arqueologia / marzo 18, 2026 / 11 min de lectura / 👁 265 visitas

Esa extraña manía de mirar al pasado (y lo que nos devuelve la mirada)

Esa extraña manía de mirar al pasado (y lo que nos devuelve la mirada)

Ayer estaba tomando un café, de esos que te despiertan hasta las ideas que no sabías que tenías, cerca de la Muralla del Mar aquí en Cartagena. Miraba las piedras y pensaba en lo mucho que nos gusta a los humanos escarbar en la tierra para ver qué dejaron los que estaban antes. La verdad es que, si lo piensas fríamente, la arqueología tiene un punto de voyerismo histórico que engancha. Pero hay temas que te frenan el café en la garganta, y uno de ellos es, sin duda, el sacrificio humano en el México antiguo.

No es un tema para hablar a la ligera, y menos con los clichés que nos ha metido el cine en la cabeza. Que si corazones saltando, que si gente gritando en pirámides… la realidad, como suele pasar cuando los arqueólogos meten el pincel, es mucho más compleja, más política y, curiosamente, más humana de lo que parece. Y es que, para entender lo que pasaba en el Templo Mayor o en los rincones de Zultépec-Tecoaque, hay que quitarse las gafas del siglo XXI y ponerse unas que entiendan que, para ellos, el mundo se acababa si no se alimentaba a los dioses. Vaya, que era una cuestión de supervivencia cósmica, no de maldad gratuita.

Lo que me ha traído hoy a escribir esto es la cantidad de información nueva que está saliendo de las excavaciones en México. Si aquí en Cartagena nos volvemos locos cuando aparece una inscripción romana o un resto de la muralla púnica (que ya es decir), lo que están encontrando allí con el Huei Tzompantli y los restos de Tecoaque es para que se te caiga la mandíbula al suelo. Literalmente.

Zultépec-Tecoaque: El lugar donde se los comieron (y no es una metáfora)

Hay un sitio que me tiene fascinado últimamente, y no es por su belleza arquitectónica precisamente. Se trata de Zultépec-Tecoaque, en el actual estado de Tlaxcala. El nombre ya te da una pista de por dónde van los tiros: «Tecoaque» significa en náhuatl algo así como «donde se los comieron». Y no, no es un nombre puesto por un departamento de marketing para atraer turistas.

La historia es de esas que parecen un guion de una serie de televisión de las buenas. En 1520, una caravana que venía de la Villa Rica de la Vera Cruz hacia Tenochtitlan fue capturada por los acolhuas. No era un grupito de soldados, qué va. Eran unas 550 personas: hombres, mujeres, niños, aliados indígenas y hasta animales que los mesoamericanos no habían visto en su vida, como vacas y cerdos.

Lo que ocurrió allí durante los siguientes meses fue un ritual a gran escala. Los arqueólogos han encontrado los restos de estas personas y, ojo con esto, los huesos muestran marcas de corte que no dejan lugar a la duda: fueron sacrificados y, en muchos casos, consumidos. Pero no por hambre, que es lo que solemos pensar. Fue un acto ritual para «incorporar» la fuerza del enemigo y, de paso, pedirle a los dioses que echaran una mano contra esos invasores que olían a hierro y montaban bestias gigantes.

Lo que me resulta curioso, y aquí entra mi vena de redactor que ha visto mucho código y mucha IA, es cómo los arqueólogos reconstruyen esto. No es solo mirar el hueso. Usan análisis de isótopos estables para saber qué comieron esas personas antes de morir y de dónde venían. Es como hacer un traceback de un error en un programa, pero con 500 años de retraso. Han descubierto que en esa caravana había gente de todas partes: europeos, caribeños, africanos… una mezcla brutal que terminó sus días en un altar de Tlaxcala.

El Huei Tzompantli: El muro de cráneos que desafía la lógica

Si hablamos de sacrificios, no podemos saltarnos el Huei Tzompantli de Tenochtitlan. Durante mucho tiempo se pensó que las crónicas de los españoles eran exageraciones de gente asustada o que quería justificar la conquista. «Vimos miles de cráneos ensartados», decían. Y nosotros, desde la comodidad del sofá, pensábamos: «Ya, claro, y yo vi un ovni en Cala Cortina».

Pues resulta que no mentían tanto. En 2015, cerca del Templo Mayor, los arqueólogos del INAH encontraron el gran muro de cráneos. Y no es solo una estantería de huesos. Es una estructura circular, hecha con miles de cráneos unidos con cal, arena y gravilla. Lo que más ha roto los esquemas de los investigadores es que no solo hay cráneos de guerreros jóvenes, que era lo que se esperaba. Hay mujeres y hay niños.

Esto cambia el relato por completo. Si hay mujeres y niños, el sacrificio no era solo una cuestión de guerra o de «quitarse de enmedio» al enemigo. Era algo mucho más profundo. Para los mexicas, el sacrificio era una forma de mantener el equilibrio del universo. El sol necesitaba sangre para salir cada mañana. Punto. Era un contrato social con lo divino. Imagínate la presión: si no haces el ritual, mañana no amanece. Con esa mentalidad, el sacrificio deja de ser un asesinato y se convierte en una necesidad administrativa del cosmos.

La verdad es que, cuando leo sobre el Tzompantli, no puedo evitar compararlo con nuestras propias «reliquias» o las catacumbas que tenemos por Europa. Salvando las distancias, claro. Aquí en España tenemos una relación con la muerte muy particular, muy de «todos los santos» y cementerios monumentales, pero lo de los mexicas era otro nivel de integración. La muerte no estaba escondida; estaba a la vista de todos, formando parte de la arquitectura de la ciudad.

¿Cómo narices se estudia esto hoy en día? (Pista: con mucha tecnología)

Aquí es donde me pongo un poco más técnico, que para algo escribo en un blog donde nos gusta el cacharreo. La arqueología moderna ya no es solo un señor con un sombrero de ala ancha y un látigo. Ahora es, básicamente, ciencia de datos aplicada al barro.

Para entender el sacrificio humano, se están usando técnicas que parecen sacadas de una película de ciencia ficción:

  • Análisis de ADN antiguo: Esto permite saber el parentesco entre las víctimas. ¿Eran familias capturadas juntas? ¿Eran individuos aislados?
  • Microscopía electrónica: Para ver las marcas de corte en los huesos. Se puede saber hasta el tipo de cuchillo de obsidiana que usaron y la dirección del golpe. Es como una autopsia forense de hace cinco siglos.
  • Fotogrametría y 3D: Se están creando modelos digitales exactos de los altares y los Tzompantlis. Esto permite que investigadores de todo el mundo (incluyendo algún curioso desde Cartagena) puedan estudiar la disposición de los restos sin tocarlos.
  • IA y reconocimiento de patrones: Se están empezando a usar algoritmos para clasificar los miles de fragmentos de cerámica y hueso encontrados. Lo que a un humano le llevaría años, una IA bien entrenada lo hace en tardes de café intenso.

Y es que, al final del día, la tecnología nos está ayudando a humanizar a esas víctimas. Ya no son solo «restos arqueológicos». Son personas con una historia, una dieta y un origen que ahora podemos rastrear. Es un poco como cuando intentas optimizar un código antiguo: tienes que entender qué pensaba el programador original para saber por qué puso esa línea ahí. Pues aquí igual, intentamos entender la «lógica» de un sistema de creencias que nos resulta ajeno pero que era perfectamente coherente para ellos.

El diálogo entre las artes y la arqueología

Algo que me ha parecido muy tierno (si es que se puede usar esa palabra hablando de sacrificios) es cómo el arte actual está intentando digerir estos hallazgos. No se trata de hacer cuadros sangrientos, sino de entender la estética y el simbolismo que había detrás.

En México hay un movimiento muy fuerte de artistas que colaboran con arqueólogos para recrear cómo se verían estos rituales, pero desde un punto de vista respetuoso. No buscan el morbo, buscan la conexión. Porque, seamos sinceros, el sacrificio humano es una de las sombras más oscuras de la humanidad, pero también es un reflejo de nuestra capacidad de creer en algo más grande que nosotros mismos, aunque esa creencia nos lleve a extremos brutales.

Me recuerda un poco a lo que hacemos aquí con nuestras procesiones o nuestras fiestas de Cartagineses y Romanos. Obviamente, no sacrificamos a nadie (aunque después de una noche de fiesta en el campamento alguno se sienta como si lo hubieran pasado por la piedra de sacrificios), pero sí que usamos el arte, el vestuario y la puesta en escena para conectar con un pasado que nos define. El arte es el puente que nos permite mirar al abismo sin caernos en él.

¿Y qué tiene que ver todo esto con nosotros, en España?

Podrías pensar: «Vale, muy bien, sacrificios en México, pero a mí qué me cuentas si yo vivo en la calle Mayor». Pues tiene que ver más de lo que parece. Primero, porque gran parte de lo que sabemos viene de las crónicas españolas, que hay que leer con pinzas porque, claro, ellos querían quedar como los salvadores que venían a acabar con esas «barbaridades».

Pero además, si miramos nuestra propia historia, aquí en la Península Ibérica también tuvimos lo nuestro. Los cartagineses, que por algo nuestra ciudad se llama Cartagena, tenían fama en el mundo antiguo de sacrificar niños a Moloch. Durante mucho tiempo se dijo que era propaganda romana para dejar a los cartagineses de malos malísimos. Pero las excavaciones en Cartago (la de Túnez, la madre de la nuestra) han encontrado los «tophets», cementerios de niños que parecen confirmar que, en momentos de crisis extrema, los cartagineses también recurrían al sacrificio para calmar a los dioses.

Vaya, que no somos tan distintos. La humanidad, cuando tiene miedo y no entiende cómo funciona el mundo, tiende a ofrecer lo más valioso que tiene. La diferencia es que en México ese sistema se llevó a una sofisticación burocrática y arquitectónica que no se ha visto en casi ningún otro lugar del mundo.

La ética de mostrar la muerte

Un tema que siempre sale en las reuniones de arqueólogos (y en las barras de los bares si te juntas con la gente adecuada) es si está bien mostrar estos restos. ¿Es ético exponer el cráneo de una persona que fue sacrificada hace 500 años?

En México hay un debate intenso sobre esto. Algunos creen que es una falta de respeto, otros que es necesario para entender la historia real, sin filtros. Yo, personalmente, creo que depende del «cómo». Si lo haces para que la gente se haga selfies con el cráneo, pues es una cutrez. Pero si lo haces para explicar que esa persona murió porque creía que así salvaba el mundo, le estás devolviendo una dignidad que el tiempo le había quitado.

Es un poco como cuando aquí en Cartagena se decidió musealizar el Teatro Romano. No es solo ver piedras; es entender qué significaba ese espacio para la gente de la época. Con los restos de sacrificios es más duro, claro, pero el objetivo es el mismo: conocimiento y respeto.

Unas pinceladas sobre el ritual: No todo era sacar corazones

Para que nos entendamos, el sacrificio humano en Mesoamérica era como un menú degustación: había mucha variedad. No siempre era la típica escena del cuchillo de obsidiana.

  • El autosacrificio: Esto era lo más común. Los nobles y sacerdotes se pinchaban la lengua, las orejas o los genitales con espinas de maguey para ofrecer su propia sangre. Era una forma de «pagar la deuda» con los dioses sin morir en el intento.
  • El sacrificio gladiatorio: A un guerrero capturado se le ataba a una piedra circular y se le obligaba a luchar contra guerreros de élite bien armados. Él solo tenía un arma de madera con plumas en lugar de obsidiana. Era una muerte anunciada, pero con honor.
  • Sacrificios por ahogamiento o flechamiento: Dependiendo del dios al que se quisiera honrar. A Tláloc, el dios de la lluvia, le gustaban las lágrimas de los niños (un poco sádico el tío, la verdad).

Lo que nos dice la arqueología mexicana actual es que cada uno de estos actos estaba perfectamente reglado. No era un caos de sangre. Había fechas, colores, vestimentas y cantos específicos. Era una liturgia, tan compleja como una misa de domingo en una catedral, pero con un final mucho más definitivo.

La conclusión que saco de todo esto (si es que hay una)

Al final del día, leer sobre arqueología mexicana y sacrificios humanos me hace valorar mucho más la suerte que tenemos de vivir en una época donde para que llueva solo tenemos que mirar el Meteosat y no tenemos que convencer a ningún dios con sangre. Pero también me hace sentir una extraña conexión con esa gente.

Buscaban respuestas. Buscaban seguridad. Buscaban que el mundo siguiera girando. Y usaron las herramientas que tenían a mano, por muy brutales que nos parezcan ahora. La arqueología no está ahí para juzgarlos, sino para sacar a la luz su realidad, con sus luces y sus sombras (que eran muy alargadas, la verdad).

Así que, la próxima vez que pases por un museo o veas una noticia sobre un nuevo hallazgo en México, no te quedes solo con el titular de «hallan 100 cráneos». Piensa en la tecnología que ha permitido encontrar eso, en la historia de cada una de esas personas y en cómo, a pesar de los siglos y los océanos de distancia, todos seguimos intentando entender qué hacemos aquí y cómo evitar que el cielo se nos caiga sobre la cabeza.

Y ahora, si me disculpáis, voy a por otro café, que este tema me ha dejado la cabeza dando más vueltas que un volante de inercia. La verdad es que la historia es fascinante, pero a veces, solo a veces, te hace agradecer mucho el presente que tenemos. ¡Nos leemos en la próxima excavación digital!

¿Te ha gustado este artículo?

unpokitodxfavor

Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Resuelve la operación para enviar el comentario * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.