. Fragmentos de platos, ollas y braseros que nos dicen qué comían y cómo se calentaban. La verdad es que, al final del día, todos somos iguales: necesitamos un plato de comida y un poco de calor. Aunque ellos lo hicieran rodeados de dioses de piedra y nosotros rodeados de pantallas de plasma.

  • Las escaleras: Siete escalones que conducían a un pórtico. Imagina el desgaste de la piedra por el paso de miles de pies jóvenes durante décadas.
  • Las almenas: Elementos decorativos que coronaban los edificios. El diseño del caracol seccionado es una obra maestra de la geometría prehispánica.
  • Las ofrendas: Cuchillos de obsidiana, restos de animales y objetos de uso ritual que se enterraban para consagrar el edificio.

La educación de la élite: No era precisamente un campamento de verano

A veces me quejo de que tengo mucho trabajo o de que el café está frío, pero luego leo sobre la vida en el Calmécac y se me pasa la tontería. Los chavales entraban allí siendo niños y no salían hasta que estaban listos para gobernar o ser sacerdotes. La educación era integral, pero con un enfoque en el servicio a la comunidad y a los dioses. Nada de individualismos modernos.

Se les enseñaba a hablar bien, el tecpillatolli o lenguaje noble. Era una forma de hablar elegante, llena de metáforas y respeto. Si mal no recuerdo, los cronistas españoles como Sahagún quedaron impresionados por la oratoria de los egresados de estas escuelas. Era un sistema que funcionaba. Formaba líderes con una disciplina de hierro y un conocimiento profundo de su historia y su religión.

Comparado con el Telpochcalli, que era la escuela para la gente común (donde el enfoque era más militar y práctico), el Calmécac era el Oxford o el Harvard de la época, pero con mucha más sangre y menos fiestas de fraternidad. La responsabilidad que cargaban sobre sus hombros era inmensa. Si ellos fallaban en sus rituales o en su juicio, el sol podría no salir al día siguiente. O eso creían ellos, que para el caso es lo mismo.

De Sahagún a las excavaciones modernas

Gran parte de lo que sabíamos del Calmécac antes de las excavaciones venía de las crónicas de Fray Bernardino de Sahagún. Este monje fue, en esencia, el primer antropólogo de América. Se dedicó a preguntar a los ancianos mexicas cómo era su vida antes de que llegaran los españoles. Sus escritos son una mina de oro, pero siempre queda la duda de cuánto hay de realidad y cuánto de interpretación europea.

Lo bueno de la arqueología es que no miente. Las piedras no tienen sesgo ideológico. Cuando el equipo de Enrique Vela encontró los restos físicos, pudieron contrastar lo que decía Sahagún con la realidad material. Y resulta que el fraile no iba muy desencaminado. Las descripciones de los edificios, de los patios y de la austeridad del lugar encajan bastante bien con lo que se ha desenterrado. Es una de esas raras ocasiones en las que la literatura y la pala se dan la mano y dicen: «Pues sí, así era».

Esta conexión entre las fuentes escritas y los hallazgos físicos es lo que da profundidad al trabajo del PAU. No es solo sacar objetos; es reconstruir un relato. Un relato que fue interrumpido bruscamente en el siglo XVI y que ahora, gracias a estos trabajos, podemos retomar. Es como recuperar una conversación que se quedó a medias.

Tecnología y futuro: ¿Podemos «ver» el Calmécac con IA?

Aquí es donde me pongo un poco técnico, pero prometo que no va a doler. Hoy en día, la arqueología ya no es solo pincel y paleta. Estamos usando herramientas que parecen de ciencia ficción. En España, por ejemplo, se está empezando a usar la Inteligencia Artificial para analizar miles de fragmentos de cerámica en segundos, algo que a un humano le llevaría meses de trabajo aburrido.

En el caso del Calmécac y el recinto ceremonial de Tenochtitlan, la fotogrametría y el escaneo láser han permitido crear modelos 3D ultraprecisos. Esto es vital porque, como decía antes, muchos de estos restos están bajo edificios modernos. No podemos demoler el Centro Cultural de España para ver qué hay debajo, pero sí podemos usar sensores para «mapear» lo que hay en el subsuelo.

Vaya, que la IA nos está ayudando a rellenar los huecos. Si tenemos una parte de la escalera y sabemos cómo era el estilo arquitectónico de la época, un algoritmo puede sugerirnos cómo continuaba esa estructura con un margen de error muy bajo. No es inventar por inventar; es usar la lógica de los datos para reconstruir el pasado. Para que nos entendamos: es como el autocompletado del móvil, pero con templos aztecas.

Además, el uso de redes neuronales para descifrar códices o inscripciones dañadas es un campo que está explotando ahora mismo. Imagina que encontramos una piedra con un glifo medio borrado por la humedad del subsuelo de Ciudad de México. Una IA entrenada con miles de glifos similares puede darnos una probabilidad muy alta de lo que ponía allí. Es una herramienta brutal que está cambiando las reglas del juego.

Una reflexión desde este lado del charco

Al final del día, lo que nos enseña el Calmécac es que las ciudades son organismos vivos que crecen sobre sus propios cadáveres. En Cartagena, caminamos sobre los restos de una ciudad púnica, romana, bizantina y árabe. En Ciudad de México, caminan sobre la capital de uno de los imperios más poderosos de la historia. La labor del Programa de Arqueología Urbana y de investigadores como Enrique Vela es recordarnos que no somos los primeros en estar aquí, y que probablemente no seremos los últimos.

El Calmécac no es solo un sitio arqueológico; es un símbolo de la importancia de la educación y de la memoria. Ver cómo se ha integrado en un espacio cultural moderno es el camino a seguir. No se trata de musealizarlo todo y ponerle una vitrina de cristal que nadie mira. Se trata de que la historia forme parte de nuestro día a día, que podamos tomar un café o asistir a una charla mientras, unos metros más abajo, las escaleras del Calmécac nos recuerdan de dónde venimos.

La verdad es que me gustaría ver más proyectos así en España. A veces somos muy dados a tapar y olvidar porque «las obras corren prisa». El ejemplo de México con el PAU nos demuestra que se puede ser moderno y respetuoso con el pasado al mismo tiempo. Solo hace falta voluntad, un poco de presupuesto y gente con la pasión (uy, casi digo la palabra prohibida), con las ganas de mancharse las manos de barro para rescatar nuestra identidad.

Así que, la próxima vez que pases por una obra y veas a un tipo con un chaleco reflectante mirando fijamente un agujero en el suelo, no pienses que está perdiendo el tiempo. Puede que esté a punto de encontrar el próximo Calmécac, o al menos, una pieza más del puzle que somos todos. Y eso, qué quieres que te diga, me parece que tiene su aquel.

¿Qué podemos aprender hoy del Calmécac?

Si quitamos los sacrificios y los baños de agua helada a las tres de la mañana, el concepto de educación del Calmécac tenía cosas muy interesantes. La idea de que el conocimiento conlleva una responsabilidad social es algo que a veces se nos olvida en este mundo tan centrado en el «yo». Los nobles mexicas no estudiaban para hacerse ricos (que ya lo eran), sino para ser capaces de dirigir su sociedad en tiempos de crisis.

Esa visión de la educación como un servicio público y sagrado es potente. Hoy en día, con tanta información a un clic de distancia, nos falta quizás esa profundidad y ese compromiso que tenían los estudiantes de hace cinco siglos. No digo que volvamos a los cuchillos de obsidiana, ni mucho menos, pero sí a esa idea de que aprender algo nuevo nos obliga a ser mejores ciudadanos.

Ojo, que no todo era perfecto. Era un sistema rígidamente jerarquizado y excluyente. Pero como objeto de estudio arqueológico y sociológico, es una mina. Y gracias a que alguien decidió que valía la pena excavar bajo un edificio viejo en el centro de la ciudad, hoy podemos tener esta conversación. La arqueología urbana no es solo buscar tesoros; es buscar respuestas a preguntas que ni siquiera sabíamos que teníamos.

Para terminar, si alguna vez tenéis la oportunidad de viajar a México, no os quedéis solo con las pirámides de Teotihuacán o las playas de Cancún. Id al centro, entrad en el Centro Cultural de España y asomaos a esos restos. Sentid el frescor que emana de la piedra antigua y pensad en los chavales que subían esas escaleras con el corazón a mil, listos para aprender los secretos del universo. Es una experiencia que te cambia un poco la perspectiva de las cosas. Y si no podéis ir, pues siempre nos quedará leer a Enrique Vela y seguir apoyando a los que se dedican a desenterrar la verdad, piedra a piedra.

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