arqueologia / abril 15, 2026 / 9 min de lectura / 👁 40 visitas

El gesto de Chile y el eterno debate de «quién se queda con qué»

A veces uno se levanta con la sensación de que el pasado tiene una forma muy curiosa de pedirnos cuentas. No hablo de ese mensaje de un ex a las tres de la mañana, sino de algo mucho más profundo y, sinceramente, más interesante. Resulta que la arqueología, esa disciplina que algunos todavía imaginan como un señor con sombrero de látigo esquivando piedras gigantes, está viviendo unos días de lo más moviditos. Y no lo digo por decir. Entre devoluciones internacionales de piezas robadas y dados que cuentan historias de timbas romanas, la verdad es que el panorama está para sentarse con un buen café y analizarlo con calma.

La noticia ha saltado hace nada: Chile ha decidido devolver 174 piezas arqueológicas a Colombia. Vaya, que se han puesto de acuerdo para que el patrimonio vuelva a su lugar de origen. Es un gesto que, si nos paramos a pensarlo, tiene mucha más miga de la que parece a simple vista. No es solo meter cacharros en una caja y enviarlos por mensajería urgente. Es un reconocimiento de soberanía cultural que aquí en España nos suena, y mucho.

La verdad es que este tipo de movimientos me hacen pensar inevitablemente en lo que vivimos nosotros con el tesoro de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. ¿Os acordáis de aquel lío con la empresa Odyssey? Aquello fue un culebrón de los buenos. Al final, tras años de juicios en Florida, las monedas volvieron a casa, concretamente al ARQUA, el Museo Nacional de Arqueología Subacuática que tenemos en mi querida Cartagena. Y ojo, que no es por barrer para casa, pero ver esas monedas allí, sabiendo que pertenecen a nuestra historia y no al balance de beneficios de una empresa privada, te cambia un poco la perspectiva sobre lo que significa «propiedad».

En el caso de las piezas devueltas por Chile, hablamos de un lote que incluye desde cerámica hasta objetos ceremoniales. Lo que me pregunto yo, y seguramente vosotros también, es cuántas piezas más habrá por el mundo en estanterías de coleccionistas privados que simplemente «se las encontraron». La arqueología no va de coleccionar cromos; va de entender el contexto. Si sacas una vasija de su estrato sin anotar ni el color de la tierra, le has quitado el 90% de su valor científico. Es como si te dan una página de un libro pero no te dicen de qué libro es ni quién lo escribió. Te quedas a medias.

Dados, azar y la humanidad que no cambia ni a tiros

Otra de las perlas que nos ha dejado la actualidad arqueológica tiene que ver con el juego. Se han encontrado dados antiguos que demuestran que, básicamente, llevamos milenios intentando engañar a la suerte (y probablemente a nuestros cuñados). La noticia menciona hallazgos de dados de juego que nos recuerdan que el ocio es tan antiguo como el comer.

Si nos venimos a la realidad de la Península Ibérica, esto de los dados es un tema recurrente en las excavaciones de ciudades romanas. En Cartagena, sin ir más lejos, cuando se excavó la zona del Foro o las termas, aparecieron fichas y elementos de juego que te hacen sonreír. Te imaginas a un legionario romano, harto de patrullar bajo el sol de agosto, jugándose la paga a los «tali» (los astrágalos) o a los «tesserae» (los dados de toda la vida).

Lo curioso de estos dados antiguos es que a veces no eran perfectos. Algunos estaban «cargados» o tenían formas ligeramente irregulares para favorecer ciertos números. Vamos, que las trampas no las inventamos ayer. Me resulta fascinante que, después de dos mil años, lo que más nos conecte con un romano de a pie no sea su filosofía o su derecho, sino el hecho de que le gustaba echar una partida y, si podía, ganar unos sestercios extra con un poco de picaresca.

La tecnología que nos permite ver bajo el asfalto

Aquí es donde me pongo un poco más técnico, pero prometo no aburrir. La arqueología de hoy ya no es solo pico y pala. La verdad es que si no fuera por la Inteligencia Artificial y el LiDAR, estaríamos todavía rascando la superficie de muchos yacimientos. El LiDAR (Light Detection and Ranging) es, para que nos entendamos, un láser que se lanza desde un avión o un dron y que es capaz de «borrar» la vegetación para ver qué hay debajo.

En España, esta tecnología está siendo clave para mapear antiguas minas romanas en el norte o para descubrir estructuras ocultas en la dehesa extremeña. Pero ojo, que la IA también está haciendo de las suyas. Hay proyectos ahora mismo que utilizan redes neuronales para clasificar fragmentos de cerámica. Imaginaos el trabajo de un arqueólogo que tiene que clasificar 10.000 trozos de barro cocido. Es un trabajo de chinos, literalmente. Pues bien, ahora le enseñas a una IA cómo es el borde de una sigillata hispánica y ella solita te hace el triaje en una tarde.

¿Le quita esto romanticismo a la profesión? Pues mira, yo creo que no. Al final del día, la máquina te da los datos, pero la interpretación, el «por qué este tío tiró este plato aquí y no allí», eso sigue siendo cosa nuestra. La IA es una herramienta, como lo fue el primer pincel que se usó para limpiar una moneda.

El caso de la fotogrametría en el Teatro Romano de Cartagena

Para que veáis un ejemplo cercano, en el Teatro Romano de Cartagena se ha hecho un trabajo de digitalización brutal. Gracias a la fotogrametría, que consiste en tomar miles de fotos desde todos los ángulos posibles para crear un modelo 3D exacto, cualquier investigador del mundo puede estudiar las marcas de cantero de las piedras sin tener que venir físicamente (aunque se pierden las marineras y la caña de después, que es lo mejor).

Este tipo de tecnología es la que está permitiendo que noticias como las de La Nación tengan un calado global. Ya no dependemos de que un arqueólogo escriba un libro que tarde cinco años en publicarse. Ahora los datos fluyen. Y eso, para los que somos unos curiosos empedernidos, es una auténtica maravilla.

¿Por qué nos sigue importando lo que pasó hace mil años?

A veces me preguntan que para qué gastamos dinero en desenterrar piedras cuando hay tantos problemas en el presente. Es una pregunta lícita, no os voy a decir que no. Pero la respuesta, al menos para mí, es clara: porque no tenemos ni idea de quiénes somos si no sabemos de dónde venimos.

Cuando leemos que una familia en Chile devuelve piezas a Colombia, o que se descubre un nuevo yacimiento en una obra del metro en Madrid, lo que estamos haciendo es recuperar páginas de nuestro manual de instrucciones. La arqueología nos enseña que las crisis pasan, que las ciudades mueren y renacen, y que el ser humano siempre deja huella, para bien o para mal.

En España tenemos una suerte increíble. Vivimos sobre capas y capas de historia. Si pegas una patada al suelo en cualquier ciudad con solera, te sale un muro romano, una canalización árabe o un enterramiento visigodo. El reto ahora es gestionar todo eso sin que la burocracia nos coma vivos y, sobre todo, haciendo que la gente sienta ese patrimonio como algo suyo. No como algo que está encerrado en una vitrina con una luz tenue, sino como algo vivo.

La arqueología subacuática: el gran tesoro español

No puedo hablar de arqueología y de Cartagena sin mencionar el mar. La noticia de la devolución de piezas entre países sudamericanos me hace pensar en la cantidad de barcos que todavía descansan en el fondo de nuestras costas. España tiene, probablemente, el patrimonio subacuático más rico del mundo. Y no hablo de oro y plata, que también, sino de la información que esos barcos guardan.

Un barco hundido es una cápsula del tiempo perfecta. A diferencia de una ciudad, que se va transformando con los siglos, un naufragio ocurre en un momento preciso. Todo lo que había a bordo se queda ahí, congelado. El trabajo que se hace desde instituciones como el ARQUA es fundamental para entender cómo era el comercio global hace siglos. Porque sí, amigos, la globalización no la inventó Amazon; ya existía cuando los barcos españoles cruzaban el Atlántico cargados de especias, seda y, por supuesto, cerámica.

La verdad es que me da un poco de rabia cuando veo que estas noticias pasan desapercibidas frente a otras más banales. Que Chile devuelva 174 piezas es un hito de diplomacia cultural. Es decir: «esto no es mío, es tuyo, y el valor está en que vuelva a su contexto». Ojalá cundiera el ejemplo en otros museos europeos que tienen las estanterías llenas de cosas que, si nos ponemos estrictos, no deberían estar allí. Pero bueno, ese es un melón que mejor no abrir hoy, que se nos enfría el café.

Un pequeño detalle sobre los dados y la suerte

Volviendo al tema de los dados que mencionaba la noticia, hay un detalle que me encanta. En muchas excavaciones se han encontrado dados que no tienen los números del 1 al 6, sino palabras o símbolos. Eran usados para la adivinación. La gente no solo jugaba dinero, se jugaba el futuro. Le preguntaban a los dioses si debían casarse, si el negocio iba a ir bien o si ese viaje por mar era buena idea.

Si lo pensáis, no hemos cambiado tanto. Ahora miramos el horóscopo en el móvil o analizamos las tendencias del mercado con algoritmos complejos, pero el impulso es el mismo: el miedo a la incertidumbre. Aquel romano que lanzaba los dados en una taberna de Carthago Nova buscaba lo mismo que nosotros cuando miramos las noticias de arqueología: una conexión con algo más grande, con una historia que nos trascienda.

Para que nos entendamos: la arqueología es futuro

Al final del día, lo que saco de todo esto es que la arqueología está más viva que nunca. Ya sea por la ética de las devoluciones, por los hallazgos curiosos que nos humanizan o por la tecnología que nos permite ver lo invisible, estamos en una época dorada para descubrir el pasado.

Y no hace falta irse a Colombia o a Chile. La próxima vez que paseéis por vuestra ciudad, fijaos en los nombres de las calles, en la forma de las plazas o en ese muro viejo que parece que no pinta nada. Todo tiene una historia. Y si tenéis la suerte de pasar por Cartagena, acercaos al Teatro Romano o al Barrio del Foro. Mirad esas piedras y pensad que hace dos mil años, alguien como vosotros estaba allí, quejándose del calor, jugando a los dados y esperando que la vida le tratara bien.

La arqueología, en el fondo, es el estudio de nosotros mismos a través de los trastos que nos dejamos olvidados. Y la verdad, me parece un ejercicio de humildad necesario para los tiempos que corren. Vaya, que no somos tan especiales, solo somos los siguientes en la lista para ser excavados algún día. Pero mientras tanto, disfrutemos de lo que vamos encontrando.

Ojo con esto: la próxima gran noticia arqueológica podría estar bajo vuestros pies. Literalmente. Así que mantened los ojos abiertos y la curiosidad despierta, que el pasado siempre tiene algo nuevo que contarnos.

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unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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