seguridad / mayo 19, 2026 / 9 min de lectura / 👁 33 visitas

El laberinto diplomático en las Naciones Unidas

El laberinto diplomático en las Naciones Unidas

Abrir el periódico estos días, o asomarse a las redes sociales, es como recibir un bofetón de realidad geopolítica que nos deja a todos un poco descolocados. La situación en Oriente Medio no es solo un titular lejano que vemos mientras desayunamos en una cafetería de la calle Mayor de Cartagena; es un polvorín que, de una forma u otra, acaba salpicando el precio de la gasolina en la gasolinera de la esquina o la estabilidad de las rutas comerciales que pasan frente a nuestras costas. La verdad es que el panorama está feo, y no tiene pinta de arreglarse con un par de reuniones diplomáticas de esas que quedan muy bien en la foto pero sirven para poco.

Si echamos un ojo a lo que se cuece en la ONU —esa organización que a veces parece un gigante con los pies de barro—, la cosa está que arde. Recientemente, en las sesiones que se pueden seguir por su canal de televisión (sí, ese enlace de UN Web TV que parece sacado de una intranet de los noventa), se respira una tensión que se corta con un cuchillo. Los embajadores ya no se andan con chiquitas. El Consejo de Seguridad se ha convertido en un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven con una lentitud desesperante mientras la realidad sobre el terreno va a mil por hora.

La cuestión es que España, y esto es importante recalcarlo, ha tomado una postura bastante valiente —o arriesgada, según a quién preguntes en la barra del bar—. El reconocimiento del Estado de Palestina por parte del Gobierno español no ha sido un movimiento más. Ha sido un puñetazo en la mesa que ha levantado ampollas en Tel Aviv y ha puesto a nuestra diplomacia en el ojo del huracán. No es solo una cuestión de ética o de derecho internacional; es un mensaje político claro en un momento en el que la mayoría prefiere ponerse de perfil para no salir en la foto de los problemas.

Vaya, que la diplomacia internacional parece ahora mismo un grupo de WhatsApp donde todo el mundo se lee pero nadie se contesta con sinceridad. Se habla de alto el fuego, de corredores humanitarios y de la solución de los dos estados, pero mientras tanto, los drones siguen zumbando y la población civil sigue poniendo los muertos. Es frustrante, la verdad.

La tecnología como arma: IA en el campo de batalla

Como aquí nos gusta mucho el tema tecnológico, no podemos pasar por alto algo que me pone los pelos de punta. Ya no hablamos solo de tanques y fusiles. Estamos viendo la primera gran guerra donde la Inteligencia Artificial está tomando decisiones de vida o muerte. Si mal no recuerdo, se han filtrado informes sobre sistemas como «Lavender» o «The Gospel» (Habsora), algoritmos utilizados para identificar objetivos de forma masiva.

Ojo con esto, porque no es ciencia ficción. Estamos hablando de programas que procesan cantidades ingentes de datos —vigilancia por drones, interceptación de comunicaciones, movimientos en redes sociales— para generar listas de personas que el sistema considera «objetivos legítimos». El problema, y aquí es donde la tecnología se vuelve oscura, es el margen de error y la deshumanización del proceso. ¿Quién es el responsable cuando un algoritmo se equivoca? ¿El programador? ¿El militar que pulsa el botón confiando ciegamente en la máquina?

En España, empresas del sector de la defensa están mirando esto con una mezcla de interés técnico y cautela ética. No es para menos. La IA aplicada a la guerra cambia las reglas del juego. Ya no hace falta un estratega brillante tipo Napoleón; ahora hace falta un servidor con mucha potencia de cálculo y un dataset bien alimentado. Es una realidad fría y, sinceramente, bastante aterradora que aleja la guerra de cualquier rastro de humanidad que pudiera quedarle.

  • Sistemas de selección de objetivos: Algoritmos que analizan patrones de comportamiento para predecir quién es un combatiente.
  • Drones autónomos: Enjambres que pueden operar con mínima intervención humana, algo que ya se está probando en diversos escenarios.
  • Ciberguerra: Ataques a infraestructuras críticas que pueden dejar a una ciudad sin luz o agua antes de que caiga la primera bomba.

El impacto en el bolsillo y en el puerto de Cartagena

A ver, que esto no es solo una charla de geopolítica para quedar bien. Lo que pasa en el Mar Rojo nos toca la fibra y la cartera. Los ataques de los hutíes a los buques comerciales han obligado a las grandes navieras a evitar el Canal de Suez. ¿Y qué significa eso? Pues que los barcos tienen que dar toda la vuelta a África por el Cabo de Buena Esperanza.

Para que nos entendamos: más días de navegación, más consumo de combustible y, por tanto, un encarecimiento de todo lo que viene de Asia. Si estás esperando un componente electrónico para un proyecto o simplemente quieres que tu pedido de AliExpress llegue a tiempo, que sepas que el retraso tiene mucho que ver con lo que pasa a miles de kilómetros de aquí.

Y aquí en Cartagena, lo vivimos de cerca. Nuestro puerto es una de las entradas principales de energía para España. El Valle de Escombreras no descansa. Si el flujo de metaneros o petroleros se ve alterado por la inestabilidad en Oriente Medio, la seguridad energética del país se pone en jaque. No es ninguna tontería. La verdad es que somos más dependientes de esa región de lo que nos gustaría admitir. Cada vez que sube el barril de Brent porque ha habido un intercambio de misiles entre Irán e Israel, el efecto dominó llega hasta el último rincón de la Región de Murcia.

¿Por qué nos afecta tanto el Mar Rojo?

No es solo una cuestión de distancia. Es una cuestión de nodos logísticos. El Estrecho de Bab el-Mandeb es un cuello de botella. Si se cierra o se vuelve peligroso, el comercio mundial se resiente. España, por su posición geográfica, es la puerta del Mediterráneo, y Cartagena es un bastión fundamental en esa estructura. Si las rutas cambian, los costes logísticos se disparan y eso lo acabamos pagando tú y yo cuando vamos al supermercado.

Un poco de historia para no perder el norte

Para entender el lío actual, hay que tener un poco de memoria, que a veces parece que los conflictos nacen de la nada. Oriente Medio ha sido el tablero de juego de las potencias occidentales desde el fin de la Primera Guerra Mundial. El famoso reparto de Sykes-Picot, donde británicos y franceses trazaron fronteras con una regla y un cartabón sin tener en cuenta a la gente que vivía allí, es el origen de muchos de los dramas que vemos hoy en las noticias.

La verdad es que la historia se repite con una insistencia pesada. Jerusalén, Gaza, Cisjordania… son nombres que llevamos oyendo en los telediarios desde que tenemos uso de razón. Pero lo de ahora tiene un tinte diferente. La polarización es extrema y la entrada de nuevos actores, como las milicias financiadas por potencias regionales, hace que la solución de «dos estados» parezca más un sueño romántico que una posibilidad real a corto plazo.

Me recuerda un poco a las viejas historias de nuestra Cartagena, que ha visto pasar a fenicios, romanos, bizantinos y árabes. Todos querían el control del Mediterráneo porque sabían que quien domina el mar, domina el comercio y la política. En Oriente Medio pasa lo mismo, pero con el agravante de las cuestiones religiosas y el control de los recursos naturales. Al final del día, se trata de poder, aunque nos lo vendan con envoltorios más ideológicos.

La encrucijada de Irán y el papel de las potencias

Hablemos de Irán, porque es el elefante en la habitación. Su influencia a través del llamado «Eje de la Resistencia» (Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, los hutíes en Yemen) es lo que mantiene a Israel y a Estados Unidos en vilo. La situación es como una partida de póker donde todos van de farol hasta que alguien decide ver la apuesta.

El ataque directo de Irán a Israel hace unos meses, y la respuesta de este, marcaron un antes y un después. Se rompió una regla no escrita: la de no atacarse directamente en territorio nacional. Ahora que esa línea roja se ha cruzado, el miedo a una guerra regional abierta es real. Y no es que yo sea un pesimista, es que los datos están ahí. Las embajadas están en alerta máxima y los movimientos de tropas en la frontera norte de Israel con el Líbano sugieren que lo peor podría estar por llegar.

¿Y qué hace el resto del mundo? Estados Unidos está en un año electoral, y ya sabemos lo que eso significa: mucha retórica pero pies de plomo para no perder votos. China observa desde la barrera, ganando influencia económica mientras los demás se desgastan. Y Rusia… bueno, a Rusia le viene de perlas que la atención del mundo se desvíe de Ucrania hacia el desierto.

¿Hay luz al final del túnel?

Si me preguntas a mí, después de leer informes y seguir las sesiones de la ONU, la conclusión que saco de todo esto es que estamos en un momento de cambio de paradigma. El orden mundial que conocíamos después de la Guerra Fría se está desmoronando y Oriente Medio es el epicentro de ese terremoto.

Para que nos entendamos, no se trata solo de un conflicto territorial. Es una lucha por ver quién va a mandar en el siglo XXI. Y mientras tanto, la crisis humanitaria en Gaza alcanza niveles que son difíciles de procesar. La falta de alimentos, el colapso de los hospitales y la destrucción de infraestructuras básicas nos dejan una pregunta incómoda: ¿qué clase de mundo estamos construyendo con tanta tecnología y tan poca empatía?

La verdad es que no tengo una respuesta clara. A veces pienso que la diplomacia acabará imponiéndose por puro agotamiento de las partes, pero luego veo los avances en armamento autónomo y se me pasa. Lo que sí está claro es que España tiene que jugar sus cartas con inteligencia, manteniendo un equilibrio difícil entre sus aliados tradicionales y su compromiso con los derechos humanos.

Propuestas sobre la mesa

  1. Conferencia de paz internacional: Una idea que España ha defendido con fuerza para sentar a todos en la misma mesa.
  2. Reforma del Consejo de Seguridad: Para evitar que el derecho a veto de unos pocos bloquee la ayuda humanitaria para muchos.
  3. Control estricto de la IA militar: Necesitamos tratados internacionales que regulen el uso de algoritmos en la guerra antes de que sea demasiado tarde.

Al final del día, lo que ocurre en Oriente Medio nos recuerda lo pequeños que somos y lo interconectado que está todo. Desde el puerto de Cartagena hasta las montañas del Líbano, hay un hilo invisible que nos une. Esperemos que ese hilo no se tense tanto que acabe por romperse del todo. Porque si algo nos ha enseñado la historia, es que cuando Oriente Medio estalla, las esquirlas llegan a todas partes.

Vaya, que nos toca seguir atentos, informarnos bien y no quedarnos solo con el titular rápido de Twitter. La realidad es compleja, llena de grises y, a veces, bastante amarga. Pero es la que nos ha tocado vivir, y entenderla es el primer paso para no repetir los errores del pasado. O al menos, para que no nos pillen desprevenidos cuando el próximo cambio en la geopolítica mundial nos toque de cerca.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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