historia / mayo 20, 2026 / 13 min de lectura / 👁 35 visitas

El peso de ponerle nombre a la realidad

El peso de ponerle nombre a la realidad

A veces, uno va navegando por el móvil, saltando de vídeo en vídeo entre recetas de cocina que nunca hará y gatitos haciendo cosas raras, hasta que de repente algo te frena en seco. Me pasó el otro día con un reel de Mónica Magaña. No era un contenido de esos que buscan el aplauso fácil o el lagrimón impostado. Era la historia de Chepina. Y la verdad es que, al verla, me quedé un rato mirando por la ventana, pensando en cuántas «Chepinas» caminan hoy por la Calle Mayor de nuestra Cartagena, o cuántas están ahora mismo sentadas en una sala de espera del Hospital Santa Lucía, esperando un resultado que les cambie la vida.

Hablamos del cáncer como si fuera una cifra, una estadística que el Ministerio de Sanidad suelta de vez en cuando para recordarnos que estamos expuestos. Pero el cáncer no tiene forma de gráfico de barras. Tiene nombre, tiene apellidos y, sobre todo, tiene una historia detrás que merece ser escuchada con calma, sin prisas, como quien se toma un café en una de esas mañanas de domingo frente al puerto. Porque, al final del día, lo que nos queda no es el diagnóstico, sino cómo decidimos transitar ese camino.

Cuando escuchas la historia de Chepina, te das cuenta de que el primer impacto no es físico. Es ese silencio que se genera en la consulta cuando el médico suelta la palabra con «C». En España, se estima que este año se diagnosticarán más de 280.000 casos. Es una barbaridad, si lo piensas. Es como si toda la población de Cartagena y media Murcia se pusieran de acuerdo para recibir una noticia regular el mismo día. Pero, ojo, que aquí es donde entra la parte que a veces olvidamos: la resiliencia humana es algo que ni la IA más avanzada de Google puede replicar todavía.

Chepina representa a esa legión de personas que, tras el shock inicial, deciden que su identidad no se va a reducir a un informe de patología. La historia que merece ser escuchada no es solo la de la enfermedad, sino la de la vida que sigue ocurriendo a pesar de ella. Es la historia de seguir haciendo el caldero los domingos, de preocuparse por si los nietos han estudiado para el examen de historia o de disfrutar de ese sol de invierno que tanto nos gusta por aquí.

La verdad es que nos hemos acostumbrado a usar un lenguaje bélico que, si me preguntáis, a veces cansa un poco. «Luchadora», «guerrera», «batalla». Vaya, que parece que si un día te sientes mal o no tienes fuerzas para sonreír, es que estás perdiendo la guerra. Y no es así. La historia de cada paciente es válida precisamente porque incluye el miedo, el cansancio y esos días en los que mandarías todo a paseo. Escuchar a personas como Chepina nos reconcilia con nuestra propia vulnerabilidad, algo que en este mundo de filtros de Instagram nos hace mucha falta.

Cartagena y su red de seguridad invisible

Si algo tenemos bueno en esta esquina del Mediterráneo es que no sabemos estar solos. Aquí, cuando a un vecino le pasa algo, la red se activa. No hablo solo de la familia, que por supuesto es el pilar fundamental, sino de esa infraestructura que tenemos en la Región y que a veces no valoramos lo suficiente hasta que nos toca de cerca. El Hospital Universitario Santa Lucía no es solo un edificio moderno con vistas; es un centro de referencia donde se están haciendo cosas muy serias en oncología.

Me contaba hace poco un conocido que trabaja allí que la clave no está solo en las máquinas de radioterapia de última generación (que las hay, y son una maravilla de la ingeniería), sino en el factor humano. En Cartagena tenemos asociaciones que son auténticos ángeles de la guarda. La AECC local, por ejemplo, hace una labor que va mucho más allá de la asistencia médica. Ofrecen ese hombro donde llorar cuando en casa quieres hacerte el fuerte para no asustar a los tuyos.

Y es que, para que nos entendamos, el tratamiento del cáncer en España ha dado un salto de gigante. Ya no estamos en los tiempos donde todo era «café para todos». Ahora se busca la medicina de precisión. Pero claro, la tecnología sin la historia personal se queda coja. Por eso, cuando vemos testimonios como el de Chepina, recordamos que el sistema sanitario debe estar al servicio de la persona, y no al revés. No eres el «paciente de la cama 302», eres alguien con una vida, unos miedos y unas ganas locas de volver a pasear por Cala Cortina sin pensar en analíticas.

La Inteligencia Artificial: ¿Un aliado o un frío algoritmo?

Ya sabéis que en este blog nos gusta mucho el tema tecnológico, y no puedo evitar traerlo a colación. Se habla mucho de cómo la IA va a revolucionar (perdón, he usado la palabra prohibida, digamos que va a «darle una vuelta de tuerca») al diagnóstico oncológico. En hospitales de Madrid, Barcelona y también aquí en el sureste, se están probando algoritmos que ayudan a los radiólogos a detectar tumores minúsculos que al ojo humano se le podrían escapar después de ocho horas de guardia.

Pero, ¿sabéis qué es lo más curioso? Que la IA es excelente analizando píxeles, pero es nula entendiendo el contexto de una vida. Puede predecir con un 95% de acierto cómo va a evolucionar una masa celular, pero no tiene ni idea de lo que significa para Chepina poder asistir a la boda de su sobrina. Ahí es donde la tecnología debe dar un paso atrás y dejar que el humanismo médico tome el mando. La IA es la herramienta, el estetoscopio del siglo XXI, pero la historia que merece ser escuchada sigue siendo humana.

Por ejemplo, hay proyectos en España que utilizan el procesamiento de lenguaje natural para analizar las notas de los médicos y detectar síntomas de depresión o ansiedad en pacientes oncológicos de forma temprana. Eso sí me parece útil. Usar la potencia de cálculo para que nadie se sienta solo en su proceso. Porque a veces, el dolor del alma pesa más que el del cuerpo, y si una máquina puede avisar al psicólogo de que «oye, este paciente está usando palabras que denotan una desesperanza profunda», bienvenida sea la tecnología.

Un poco de historia: De los remedios de la abuela a la inmunoterapia

Si echamos la vista atrás, la historia de la medicina en Cartagena es fascinante. Si mal no recuerdo, el antiguo Hospital de Marina (ese edificio imponente que ahora es parte de la UPCT) fue en su día un centro de vanguardia. Allí se trataban enfermedades que hoy nos parecen de otro siglo, pero el espíritu era el mismo: intentar arrebatarle tiempo a la muerte. En aquel entonces, el cáncer era una sombra sin nombre, algo que se llevaba a la gente «de una mala enfermedad».

Hoy, gracias a la investigación (mucha de ella hecha aquí en España, a pesar de que a veces los presupuestos sean más ajustados de lo que nos gustaría), hemos pasado de tratamientos que eran auténticos hachazos al cuerpo a terapias mucho más sutiles. La inmunoterapia, por ejemplo, es como enseñarle a tu propio cuerpo a reconocer al intruso. Es como si le dieras un café cargado a tus defensas y les dijeras: «Oye, despierta, que ese de ahí no debería estar en la fiesta».

Y esto es importante mencionarlo porque la historia de Chepina, y la de tantos otros, es posible gracias a esos investigadores que pasan horas en el laboratorio. En centros como el IMIB (Instituto Murciano de Investigación Biosanitaria), hay gente dejándose la piel para que el diagnóstico de cáncer deje de ser una sentencia y pase a ser, en muchos casos, una enfermedad crónica con la que se puede convivir con calidad de vida.

El papel del cuidador: El héroe que no sale en los reels

Detrás de la historia de Chepina, hay otra historia que a menudo queda en la sombra: la de quien sostiene la mano. En España tenemos una cultura de cuidados muy arraigada, muy de «aquí no se rinde nadie mientras haya un plato de sopa en la mesa». El cuidador es esa persona que aprende nombres de medicamentos que parecen trabalenguas, que se vuelve experto en interpretar gestos y que, sobre todo, gestiona el miedo de los demás mientras se traga el suyo propio.

La verdad es que ser cuidador en un proceso oncológico es una de las tareas más agotadoras que existen. Y a menudo, estas personas se olvidan de sí mismas. Por eso, cuando decimos que cada historia merece ser escuchada, también nos referimos a ellos. A los hijos que piden horas en el trabajo para llevar a sus padres a la quimio, a las parejas que mantienen la calma cuando todo parece desmoronarse. En Cartagena, esa solidaridad vecinal de la que hablaba antes es el bálsamo que permite que estas historias tengan finales, si no siempre felices, al menos dignos y acompañados.

¿Qué podemos hacer nosotros?

A veces nos sentimos impotentes. ¿Qué le digo a alguien que está pasando por esto? ¿Le mando un mensaje? ¿Le llamo? ¿Le dejo espacio? La respuesta suele ser más sencilla de lo que pensamos: escucha. No intentes dar consejos médicos si no eres oncólogo. No digas eso de «tienes que ser positivo», porque a veces uno solo necesita que le dejen estar triste un rato. Lo que Chepina y tantas otras personas necesitan es saber que su historia importa, que no son invisibles.

  • Presencia real: A veces, estar sentado en silencio viendo una serie es más útil que un discurso motivacional de manual de autoayuda.
  • Ayuda práctica: En lugar de decir «avísame si necesitas algo» (que nunca se avisa), di «mañana te traigo la cena» o «yo recojo a los niños del cole». Eso quita un peso de encima brutal.
  • Normalización: Hablar de otras cosas. El cáncer ocupa mucho espacio, pero no lo es todo. Hablar del último fichaje del Efesé o de lo cara que está la luz ayuda a mantener un pie en la realidad cotidiana.

El derecho al olvido oncológico: Un paso de gigante en España

No quería dejar pasar este artículo sin mencionar algo que ha cambiado hace poco en nuestro país y que es una victoria tremenda para personas como Chepina. Hablo del derecho al olvido oncológico. Hasta hace nada, si habías superado un cáncer, te encontrabas con muros infranqueables a la hora de pedir una hipoteca o contratar un seguro de vida. Era como si la sociedad te pusiera una etiqueta de «caducidad» perpetua.

Afortunadamente, la legislación española se ha puesto las pilas. Ahora, transcurrido un tiempo desde el final del tratamiento sin recaídas, tu historial médico no puede ser usado para discriminarte contractualmente. Esto es fundamental porque la historia de superación no termina cuando el médico te da el alta; termina cuando puedes volver a planificar tu futuro sin que el pasado te lastre. Es devolverle la normalidad a quien tanto ha luchado por ella.

Vaya, que parece mentira que hayamos tardado tanto en entender que alguien que ha superado una enfermedad así es, probablemente, la persona más vital y con más ganas de cumplir sus compromisos que vas a encontrar. Pero bueno, más vale tarde que nunca, y es un ejemplo de cómo la presión social y las historias compartidas acaban moviendo las ruedas de la política.

La importancia de la divulgación cercana

En «aquinohayquienviva.es» siempre intentamos que la información no sea un ladrillo. Porque para leer prospectos ya están las farmacias. La divulgación sobre el cáncer debe ser clara, pero también debe tener alma. Cuando leemos sobre Chepina, no estamos leyendo un caso clínico; estamos leyendo un testimonio de vida. Y eso es lo que realmente cala.

En España tenemos grandes divulgadores, gente que se esfuerza por explicar qué es un linfocito o cómo funciona una biopsia líquida sin que te quedes dormido a la tercera frase. Pero la mejor divulgación es la que ocurre de tú a tú. La que hace que un paciente le explique a otro en la sala de espera qué truco usa para que la comida no le sepa a metal después del tratamiento. Ese conocimiento compartido es oro puro.

Y es que, para que nos entendamos, el conocimiento nos quita miedo. El miedo nace de la incertidumbre, de ese agujero negro donde no sabemos qué va a pasar. Cuando ponemos luz sobre las historias, cuando explicamos los procesos, ese agujero se va haciendo más pequeño. Sigue estando ahí, no nos vamos a engañar, pero al menos tiene bordes definidos.

Un pequeño inciso sobre la prevención (sin sonar a sermón)

Sé que esto suena a lo de siempre, pero es que es verdad. En Cartagena tenemos una suerte inmensa con nuestra dieta mediterránea. El pescado de la zona, las frutas del campo de Cartagena… todo eso son escudos naturales. No son mágicos, no te hacen inmune, pero ayudan. Y luego está el tema de las revisiones. Sé que da pereza, que a nadie le apetece ir al médico cuando se siente bien, pero esos programas de cribado que tenemos en la Región de Murcia (mama, colon, etc.) salvan vidas cada día. Literalmente.

Es mejor pasar un mal rato en una prueba que enfrentarse a una historia mucho más complicada por haber llegado tarde. Como decimos por aquí, «más vale prevenir que curar», y en oncología esto es una verdad como un templo. Si tienes una cita para un cribado, ve. Hazlo por ti, por Chepina y por todos los que desearían haber tenido esa oportunidad de detectar las cosas a tiempo.

Reflexiones desde la orilla del mar

A veces me gusta irme a la zona del Faro de Navidad a pensar. Allí, con el sonido de las olas y viendo los barcos entrar y salir, te das cuenta de lo pequeños que somos y, a la vez, de lo fuerte que podemos llegar a ser. Las historias de lucha contra el cáncer son como esos barcos que regresan a puerto después de una tormenta fuerte. Vienen con algunas marcas en el casco, quizás con alguna vela remendada, pero traen consigo una sabiduría que los que nos quedamos en tierra no alcanzamos a comprender del todo.

La historia de Chepina nos enseña que la dignidad no se pierde con el pelo, ni con la fuerza física. La dignidad está en la mirada, en la forma de afrontar la incertidumbre y en la generosidad de compartir el proceso para que otros se sientan menos solos. Al final del día, todos somos historias en construcción, y algunas tienen capítulos más difíciles que otros, pero ninguno carece de valor.

La verdad es que escribir sobre esto te remueve un poco por dentro. Te hace llamar a tu madre, abrazar más fuerte a tu pareja o simplemente disfrutar de ese café que te estás tomando mientras lees esto. Porque la vida, con sus luces y sus sombras, es lo único que tenemos. Y las historias como la de Chepina son los faros que nos recuerdan dónde está el camino cuando la niebla se pone espesa.

Para ir terminando, que ya me estoy extendiendo más que una persiana, solo quería decir que si estás pasando por algo parecido, o si tienes a alguien cerca que lo está haciendo, no subestimes el poder de tu propia historia. No es «solo un cáncer», es un proceso vital que te está transformando. Y aunque ahora mismo no veas la salida, hay toda una red de personas, tecnología y ciencia trabajando para que el final de tu historia sea lo más largo y luminoso posible.

Al final del día, lo que nos define no es la enfermedad, sino la huella que dejamos en los demás mientras transitamos por ella. Y la huella de Chepina, gracias a que alguien decidió que su historia merecía ser escuchada, ya ha llegado hasta aquí, a este rincón digital de Cartagena, para recordarnos que estamos vivos y que eso, por sí solo, ya es un motivo para seguir adelante. Ojo con esto, que no es poca cosa.

Vaya, que me he puesto un poco sentimental, pero es que hay temas que no se pueden tratar con la frialdad de un manual de instrucciones. Espero que estas líneas sirvan para que, la próxima vez que veas a alguien pasando por un mal momento, te acuerdes de que detrás hay una historia increíble, llena de matices, de miedos y de esperanzas, que simplemente está esperando a que alguien tenga la sensibilidad de querer escucharla. Y si esa persona eres tú, ya habrás hecho más por ella que cualquier algoritmo de última generación.

Nos leemos por aquí, entre historias, tecnología y las cosas de nuestra tierra. Porque aquí no hay quien viva sin un poco de humanidad y mucha, mucha resiliencia.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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