curiosidades / marzo 18, 2026 / 10 min de lectura / 👁 110 visitas

De los quioscos a los píxeles: Una mutación necesaria

De los quioscos a los píxeles: Una mutación necesaria

Seguro que te ha pasado: vas caminando por la calle, pasas por delante de uno de los pocos quioscos que quedan en pie y te invade una nostalgia extraña. A mí me pasa cada vez que bajo por la Calle Mayor de Cartagena y veo los puestos de prensa. Me acuerdo de cuando comprar una revista era la única forma de enterarse de qué estaba pasando en el mundo de la ciencia sin tener que descifrar un paper académico infumable. Y ahí, entre portadas de chismes y periódicos deportivos, siempre destacaba una: Quo.

La verdad es que el panorama ha cambiado una barbaridad. Quo ya no es ese fetiche de papel que acumulábamos en la estantería hasta que nuestras madres nos daban un ultimátum. Ahora vive en el ecosistema digital, integrada en eldiario.es, y sigue dando guerra. Pero, ¿qué significa esto para los que nos gusta la tecnología y la ciencia en España? Pues que la forma de contar las cosas ha tenido que mutar para no morir, adaptándose a un lector que tiene la paciencia de un pez de colores y que quiere saber por qué le duele la espalda y cómo funciona un motor de fusión nuclear en el mismo minuto.

Si mal no recuerdo, hubo un tiempo en que las revistas de divulgación científica en España eran casi como biblias laicas. Teníamos Muy Interesante, Quo y poco más. El salto al digital no fue un camino de rosas, la verdad. Muchas cabeceras se quedaron por el camino porque pensaron que bastaba con subir un PDF a la web. Error de manual. Quo entendió que en internet la ciencia tiene que ser más directa, más visual y, sobre todo, más conectada con el día a día.

Hoy entras en su sección dentro de eldiario.es y te encuentras con un menú que parece un buffet libre de conocimiento: salud, psicología, naturaleza, tecnología… y esos «Gigantes de la ciencia» que tanto nos gustan a los que disfrutamos con la historia. Lo que me parece curioso es cómo han conseguido mantener ese tono que no te hace sentir tonto, pero que tampoco te trata como si fueras un experto de la NASA. Es ese equilibrio difícil de encontrar, como cuando intentas explicarle a tu abuelo qué es el blockchain y acabas hablando de libros de contabilidad de los de toda la vida.

Vaya, que la divulgación en España ha pasado de ser algo «de nicho» a ser contenido de consumo rápido. Y ojo, que esto tiene su peligro. No es lo mismo leer un reportaje de diez páginas sobre el cambio climático que un hilo de Twitter o un artículo de 500 palabras. Por suerte, parece que todavía hay hueco para el análisis un poco más reposado.

La Inteligencia Artificial y el nuevo periodismo científico

Ya que estamos en aquinohayquienviva.es, no podemos pasar por alto el elefante en la habitación: la Inteligencia Artificial. Me juego lo que quieras a que más de un artículo de los que leemos por ahí ha pasado por el filtro de un modelo de lenguaje. Y no pasa nada, siempre que haya un humano al volante que sepa de lo que habla.

En el caso de la ciencia, la IA es una herramienta de doble filo. Por un lado, nos permite procesar datos que antes tardaríamos décadas en analizar. Por otro, genera una cantidad de ruido brutal. La labor de medios como Quo ahora es, precisamente, actuar de filtro. Ya no se trata solo de informar, sino de verificar. Porque, seamos sinceros, la red está llena de «estudios científicos» que dicen que beber café te hace inmortal y otros que dicen que te mata mañana mismo.

Para que nos entendamos, la IA en el periodismo científico español debería servir para esto que os pongo aquí abajo. Imagina que queremos analizar la tendencia de los temas que trata Quo para saber qué le preocupa a la gente en España. Podríamos usar un pequeño script en Python para echar un ojo a los titulares (con todo el respeto y sin tumbarles el servidor, claro):

import requests
from bs4 import BeautifulSoup

# Un pequeño experimento para ver qué se cuece en la ciencia digital
url = "https://quo.eldiario.es/"
headers = {'User-Agent': 'MiBotDivulgativo/1.0'}

try:
    response = requests.get(url, headers=headers)
    soup = BeautifulSoup(response.text, 'html.parser')
    
    # Buscamos los titulares, que suelen estar en etiquetas h2 o h3
    titulares = soup.find_all(['h2', 'h3'], limit=10)
    
    print("Lo que hoy nos quita el sueño (según Quo):")
    for i, t in enumerate(titulares, 1):
        texto = t.get_text().strip()
        if len(texto) > 10: # Filtramos paja
            print(f"{i}. {texto}")
            
except Exception as e:
    print(f"Vaya, parece que el servidor se ha puesto tímido: {e}")

# Nota mental: No usar esto para hacer spam, que nos conocemos.

Este trozo de código es una tontería, pero ilustra cómo la tecnología nos permite hoy «leer» la realidad de otra forma. La IA no solo escribe, también nos ayuda a entender qué es lo que más nos interesa como sociedad. Y parece que, al final del día, lo que nos interesa sigue siendo lo mismo: nuestra salud, el planeta y esos cacharros tecnológicos que nos prometen hacernos la vida más fácil.

Cartagena y la ciencia: Mucho más que piedras viejas

Hablando de ciencia y tecnología, no puedo evitar barrer para casa. A veces pensamos que la ciencia es algo que pasa en laboratorios de Silicon Valley o en el CERN, pero aquí en Cartagena tenemos una historia tecnológica que ya quisieran muchos. Y es el tipo de cosas que encajarían perfectamente en un reportaje de fondo de Quo.

Pensemos en Isaac Peral. El tío no solo inventó un submarino; inventó el primer submarino torpedero eléctrico del mundo. Eso en 1888. Si eso no es «tecnología punta», que baje Newton y lo vea. Lo que me da rabia es que a veces valoramos más lo de fuera que lo que tenemos en el Museo Naval. La ingeniería que hay detrás del casco del Peral, la gestión de las baterías… era pura vanguardia española en una época en la que el país no estaba para muchos trotes.

Y si nos vamos a la arqueología, que también es ciencia aunque algunos la vean como «cosas de Indiana Jones», lo que se ha hecho en el Teatro Romano de Cartagena es un ejemplo mundial de recuperación científica. No es solo poner piedras una encima de otra; es usar fotogrametría, análisis de materiales y georradar para entender cómo vivían hace dos mil años sin cargarse el patrimonio. La verdad es que me encantaría ver más a menudo este tipo de ejemplos locales en los grandes medios de divulgación nacional. Porque la ciencia en España también se hace a pie de calle, o a pie de excavación.

Psicología y el ser humano: ¿Por qué nos flipan las curiosidades?

Una de las secciones que mejor funcionan en Quo es la de «Curiosidades». Y tiene todo el sentido del mundo. El cerebro humano está diseñado para prestar atención a lo inusual. Es un mecanismo de supervivencia: si algo es raro, puede ser peligroso o puede ser una oportunidad.

La psicología detrás del consumo de información científica es fascinante. Nos gusta sentir que entendemos el mundo. Cuando leemos un artículo sobre por qué procrastinamos (algo que yo mismo estoy haciendo ahora mismo al escribir esto, para qué nos vamos a engañar), sentimos un alivio momentáneo. «Ah, vale, no es que sea vago, es que mi corteza prefrontal está peleando con mi sistema límbico». Ya tenemos una excusa científica para seguir viendo vídeos de gatitos.

Pero ojo, que aquí hay una trampa. La divulgación «ligera» a veces nos da una falsa sensación de conocimiento. Es lo que se conoce como el efecto Dunning-Kruger: leemos tres artículos sobre vacunas y ya nos creemos que podemos discutirle a un epidemiólogo con veinte años de carrera. Por eso es tan importante que medios como Quo mantengan el rigor, incluso cuando hablan de temas mundanos. No se trata de dar respuestas masticadas, sino de despertar la duda.

El reto del cambio climático en el Mediterráneo

No podemos hablar de ciencia hoy en día sin tocar el tema del cambio climático. Y para nosotros, los que vivimos cerca del Mediterráneo, esto no es una teoría abstracta que sale en las noticias. Es algo que vemos en la temperatura del agua en la Manga o en las DANAs que cada vez son más bestias.

La sección de naturaleza de Quo suele tratar estos temas con bastante seriedad. Y es que la ciencia climática en España tiene un papelón. Tenemos centros de investigación punteros, pero a veces parece que el mensaje no cala. La verdad es que es un tema que genera mucha ansiedad (la famosa ecoansiedad), y la labor del periodista científico aquí es crucial: informar sin caer en el catastrofismo paralizante, pero sin quitarle hierro al asunto.

Para que nos entendamos, no sirve de nada decir que el mundo se acaba mañana. Lo que sirve es explicar cómo la tecnología de desalinización en el Levante español puede ser una solución para la sequía, o cómo la IA está ayudando a predecir incendios forestales en la Sierra de Espuña. Eso es ciencia aplicada, útil y cercana.

Gigantes de la ciencia: De Cajal a la IA actual

Me gusta mucho que se siga reivindicando la figura de los grandes científicos. En España tenemos esa manía de flagelarnos y pensar que aquí no se ha inventado nada más que la fregona y el Chupa Chups. Pero si echas un ojo a la historia, te das cuenta de que Santiago Ramón y Cajal no solo ganó un Nobel, sino que sentó las bases de la neurociencia moderna con unos medios que hoy nos darían risa.

Lo que me pregunto es quiénes serán los «Gigantes de la ciencia» españoles de dentro de cincuenta años. Probablemente sean personas que ahora mismo están trabajando en temas de computación cuántica en Barcelona o en biotecnología en Madrid. La ciencia española está viviendo un momento raro: hay más talento que nunca, pero las condiciones… bueno, ya sabemos cómo está el patio con la financiación. Aun así, seguimos exportando mentes brillantes a medio mundo.

La divulgación tiene el deber moral de ponerles cara y ojos a estos investigadores. Porque si los chavales solo ven como referentes a futbolistas o influencers que promocionan criptomonedas, mal vamos. Necesitamos que la ciencia sea «cool», y en eso Quo siempre ha tenido buena mano, usando un lenguaje que conecta con la gente joven sin perder la compostura.

¿Hacia dónde va la divulgación científica?

Si me preguntas a mí, creo que el futuro de la divulgación pasa por la personalización. Ya no vale con soltar la noticia y esperar a que la gente la lea. Vamos hacia un modelo donde la IA nos ayudará a consumir ciencia de forma que se adapte a nuestro nivel de conocimiento.

Imagina una plataforma donde puedas elegir: «Explícame este descubrimiento sobre el bosón de Higgs como si tuviera diez años» o «Dámelo con todo el rigor técnico porque soy físico». Ese es el siguiente paso. Y mientras tanto, seguiremos necesitando historias bien contadas, con alma y con ese toque humano que una máquina todavía no sabe imitar del todo (aunque lo intente con ganas).

La verdad es que, al final del día, lo que buscamos cuando entramos en una web como Quo es lo mismo que buscábamos en el quiosco: que alguien nos cuente una buena historia sobre nosotros mismos y sobre el universo en el que vivimos. Ya sea hablando de por qué nos enamoramos o de cómo los motores eléctricos van a cambiar nuestras ciudades, la curiosidad es lo que nos mantiene vivos.

Para que nos entendamos, la ciencia no es algo que esté encerrado en un laboratorio. La ciencia es ese momento en el que te preguntas «¿y esto por qué funciona así?». Y mientras haya medios que se dediquen a responder a esa pregunta de forma amena y honesta, habrá esperanza para nuestra maltrecha capacidad de atención.

La conclusión que saco de todo esto es que, aunque el formato cambie y el papel desaparezca, la necesidad de entender el mundo no tiene fecha de caducidad. Así que, ya sea en eldiario.es, en un blog tecnológico o en una charla de bar en Cartagena, sigamos preguntando. Que, como decía aquel, lo importante es no dejar de hacerse preguntas. Y si es con un buen café en la mano y alguien que sepa explicarlo bien, pues mucho mejor.

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Propietario de aquinohayquienviva.es, web de noticias relacionadas con la ciencia, tecnología, y cultura en general.

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