historia / mayo 23, 2026 / 12 min de lectura / 👁 26 visitas

La fachada de Pedro de Ribera: un exceso necesario

La fachada de Pedro de Ribera: un exceso necesario

Si alguna vez habéis caminado por la calle Fuencarral, justo donde el bullicio de las tiendas de ropa empieza a mezclarse con el aire más bohemio de Malasaña, seguro que os habéis quedado parados ante una fachada que parece un pastel de nata gigante, pero en piedra. Hablo del Museo de Historia de Madrid. La verdad es que es uno de esos sitios que los madrileños solemos pasar por delante mil veces de camino a una caña o a una tienda de cómics, pero en los que rara vez entramos hasta que un día, por lo que sea, decides cruzar el umbral. Y, vaya, la sorpresa que te llevas es de las que hacen época.

Este edificio no es solo un contenedor de trastos viejos; es, en sí mismo, un superviviente. Antes de ser el museo que conocemos, fue el Real Hospicio de San Fernando. Para que nos entendamos, era el lugar donde la ciudad «escondía» a los desamparados en el siglo XVIII. Pero hoy, tras cruzar esa portada barroca que es, posiblemente, la más exagerada y maravillosa de toda España, lo que encuentras es el ADN de Madrid. Y no, no me refiero a un ADN aburrido de fechas y reyes, sino a la historia de cómo un pueblo polvoriento de la meseta se convirtió en la capital de un imperio y, más tarde, en la metrópoli que hoy nos quita el sueño y nos da la vida a partes iguales.

Antes de entrar, hay que hablar de la puerta. Si mal no recuerdo, es la obra cumbre de Pedro de Ribera. Es puro estilo churrigueresco, que es como el barroco pero con tres tazas de café de más. Hay cortinajes de piedra, ángeles que parecen estar pasándoselo de miedo y una sensación de movimiento que te hace dudar de si la piedra es realmente sólida. En su momento, los ilustrados —que eran muy de líneas rectas y de no dar mucho el cante— odiaban este estilo. Decían que era una aberración. A mí, qué queréis que os diga, me parece que representa perfectamente ese espíritu madrileño de «antes muerta que sencilla».

La fachada es un anuncio publicitario de la época. Arriba del todo está San Fernando, el patrón del hospicio, rodeado de todo tipo de símbolos de caridad y poder. Es curioso pensar que, mientras los pobres entraban por aquí para recibir una sopa boba, la arquitectura les decía que estaban entrando en un palacio celestial. Es ese contraste tan español, y tan de Madrid, entre la miseria más absoluta y la grandiosidad más barroca. Al final del día, esa fachada es lo que ha salvado al edificio de la piqueta en más de una ocasión.

El Madrid que cabía en una maqueta

Si me preguntáis cuál es la joya de la corona, lo tengo claro. No es un cuadro de Goya (que los hay), ni una porcelana carísima. Es la Maqueta de Madrid de León Gil de Palacio, terminada en 1830. Ojo con esto, porque es una de las piezas cartográficas más importantes de Europa. Es, básicamente, el Google Maps del siglo XIX pero en madera, metal y seda.

Lo que hizo este hombre fue una locura de precisión. Midió la ciudad paso a paso, casa por casa. Cuando te asomas a la maqueta, que ocupa una sala enorme, puedes ver el Madrid previo al «Plan Castro», es decir, antes de que se derribaran las murallas y se hiciera el Barrio de Salamanca. Es el Madrid de las corralas, de las iglesias que ya no existen y de un río Manzanares que, por aquel entonces, se veía mucho más grande en comparación con la ciudad.

Lo que más me fascina de esta maqueta es el nivel de detalle. Si te fijas bien, puedes ver hasta los árboles de los jardines de los palacios. Es una herramienta brutal para los que nos gusta la historia urbana. De hecho, si comparamos esta joya con los modelos digitales que hacemos hoy con IA o fotogrametría, la precisión de Gil de Palacio asusta. El tío no tenía drones, solo tenía paciencia, un teodolito y, supongo, mucho aguante para las cuestas de Madrid. Es el ejemplo perfecto de cómo la tecnología de la época (la topografía militar) se puso al servicio del arte y la memoria.

Un detalle para los muy cafeteros

Fijaos en la zona de la Puerta del Sol en la maqueta. No se parece en nada a la de ahora. Era una plaza estrecha, casi un cruce de calles agobiante. Ver eso te hace entender por qué tuvieron que tirarlo todo abajo años después. Madrid siempre ha sido una ciudad que se le ha quedado pequeña a sus propios habitantes.

Goya y el cuadro que cambió de cara

En el museo hay una obra que explica la política española mejor que cualquier libro de texto: la Alegoría de la Villa de Madrid de Francisco de Goya. La historia de este cuadro es casi de comedia de enredo. Goya lo pintó en 1810, en plena ocupación francesa. En el óvalo que sostiene la figura femenina (que representa a Madrid), originalmente estaba el retrato de José Bonaparte, el hermano de Napoleón, al que aquí llamábamos «Pepe Botella» con bastante mala leche.

¿Qué pasó? Pues que la guerra iba y venía. Cuando los franceses se piraban, borraban la cara de José y ponían la palabra «Constitución». Cuando volvían, otra vez el retrato del francés. Luego pusieron a Fernando VII, el «Deseado» (que luego resultó ser un pieza de cuidado). Al final, después de tanto borrar y pintar encima, la cara del rey quedó hecha un cristo. Lo que vemos hoy es un letrero que dice simplemente «Dos de Mayo». Es la metáfora perfecta de la historia de España: un lienzo que hemos emborronado tantas veces que al final hemos tenido que poner un cartel para no pelearnos.

La verdad es que ver el cuadro de cerca impone. Goya tenía esa capacidad de pintar la luz de Madrid de una forma que nadie ha vuelto a conseguir. Ese cielo velazqueño, pero con un toque más sucio, más real, más de calle. Es una parada obligatoria en la visita, no solo por el arte, sino por el chisme histórico que lleva detrás.

La vida cotidiana: de abanicos y porcelanas

A veces nos olvidamos de que la historia no solo la hacen los generales y los reyes. La historia también es el tipo de plato en el que comías o el abanico que usabas para ligar en el Retiro. El Museo de Historia tiene una colección de artes industriales que es una auténtica pasada.

Especial mención merece la porcelana del Buen Retiro. Carlos III, que era un rey muy «apañado» y al que llamaban el mejor alcalde de Madrid, se trajo la fábrica de Capodimonte desde Nápoles y la plantó en lo que hoy es el parque del Retiro. Hacían unas piezas que eran la envidia de Europa. En el museo puedes ver jarrones, figuritas y vajillas que te hacen pensar en lo sofisticada (y cara) que era la vida de la corte.

Pero lo que a mí me llega más al corazón son los objetos pequeños. Los carteles de las corridas de toros antiguas, las fotos de los primeros tranvías, los grabados de los tipos populares: los manolos, las chulapas, los aguadores. Esos personajes que hoy vemos como disfraces de San Isidro, pero que en el siglo XVIII y XIX eran los que movían la ciudad. El museo dedica mucho espacio a ese «costumbrismo», y se agradece, porque te hace sentir que Madrid, a pesar de los cambios, sigue teniendo ese mismo nervio de siempre.

El siglo XIX: el Madrid que quiso ser París

A medida que avanzas por las salas, el museo te va llevando hacia la modernidad. El siglo XIX en Madrid fue una montaña rusa. Pasamos de ser una ciudad casi medieval a intentar ser una capital europea con todas las de la ley. Aquí es donde el museo se pone interesante para los que nos gusta la ingeniería y el urbanismo.

Hay planos del Canal de Isabel II, que fue lo que realmente salvó a Madrid. Antes de eso, el agua era un bien escaso y bastante sucio. La llegada del agua corriente cambió la fisonomía de las casas y la salud de la gente. También se ve la llegada del ferrocarril. Hay grabados de la antigua estación de Atocha (la de madera, antes de la de hierro que conocemos) que son una delicia.

Y, por supuesto, está la fotografía. El museo guarda una colección fotográfica brutal. Ver las primeras fotos de la Puerta del Sol o de la Gran Vía cuando todavía era un proyecto que iba a destruir cientos de casas viejas te da una perspectiva de lo que significa el progreso. A veces somos muy nostálgicos, pero viendo esas fotos de calles embarradas y gente hacinada, te das cuenta de que cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor. Vaya, que se vivía regular si no tenías un título nobiliario.

Un museo vivo: actividades y algo más

Lo que me gusta de este sitio es que no se han quedado anclados en el pasado. Como mencionaban las noticias recientes, el museo está súper activo. No es solo ir a ver cuadros; hay conciertos en la capilla (que tiene una acústica que te pone los pelos de punta), presentaciones de libros y talleres para familias.

La verdad es que es un lujo tener un espacio así en pleno centro que sea gratuito. Sí, habéis leído bien: es gratis. En una ciudad donde a veces parece que te cobran hasta por respirar el aire de la sierra, que un museo de esta calidad no te pida entrada es un regalo. Es el sitio perfecto para ir un martes por la tarde cuando necesitas desconectar del ruido de los coches y sumergirte en otra época.

  • Visitas-talleres: Suelen organizar recorridos temáticos. A veces se centran en las mujeres de Madrid, otras en los inventos del siglo XIX. Merece la pena echar un ojo a su web porque vuelan las plazas.
  • Conciertos: La capilla barroca es el escenario. Escuchar música de cámara allí es una experiencia casi mística. Te sientes como un noble del siglo XVIII, pero sin el corsé ni la peluca empolvada.
  • Actividades familiares: Si tenéis críos, es una forma estupenda de que aprendan que la historia no es solo un examen de primaria. Les suelen hacer juegos de pistas con la maqueta y se lo pasan bomba.

La conexión tecnológica: del archivo al bit

Como redactor que trastea mucho con la Inteligencia Artificial y el mundo digital, no puedo evitar fijarme en cómo este museo está gestionando su patrimonio. Madrid está haciendo un esfuerzo serio por digitalizar sus fondos. Esto no es solo sacar una foto a un cuadro y subirla a Instagram. Es crear bases de datos que permitan a los investigadores cruzar datos de censos antiguos con planos de la ciudad.

Imaginaos lo que se podría hacer con la maqueta de 1830 si se escaneara en 3D con alta resolución. Podríamos tener un «Assassin’s Creed» de Madrid pero 100% real. Podríamos pasear virtualmente por las calles que Goya recorrió, ver cómo incidía la luz en las fachadas que ya no existen. La tecnología aquí no viene a sustituir al museo, sino a darle una segunda vida a objetos que, por su fragilidad, no siempre pueden estar expuestos o ser tocados.

En España tenemos empresas punteras en digitalización de patrimonio, y el Museo de Historia es un campo de pruebas increíble. Al final, los datos son el nuevo petróleo, pero los datos históricos son el alma de la ciudad. Saber de dónde venimos nos ayuda a no meter la pata (tanto) en el futuro.

Comparativas inevitables: Madrid y Cartagena

Siendo yo de Cartagena (la de España, la de los romanos y los submarinos, no la de Colombia, ojo), no puedo evitar hacer comparaciones. Madrid es la capital, el centro de todo, la ciudad que se construyó a base de decretos reales. Cartagena, por el contrario, es una ciudad que nació del mar, de la necesidad estratégica, de los barcos.

Mientras que en el Museo de Historia de Madrid ves el poder de la Corte, en los museos de Cartagena ves el poder de la Armada y el comercio. Pero hay puntos de unión. El siglo XVIII, el de la fachada de este museo, fue también el siglo de oro para Cartagena con la construcción del Arsenal. Es curioso ver cómo el mismo impulso ilustrado que quería embellecer Madrid con fuentes y paseos, estaba fortificando el Mediterráneo. Son dos caras de la misma moneda española: la burocracia central y la defensa periférica.

A veces, paseando por las salas de Madrid, veo retratos de marinos que probablemente pasaron media vida en el puerto de Cartagena. El mundo era pequeño entonces, y Madrid era el lugar donde se decidía el destino de puertos que estaban a cientos de kilómetros. Esa conexión me hace sentirme un poco más en casa cuando estoy en la capital.

¿Por qué deberías ir mañana mismo?

La conclusión que saco de todo esto es que el Museo de Historia de Madrid es el mejor antídoto contra la prisa. Vivimos en un Madrid que va a mil por hora, donde los alquileres suben, el metro va a tope y siempre parece que llegamos tarde a algún sitio. Entrar aquí es como poner el modo avión en la cabeza.

Es un sitio para ir solo, con calma. Para pararse delante de la maqueta y buscar dónde estaría tu casa si hubieras vivido en 1830. Para mirar a los ojos a los personajes de los cuadros y darte cuenta de que tenían las mismas preocupaciones que nosotros, aunque vistieran de forma más incómoda.

Además, está en una zona inmejorable. Sales del museo y tienes Malasaña a un lado y Chueca al otro. Puedes pasar de la historia más profunda a la modernidad más absoluta en lo que tardas en cruzar la calle. Y eso, amigos, es la esencia de Madrid. Una ciudad que no olvida lo que fue, pero que está demasiado ocupada viviendo el presente como para quedarse estancada en la nostalgia.

Para que nos entendamos: si quieres entender por qué Madrid es como es, por qué somos tan ruidosos, tan acogedores y tan caóticos, tienes que pasar por aquí. No es un museo de «mirar y no tocar», es un museo de «mirar y comprender». Y, la verdad, en los tiempos que corren, un poco de comprensión no nos viene nada mal.

Ojo con los horarios, que aunque suele abrir de martes a domingo, siempre conviene chequear la web oficial del Ayuntamiento por si hay algún evento privado o algún cambio de última hora. Pero vamos, que si te pilla por el centro, no tienes excusa. Entra, saluda a San Fernando en la puerta, y déjate llevar por los siglos. No te vas a arrepentir.

¿Te ha gustado este artículo?

unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resuelve la operación para enviar el comentario * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.